Ya soy mayor de edad: gracias por cada encuentro

Un once de octubre de hace 18 años recibía la ordenación presbiteral. No se me da bien eso de vivir en los recuerdos, lo cierto es que siempre lo he evitado. Me siento más a gusto poniendo mi entusiasmo en cada momento del presente, sintiendo lo que me toca vivir hoy y ahora. Y aunque es cierto que todo lo celebrado, todo lo encontrado, todo lo perdonado en mí, forma parte para siempre de lo que soy, no es menos cierto que despierto cada mañana sin mirar si llueve o hace sol, convencido de que seré yo quien construya este día y lo convierta en presente, todo un regalo.

IMG_3434Hoy puedo contar mis dieciocho años de sacerdote por encuentros. Aquella gracia sacramental que recibí con la ordenación e impregnó mis manos del crisma perfumado, se ha ido convirtiendo en encuentro, y en puente, y en camino ancho… Cada vez que mis periferias se han llenado de caídas y fracasos, he pegado bien las palmas de mis manos a la nariz, aspirando fuerte, recuperando el dulce olor del crisma que las consagró para levantarse y no para rendirse; cada vez que mis emociones han pedido tiempo muerto para quedarse a vivir en los abrazos, he posado mis manos ungidas sobre mi cabeza y mi corazón para bendecir los espacios de lo nuevo y de los retos; cada vez que mi lógica me repetía incansable que me confiara a los GPS de la vida vivida por otros, para definir mi camino y no perderme, he extendido en confianza mis manos para indagar sendas no trilladas y gastar palabras pronunciándolas.

Ser, es lo que me preocupa ahora. No dejarme arrastrar por cómodos principios o posesiones que me contradigan. Y siento como posesiones también todas esas buenas actitudes que dicen a otros cómo soy. Siento como apegos esas vivencias maravillosas que se resisten a ser recuerdos para vivir eternamente como protagonistas. Quiero ser. Y quiero dejarme ser por todos los encuentros, las gracias, que Dios me pone delante. Gracias a todos los que dejasteis de tener nombre y apellidos para llamaros, simplemente, hermanos y amigos, porque con cada uno de vosotros quiero hoy, nuevamente, ser.

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La muerte en rescate de la vida (a mi hermano José Gallego)

José Gallego Marcos

“Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios” (Rom 8,39)

A las 11.45h del sábado 28 de febrero, las trabajadas manos de mi hermano de comunidad José Gallego Marcos se dejaron relajar por primera vez en su vida. Ni siquiera la sedación, bajo cuyos efectos llevaba una larga semana, fue capaz de vencer la fuerza de voluntad de José. Incluso su mano izquierda, la más afectada por la metástasis en los huesos, seguía haciéndose fuerte para sembrar y recolectar, porque no han sabido hacer nada más, y nada menos, desde que hiciera su primera profesión como trinitario hace ahora 63 años.

Hay ocasiones en que la muerte viene en rescate de la vida, y la hace aflorar llena de sentido, con rostro sereno, con manos fuertes. Son ocasiones en las que la muerte devuelve la dignidad con la que se ha vivido y recupera lo que tanta enfermedad había ocultado. Son ocasiones en las que vislumbramos, como en aquella tarde del Tabor, la plena vida que tanto sufrimiento se reservaba, y comprendemos que cuando todo falla nos queda el amor de Dios en todo lo que hemos amado.

Hace apenas un año que José llegó a mi Casa trinitaria de Córdoba. Venía descolocado, unos meses antes tuvo que dejar de ser párroco en Iznatoraf porque la vista le fallaba y comenzaba a tener pequeñas molestias en el hombro izquierdo. Venía descolocado porque dejaba su comunidad, en Villanueva del Arzobispo, junto a Nuestra Señora de la Fuensanta, y aquí poco podía aportar, y porque parecía repetirse la historia de 49 años atrás que le obligó a renunciar a su empeño misionero. Pero no se descolocó cuando, un mes después de llegar a Córdoba, los médicos descubren que las pequeñas molestias del hombro estaban ocasionadas por una metástasis agresiva de cáncer de pulmón. En ese momento reapareció el fray José de siempre, no para aferrarse a la vida, porque era consciente de que esa batalla la tenía perdida, sino para seguir sembrando con esas manos fuertes de rudo trabajador de una viña que siempre supo que era de Dios.

La muerte ha venido a rescatar esa vida trabajada y silenciosa. José no ha ocupado oficios importantes, recibió la ordenación presbiteral con 49 años, y hasta entonces, fray José, como todos le conocían, fue curtiendo sus manos en los seminarios menores de Alcázar de San Juan y el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza. Con cariño recordaba el largo mes de travesía del Atlántico, con apenas 18 años, para ir a Santiago de Chile. Después, en Villa María, Argentina, dejó algo más que sus primeros años de religioso, sus ojos se iluminaban y sus manos recobraban vigor cuando recordaba junto a nosotros en la comida o en cualquier cena, aquellos descubrimientos que despertaron en José para siempre un alma misionera.

Tres años después de volver a España sus ojos se fijaron en Madagascar, y lo que se presentaba como la realización de su anhelo más íntimo, se reveló a los pocos meses de llegar a Tsiroanomandidy como fracaso, a causa de una inesperada enfermedad que cortó sus alas y le obligó a regresar. Orencio, su hermano, me contaba estos días cómo apareció José en el aeropuerto de Madrid, demacrado, débil, sin vida. Pero algo más que los delicados cuidados de su madre, Basilisa, levantó su ánimo para fortalecer sus manos y aclarar su vista. Como la santa de Lisieux, José fue descubriendo su alma misionera en lo sencillo de cada gesto, en la constancia del trabajo diario, en la oración confiada, en la disposición del corazón para vivir la humildad y la sencillez de nuestra Orden entre los brazos de Dios.

En esos brazos retoma su camino, los seminarios menores de la Provincia, el comedor y la secretaría del colegio de Madrid, las parroquias de Madrid y Algeciras y el hospital de Algeciras se convirtieron en valedores de su espíritu misionero, de su incansable corazón, de su sencillez desgarradora. Nos lo ha recordado cada día, porque a pesar de que sus células iban de retirada, su corazón y sus manos se aferraban a todo lo vivido, a todo lo liberado, a todo lo amado.

Su hermana Clara convertía en oración las que fueron, prácticamente, las últimas palabras conscientes de José; una semana antes de morir, en urgencias, repetía, “A pesar de todo, ¡feliz!”. No hay mejor resumen de una vida en la que nada, ni nadie, ha podido separar a José del amor de Dios.

Los hermanos que formamos la Casa de la Santísima Trinidad de Córdoba nos sentimos agradecidos, indignamente, por haber compartido este último año de vida de José. Verle sufrir, acompañarle al hospital, ayudarle en el comedor o en su habitación, lejos de vivirlo como una carga nos ha unido más y nos ha devuelto aquella ilusión sencilla y tan trinitaria de hacer lo que hacemos como lo hacemos. Quizá estas líneas os ayuden a recordarlo o a conocerlo, pero más allá de las normas que nos piden aplicar sufragios y oraciones por su eterno descanso, las trabajadas manos de José necesitan de religiosos trinitarios y de laicos trinitarios que en cualquier parte del mundo pierdan el miedo a manchar o curtir las suyas, ese será nuestro mejor recuerdo.

José Gallego Marcos nació en Zamora el 11 de mayo de 1936, hijo de José y Basilisa. Realizó su noviciado en Algorta, donde emitió su primera profesión el 25 de marzo de 1953. Emitió la Profesión Solemne en Villa María, Argentina, el 8 de septiembre de 1958. Se ordenó de presbítero en el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, en Andújar, el 23 de marzo de 1985. Falleció en Córdoba el 28 de febrero de 2015.

Si el hombre pudiera decir lo que ama…

IMG_2028Vuelvo, ¡cuántas veces lo he dicho!, pero quiero seguir sintiendo el sabor a sangre en la boca cuando lo escribo, cuando me decido a tomar de nuevo esta pluma virtual. En estos meses me he levantado más de una mañana con pensamientos que desbordaban mis sueños y me recordaban cómo se sonríe, cómo se indigna un hombre, cómo sigue siendo verdad que podemos adivinar el futuro si aprendemos a leer el presente.

Y quiero retomar estos pasos de puntillas junto a un amigo de hace años. Algunos me han preguntado sobre los versos que aparecen en el sobre mí de Twitter. Son parte de un poema de Luis Cernuda, Si el hombre pudiera decir lo que ama, que quiero hacer frontispicio de estas notas y pensamientos que comparto.

Decir lo que amo, proclamar la verdad ignorada, justificar mi existencia por medio de la palabra libre, vivir plenamente… Así entiendo mi vida, así la vivo y la comparto. Gracias a los que camináis conmigo y me enseñáis a amarla.

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.