La sabiduría de lo pequeño

Tras detenernos ante la urgencia de recuperar el valor místico del vaso de agua fresca, vamos a dar ahora un paso más hacia adentro. Vivimos en la era de la acumulación: acumulamos datos, títulos, experiencias, seguidores, posesiones y, sobre todo, certezas. Nos aterra la intemperie de la duda, por lo que nos construimos búnkeres intelectuales y espirituales hechos de teorías absolutas y verdades prefabricadas. Creemos que cuanto más sepamos, cuanto más controlemos el mapa de la realidad, más a salvo estaremos del colapso de esa misma realidad. Sin embargo, la verdadera libertad de pensamiento y de acción no nace de la soberbia del que lo sabe todo, sino de la humilde y provocadora sabiduría de lo pequeño.

En nuestra búsqueda obsesiva de saberes, nos asedia la trampa de confundir acumulación de información con verdad de la existencia. Cuantas más respuestas automáticas poseemos, más incapaces nos volvemos para escuchar las preguntas reales que laten a nuestro alrededor. Frente a esta inflación del ego cognitivo, la historia del pensamiento nos lanza un salvavidas desinstalador. Lo comenzó Sócrates, en los albores del pensamiento, con su célebre y radical sentencia: «Solo sé que no sé nada».

El “no saber” socrático no es una renuncia perezosa al conocimiento, sino una declaración de absoluta libertad. Reconocer la propia ignorancia es romper las cadenas del orgullo que nos obliga a mantener las apariencias. El que no sabe nada ya no tiene que fingir que domina el universo; queda desnudo y vulnerable, pero con los ojos completamente abiertos y limpios para dejarse sorprender por la realidad.

Esta desposesión mental encontró su continuación en la mística. Cuando el alma se cansa de los tratados teológicos abstractos y de las fórmulas vacías que pretenden encasillar el misterio de Dios, descubre que solo avanzamos cuando desaprendemos. San Juan de la Cruz, el poeta de la noche oscura, lo dijo en Subida del Monte Carmelo con un verso maravilloso: «Para ir a donde no sabes, has de ir por donde no sabes».

El camino del Espíritu no es una autopista iluminada por certezas absolutas, sino un sendero a la intemperie. Para adentrarse en lo verdaderamente nuevo, hay que tener el valor de soltar los mapas conocidos, aceptar la niebla de la incertidumbre y caminar confiando únicamente en el susurro de la gracia. La fe no es un seguro a todo riesgo contra las crisis de la vida; es la libertad de caminar en la oscuridad sabiendo que la pequeñez del ser humano es el único espacio donde Dios puede actuar.

Nuestra sociedad contemporánea, obsesionada con el rendimiento y el control algorítmico, ha declarado la guerra a este vacío creador. Intentamos digitalizar la existencia para que no quede ningún rastro de misterio o fragilidad. Byung-Chul Han, en su ensayo No-cosas, lanza una advertencia sobre cómo este exceso de control nos está deshumanizando: «La obsesión por la información y la eficacia nos ciega ante las cosas pequeñas, que son precisamente las que dan cobijo y sentido a la existencia».

Cuando renunciamos a la tiranía de la eficacia y de las grandes verdades ideológicas, recuperamos la libertad de actuar en lo cotidiano. Es ahí, en la aceptación de nuestros límites y de nuestra bendita pequeñez, donde la vida se vuelve manejable, real y transformadora. Ya no nos abruma la obligación por salvar el planeta entero con discursos grandilocuentes; nos basta con ser fieles a las pequeñas grietas que se abren a nuestros pies.

Es nuevamente una escritora mística quien nos desarma con su intuición de resistencia, santa Teresa de Lisieux, la sabia de la pequeñez. Ella, que pasó su corta vida encerrada entre los muros de un monasterio, sin realizar ninguna hazaña que los anales de la historia pudiera considerar relevante, hizo su propio caminito para recordarnos que, en el criterio último de lo que permanece, «Jesús no mira tanto la grandeza de las obras, ni siquiera su dificultad, sino el amor con que se hacen».

La sabiduría de lo pequeño es una mística de la desinstalación. Es la paz de sabernos limitados y la inmensa libertad de no tener que ser los héroes de nuestra propia historia. Vivir a la intemperie de nuestro “no saber” nos cura del cinismo, de la soberbia y de la parálisis. No necesitamos entender todas las mareas del mundo; nos basta con la humilde sabiduría de saber custodiar, con ternura, nuestra pequeña porción de existencia.

La mística del vaso de agua

La santidad es asombrosamente doméstica. Nos hemos vendido al mito de que nos salvan los grandes gestos, las hazañas llamadas a perdurar en los anales de la vida o esos macroproyectos que pretenden sobrevivir a los cataclismos cotidianos. Pero cuando miramos de cerca, cuando limpiamos la mirada de ambición, descubrimos que la vida se salva en lo pequeño, mediante acontecimientos simples y sencillos.

Lo mismo ocurre en la dirección contraria. Bastan unos pocos segundos para que todo lo levantado se desplome; para que esa seguridad que vestíamos como armadura protectora se convierta en una pila de incertidumbre y silencio. Desgraciadamente, nos sobran experiencias que nos dejan, de la noche a la mañana, a la intemperie de nuestras dudas, despojados de respuestas y sin red de seguridad.

Lo acabamos de constatar con los devastadores terremotos de Venezuela. Ante una catástrofe así, el paisaje se vuelve descarnado: se entremezclan el llanto de quienes lo han perdido todo con la emoción de la esperanza que se abre paso entre los cascotes. El desastre divide al ser humano en dos categorías: los que rapiñan el dolor ajeno y los que ennoblecen la tragedia con pequeños gestos de entrega.

En el capítulo diez del Evangelio de Mateo, al final del llamado discurso misionero, Jesús nos da las claves para entender lo que nos espera en nuestra salida al mundo. Dejar el arropo del hogar significa exponerse a un escenario incierto de soledades. Es ahí, en la vulnerabilidad de la intemperie, donde el deseo se cruza con la necesidad, donde buscamos rostros reconocibles y nos aferramos a cualquier saliente que la vida nos ofrezca. Sabemos que se nos pide habitar la incertidumbre y trazar caminos en el desierto; sin embargo, aterrados por nuestros propios límites, nos empeñamos en levantar certezas artificiales para abrigarnos del frío real.

La imagen de un edificio de varias plantas desmoronándose nos estremece porque es el símbolo perfecto de la caída de nuestros propios refugios ideológicos. Los hogares que nos atrapan emocionalmente suelen tener nombres escritos con mayúsculas solemnes: Familia, Amistad, Amor, Solidaridad, Libertad. Esos grandes ideales terminan siendo los mayores cómplices de nuestra comodidad. Nos duelen las heridas del mundo en abstracto, nos escandaliza la injusticia social a través de pantallas y proyectamos heroicidades teóricas para reclamar la conciencia; pero nuestra compasión real no dura más que el tiempo que tardamos en encontrar otra grieta que tapar en la sólida pared de nuestra rutina.

Convertir las grandes palabras en ídolos de nuestra supervivencia solo nos arrastra al lodo del conformismo. Podrán sacarnos de algunos pozos psicológicos o darnos un calor efímero, pero sin la referencia concreta a la cotidianidad de los detalles, los grandes discursos no son más que miseria envuelta en ropajes de justificación. Obsesionados con la cultura del seguro total, buscamos retenerlo todo —incluso el sentido de la fe— para no arriesgar la vida por nada ni por nadie.

Solo cuando aceptamos el desgaste de lo que parece insignificante, cuando abandonamos los discursos y asumimos las heridas inevitables que produce el hecho de amar en serio, dejamos de actuar como guardianes de nuestra comodidad para empezar a comprender al prójimo que se desmorona.

Nuestra excusa habitual es la falta de poder, de sabiduría o de fuerzas para cambiar las estructuras del mundo. Nos justificamos diciendo que no somos lo suficientemente santos como para sanar las llagas de la sociedad en que vivimos, que la confianza del pequeño frente al gigante está bien para la historia de David y Goliat, pero no para nosotros, asediados por problemas que nos superan en todo.

Frente a esa parálisis, la revolución de lo cotidiano exige auténticos actos de resistencia. No se nos piden imposibles. Jesús lo expresa con una simplicidad que nos desarma: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños… no perderá su recompensa» (Mt 10,42).

El desafío de la intemperie no consiste en diseñar grandes planes de reconstrucción global o personal, sino tener el coraje de abajarse y ofrecer un vaso de agua fresca. No hay mayor acto de amor.

El buen humor como resistencia

Tras buscar en la entrada anterior el rastro del buen humor en la historia de la Iglesia, conviene aterrizarlo en lo concreto: como actitud básica, cotidiana y profundamente necesaria. El buen humor no es un accesorio del carácter, sino una condición de resistencia y supervivencia espiritual. Pero para que esto sea así, necesita un suelo firme donde echar raíces.

El primer rasgo de resistencia del buen humor es la amistad real. Aunque las redes sociales nos han vendido la ilusión de una conectividad total a través de seguidores y me gusta, lo cierto es que la pantalla suele esconder una forma sutil de consumismo emocional. Ofrece un placer rápido, un destello de dopamina que simula completitud, pero que esconde una profunda carencia de alegría verdadera.

Solo hay que ver el vacío, la soledad y el rechazo —tierra de cultivo de la tristeza— que experimentan algunos cuando las métricas digitales no alcanzan los números deseados, aun teniendo amigos de carne y hueso a su lado. Ya lo advertía Cicerón en su tratado Sobre la amistad, definiendo precisamente la amistad: «Aumenta la felicidad y disminuye la tristeza, multiplicando por dos nuestra alegría y dividiendo nuestra pena».

Cuidarse de los espejismos digitales es un buen comienzo. Sin embargo, también debemos vigilar qué aportamos cada uno de nosotros a los espacios que habitamos: la familia, la escuela, el vecindario o el trabajo. A veces somos tan selectivos, tan celosos de nuestra comodidad, que cultivamos un concepto aristócrata del buen humor. Nos volvemos cínicos y distantes hasta convertirnos en el “cero” de la ecuación, aplicando la mítica frase de Bart Simpson: «Multiplícate por cero». Por muy alta que sea la cifra de alegría, entusiasmo o buen humor que los demás traigan a la mesa, si nuestra actitud es la desconfianza o el desdén, el resultado final siempre será cero. Cancelamos la fiesta.

El segundo rasgo de resistencia es la paz interior. En los momentos críticos, cuando el estrés o la incertidumbre nos desbordan, lo primero que perdemos es la perspectiva. Cuando la complejidad del mundo nos abruma y nos roba la paz, dejamos de ver a las personas y las convertimos en estadísticas, en obstáculos o en simples circunstancias que nos estorban.

Bajo esa mirada nublada, el buen humor del otro se percibe como frivolidad o amenaza. Nos volvemos incapaces de sostener una mirada, de devolver un saludo o de regalar esa sonrisa limpia que reconoce y valida la existencia de quien tenemos enfrente. Sin paz interior, la intemperie se vuelve un desierto hostil.

El tercer rasgo de resistencia del buen humor es su capacidad humanizadora. En este tiempo de inteligencia artificial, asistimos a noticias estremecedoras: personas atrapadas en una profunda soledad que establecen vínculos de amistad, e incluso complejas relaciones afectivas, con entidades virtuales. Sin embargo, la tecnología tiene un límite insalvable: es incapaz de habitar la ambigüedad, la ironía, la sorpresa y la relación profunda entre el objeto y su contexto.

Como nos advierte el filósofo Daniel Innerarity en su reciente ensayo sobre la inteligencia artificial, el sentido del humor y la risa espontánea son de las propiedades más específicamente humanas y, por tanto, más difíciles de aprender para una máquina, por muy “inteligente” que pretenda presentarse. Aunque le pidamos un chiste a nuestro asistente virtual —¿quién no lo ha hecho alguna vez?—, solo obtendremos una simulación impostada del humor que, lejos de humanizar la tecnología, la vuelve más preocupante. Pienso, además, que parte de esa preocupación consiste en que a veces se parece demasiado a la superficialidad de algunos humanos.

La alegría verdadera no se programa ni se hereda de un código de datos; es el sello de nuestra humanidad. Y pasa su mayor prueba de autenticidad cuando es capaz de emerger, desde el respeto y la ternura, precisamente en situaciones de fragilidad y dolor. El algoritmo puede imitar la estructura de un chiste, pero jamás comprenderá el alivio de una sonrisa en mitad del llanto.

No encuentro mejores palabras para cerrar esta reflexión que la famosa “Oración del buen humor”, atribuida a santo Tomás Moro. Un texto que es, en sí mismo, un programa de vida desinstalado y libre:

«Concédeme, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir.
Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla.
Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar lo que es bueno y puro,
para que no se asuste ante el pecado, sino que encuentre el modo de poner las cosas de nuevo en orden.
Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento, las murmuraciones, los suspiros
y los lamentos y no permitas que sufra excesivamente por esa cosa tan dominante que se llama yo.
Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás.
Así sea».