El asombro en el muro

Vivimos rodeados de palabras, pero huérfanos de sentido. Abrimos la pantalla y entramos en una corriente donde todo parece urgente y nada resiste una mínima intemperie de pensamiento. Las noticias falsas, la “infoxicación”, los bulos y el insulto gratuito no solo han colonizado los muros de nuestras redes sociales, han colonizado nuestra atención. Hoy, la verdad se diluye entre titulares inflamados y opiniones disfrazadas de hechos. La mentira ya no necesita imponerse, le basta con circular.

A veces hay una intención deliberada de manipular, de deformar la realidad hasta hacerla irreconocible. Otras, lo que empieza como un juego inofensivo, acaba liberado en el torrente del compartir compulsivo y se convierte en una masa informe, en un lodo que termina manchándolo todo. Y si aún estamos despiertos, podemos preguntarnos: ¿cómo distinguir la verdad cuando nos toca lo personal, lo emocional, lo vital, lo que somos?

Y a pesar de que no todo lo que nos rodea sea falso, tampoco todo lo verdadero es realmente valioso. Buena parte de lo que dejamos en esos muros virtuales —y de lo que consumimos sin resistencia— no nace de la convicción, sino del vacío. Son palabras sin densidad, gestos sin dirección, expresiones de una desidia o de un aburrimiento que busca desesperadamente dejar rastro. Queremos estar, decir, aparecer. Queremos dejar huella y, en ese impulso, olvidamos preguntarnos si hay algo en nosotros que merezca ser compartido.

No es un fenómeno nuevo, aunque nos guste creer que toda esta saturación es el precio de la modernidad tecnológica. Hace dos mil años, en los muros de Pompeya, alguien escribió: “Admiror, o paries, te non cecidisse ruinis, qui tot scriptorum taedia sustineas”“Me asombro, oh pared, de que no te hayas desplomado en ruinas, tú que soportas las burradas de tantos escritores”—.

Hay algo profundamente incómodo en esa frase. No solo por su vigencia, sino por su ironía. Es un grafiti que se queja de los grafitis; una crítica escrita desde el mismo gesto que denuncia. Una contradicción que no invalida el mensaje, sino que lo hace más humano: no hablamos solo de información, sino de necesidad.

Las paredes de piedra de la antigüedad eran las pantallas de ayer, acumulando anuncios, insultos, declaraciones de amor y ocurrencias de todo tipo. El autor de aquel grafiti pompeyano expresa su hartazgo ante la saturación, pero al hacerlo participaba del mismo ruido. Quería ser escuchado, que su voz permaneciera.

Y eso no ha cambiado. Seguimos escribiendo sobre los muros —ahora digitales— impulsados por la misma inquietud: dejar constancia de que estuvimos ahí. Aunque lo que dejemos sea irrelevante. Aunque contribuya al mismo ruido que criticamos. Aunque, en el fondo, sepamos que no estamos diciendo nada.

Esa paradoja es el eco de un desorden interior. Publicamos, comentamos y reaccionamos, no porque tengamos algo que decir, sino porque no terminamos de comprender lo que nos pasa. La realidad nos desborda, nos incomoda, nos descoloca. Y en lugar de detenernos a pensarla, la expulsamos en forma de mensaje, salga lo que salga.

Se ha vuelto más fácil opinar que comprender, más rápido compartir que sostener una pregunta o una mirada. Por eso, el verdadero peligro no es la mentira ni la saturación, sino la ausencia de silencio. Sin silencio no hay pensamiento, y sin pensamiento la verdad deja de ser una búsqueda para convertirse en una consigna. Acumulamos palabras como quien levanta un muro para no tener que mirar lo que hay detrás.

Vivir a la intemperie hoy exige recuperar una honestidad con la palabra. Significa resistir la tentación de llenar cada vacío con ruido y aceptar que no todo merece ser compartido, que no toda reacción merece ser expresada. Tal vez la verdad no sea algo que podamos poseer, pero sí podemos decidir cómo nos acercamos a ella: con la prisa de quien quiere imponerse o con cuidado del que busca entender; con ruido o con silencio.

Al final, los muros —sean de piedra o de píxeles— seguirán ahí, soportando lo que escribamos sobre ellos. La pregunta no es cuánto pueden aguantar. La pregunta es qué tipo de huella queremos dejar en ellos. Y, más aún, qué dice esa huella de nosotros cuando nadie está mirando.

Buscando razones para vivir

A menudo confundimos el pulso del corazón con la vida. Nos despertamos, cumplimos el guion, sorteamos los baches del camino y regresamos a la cama con la mediocre satisfacción de haber sobrevivido un día más. Pero no nos equivoquemos: sobrevivir es un instinto animal; vivir es una decisión humana.

Ser humano no es un estado de reposo. Es una tensión permanente de la existencia. Lo comprendemos tarde, casi siempre a base de golpes y caídas, mientras atravesamos esos dédalos que nos asfixian y nos arrebatan las certezas que tranquilizan la conciencia. Madurar no consiste en encontrar un refugio seguro, sino en aprender a caminar sobre el filo de nuestras propias imperfecciones.

Ya lo advirtió Nietzsche en Así habló Zaratustra: «La grandeza del hombre está en ser un puente, no una meta: lo que se puede amar en el hombre es ser un paso y una caída». Ahí reside el sentido: en ser un puente. Conocer los términos de nuestra vida compartida, aprender a movernos entre los márgenes, tender vínculos entre orillas que parecen irreconciliables. Cuando, en cambio, nos obsesionamos con “ser una meta”, la perfección nos esclaviza. Nos volvemos rígidos, prisioneros de una autorrealización de escaparate, de un perfeccionismo que convierte la vida en una guerra silenciosa contra todo aquello que consideramos un obstáculo para el éxito.

Si necesitamos la perfección para sentirnos realizados, entonces ya estamos muertos. Rousseau recordó que nuestra marca de fábrica es la imperfección, lo inacabado. Pascal fue aún más lejos al afirmar que «el hombre sobrepasa infinitamente al hombre». No somos una obra terminada: somos un tránsito. El puente que une lo que somos con lo que aspiramos a ser se sostiene, precisamente, sobre el abismo de nuestras imperfecciones.

Sin embargo, nos han educado para ocultar la herida, para avergonzarnos del fracaso y maquillar la duda. Como si la fragilidad fuera una falta moral. Pero el camino hacia la autenticidad exige lo contrario: interrogar nuestras razones para vivir justo cuando todo parece desmoronarse.

Vivir de verdad significa tender puentes entre nuestras experiencias rotas. Aceptarnos de forma íntegra. Comprender que la sombra es tan nuestra como la zona iluminada de nuestra existencia. Dejar de combatir lo imperfecto para empezar a integrarlo.

Lo impecable y lo defectuoso no son enemigos; son la urdimbre y la trama de nuestra propia humanidad. La inquietud más profunda surge cuando nos miramos al espejo y encontramos frente a nosotros el fracaso o a la muerte. Pero ahí se esconde el secreto: buscar razones para vivir no es un ejercicio de defensa propia frente al desastre. Es un acto de rebeldía contra el cansancio de la rutina.

Nuestro mayor peligro no es la gran tragedia, sino la lenta corriente de las aguas mansas. Esa inercia social que intenta convencernos de que la existencia es inevitable, de que “las cosas son así» y de que lo más sensato es dejarse llevar. Por eso, vivir a la intemperie significa nadar contra esa corriente. Negarse a que la vida se reduzca a una rutina gris que termine anestesiando el alma.

Y en esta resistencia no estamos solos. Buscar razones para vivir también significa levantar la mirada hacia el otro. Reconocer su vulnerabilidad no como un gesto de caridad ni como un ejercicio superficial de empatía, sino como un acto de identidad. Abrazar la fragilidad del que tenemos delante con la misma piedad con la que deberíamos abrazar la nuestra. Comprender sus caídas como disculpamos y comprendemos las propias. Porque, al final, la vida compartida es el único mapa fiable para no extraviarse en el laberinto.

No se trata de alcanzar una meta donde todo esté resuelto. Se trata de aceptar la travesía. Ser el paso. Ser la caída. Ser el puente. Solo cuando asumimos que la vida es ese equilibrio precario entre lo que soñamos y lo que logramos, empezamos —por fin— a encontrar razones para vivir.

Interlocutoras de lo sagrado

A veces los calendarios litúrgico y civil se conjuran para sacudir nuestra comodidad de pensamiento. Este tercer domingo de Cuaresma nos ha regalado el Evangelio de la Samaritana, justo el mismo día que se celebra el Día Internacional de la Mujer. Y queda suspendido en el aire un versículo que parece sellar la coincidencia: “Los discípulos se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer” (Juan 4,27).

¿De qué se extrañaban exactamente? Quizá de que Jesús no se limita a transgredir algunas costumbres sociales, sino que dinamita todo un sistema de castas espirituales. A Jesús le atraían las periferias, los márgenes. Y en el margen estaban ellas.

Si leemos los cuatro evangelios con una mirada limpia, descubrimos que algunos de los diálogos más ricos, más profundos y más teológicos de Jesús no se dan con los sumos sacerdotes ni con los doctores de la ley. Se dan con mujeres. Al menos una docena de escenas nos muestran a un Jesús que no se acerca a ellas por simple condescendencia o caridad, sino que las reconoce como interlocutoras de lo sagrado.

Desde la revelación mesiánica a la Samaritana hasta la confesión de fe de Marta, pasando por el perdón ofrecido a la mujer sorprendida en adulterio, Jesús despliega un trato que hoy llamaríamos revolucionario. No solo las cura de sus hemorragias o de sus demonios; las restituye en su dignidad social. Cuando María de Betania se sienta a sus pies, está ocupando el lugar físico del discípulo, un espacio que la tradición de entonces le negaba. Jesús no solo acepta sus gestos proféticos —como el perfume derramado sobre sus pies—, sino que además las convierte en las primeras testigos de la Resurrección. Sin ellas, la mañana de Pascua se habría quedado en silencio.

Ese discipulado a la intemperie, valiente y radical, no terminó en Jerusalén. Ha sido una constante a lo largo de los siglos, muchas veces bajo el fuego de la incomprensión. Mujeres que, en medio de desiertos espirituales, se atrevieron a ser primavera: Juana de Arco, Hildegarda de Bingen, Teresa de Ávila, Mary Ward, Dorothy Day o Teresa de Calcuta. Mujeres que no pidieron permiso para ser santas, ni para ser libres.

Dentro de la familia carismática trinitaria contamos con un buen número de mujeres que han encarnado la misión redentora con creatividad, valentía y una profunda pasión por la libertad de los demás. Basta recordar nombres como Ángela María de la Concepción, Marcela de San Félix, Jeanne Adrian, Isabel Sunyer, Marie-Magdeleine-Euphrasie Hugon, Mariana Allsopp o Ángela Autsch. Cada una en su tiempo y en su contexto, todas ellas supieron leer los signos de su época y responder con una vida entregada a la liberación, la educación, la compasión o la resistencia silenciosa frente a la injusticia.

Precisamente estos días, el cine nos devuelve una de esas historias de grandeza silenciosa: “Las locas del Obelisco”. Tuve la suerte de asistir al preestreno, del que salí con el corazón removido por la figura de Mariana Allsopp, fundadora de las Hermanas Trinitarias y aquellas primeras religiosas a las que tomaron por locas.

Hay un momento en la película de Pablo Moreno que condensa todo lo anterior. Es el duelo dialéctico entre Mariana (Paula Iglesias) y Madame Emilia (Assumpta Serna). En plena calle, la Madame reta a la religiosa: “Ambas hacemos lo mismo: damos libertad a estas mujeres perdidas. Pero si tanto amas la libertad, haz lo que hacían los antiguos trinitarios en las mazmorras: cambia tu vida por la de la prostituta. Quédate tú en su lugar.”

En la mirada de Mariana Allsopp vislumbramos un despertar. En ese momento comprende que el carisma redentor no consiste en palabras hermosas ni en grandes instituciones, sino en gestos radicales de liberación. Y acepta. Es así como brotan los «torrentes de agua viva», y quien los encuentra no puede callar ni quedarse de brazos cruzados. La Samaritana, una mujer herida, se convirtió en la primera misionera del Evangelio de Juan; Mariana Allsopp, sin buscar un empoderamiento de escaparate, encontró el camino que desciende a los infiernos para ser allí misionera de las que consideraba sus hermanas.

Hoy hablamos mucho de cuotas y de discursos, pero quizá nos falta el coraje de quienes dialogan con las sombras. El poder de la transformación real no está en las jerarquías que Jesús cuestionó, sino en esas mujeres que suman a otros para cambiar el mundo desde abajo.

Como escribe Miquel Seguró en La seducción del encanto: “Es como una bella flor que brota en medio de un páramo. Será efímera su fragancia, porque una flor no basta para que sea primavera, pero es tan bella y arrebatadora que esa sola flor es, en tiempos de escasez, portadora de encanto”.

Busquemos esas flores.
O mejor aún, atrevámonos a ser una de ellas en medio de nuestro propio páramo.