La realidad como excusa

Dicen que de las adversidades se aprende, que son una oportunidad única para resurgir fortalecidos y sumarnos a la reconstrucción de un mundo mejor, con relaciones más auténticas. Creo en ello, así es como he aprendido a levantarme y a renovar mi esperanza, alejándome de los rencores y las excusas que me cercan cada vez que algo, o alguien, falla a mi alrededor. La realidad, la vida en sí, es una escuela que imparte sus lecciones en el mismo terreno en que se juega, y que contiene enseñanzas para el mismo juego. Sus propuestas son claras y nos exigen una implicación total, aunque somos nosotros mismos quienes tomamos la decisión de asumirlas o esquivarlas.

La realidad que ahora vivimos, y que solo conocíamos por las respuestas históricas o de ficción que dieron otros, nos obliga a un cuidado que va más allá del compromiso solidario, es el cuidado de todo aquello con lo que convivimos, de las relaciones con la casa común que habitamos y con las casas humanas que nos interpelan, es el cuidado de los espacios compartidos, ese puzzle incompleto que nos calienta la cabeza cada vez que pretendemos terminarlo a cualquier precio, incluso forzando o inventando piezas que no encajan. La realidad es compleja, pero es justamente en esa complejidad que es para nosotros sentido, trascendencia, asombro.

Somos realistas cuando asumimos esos huecos vitales como parte de nuestro conocimiento, la nada como posibilidad creativa y no como ausencia de sentido, las afueras como comarca de lo humano, así las define el filósofo Josep María Esquirol, “En las afueras no procede ni la identidad mayúscula, ni la posesión absoluta. Las afueras nos constituyen. Y las habitamos”. Pero las afueras nos desconciertan, por eso preferimos seguir representando centros y poseyendo realidades que podamos controlar. Continúa proponiendo Esquirol, “Si todo lo reconociéramos como afueras y nada como centro, podríamos tejer una red de afueras, de tiendas, de refugios, que juntaríamos para crear amplios espacios de convivencia.”

Es la obsesión por crear centros, geográficos y existenciales, la que limita nuestro acercamiento a la realidad, que se expande en las afueras, las intemperies las llamo yo, y desde ahí reclama nuestra adhesión. Controlar la frontera entre las afueras y el centro de la realidad que nos es propia se convierte en medida de nuestros intentos de sobrevivir a los cambios, evitando que se hagan costumbre y adaptándonos con resignación a las nuevas formas, para así mantenernos a flote en los naufragios.

Cuando nos refugiamos en el centro seguro, nos sobreviene la tentación de convertir la realidad en excusa. Lo que deberían ser oportunidades de acercamiento y relación, aquel saldremos mejores que hace meses nos repetían constantemente, las hemos transformado en blindaje de nuestros egoísmos. Enredados en los miedos, y justificados por la realidad, somos capaces de dejar perder nuestras mejores herramientas para convivir y compartir. Nuestras afueras existenciales pasan a ser polígonos industriales para el tránsito de mercancías que mantengan nuestra economía relacional, pero manteniendo un nivel bajo de compromiso.

Me hablan de personas que se apoyan en esta realidad como excusa para no juntarse con otros, para no visitar a la familia, para evadirse del contacto con sus afueras personales. Me hablan de mascarillas que ocultan rictus de soberbia, justificados en el miedo, disimulados tras una sonrisa de rotulador. Me hablan de ancianos y adolescentes víctimas de una soledad sobrevenida por el ego, el centro, tras el que algunos se han consolado, excusa de sus opciones por un cuidado entendido como seguridad, pero que tiene todo de comodidad.

Cambiaremos, quiero creerlo, necesito creerlo. Pero debemos ponernos a trabajar por incorporar a nuestra realidad la vacuna contra la pandemia de las renuncias, de la realidad como excusa.

Como cada año, me tomo un pequeño descanso en agosto. Gracias a quienes que me habéis acompañado, animado e inspirado. El primer martes de septiembre nos volvemos a encontrar, como siempre, en la intemperie de la vida.

Poner el alma en cada cosa

Hace poco más de un año que mi buen amigo Juanjo de la Torre me regaló la palabra meraki. Él, a su vez, la había recibido de un alumno de 4º de ESO, y consideraba que con el gesto heredaba la responsabilidad de regalarla a otros. Meraki proviene del griego, es un adjetivo que se usa normalmente para describir aquella situación en la que se pone un especial empeño, el alma y el corazón, desde el amor y la creatividad. No hay una traducción exacta al castellano, necesitamos esa larga perífrasis para entender su significado, pero no es obstáculo para que nos envuelva con la fuerza de su intensidad y precisión.

Fue Protágoras quien dijo y defendió aquello de que el hombre es medida de todas las cosas, situando así en el centro y en el objetivo de toda acción la capacidad humana de dejar alma y corazón en cuanto hacemos. Ser medida de todas las cosas no puede confundirse, como se hace a veces, con un pasar por el mundo imponiendo nuestra presencia, midiendo obsesivamente cuanto nos rodea, incluso aquello que no tiene medida. Es esta obsesión la que acaba controlándolo todo, nuestra mirada, nuestra infinitud, nuestros espacios de encuentro y de conocimiento, les aplica una medida limitadora que no pone corazón sino control. Las personas, en ese caso, no suman por las emociones que las integran sino por el valor que se adjudican.

Al medir cada cosa reducimos su realidad a un número, esquivamos su trascendencia y nos obligamos a poner como centro de nuestra acción solo aquello que podemos conocer y abarcar. Y a pesar de ello, nos gusta medir, en realidad lo hacemos constantemente, llenamos el corazón y la mente de reglas con las que calcular los pasos que damos, catalogar a las personas que encontramos en la vida, ordenar el mundo para hacerlo más comprensible. Esta proyección se convierte en una dificultad para el amor, y nos encierra en apuestas personales que nos llevan a poner el corazón en efímeras muestras de sentido. Decía San Bernardo que la medida del amor es amar sin medida, pero cuesta poner en ello el alma, ser creativos para entregarnos por entero, sin los condicionamientos que suelen envolver nuestras decisiones. Amar sin medida es aceptar fallos y errores, sin esquivarlos, haciendo de ellos oportunidad para la intensidad de la vida. Es meraki, descubrir nuevos mundos sin caer en la tentación de conquistarlos, asombrarse ante la cotidianidad sin buscar ordenar la entropía, ser parte del todo sin agotar en el todo el regalo de la diversidad.

Al igual que los escultores de la antigua Grecia, nos gusta hacer emerger la belleza, más allá de la forma en la que tantas veces nos quedamos. Lo fácil es rendirse a la belleza instantánea, andar con prisas por la vida y aceptar la imagen que no nos requiere demasiados esfuerzos interpretativos, casi como una reducción de sentido que nos evite pensar. También meraki tiene que ver con este empeño, al buen escultor se le otorgaba este adjetivo cuando era capaz de ir más allá del arte decorativo y se daba por entero a su obra, dejaba su alma en ella. Meraki es también el maestro que no se queda en enseñar o en evaluar, sino que crea algo nuevo en su relación con el alumno, una lección inolvidable, inmensa, auténtica. Meraki es quien ama sin medida, quien avanza sin límites, quien se sabe mucho más que una vocación o un estilo de vida, y pone el alma en cada cosa, en cada gesto, en cada silencio también.

Quien pone el alma en cada cosa no la pierde, la expande de forma creativa, se convierte en testigo de la vida compartida, vive también en aquello que hace propio. Me recuerda a la palabra hebrea que se usa en el relato de la creación, dabar, Dios crea algo nuevo mediante la misma palabra que pronuncia, cada término contiene aquello que significa y lo trae a la existencia. Es así como quiero pronunciar los nombres de aquellos a los que amo, los nombres que otros les dieron al nacer y los que yo mismo les he dado al hacerlos parte de mi vida; quiero pronunciar también así, creando algo nuevo, las virtudes que me reconcilian con la vida entregada, esas que hacen brotar paraísos en las secas estepas que voy abriendo con mi torpe discurrir por la vida. Crear, amar, darme y recibirme, sin la ambigua lección de las apariencias, meraki y dabar, sin medida, pero también como medida de todas las cosas, en una atrevida libertad de aquellos que ponen su alma en todo, sin más, sin menos.

Caer y levantarse

Hace unos días, en una estación de tren, asistí a una curiosa escena, dos niños se perseguían jugando, la pequeña, de apenas dos años y que corría tras su hermano mayor, cada poco caía en su torpe intento de alcanzarlo, pero volvía a levantarse y correr entusiasmada. La mamá, a cada caída de la niña, le daba unos azotes y la regañaba con creciente enfado, lo que no impedía que la pequeña continuara con el juego. Cómo no recordar aquel pensamiento de Nelson Mandela, lo importante no es no caer nunca, sino levantarse siempre. Pero ocurre que en no pocas levantadas encontramos el reproche de quien no tolera las caídas, las considera un fracaso en lugar de un aprendizaje.

Actúa en nosotros un doble miedo, el de caerse y probar el duro suelo, casi como una triste imposición de torpeza y fracaso, y también el miedo a no poderse levantar, una losa que nos relega a aceptar la resignada condición de caídos, preferida muchas veces a la expectativa de volver a tropezar. El miedo a caer es parecido al miedo a la oscuridad, controla nuestros avances en las tinieblas, cercados por reflejos de luz que nos invitan a no temer las sombras sino reconocerlas consecuencia de la claridad. “No hay sol sin sombra, y es esencial conocer la noche”, nos recuerda Albert Camus. Hay noches del espíritu que parecen empujarnos, como continuas caídas mientras caminamos de tropiezo en tropiezo, hay también otras noches que se instalan en nuestras historias personales y crean sombras con vida propia, que nos reprochan nuestra pasividad, como la que acechaba a Peter Pan.

Caemos, en un ciclo de retorno que nos desconcierta, porque no faltan las voces que interpretarán cada una de nuestras caídas desde ideas fatalistas, eco de los fracasos pasados, recuerdo permanente de nuestra condición. Son como los azotes que la mamá da a esa niña, quieren ser memoria del error y del fracaso, advertencia de las consecuencias de perder el equilibrio y rozar el suelo. Se nos impone un modo adecuado de vivir, de caminar por los complejos laberintos de la vida, “anda derecho”, “no corras”, “no chilles”, “aquí no se juega”… Las caídas son heridas que desvelan la vulnerabilidad, son el momento de la verdad, como las define Byung-Chul Han, porque sin heridas, sin caídas, no hay verdad, solo la repetida mentira de una fortaleza que quiere escapar de la vulneración. Caer supone vulnerabilidad y sensibilidad, enfatiza la experiencia en una atrevida forma nueva de ver el mundo que no quiere repetir siempre lo mismo. Cuando miramos la realidad desde abajo no solo cambiamos la perspectiva, descubrimos que somos superados por alturas que nos intimidan, que el equilibrio no es una forma de vida sino un modo de sobrevivir, que a ras de suelo se desvela una verdad que nos devuelve el ser y la nada que somos. Mirar desde abajo nos humaniza, tal vez por eso también nos atemoriza.

Cada caída es una noche, es esencial conocer la noche, que nos envuelve en su manto frío, es un suspenso otorgado por los desastres que han llenado nuestras decisiones, pero es justamente ahí, en esa soledad de noche, cuando podemos adquirir el conocimiento que nos permita levantarnos, no para evitar volver a caer sino para ganar el espacio que nos corresponde. Al miedo a sentir el suelo en la caída se contrapone el aprendizaje vital que nos pone nuevamente en pie, a los complejos por el error y el tropiezo se contrapone el impulso de sacudirse el polvo acumulado y ponerse en marcha, a la herida testigo de la debilidad se contrapone la sensibilidad que nos une a todos los caídos, a todos los que viven su particular noche oscura.

El segundo miedo asociado a la caída es el de no poder levantarse, esa terrible opción por vivir siempre desde abajo, en la falsa seguridad de que ya más no podremos caer. Quedarnos a vivir en las caídas interrumpe la natural tendencia a avanzar, preferimos el suelo conocido, convertido en hogar en el que hemos aprendido a integrar nuestros fracasos, a las promesas de cambio y de equilibrio. Sabernos vulnerables no nos salva del tedio de la vida, hay veces en que nos arroja a una resignación que nos acostumbre a ver siempre las cosas desde abajo, pero sin aprendizaje, sin el valor de los intentos, señores de nuestro propio purgatorio cargado de excusas protectoras.

Caer y levantarse son, en ocasiones, un mismo movimiento, ambas encierran en sí mismas el valor y el sentido de la otra, difíciles de entender por separado. Habitar una de ellas sin hacernos ciudadanos de la otra nos imposibilita para amar, para confiar, para la belleza. Conceder un valor absoluto a la condición de caído, sea lo que sea aquello que lo ha provocado, o a la de vivir en pie, sea lo que sea aquello que nos sostiene, solo contribuye a limitar nuestra experiencia vital, nos hace máquinas despojadas de sentimientos, obsesivos guardianes de la ortodoxia de la perdurabilidad, ingenuos peregrinos de la vida que creen que no volverán a caer o nunca más podrán levantarse.

Conté al menos seis caídas de la niña en el largo pasillo de la estación, el doble de azotes y amenazas de su madre protectora. Soy consciente de que ciertos juegos infantiles son una permanente amenaza para la paciencia del santo Job, pero el juego es constitutivo de lo bello. Pretender enseñar el sentido del fracaso acolchando las caídas o castigándolas solo construirá una sociedad con miedo al cambio y a los errores, de jugadores de la necesidad, sumisos al to like en lugar del to love como forma de manejarse en la vida, consumidores ideales y sin carácter, permanentes caídos, orgullosos erguidos.