#laescuelaquequeremos (y 3)

#laescuelaquequeremos tiene será creativa, divergente, no eternalista o no será nada.

Como una constante del institucionalismo que a veces invade nuestras escuelas se ha establecido la falacia del eternalismo, la búsqueda incansable para que los modelos pedagógicos y pastorales se mantengan en el tiempo, que la escuela del futuro se reconozca en un presente continuo, que los valores y el ideario que nos identifican sean estables e identificables. Hemos heredado esta idea, aunque distorsionada, del concepto religioso de “reino de Dios”, por el que debemos trabajar sin descanso y que esperamos alcanzar, que nos conseguirá la “tranquilidad” de la estabilidad moral, personal y espacial. Reconocemos los signos del eternalismo en esos compañeros que encuentran una programación que funciona y encaja, y la perpetúan hasta el día de su jubilación, pero también lo vemos en los modelos institucionales que aspiran a la estabilidad, creyendo que de ese modo nuestro mensaje será más claro y directo, porque al fin hemos encontrado algo que no cambia, y en esas celebraciones pastorales, que tanto costó introducir pero que se van repitiendo con cada vez menos sentido celebrativo y más porque toca. Cuando regresé después de 30 años a mi colegio de la infancia, encontré los mismos colores y los mismos carteles en las paredes, nada había cambiado; eso me tranquilizaba, todo seguía como lo recordaba y aportaba estabilidad a mi memoria y a mi sentimiento de que hay emociones que traen paz a mi ajetreada vida actual. Pero también sentía que no es esa la finalidad de la escuela, menos aún de la escuela católica, la falacia de la eternidad institucional nos lleva al materialismo de las ideas, nos sitúa en un espacio de comunes, prepara la aparición de palabras anticreativas, siempre se ha hecho así, esto es lo que somos, únete a nuestra visión del mundo…

El futuro de la escuela pasa por huir del eternalismo, ciertamente eso nos sitúa en la inestabilidad de lo efímero, pero es en esa inestabilidad donde debemos construir y deconstruir, evitando el sincretismo pedagógico, el indeterminismo institucional, la especulación pastoral, la improvisación moral… Esta huida del eternalismo nos situará en el mundo de la cultura y la poscultura, en el que curiosamente, a pesar de ser espacios educativos y transformadores, no estamos. No solo hay que situarse, es necesario asumir un papel claro, sin ambigüedades, en la creación cultural. La figura del educador cristiano, más allá de la DECA, del compromiso cristiano que esperamos ver en los currículos, de la colaboración voluntaria o la participación en los actos pastorales e institucionales de la escuela, necesita de compromiso por sentirse comunidad, especialmente cuando el hiperindividualismo va ganando espacios en la sociedad y en la escuela. Del mi al nuestra, desterrando el copyright de las mentes de los miembros del claustro. Pero no solo hacen falta educadores que compartan conocimiento, los necesitamos que compartan talentos, que aporten pensamiento divergente y crítico. Y la institución también tiene aquí algo importante que cambiar, necesita reconocer e integrar esos talentos con normalidad, no con excepcionalidad, promover las virtudes de quienes la integran para evitar los valores eternos y permanentes, solo así estaremos poniendo bases de pensamiento divergente y nos abriremos a las posibilidades del futuro en el tiempo presente.

#laescuelaquequeremos no puede ser otra cosa que trascendente.

El sentido efímero y los rasgos que hemos descrito hasta ahora conducen a la característica más significativa para hablar de un futuro de la escuela, su sentido de la trascendencia. La volubilidad nos plantea el reto de una escuela creativa y humanizada, que reconoce, como logos de trascendencia, las diferencias, los espacios distópicos, las desigualdades, los fracasos. La escuela del futuro no puede ser un invernadero de sentido autoreferencial, al estilo frío y solipsista de tantas películas y series futuristas; la escuela medirá su sentido en cuanto prepare para la intemperie, aporte valor desde la trascendencia que la habita, eduque en la entropía existencial desde el sentido último de lo vivido. Lo nuestro no es poner andamios que preserven los conocimientos y los valores transmitidos, sino asegurar los cimientos para vivirlos a la intemperie de la vida. Y nuestro cimiento no es otro que el Evangelio.

Y todo esto no se consigue añadiendo asignaturas o competencias al currículo, sino recreando los espacios, el lenguaje, los símbolos, las relaciones, los objetivos. Una escuela trascendente aprende a leer la realidad desde las preguntas abiertas, no desde las respuestas cerradas. El reto de #laescuelaquequeremos se enmarca en el difícil espacio de una sociedad plenamente inmanente, que solo va más allá del sentido de la realidad a través de experiencias mediáticas y tecnológicas. Hace poco, en una entrevista, el escritor Jordi Sierra i Fabra decía, “Leer me salvó la vida, escribir le dio sentido”. Nos hemos instalado en la inmediatez, de tal modo que la pastoral y la evangelización que promovemos se han rodeado de un halo soteriológico que solo contempla el futuro desde la preocupación por “salvar la vida”, pero que le cuesta encontrar símbolos y palabras para “darle sentido”. Es evidente que en eso de salvar tenemos experiencia, somos expertos y aportamos a la sociedad un valor fundamental, preocupándonos por la integración, ayudando a los más débiles, tanto dentro como fuera de la escuela, y apostando por la atención a la diversidad. Todo ello lo enmarcamos en la voluntad de ser escuela evangelizadora, que desde nuestros carismas institucionales embellece el mundo y salva a las personas. Pero la referencia futura de todo lo bueno que hacemos necesita que, tras la salvación del presente también le aportemos sentido trascendente ¿En qué medida la pastoral y la evangelización están dificultando la trascendencia? Esta cuestión es muy delicada, y debemos estar preparados para afrontarla con seriedad y sentido.

En definitiva, #laescuelaquequeremos no puede construirse con sueños, necesitamos incorporar a nuestro discurso y a nuestras propuestas realidades factibles, historias que vivir, espacios de liberación interior y exterior, porque solo así nuestras escuelas serán realmente evangelizadoras, creativas, implicadas en el cambio, solo así, desde la permeabilidad y la humildad, podremos construir sentido que ayude a otros a habitar la intemperie de la vida. Cuando nuestro compromiso es con las personas y con su futuro, no queda espacio para soñar sino para sembrar realidades.

#laescuelaquequeremos (2)

#laescuelaquequeremos está llamada a ser, especialmente, virtuosa y socializadora.

Educamos “para” (para la vida, para liberar, para el corazón…), la educación en sí misma está preñada de un sentido futuro, y a pesar de lo efímero de todo lo que tocamos, educamos para ser en una sociedad cambiante. Por eso es tan importante educar en el fracaso, cada vez más necesario y urgente, porque, como diría el Maestro Yoda (perdón por lo atrevido de la fuente): El mejor maestro, el fracaso es. Una escuela “cristiana”, que tiene como modelo inspirador el estilo pedagógico de Jesús de Nazaret, tiene que ser maestra de superación, y para ello necesita ir más allá de los valores eternos y aprender a habitar en las virtudes, promoverlas, facilitarlas, acogerlas, preferenciarlas. Las virtudes son el presente de los valores, su realidad más transformadora, instrumento de cambio y garante de futuro. Educar en las virtudes, más que en los valores, no es una marcha atrás, aunque pueda sonar a palabras rancias, supone un futuro de la escuela a partir de su compromiso moral, que pasa por la búsqueda de la proximidad, el servicio, la neosolidaridad…, estaremos capacitando para volver a las personas, tanto a las que educamos como a las de su entorno, a la vida que hay más allá de las paredes o los cristales de las aulas. La pastoral y la pedagogía que necesitamos deben ser virtuosas, y por ello socializadoras, mucho más abiertas, específicas, centradas en las personas y no en ideas efímeras. Pero esta apuesta virtuosa y socializadora estará siempre transida de fracaso, porque educamos en una sociedad cada vez más compleja, multicultural, asimétrica, desacomplejada, desinhibida, abierta, circular, pero que es al mismo tiempo una sociedad hiperconsumista, hiperindividualista, hipermoralista (G. Lipovestky)… No podemos obviar estos cambios, ni tampoco asustarnos de ellos, encerrándonos en estilos y propuestas maniqueos y caducos, porque la escuela no puede ser una instancia “asocial”, que trabaja, propone y educa al margen de lo que ocurre fuera de sus muros.

#laescuelaquequeremos va a ser flexible y con Wifi.

La hiperconectividad que vivimos también nos lleva, paradójicamente, a desconectamos de la realidad y de las personas que la habitan, hemos perdido la interactuación. Contemplamos atónitos cómo las nuevas metodologías pedagógicas que pretenden vendernos la integración con las tecnologías de la comunicación, solo contribuyen a la incomunicación. En la renovación/innovación de la educación en sí misma, como servicio, la tarea educativa ya no va a poder ser más un espacio experimental unidireccional, aparecerán nuevos retos sociales, tecnológicos, humanos, participativos…, a los que tendremos que responder multidireccionalmente; no tiene que pillarnos preparados, nos tiene que pillar flexibles. La adaptabilidad es uno de los músculos de la escuela, especialmente de la escuela católica, que más tenemos que trabajar, sobre todo porque nos obliga de nuevo a ir más allá del institucionalismo que nos agarrota. Este cambio a la flexibilidad tiene sus consecuencias, supondrá un fuerte cansancio personal e institucional, pero también nos abrirá a un nuevo espacio, con Wifi, un espacio sin cables, en libertad, que haga reales y creíbles todas esas buenas palabras con las que llenamos nuestros idearios. Una Wifi, permeable, no cerrada, sin miedo a los hackers o a las caídas, en las que también debemos aprender a vivir, eso nos permitirá mirar de frente el sentido del cambio y de la renovación, de no hacerlo así estaremos haciendo sufrir a otros nuestros delirios innovadores y de renovación, nos mantendremos en las propuestas unidirecionales, cerradas y alejadas de la realidad, en palabras del poeta Horacio, Quidquid delirant reges, plectuntur Achivi, es decir, que no tengan que pagar siempre los de abajo los delirios de grandeza de los que dirigen. Es también desde la flexibilidad y sin cables como debemos abordar  las sinergias con las familias. Llevamos años diseñándolas, a veces repitiendo esquemas (porque creemos que funcionan o porque no sabemos qué otra cosa hacer) y otras veces proponiendo nuevos medios. Pero el futuro de la escuela nos permite esperar sinergias que no se centren en lo extraescolar. Es curioso cómo los padres van desapareciendo del aula según los niños van subiendo de curso, en infantil y primeros cursos de primaria están ahí, colaboran, participan, son parte del proceso educativo; después solo se les llama para tutorías, problemas o para colaborar con el bocata solidario. Las sinergias con las familias pasan irremediablemente por integrarlos de nuevo en las acciones pedagógicas, y es evidente que eso nos exige flexibilizar el espacio educativo de la escuela.

#laescuelaquequeremos (1)

Es evidente que vivimos el tiempo presente, pero el modo en que habitamos ese presente incluye irremediablemente una visión de futuro. También en la escuela, definida tantas veces como laboratorio de futuros, esta tensión hacia lo que vendrá a ser cada alumno y los conceptos que les transmitimos, se convierte en elemento de constante evaluación y preocupación por parte de todos los implicados en el proceso educativo. No conocemos el futuro, más bien se nos presenta como disgregado y cambiante, podemos incluso planificarlo mediante planes estratégicos e institucionales, en cualquier caso la escuela del futuro, si es que nos atrevemos a soñarla, no podrá ser nunca el resultado de una esotérica lectura de hechos presentes que nos muestren, como si se tratara de un arte adivinatoria, un futuro ideal que ilumine nuestro presente. 

Serán, por tanto, las bases que ahora pongamos y las opciones que tomemos, las que nos abrirán paso para dar futuro a esta escuela que tenemos, aportar sentido a las búsquedas pedagógicas, pastorales y sociales que nos ocupan.

Pero, ¿cómo educamos para un mundo cambiante y nuevo? ¿Cuál es el papel del maestro, de su vocación, de su fe, en todo este argumentario? ¿Qué sentido tiene soñar una escuela futura, y en ella un aula con su maestro y sus alumnos, desde lo efímero que nos rodea?

Si nos movemos en las claves evangélicas del siglo XXI, a la aspiración humanizadora de la escuela debemos sumar una realidad evangelizadora, que nos oriente y defina como escuelas católicas y trinitarias. Voy a compartir, en este post y en los próximos, algunos rasgos que podemos ir incorporando a la siembra, que bajan la mirada para situarnos en el tiempo presente, sin dejar de mirar al frente.

#laescuelaquequeremos está llamada a ser transparente y permeable.

Hemos trabajado mucho en los últimos años para crear escuelas en red, priorizando los espacios abiertos que ante la sociedad nos hiciera transparentes y comunicativos en todos los procesos de nuestra misión educativa, interrelacionados, “excelentes”… Pero el futuro de la escuela, especialmente de la escuela católica, necesita una transparencia que sobrepase sus estructuras y el consumo interno. No nos va a bastar con ser una escuela en red y que apuesta por la innovación y las tecnologías de la comunicación, las nuevas alianzas nos obligan a ser también una escuela permeable, algo que solemos evitar cuestionando que otros “se metan en lo nuestro”: los padres, los políticos, las asociaciones… Es esa permeabilidad la que nos va a permitir realmente sobrevivir en un mundo hiperpermeable, haciéndonos metapermeables, más allá del contagio, mirando de frente el mundo y dejándonos cambiar por esa mirada, porque solo podremos hablar de un futuro para la escuela en la medida en que seamos capaces de hacer permeable nuestro presente. Hace unos meses fui testigo, con una mezcla de ternura y de intriga, de cómo un niño de unos cuatro años, que viajaba con sus padres en un avión, señalaba ilusionado el folleto de medidas de emergencia y decía a grandes gritos y con una sonrisa enorme “A plane, Mom, a plane, look, a plane”. La falta de transparencia institucional y carismática, y la poca permeabilidad de nuestras acciones, produce este tipo de monstruos. Nos preocupamos por aspectos importantes de la educación, nos hacemos expertos en programación, pedagogía, psicopedagogía también, pero… ¿cuántos son capaces de reconocer desde dentro el avión en el que vuelan?

#laescuelaquequeremos necesita hacerse neosolidaria.

Una de las ideas más claras que tenemos en la escuela cristiana es la posibilidad que nos ofrece como plataforma de solidaridad, en la que desarrollar nuestros carismas e implicar a otros en proyectos que ayudan a personas. Pocos alumnos y pocas familias dejarán de decir el nombre y lugar del proyecto solidario de este curso, porque hemos aprendido bien a usar los recursos a nuestro alcance para seguir creciendo en este sentido. Pero es fácil percibir que esta solidaridad se nos hace en muchos momentos irreal, no quiero decir que deje de tener sus efectos positivos en espacios necesitados de ella, sino que tenemos que buscar una solidaridad que suponga un compromiso real con las personas y los problemas que comprometen su futuro, dejándonos de “campañas alfiler”, que solo arañan la verdadera naturaleza de las cosas, y comprometiéndonos con los objetivos de la lucha por la justicia social, la ecología, la igualdad, el desarrollo sostenible… Estas causas no nos darán dinero, y son difíciles de cuantificar en el presente, pero implican una neosolidaridad que aporta proyección y cambio.