Cuando la plenitud nos desinstala

Hay palabras que acarician el alma. Y hay palabras que desmontan los andamiajes más sofisticados con los que sostenemos nuestra vida. Entre todas, hay una que siempre incomoda: plenitud.

La plenitud no admite atajos. No negocia con las medias tintas. No se conforma con no hacer daño. No se instala en el cumplimiento correcto. La plenitud exige algo más hondo: dejar de bordear los límites y atrevernos a cruzarlos; dejar de calcular el riesgo y empezar a caminar sin garantías.

Nos hemos acostumbrado a una espiritualidad de mínimos. Una vida interior basada en no traspasar la raya. Una moral de frontera. Pero la vida no se transforma en las fronteras; se transforma en la intemperie. Allí donde el suelo no es firme y las seguridades no están blindadas. Ya no basta con preguntarnos hasta dónde podemos llegar sin equivocarnos. Esa es la pregunta del corazón temeroso, del fariseo. La pregunta decisiva es hasta dónde podemos amar sin reservas. Ahí comienza una libertad verdaderamente desafiante.

Hay algo profundamente honesto en reconocer que no basta con pedir perdón: hay que aspirar a una plenitud que nos lleve verdaderamente al cambio, a la conversión de la mirada. No basta con hablar de autenticidad: hay que sostenerla en un tiempo que se conforma con la mediocridad. No basta con creer: hay que encarnar la fe en decisiones y palabras que no admitan ambigüedades. Existe una espiritualidad que seduce precisamente porque es barata, cómoda e inofensiva. Una espiritualidad que tranquiliza la conciencia sin mover la vida. Pero una fe sin riesgo, sin desgarro, sin renuncia, sin plenitud, termina siendo un decorado minimalista: todo en orden, todo correcto, todo estéril. Por eso la verdad interior incomoda, porque no nos permite vivir instalados.

Comenzamos ahora el tiempo del cambio. La Cuaresma abre su umbral con un signo difícil de domesticar: la ceniza. No es un gesto estético, es una memoria de nuestra fragilidad. Es el recordatorio de que el tiempo no es infinito y que el alma ni puede aplazarse indefinidamente. La ceniza nos despoja, nos recuerda que vivimos fragmentados, que acumulamos máscaras y excusas, que perfeccionamos autoengaños. Y nos devuelve al territorio decisivo: el corazón. Ese espacio íntimo donde no decidimos qué imagen proyectar, sino qué tipo de persona queremos ser. En palabras de Kierkegaard: «La pureza de corazón es querer una sola cosa».

Querer una sola cosa. No vivir divididos. No negociar permanentemente con la incoherencia. No diluir el deseo de plenitud en pequeñas concesiones que parecen insignificantes, pero erosionan el alma.

Podemos seguir tensando nuestras capacidades hasta el límite de lo soportable, refugiarnos en un terreno de confort espiritual donde ensanchar nuestras seguridades y reducir nuestras preguntas. O podemos aceptar la intemperie. Permitir que el abrazo que reconcilia también nos desinstale. Podemos ensanchar nuestras búsquedas hasta que el alma deje de respirar en los estrechos laberintos que nos extravían.

Llega el momento de dejar la fe de la supervivencia, de abandonar la religión que evita los daños, de acogernos al argumento del cumplimiento correcto. Llega el momento de asumir una espiritualidad del tiempo presente, que transforma nuestras decisiones en una plenitud que arriesga, que nos desinstala.

Llega el momento de dejar de preguntarnos cuánto podemos conservar sin perderlo todo, de arriesgar nuestro corazón para no perdernos a nosotros mismos. Porque estamos hechos para una vida verdadera, para amar sin medida. Una verdad, una vida, un amor, que solo se vive a la intemperie.

Una pedagogía de lo pequeño

Hay una pedagogía de lo pequeño. Una escuela humilde donde los márgenes y la fragilidad no son un fallo del sistema, sino el método mismo para aprender a vivir. En lo débil —en todo eso que solemos despreciar, ocultar o maquillar— se nos abren posibilidades para la receptividad, en lugar de espacios de egocentrismo, autosuficiencia y falsa seguridad. Lo pequeño nos baja del pedestal y nos vuelve porosos. Y solo lo poroso puede ser habitado.

Dios no se equivoca al elegir a los frágiles. Es su modo de revelar que la salvación no se conquista, se recibe, se acoge. No se exhibe, se susurra. Lo contrario de la autoafirmación no es la derrota, sino la apertura. Y esa apertura —siempre incómoda y vulnerable— es la puerta por la que entra la gracia.

Quizá lo que más nos aleja de Dios no es el pecado, sino la sensación de que ya estamos bien. El anestésico de la autosuficiencia nos separa más que la herida. La herida duele, pero nos deja expuestos. El «estar bien», confundido tantas veces con la felicidad, nos encierra y endurece, nos vuelve impermeables a todo lo que no controlamos. Byung-Chul Han dice: «La sociedad del rendimiento produce sujetos agotados, incapaces de abrirse al otro». Donde todo funciona, nada acontece.

La propuesta de bienaventuranza del Evangelio no pregona resignación ni alienación. Es, más bien, un anuncio de consuelo y fortaleza en medio de la adversidad. No viene a legitimar estructuras injustas, sino a sostener a quienes, desde dentro de ellas, trabajan para transformarlas. Nunca serán realmente felices los que observan la vida desde la barrera, sino los que actúan y arriesgan, los que se exponen y se dejan afectar.

La felicidad de lo pequeño no es una promesa de tranquilidad ni de éxito. Significa algo mucho más profundo: tu vida, incluso en la incertidumbre, tiene sentido. Es una quiebra de la tiranía del bienestar obligatorio. No todo está bien, ciertamente, pero no todo está perdido. Es una promesa que sostiene el paso cuando el suelo tiembla bajo nuestros pies.

Jesús no promete una vida fácil. Promete que ninguna herida vivida con Él es inútil. Que ninguna lágrima se desperdicia. Que ninguna lucha se queda estéril. Que el fracaso no es el desenlace, sino una tierra donde la buena noticia germina a ras de suelo.

Las Bienaventuranzas, como pedagogía de lo pequeño, no son una escalera de virtudes para alcanzar el cielo, sino la fotografía del lugar donde Dios ya está. Tal vez por eso nos incomodan tanto: porque nos invita a bajar, justo allí donde Dios decidió quedarse.

Bajar no es romantizar el dolor, es habitarlo sin fingir.
No es amar la pobreza, sino amar a quienes la padecen.
No es glorificar la persecución, sino acompañar a los que son apartados y silenciados.
Bajar es desandar la carrera hacia el prestigio para descubrir el rostro de Dios en los rostros que no brillan.

Dice Pablo a los corintios: «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder» (1 Cor 1,27). No se trata de despreciar los dones, sino de despintar el ego. De renunciar a la ficción del control. De vivir a la intemperie, donde los elementos contrarios dejan de ser enemigos y se convierten en memoria.

Tal vez la pregunta no sea si somos felices, sino si nuestra vida está siendo vivida con sentido. La felicidad sin sentido es como una gaseosa: nos ofrece un estallido inmediato y nos anestesia para el camino. Pero es precisamente en el camino de nuestra vida —con su polvo y su cansancio— donde ocurren los milagros: lo pequeño se vuelve semilla; lo débil, signo; lo que falta, lugar de encuentro.

«Lo débil del mundo…» no es derrota, es estrategia de Dios.
Una pedagogía que nos desarma para poder abrazarnos.
Un descenso que nos hermana.
La audacia de vivir sin refugio, de encontrar el lugar exacto de nuestra vida donde Dios ha decidido acampar.
Y si nos perdemos, ese es el punto de encuentro.