La coreografía divina

No me gusta bailar. Y no es solo una cuestión de gusto, sino de falta de ritmo. Siempre he sido bastante torpe a la hora de moverme con cierta armonía. Envidio sanamente a quienes encuentran pronto el pulso de la música en su propio cuerpo y se desplazan con soltura por la pista, una capacidad que a mí me parece inalcanzable.

Hecha la confesión, tengo que admitir también una paradoja: cuando busco definir cómo experimento a Dios en mi vida, no encuentro mejor imagen que la de un Dios que danza. No es invento mío; es una bella metáfora con siglos de historia teológica. Fueron los primeros padres de la Iglesia, especialmente san Juan Damasceno, quienes recurrieron al término perijóresis (perichoresis) para intentar balbucir el dinamismo interno de Dios Trinidad.

Esta palabra tiene una doble raíz etimológica que se entiende mucho mejor desde la intuición mística que desde la académica. Por un lado, significa «inhabitación mutua”: ser uno en el otro, sin anularse. Por otro, evoca la idea de una danza circular: choreo, la misma raíz de la que nace nuestro término “coreografía”. Es la danza circular, como la que aún tienen muchos bailes griegos actuales, donde la alegría se expresa en la comunión del grupo y los movimientos tranquilos y compartidos. Aunque la teología posterior primó el concepto estático de la inhabilitación, el pensamiento contemporáneo ha rescatado la frescura de la coreografía divina: entender a Dios como una danza circular y eterna de amor, en la que las tres divinas personas se entrelazan, se ceden el paso, se abrazan y se glorifican mutuamente.

El teólogo Jürgen Moltmann retomó esta antigua idea para derribar de una vez por todas el concepto de un Dios apático, ese motor inmóvil que contempla el mundo desde una distancia de seguridad para proteger su divinidad del barro de la historia. Al contrario, nos recuerda Moltmann, el sufrimiento del Hijo en la cruz es vivido de manera perijorética: el Padre y el Espíritu no mueren, pero asumen como propio el dolor de la entrega. Dios es un misterio de empatía circular absoluta y en su amor incluye a toda la creación, de modo particular a la humanidad, en su danza.

Me gusta cómo aterriza esto Richard Rohr al aplicar la mística de la danza divina a nuestra espiritualidad cotidiana. Rohr explica que el pecado, o la resistencia espiritual, consiste esencialmente en sentarse en la silla del espectador. Nos quedamos al margen de la acción danzante para juzgar, criticar o intentar controlar una realidad que nos pide creatividad. Cada silla de esa sala de baile que es la vida se convierte en un refugio que ahorra el riesgo de salir a la pista: por vergüenza, por miedo al ridículo o por nuestra evidente falta de ritmo; preferimos mirar desde la barrera. Pero hay en todo una música de fondo, una armonía sutil que nos invita a soltar la obsesión por el control y dejarnos llevar por el ritmo de la compasión, el perdón y la sencillez: el Espíritu Santo.

Esta teología de la danza le debe mucho también a Catherine Mowry LaCugna. Ella nos advierte que la perijóresis no es una teoría abstracta sobre el cielo, sino una invitación ética para la hospitalidad radical. Transmitimos una idea deformada de Dios si convertimos la Trinidad en un acertijo matemático de tres en uno, olvidando que su única misión es la repersonalización del mundo: ser comunidad creando comunidades danzantes.

La coreografía divina exige el arte de hacer espacio al otro, lo que teológicamente llamamos kenosis: el vaciamiento de uno mismo. Esto nos habla de fluidez frente a rigidez, de transformación frente a inmovilismo, de comunión frente a autorreferencialidad, de salida frente al miedo que cierra puertas y ventanas. Hacemos espacio cuando adquirimos la agilidad espiritual de movernos hacia donde sopla el Espíritu, retrocediendo cuando el otro avanza y escuchando la música del entorno en que nos toca vivir. Hacemos espacio también orando, cuando dejamos de recitar fórmulas y aprendemos los pasos de esta danza, los encarnamos.

Aquí sigo, sentado aún en la comodidad de mi silla de espectador, mirando de reojo la pista de baile y perfectamente consciente de mi torpeza. Pero la música es persistente. El ritmo acabará rompiendo los miedos. La invitación a formar parte de esta perijóresis que es Dios no es para realizar un baile impecable, sino para atreveros a perder el equilibrio una y cien veces y, aún así, sabernos parte de ese circulo de comunión que verdaderamente nos salva de los márgenes de la incertidumbre.

Salir a bailar con Dios es aceptar el riesgo de pisar al de al lado, de perder el paso, de quedar expuestos ante la mirada ajena. Es, en definitiva, aceptar la vulnerabilidad de no tener el control, formar parte de una coreografía que nos invitar a bailar a la intemperie.

Una RCP espiritual

Nos hemos acostumbrado a la presencia de desfibriladores portátiles en los espacios públicos. Están en el metro, en las escuelas, en los restaurantes y en los centros comerciales. Esos carteles verdes con un corazón y un rayo ya forman parte del paisaje urbano y, aunque nunca hayamos tenido que usar uno, su cercanía ejerce un efecto tranquilizador: sabemos que están ahí, por si un corazón se detiene y la vida de la persona pende de un chispazo.

Ha sido la fiesta de Pentecostés, que acabamos de celebrar, la que me ha llevado a pensar en desfibriladores. Tenemos la idea equivocada de que el Espíritu Santo es una especie de brisa suave, un soplo de paz idílica o, peor aún, un ansiolítico espiritual diseñado para adormecernos y dejarnos tranquilos en los bancos de la iglesia. Pero no es más que otra domesticación de una fe que nos incomoda, porque la tradición bíblica nos habla de todo lo contrario: el Espíritu irrumpe como un viento huracanado que vuela los tejados y abre de golpe las puertas que el miedo mantenía bien cerradas desde dentro. Tras aquella intromisión violenta en el cenáculo sabemos que Dios nunca viene a dejar las cosas como están, sino a poner patas arriba nuestras falsas seguridades.

Al igual que aquellos discípulos asustados, nosotros también tendemos a parapetarnos en la comodidad del miedo compartido. Nos protegemos tras muros de argumentos y palabras heredadas que repetimos sin pensar, simplemente porque nos garantizan el control y dan un lustre barato a nuestra esperanza. Es precisamente ahí donde el Espíritu Santo nos agarra y nos saca a la intemperie de la historia; nos quiere vivos, desinstalados, desalambrados y dispuestos a aventurar la vida.

El Espíritu Santo actúa como esos desfibriladores: es el “boca a boca” de Dios que viene a rescatarnos de la parada cardiorrespiratoria en la que nos hunde el egoísmo. Insufla aire vital en el testimonio adormecido de nuestras comunidades, paralizadas por el exceso de precaución y por los paños calientes con los que intentamos protegernos del mundo.

Esta RCP —Reanimación CardioPulmonar— tiene hoy una misión urgente: gestionar el perdón en una sociedad que se ha vuelto adicta a la venganza y al linchamiento público. En el Evangelio, Jesús advierte a los discípulos: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Sin ese aliento divino, nuestra tendencia natural es retener. Acumulamos agravios, coleccionamos facturas pendientes y levantamos muros de separación. Por eso, perdonar al que nos ha herido no es un acto de buenismo, de buena voluntad o de autocontrol psicológico, es un milagro. Como escribió Simone Weil en La gravedad y la gracia: «La tendencia a la venganza forma parte de la gravedad mecánica de la naturaleza… Desear la venganza es desear un equilibrio. El perdón consiste en aceptar la pérdida, en dejar que el mecanismo se detenga en nosotros».

El perdón es esa descarga eléctrica radical que pone de nuevo en marcha el corazón detenido, para que pueda volver a latir al ritmo de Jesús. Cuando nos negamos a perdonar, estamos instalándonos en el rencor, que nos lleva, casi sin darnos cuenta, a una sutil muerte cerebral. Podemos mantener las apariencias y seguir cumpliendo con los ritos, pero habremos dejado de ser el aire de Dios en el mundo.

Volver a respirar exige limpiar los pulmones. Implica la valentía de aplicar esta reanimación del perdón en casa, en el trabajo, en los pequeños roces diarios y, de manera especial, hacia nosotros mismos. Cuando retenemos el rencor, los primeros que nos asfixiamos somos nosotros, porque bloqueamos el único oxígeno que nos mantiene con vida. Nuevamente en palabras de Simone Weil: «Solo la gracia puede interrumpir la necesidad mecánica del mundo»

Nada más terminar de leer esta entrada puede ser un buen momento para que mires alrededor, localices el desfibrilador de la gracia y te preguntes a quién tienes que dejar de retenerle los pecados para poder volver a respirar.

Una invitación al asombro

El pasado 13 de mayo presenté el libro Vivir a la intemperie. El acto tuvo lugar en la iglesia de las Monjas Trinitarias Descalzas de Madrid, y conté con la presencia de mi familia, mis hermanos trinitarios y muchos buenos amigos. Pero muy especialmente, conté con las cariñosas palabras de Rafael Espino —director de la editorial San Pablo—, Victoria Moya —directora de comunicación de Escuelas Católicas, que presentó y moderó el evento—, Lluis Homar —actor y director teatral— y Carmen Guaita —escritora, amiga y compañera de búsquedas—. Os dejo el texto de mi presentación personal del libro, ya que muchos de los que no pudisteis asistir me lo habéis pedido insistentemente.

Aunque llevo años escribiendo sobre la intemperie, debo confesar que, al afrontar el proceso de creación y publicación de este libro, me he sentido completamente expuesto a ella. Ha sido un ejercicio de “desarropamiento”; un viaje hacia los entresijos del alma y hacia todo aquello que la apasiona, con el fin de desnudarla por completo.

Reconozco que, a pesar de llevar publicando desde hace tiempo un blog, convertir aquellas reflexiones en libro ha sido un camino nuevo, desafiante y cargado de asombros. El pudor a la intemperie a menudo nos empuja a retroceder, a buscar los refugios del control y la seguridad. En la tarea de escribir y ordenar mis pensamientos, esa tentación ha estado más presente que nunca. Sin embargo, en todo este proceso, el apoyo de muchos de vosotros ha sido el abrigo necesario para afrontar el frío de las afueras. Hoy, vuestra presencia aquí verifica esa intuición: que la intemperie solo es habitable si se comparte.

El título, «Vivir a la intemperie», nace de ese espacio digital que alimento cada semana. Con mis pensamientos compartidos no pretendo dar lecciones. Yo también me descubro buscando certezas, techos ideológicos o abrigos que me protejan del viento de la duda y la incertidumbre. Pero he aprendido a encontrar en la intemperie mi lugar de sentido. O mejor dicho: mi no-lugar. Es ese espacio donde comienza el atrevimiento de reflexionar, mirándome a mí mismo y mirando al mundo sin filtros. Como decía Montaigne, estas páginas aspiran a ser apenas un fuego encendido en mitad de la noche para que podamos calentarnos un rato antes de seguir la marcha. Porque, al final del día, lo que queda no son nuestras certezas, sino las huellas que hemos dejado al caminar junto a otros.

Ortega y Gasset afirmaba que «vivir es siempre, quiérase o no, estar en alguna convicción, creer en algo acerca del mundo y de sí mismo». Escribo, precisamente, para mantener abiertas las ventanas de esas convicciones. No busco ordenar el mundo —el mundo tiene su propio caos sagrado—, sino para evitar instalarme en un orden que me anestesie.

Esa necesidad de buscar la verdad más allá de los muros seguros me acompaña desde la adolescencia. Como revelo en la introducción, fue en las noches vividas en el Pirineo aragonés, en la experiencia del asombro puro bajo las altas cumbres y el cielo estrellado, donde adquirí este “atrevimiento” que he hecho seña de identidad: el de desaprender lo aprendido. Dice Aristóteles que el asombro es el comienzo de la filosofía. Más tarde, Hegel afirmó que el verdadero comienzo de la filosofía es la necesidad. Asombro y necesidad: ambos son el motor de mis dos vocaciones: la filosófica y la religiosa. Ambos me recuerdan que la verdadera sabiduría no consiste en acumular respuestas, sino en saber pronunciar las preguntas adecuadas.

La intemperie es el hilo conductor de esta espiritualidad del tiempo presente. No es solo una idea, es un desafío y un tesoro. En este libro, hay tres constantes antropológicas y espirituales que guían mis reflexiones: el pensamiento, la memoria y la belleza.

Primero, el pensamiento. No escribo para convencer a nadie, sino para abrir un claro en el bosque donde el lector se atreva a salir del laberinto del no-pensar. Necesitamos volver a contar estrellas, como Abraham. Dice el Salmo 90: «Enséñanos a contar nuestros días para que podamos adquirir un corazón sensato». Aquel cielo estrellado que me estremeció en el Col de Bernatuara se llenó de significado cuando leí a Kant: «Dos cosas llenan el ánimo de mi admiración: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí».

Kant nos animaba a salir de nuestra «minoría de edad”. Bajo el lema «Sapere aude» (Atrévete a saber), nos recordaba que es muy cómodo dejar que otros piensen por nosotros. Esa comodidad se vuelve peligrosa, también hoy, dos siglos después, cuando delegamos nuestra capacidad de reflexión en el ruido o en los dogmas del momento.

La segunda intuición es la memoria. Cada breve ensayo que propongo es un ejercicio de perspectiva. El horizonte que nos da sentido nos habla de un “tú” que hace amable la soledad de la intemperie. Es en ese vínculo donde la memoria se hace hogar. Todos somos víctimas de la prisa que nos agota, del ruido de la vida, de la crisis de los valores, pero la memoria nos permite detenernos ante lo cotidiano —la educación, la fe, las emociones, el amor, el dolor— para mirarlo sin el filtro del prejuicio o la respuesta fácil. Como aprendí de Silvio Rodríguez, hay que aprender a amar el tiempo de los intentos:

«Debes amar el tiempo de los intentos. Debes amar la hora que nunca brilla. Y si no, no pretendas tocar lo cierto. Solo el amor engendra la maravilla. Solo el amor alumbra lo que perdura».

No es nostalgia, es la memoria que nos salva y nos hace verdaderamente libres. Es lo que Hannah Arendt llamaba “el milagro de la libertad”.

La tercera intuición es la belleza. He ido descubriendo que la ética y la belleza son hermanas. La admiración por lo bello nos enseña que la grieta, la herida y la fragilidad no son finales, sino horizontes. «Va mucho de estar a estar», dice santa Teresa de Jesús. En todos nuestros modos de estar en el mundo, necesitamos que la belleza levante nuestra mirada. Es la imagen que Oscar Wilde pone en boca de Lord Darlington: «Estamos todos atrapados en la misma alcantarilla, pero algunos miramos hacia las estrellas». Vivir a la intemperie es el desafío constante de mirar hacia las estrellas, incluso desde el barro o la alcantarilla, habitando nuestra verdad sin máscaras.

Este libro es, en definitiva, el resultado de muchos encuentros: con la filosofía, que me reta a hacer preguntas; con la fe, que me empuja al compromiso, y con muchas personas que me habéis regalado vuestras propias noches estrelladas. He querido que estos ocho capítulos sean una espiral de sentido, una invitación a dejar de temer los espacios abiertos y empezar a amar la intemperie habitada.

Y ya que estamos en este lugar sagrado donde quiso descansar eternamente Miguel de Cervantes, el mayor maestro de las derrotas luminosas, no puedo menos que cerrar estas palabras trayendo una cita del Quijote.

Cuando al final de la novela el Caballero de la Triste Figura regresa a su aldea, vencido en lo físico pero con el alma más íntegra que nunca, su fiel Sancho Panza resume con la precisión de la sabiduría manchega lo que significa haber vivido fuera de los invernaderos de la comodidad, expuesto a los caminos y a la verdad:

«… recibe también a tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede».

Ese es el mensaje que siempre he querido expresar. Que solo allí donde el yo consigue sustraerse del ruido, donde nos vencemos a nosotros mismos y aceptamos una vida a la intemperie, podemos comenzar a pensar de verdad, resistiendo los refugios tranquilizadores y la fragmentación del mundo.

Muchas gracias por estar aquí, y… bienvenidos a la intemperie.