#serelcambio

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“Lleva en su corazón la ley de Dios, y sus pasos no vacilan” Salmo 37,31

Y no me canso, porque soy capaz de dejar que se me marquen esperanzas que sobrepasan mis expectativas, y me atrevo a mirar con ojos entrecerrados y mirada relativa las leyes que alguien puso y ya pocos entienden, y hago propio el amor con que soy amado, y camino sin vacilar con pasos que me adentran en una fe transformadora.

No me canso, y no canso, estoy aprendiendo a ser como la levadura, o la sal, o la luz, siempre presentes en su sinceridad que marca la diferencia, voz que interrumpe afonías y grita al miedo. Puliendo mis manos para no medir todo cuanto tocan, sino para aferrarme a los salientes y subir una montaña más, llegar arriba y ser con los demás.

Ya no muevo ficha para situarme mejor, la estrategia ha dado un vuelco y me ha descolocado, una vez más. Estoy dejando que la ternura tatúe en mí palabras y dragones vulnerables, para que abrasen todas las sillas que me invitan a sentarme, para que me hagan secuela de todo lo que Dios empezó en mí. Cierro el paraguas, aventuro la vida, escucho mis silencios y te encuentro a ti…

Ya no muevo ficha, estoy aprendiendo a ser parte de toda esta encarnación, a descubrir el misterio que se esconde en mis opciones, a dejar de buscar regalos que te gusten, para ser yo el regalo, sin obstaculizarme a mí mismo, nadando sin guardar la ropa, una vez más, cada vez más, a la intemperie de todos mis errores pero sin miedo a todas sus transformaciones. Estoy aprendiendo a ser el cambio.

Navidad 2017.

Con todo ganado

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.”  Mateo 25,1-13

Nos creemos con todo ganado, con derechos por estrenar, con deudas por cobrar, reyes del mambo y guardianes de salvación. Y hasta tal punto lo creemos, que somos capaces de tergiversar las mismísimas parábolas de Jesús y hacerlas aparecer como miedo para insensatos. No nos ha bastado con todas las parábolas anteriores, aviso para navegantes que llamaban nuestra atención sobre eso de cuidarse en apariencias, de hablar con palabras huecas y no con el corazón, de aprovecharse de la fe de los pequeños.

Aquí las necias son las que han descuidado su luz interior, no por insensatez sino por confianza, excesiva confianza. Están en el lugar correcto, han hecho más de un esfuerzo por llegar hasta él; han cuidado los detalles más insignificantes, pero no los importantes; saben lo que quieren y cómo conseguirlo, pero ha creído que solo por su esfuerzo lo tenían todo ganado, y les han dado con la puerta en las narices.

La parábola no es para ponernos en vigilancia por los tiempos difíciles, sino por el modo en que vivimos esos tiempos, ese engaño en el que nos instalamos para aparentar que lo tenemos todo controlado, y nos lleva a abusar de quienes realmente sí estaban preparados para vivir en la incertidumbre. Esos, a los que tantas veces hemos robado su sencillez, su fe puesta a prueba en la ausencia y el dolor; esos, que han pagado con su pobreza nuestros excesos, son los que ahora entran en la fiesta de la vida, mientras nosotros, con cara de circunstancia, buscamos cómo digerir el desconcierto de vernos fuera y lejos de esa fiesta.

Versión 2

¿Qué santos?

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En días como este, y con ideas como la de esta imagen, siento como si nos invadiera un deseo de venganza, una lucha intestina contra gigantes, a los que no podemos derrotar, no porque sean invencibles sino porque no son reales, y en medio de esa guerra dejamos pasar oportunidades para pronunciar palabras que se entiendan y compartir mensajes que cambien el mundo de hoy

No, a mí tampoco me gusta esto de importar fiestas, de celebrar por todo lo alto tradiciones que solo son nuestras porque las llevamos viendo toda la vida en una pantalla, cuando ni siquiera nos preocupamos por salvar muchas otras que siempre han formado parte de lo que somos, o de lo que fuimos.

Pero me gusta menos aún esta guerra a la que esa parte más carca de nuestra Iglesia nos empuja: ya que no podemos con ellos, contraprogramemos. Y el resultado da pena, ver a esos niños disfrazados de santos puede parecer enternecedor, son simpáticos, pero no creo que consiga algo más que nuevas ideas para el disfraz de Hallowen del próximo año, porque la mayoría dan más miedo que muchos de los dráculas y brujas que en estos días han aparecido por nuestras calles y colegios.

Es necesario reivindicar a los santos, pero esta fiesta no es para vestirnos como ellos, menos aún para inventar una guerra entre los huesos de santo y las hamburguesas, es para darnos cuenta de que eso de la santidad lo llevamos en la sangre, forma parte de lo que somos, de nuestras emociones, de nuestros sueños, incluso de nuestros fracasos. Por eso leemos el evangelio de las bienaventuranzas, necesitamos santos que disfruten de la vida, que se emocionen con una canción y que una puesta de sol les erice los pelillos del brazo, que les guste el cine y estén dispuestos a perder la tarde echando un partido con los amigos, que les guste bailar y reirse con ganas de un chiste malo. Porque los santos no se visten de fantoche, no mean agua bendita, no son un talismán contra la modernidad, esa que tanto miedo ha dado siempre a curas y obispos; ni sus ropas, ni sus símbolos son evangelio, y pretender una Iglesia que solo sea signo cuando se reviste con ropajes viejos es alejarla del auténtico evangelio, la buena noticia, que cada santo ha sido como gente de su tiempo.

Nos toca ser a nosotros santos en nuestro tiempo, con nuestras ropas y nuestras costumbres, con nuestro mundo tal y como es. Reivindicando una santidad que late y existe en jóvenes con piercings y tatuajes, en gente que sale de sus armarios y se enfrenta a la vida tal y como Dios los ama, en familias que rehacen hogares cuando todo se sentía perdido, en los que cada mañana desayunan y se comen el mundo porque creen en Dios que sale al encuentro y les regala oportunidades. Estoy convencido de que los niños son quienes mejor lo entienden, ¿qué santos queremos que sean?