Resucitamos amando

El tiempo de Pascua lo es de resurrección y de esperanza, de transformaciones que abren nuevos caminos. Creer en la resurrección puede parecer tarea fácil, pero no lo es. Nos hemos acostumbrado tanto al hecho en sí, que olvidamos su trascendencia, su inexplicabilidad, el misterio que encierra, y que no podemos reducir al mero hecho de volver a la vida. Creer en la resurrección nos deja al margen de las leyes de la ciencia, pero no es eso lo que complica la fe sino la afirmación de la vida en toda su plenitud, la aceptación implícita de la muerte, paso imprescindible para superarla, el caudal de palabras que salvan de los silencios, enterradores prematuros.

Resucitamos gracias al Amor. Pero no hay resurrección sin haber integrado todo lo amado, lo fácil de amar y lo complejo, la belleza y la oscuridad de nuestra vida, los cambios y las aburridas tardes de domingo. Al Domingo de Resurrección le precede, inexcusablemente, el viernes santo, y es curioso cómo nos abrazamos a los signos de la nueva vida resucitada, al mismo tiempo que ocultamos las muertes y las caídas que la hacen posible, como si no quisiéramos pensar en ellos, como si nos diera vergüenza aceptarlos e incluirlos en nuestra experiencia de vida.

Me llama la atención cómo Heidegger resalta la afinidad entre amar y pensar. En su pequeña obra «¿Qué quiere decir pensar?», recuerda el bellísimo poema de Hölderling, Sócrates y Alcibíades: «A la pregunta de cómo es posible que esté tan enamorado de Alcibíades, Sócrates habría respondido: Quien piensa lo más profundo, ama lo más vivo». No hay nada más vivo que el amor por los demás y de los demás. Cuando nos atrevemos a pensar en intensidad, por nosotros mismos, cuando nos reconciliamos con todas las profundidades que nos habitan, y que también nos definen, nos vamos preparando para acoger en nosotros lo más vivo, el amor. No se trata de un amor difuso y acaramelado, sino personal y transformador. Es un amor que descubre el tú amado y lo hace horizonte de sentido, un amor que se da y que resucita.

Resucitamos amando, lo nuevo que encontramos y lo viejo que alguna vez llegamos a amar. Resucitamos amando, también lo que más nos cuesta amar, todas esas muertes que se nos acumulan en las fosas comunes de la existencia compartida, todo lo que nos provoca dolor y sufrimiento. Resucitamos amando, porque de otro modo esta vida nueva que se nos regala sería una vida de prestado, edificada sobre ideales ilusorios, sin pensamiento, sin raíces. La resurrección es el clímax de una vida sin atajos, que se abre al amor como posibilidad de encuentros. Por eso, resucitamos amando.

Esperanza retroactiva

Cuando hablamos de esperanza buscamos resituarnos en un presente que nos abruma, poniendo una mirada limpia en el futuro que nos interpela. La esperanza tiene el valor de las utopías, nos arranca de raíz de los escenarios de incauta desesperación y aporta una luz, tantas veces débil pero intensa, para el camino que pisamos con paso tembloroso. Ernst Bloch, en su gran obra El principio esperanza, reivindica una esperanza que se haga utopía, porque hay una sociedad que transformar y porque en ella siempre buscamos un mundo nuevo y una sociedad nueva. Es esa tensión la que nos salva de la desesperación, donde las utopías juegan su papel integrador y revolucionario, por eso son tan peligrosos quienes las rescatan, por eso tan difíciles de retener quienes encuentran una brizna de esperanza.

Estoy de acuerdo, pero me cuesta aceptar una esperanza que solo apunta al futuro. ¿Qué ocurre con el pasado, especialmente cuando se hace recurrente? Hay hechos, palabras, vacíos y silencios de nuestras vidas para los que parece no haber ya esperanza. Han quedado atrás, convertidos en memoria de un presente vivido muchas veces, pero aunque evite mirarlos para evitar la tortícolis del corazón, continúan formando parte de mis decisiones, son páginas que se resisten a pasar, se les ha adherido un marcador, una esquina doblada, que es como una herida que no cierra y a veces nos atormenta.

Miguel de Unamuno, en su ensayo Vida de Don Quijote y Sancho, traza ese equilibrio en el reverso de las utopías: «Hay esperanza porque hay recuerdos … Con maderas de recuerdos armamos las esperanzas». Unamuno entiende la realidad como el permanente esfuerzo del recuerdo por hacerse esperanza y el efímero esfuerzo de la esperanza por convertirse en recuerdo, porque «quien no recuerda no espera». Muchas de esas maderas de recuerdos se han llenado de carcoma y humedades, hay restos de pintura incrustados y heridas de clavos oxidadas, a veces son fantasmas que el paso del tiempo no espanta, umbríos espacios en busca de luz. Por eso, precisamente por eso, el gran desafío es mirar con esperanza nuestro pasado, rescatarlo de una memoria selectiva que solo cuenta los triunfos, reconciliar los huecos incompletos que nos angustian.

Poner esperanza en los recuerdos es una mirada arriesgada, pero que necesitamos más que nunca en estos días finales del año. No bastan el orgullo de lo realizado o el arrepentimiento por las pérdidas, para sobrevivir a este presente cambiante se nos piden maderas antiguas que se conviertan en cimientos presentes, y no hay mejor modo de hacerlas nuestras que con una esperanza retroactiva. Mirar con esperanza lo que nos hace sentir incompletos será un buen comienzo de año. Hay tarea, hay ovillo que devanar, hay esperanza.

«Mientras devano la memoria
forma un ovillo la nostalgia.
Si la nostalgia desovillo
se irá ovillando la esperanza.
Siempre es el mismo hilo.»

Eduardo Galeano

Sicarios de la esperanza

En la tarea de ahuciar cada promesa, cada proyecto, cada ideal, recorremos un camino muchas veces solitario. No es fácil verse acompañado cuando lo que vislumbramos más allá de nuestras miras solo lo vemos nosotros, más aún cuando lo tenemos que hacer en una comunidad que no acepta la impermanencia, que se aferra a los eternalismos, para los que no hay esperanza, ya que esta implica cambio y avance. Pero es precisamente el carácter cambiante de la existencia lo que nos permite abrazar la espontaneidad y la conciencia, lo que nos otorga la capacidad de fluir y transformar la vida a nuestro alrededor. Así se define la esperanza, es así como la generamos y como nos envuelve.

La espontaneidad no entra en nuestros planes de futuro y a cambio hacemos un eterno presente de cada sueño y cada esperanza. Lo hacemos desterrando el error y el fracaso de nuestras vidas, evitando experimentar y elaborar experiencia, agarrándonos al éxito, sin espacio para el asombro, sin ambigüedades, desvirtuando así todo deseo de aprendizaje. Nos hacemos previsibles, sin espacio para el idealismo, monótonos y monolíticos seres sin esperanza, rebajada a virtud menor, desahuciada de nuestros modelos sociales, educativos, religiosos y de maduración personal.

Creemos que cuanto más esperamos menos realistas somos, que un incierto polimorfismo nos resta la identidad que con tanto afán hemos construido, porque el que espera desespera. La esperanza, sin embargo, anda enredada en caminos de creatividad, encuentra tierra fértil en la espontaneidad que da paso a la transformación. La esperanza nos invita a soltarnos y aceptar el desconcierto de lo que podrá o no suceder, y es por ello que nos necesita despiertos y atentos. La realidad no es uniforme, a pesar de que la prefiramos cerrada en sí misma y fácil de interpretar, desesperados en las interminables esperas que ponen a prueba nuestra paciencia. La espera tiene muchas caras, unas amables, otras amargas.

Schopenhauer nos advierte sobre la desesperación, es «la pérdida de la esperanza y por tanto del miedo». La alimentamos desde nuestra obsesión por guardar experiencias que nos han enriquecido, aquellas en las que encontramos una seguridad y un apoyo, fielmente custodiadas por nuestro sentido práctico de la vida. Convertidos en sicarios de la esperanza, en palabras del papa Francisco, asesinamos los anhelos y los sueños. Desesperados por las múltiples caras de todo lo que esperamos, nos agarramos con fuerza a lo que otros esperan de nosotros y nos hacemos rehenes de una forma de ver el mundo y a las personas, como si fueran de una sola pieza, libre de sorpresas y sobresaltos, pero también sin asombro y, por tanto, sin un pensamiento que nos abra a la novedad creativa de la existencia. La desesperanza se convierte en desesperación.

Esperar, frente a todo pronóstico, a pesar de las estadísticas, con la frente alta, libres de prejuicios, pisando con firmeza el suelo que habitamos. Esperar, espontáneamente, desde el asombro y el deseo, reconociendo todo lo bueno que hemos vivido pero abiertos también a una visión menos figurativa de la existencia. Esperar, sin perder la esperanza, mirando más allá de nuestras limitaciones, construyendo espacios para el encuentro, haciendo de nuestro paso por la vida un aprendizaje de sentido. La copla popular dice, quien espera desespera, y quien desespera no alcanza, por eso es bueno esperar y no perder la esperanza. Abrazarse a la esperanza es abrazar la incertidumbre, bendecirla sin complejos, es abrazar la vida y el cambio, es esperar y es confiar.