Empezar de nuevo

Un adviento más, a veces me da la impresión de que cuento mi vida por advientos, siempre a la espera, en un permanente anhelo por reconstruir lo suficientemente mi esperanza como para no dudar ni un instante de que seré capaz de sobrevivirla. Hace poco he leído la distópica novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, era una de esas lecturas que esperaban el momento apropiado, y tal como hace el protagonista con los libros yo también he rescatado de su destino estas palabras: “Eso es lo maravilloso en el hombre, nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo. Sabe muy bien que su obra es importante y valiosa”.

Lo que más me inquieta del adviento es esa sensación de empezar de nuevo. Me inquieta, pero al mismo tiempo es un aldabonazo de cambio y de sentido. Por lo general tiendo a mantener lazos entre los distintos espacios de mi vida, así puedo ir de uno a otro encontrando relaciones entre ellos, incluso encontrarme a mí mismo en las diferentes identidades que me habitan, la que quiere cambiarlo todo y la que se ensueña de esperanza y abraza posibilidades de ser. Hay veces que esos lazos son simples y finos hilos que apenas mantienen el vínculo, los cuido y mimo pero no siempre puedo evitar que se rompan, debo entonces empezar de nuevo, reconstruir relaciones que me ayuden a comprender lo que las prisas de la vida descolocan.

Esta vez siento que llevo desde marzo viviendo un adviento permanente. Como idea de esperanza y de cambio el adviento tiene la ventaja de estar limitado, puedo tolerar esa pulsión de conversión, y la carga de obligación a que me enfrenta, sabiendo que en poco tiempo podré regresar al monótono discurrir de mis espacios y ser el relojero de mis propios triunfos y fracasos, sin preocuparme por esperar un cambio, por empezar de nuevo. Pero este año no, la pandemia se ha apoderado de mis seguridades, ha tomado el rumbo de mis esperanzas, me descubre la nobleza de mi esencia y cada día, tras cada deseo de estabilidad, ante cada intento por perpetuarme, me obliga a comenzar de nuevo.

No he perdido la esperanza, dicen que es lo último en perderse, solo he descubierto su poder transformador. Ser más plenamente consciente de que vivo en ella, y desde ella, cambia la perspectiva de lo que hago, empiezo a comprenderlo como valioso e importante, como parte de mi identidad. La esperanza no es verde, ni un estado de permanente felicidad, esa es una estrategia más del maquiavélico intento de convertirla en fuerza adormecedora y socialmente tóxica. Reducida de ese modo se busca controlar su carga transformadora, la misma que hace caer sistemas, ideologías, incluso mi propio ego limitador. Es lo que Ernst Bloch denominó el principio esperanza.

Frente al pesimismo existencial de Heidegger, para quien el hombre es un ser para la muerte y lleno de angustia, Bloch postula la esperanza como herramienta de positividad y de cambio, que ayuda al ser humano a enfrentarse a su destino, mostrando lo mejor de sí mismo, superando la alienación, no tanto material cuanto ontológica. La esperanza, en cuanto utopía, me permite recuperar el sentido de la vida, su fuerza es su capacidad para llevarme a un nuevo comienzo, incluso cuando el desgaste me susurra que ya he tocado fondo y que poco más puedo esperar, ya sea de mí mismo o de otros. Me hace consciente del estado de carencia en el que vivo, de lo incompleto de mi existencia, y es ahí donde la esperanza se hace tan peligrosa, porque es una utopía que me pone en tensión hacia la plenitud. El adviento es ese recorrido vital.

Quizá las heridas lleguen a ser profundas, y los consejos de los sabios de turno me remitan a las certidumbres en las que pueda reconocerme, tal vez los cuarteles de invierno me llamen a descansar, en retirada estratégica, pisando sobre las huellas conocidas que me dan seguridad, que me confinan orgullosamente en mi espacio de confort. Es entonces cuando la esperanza me salva, también de mí mismo, se abre paso entre mis miedos y deja al descubierto la fe desde la que puedo empezar de nuevo.

Buscadores de necedad

Releyendo la parábola de las doncellas necias y sensatas me ha asaltado la convicción de lo próxima que está a los momentos que vivimos. El texto evangélico nos habla de prudencia y de previsión, pero también de necedad y de pasividad. Cuando la cultura del esfuerzo, en todos los ámbitos, pero especialmente en el educativo, parece diluirse en un canto a la pereza y a la gratuidad de los beneficios, abrimos la puerta a esa necedad que se nos impone como cura para las frustraciones y los fracasos, a pesar de que bien sabemos que solo los retrasa, sometiéndonos a un espejismo de bondad, que se confunde con equidad e igualdad de oportunidades, pero que únicamente demora lo inevitable.

La cultura del antiesfuerzo, que tantos adeptos gana, incorpora un tipo de necedad que podemos llamar insensatez vital. Es aquella que nos transmite un sentimiento de felicidad a partir de pequeñas conquistas diarias, la necedad de quien cree encontrarse con el sentido de su vida sin apenas rozar sus bordes más visibles y evidentes; de quien nunca llega a tiempo a los acontecimientos que nos definen como persona, siempre demasiado pronto o demasiado tarde; de quien se hace silencio cuando debería ser voz clara y fuerte, o grita inoportunamente cuando la única elocuencia que cabe es el silencio; de quien impone leyes cómplices de ideologías y derechos que nadie cuestiona, en la misma escala que anarquiza la convivencia; la necedad de quien reza mirando al cielo cuando debería hacerlo mirando a los ojos de las personas; del que solo encuentra argumentos apelando a la fe y al dogma pero siempre dejara atrás la misericordia; la insensatez del que se desvive por las causas importantes con grandes palabras y mayores gestos, cuando lo que más necesita es el silencio interior, la oración y la confianza…

El listado de insensateces vitales puede ser largo, más que nada porque hay a quien le cuesta toda una vida incorporarse a sus derrotas particulares e integrarlas en su biografía personal. Descubrirse vulnerable forma parte del recorrido existencial que nos permite madurar, y por eso mismo es mucho más costoso que abandonarse a la vulnerabilidad y perderse en los lamentos eternos por lo que nunca llegamos a ser. Nos anunciamos como buscadores la libertad, y solemos quedarnos en meros buscadores de necedad.

Unirnos a la necedad nos abstrae de otras búsquedas, como a las doncellas de la parábola, nos invita a vivir la seguridad de que otros velarán por cada uno de nosotros, de que cuando nos falte el valor, las ideas o la luz, otros nos lo prestarán y podremos salir airosos de todas las caídas y levantarnos resucitados de todas las tumbas en que la vida nos entierre. Pero estaremos construyendo desde la ausencia de principios, cegados por un buenismo infecundo, en un modo de comunidad individualista que cree que la mera suma de sus componentes implica fortaleza y sensatez, una falsa seguridad revestida de libertad a la que nos aferramos con la excusa de que la vida es compleja y tenemos no pocos problemas que afrontar.

Buscar la prudencia en lugar de la necedad puede resultar agotador. Por lo general nos embarca en largas travesías por terrenos desconocidos, nos abre a campos de sentido que nuestra capacidad de tolerancia no siempre está preparada para aceptar, nos incorpora a otras búsquedas, y a otros buscadores, que nos obligará a dejar nuestros principios irrenunciables para construir tiempos y espacios comunes. Es, por tanto, una búsqueda en la que hay que creer, que se impone a otras con apariencias más amables o con más perspectivas de utilidad. Es una búsqueda de sabiduría, que nos capacita para la vida y nos abre a las preguntas trascendentales sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea. Una búsqueda holística de sentido, que asume el azar de la existencia pero madruga y trabaja para comprenderla e integrarla.

Una de las grandes cargas de necedad la incorporamos por la prioridad de la metainmanencia: de la tecnología, de la comunicación rápida y fácil, de los paradigmas asumidos sin contraste, de los dogmas ausentes de pensamiento crítico. Ya no es una búsqueda de sabiduría sino de certezas envueltas en inmediatismo, que nos aportan un conocimiento de la realidad mediatizado por saberes relativos, que nos abona a la necedad como baremo y medida con los que conformarnos, autoengaño que nos instala en la mediocridad educativa, política, social, ética y religiosa. Y así nos va.

La sabiduría es radiante e inmarcesible,
la ven fácilmente los que la aman
y la encuentran los que la buscan;
ella misma se da a conocer a los que la desean.
Quien madruga por ella no se cansa:
la encuentra sentada a la puerta.
Meditar en ella es prudencia consumada,
el que vela por ella pronto se verá libre de preocupaciones;
ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen;
los aborda benigna por los caminos
y les sale al paso en cada pensamiento.”

Libro de la Sabiduría 6,12-16

Educadores trinitarios (y 4)

Última entrega de esta serie, no imaginé que fuera tan larga. Finalmente sirve para mostrar cómo ninguna institución es monocorde, menos aún la Familia Trinitaria, que ha dicho y tiene mucho que decir en la labor educativa a lo largo de su historia. Voy acabando…

Volviendo a la historia de la Orden Trinitaria, vimos cómo en los años finales del siglo XVIII y hasta la exclaustración de 1835, coincidiendo con el final de las clásicas redenciones de cautivos, se abrieron pequeñas escuelas con un marcado carácter social, y a las que se aportaron los valores propios del carisma trinitario. Las desamortizaciones de Madoz y Mendizábal, y la posterior exclaustración, acabaron con la presencia oficial de religiosos en España, en realidad en toda Europa. La Orden, que solo tenía casas en Europa y norte de África, quedó reducida a dos comunidades en Roma, una de los trinitarios calzados, la Trinità degli Spagnoli de Via Condotti, y otra de los trinitarios descalzos, San Carlo alle Quattro Fontane de Via del Quirinale, esta última será la que suponga el renacimiento y expansión de la Orden en la segunda parte del siglo XIX, ya que en 1894 desaparece la rama calzada.

La restauración de la presencia de trinitarios en España comenzó por Alcázar de San Juan el 15 de mayo de 1879. De entre todas las actividades que podrían realizar para ser fieles al carisma fundacional de la Orden, deciden reabrir su pequeña escuela para educar a los niños y jóvenes de la comarca. Esta opción se convierte en un gesto inspirador, en la mayor parte de las casas restauradas o nuevas fundaciones se van abriendo también escuelas sencillas, casi las podríamos llamar conventuales. En España, se mantendrán en funcionamiento hasta la Guerra Civil las que se abren en La Rambla (Córdoba) en 1893, en Antequera en 1910, en Belmonte en 1924 y en Laredo en 1927, algunos de los religiosos que fueron profesores de estas escuelas murieron fusilados en 1936, decían, Hemos educado a los más pobres del pueblo, a nosotros no nos van a hacer nada, porque no hemos hecho nada malo.

En los últimos años del siglo XIX la Orden se expande en América por primera vez en su historia, y es allí donde la actividad educativa de pequeñas escuelas orientadas a los niños y jóvenes más pobres, y también a la promoción de los campesinos y gente humilde de zonas alejadas de la población, se convierte en seña de identidad trinitaria. En Cuba, Cárdenas en 1900 y La Habana en 1953, ambas se perdieron en la Revolución cubana aunque siguen funcionando en la actualidad como escuelas estatales; en Chile, Penco en 1904; en Argentina, Dalmacio Vélez en 1914, Buenos Aires en 1924, Hernando en 1933, Villa María en 1940, Bolívar en 1942 y Villa Martelli en 1965, solo continúa con titularidad trinitaria esta última; en Perú, Lima en 1964, que también continúa con titularidad trinitaria; en Estados Unidos, en el área de Washington, se funda en 1946 la DeMatha Catholic High School, que en la actualidad es una referencia educativa, tanto en música como en deporte.

En la segunda mitad del siglo XX, al colegio de Alcázar de San Juan, único que sobrevivió en España a la guerra, se fueron uniendo nuevos colegios que se abrían en pueblos o barrios obreros: Alcorcón y Salamanca en 1963, Algeciras en 1969, Valdepeñas, Córdoba y Andújar en 1970 y en el barrio de Aluche de Madrid en 1977. Excepto Algeciras, el resto siguen siendo ejemplo y virtud de que la tarea redentora necesita la prevención y la labor educativa para desarrollarse. Todos ellos constituyeron la Fundación Educativa Santísima Trinidad el año 2018, junto a ocho colegios de religiosas trinitarias, unidos bajo el lema Educamos para ser libres.

Estas cuatro entregas han querido ser una exposición de la presencia trinitaria en el mundo de la educación. Parece lógico que en más de ochocientos años de historia la Orden de la Santísima Trinidad haya tenido sobradas oportunidades para tocar y hacer suya la tarea educativa. Posiblemente los post han sido excesivamente expositivos, para lo que es mi costumbre, pero en ocasiones la mera presentación de los hechos es suficiente argumento para mostrar que, incluso el compromiso educativo de una pequeña orden redentora, llega a los últimos, a los más débiles, a los cautivos por la falta de formación y de espacios de aprendizaje. Sigo sin ver las élites, ni en los alumnos trinitarios ni en sus maestros. Sigo sin encontrar exclusiones deliberadas de hijos de emigrantes, de minorías étnicas o de diversidades culturales. Sigo sin comprender por qué cuesta tanto entender la educación como espacio de prevención y de liberación. A veces se prefiere el debate ideológico, tal vez para desviar la atención de la gestión nefasta en otras lides.

Nosotros seguiremos creyendo en una educación trinitaria que forme a nuestros niños y jóvenes en libertad y con sentido crítico, emocional y también espiritualmente. Esto no lo garantizan solo las leyes educativas, necesitamos que existan centros de diversa índole y la libertad de las familias para elegirlos, pero por encima de todo necesitamos el cimiento del evangelio y buenos educadores trinitarios.