En busca de palabras

Ando en busca de palabras. He dicho tantas… Sigo pronunciando nombres, verbos y adjetivos como si su sonido y lo que señalan fuera suficiente para justificar todo lo que callo. Me debato entre los extremos, como si en ese equilibrio pudiera sostenerme cuando la noche me sorprende sin nada que decir, sin un estoy ni un soy que me sitúe en esta realidad desconcertante. Necesito palabras nuevas, como las que siembra en mi conciencia cada noche de insomnio. Pero al despertar las olvido, las borran de mi deseo la tormenta de las dudas y la condición de las prisas por vivir.

Para mis ansias redentoras he aprendido a escribir decenas de palabras, trazadas con preciosismo caligráfico, siguiendo la guía de una línea que me garantiza renglones de estética impecable. No tengo que buscar demasiado para expresarlas, y que formen parte de la realidad que vivo, de las personas que transito, de las emociones que me habitan. Pero no basta con la belleza de la caligrafía cuando lo que falla es la gramática. Confundo los tiempos verbales y las concordancias, me traicionan existencialmente la voz pasiva y los subjuntivos, me confío a la buena voluntad, que disimulará mis errores y perdonará mi pereza para buscar palabras auténticas y de sentido.

Ando en busca de palabras, porque muchas de las que aprendí son de aquellas que se pronuncian y al momento se convierten en mentiras, palabras faltas de fe, palabras vacías y tantas veces formales. Estructuras de pensamiento que se hacen voz estéril, prolijidad que cansa, palabras tristes dictadas en tiempos oscuros, apagadas diatribas que adormecen el alma, utópicas ensoñaciones, mensajeras de un pesimismo que dura demasiado. Como si la vida y los encuentros no me regalaran suficiente léxico para la esperanza, escondo con esmero la espontaneidad abusando de la precisión de unas palabras que no hieren la capa de la realidad y me hacen indigente de la auténtica espiritualidad.

Vengo a huir de la palabra precisa, la que ahorra circunloquios favorecedores de confluencia; necesito escapar de la palabra culta, que dice más de lo que sé que de lo que soy; no busco la palabra última y definitiva, que cierra el diálogo y entroniza mi ego. Las palabras que busco estarán libres de cadenas, de apegos y estereotipos, porque las deseo como encuentros transformadores, palabras reconciliadoras que se hacen una sola con la mirada. Palabras pronunciadas también en otras lenguas, la de las flores, por ejemplo, o la de las aves que vuelven al comenzar la primavera, o la de los besos y los abrazos, o el idioma de la mirada, tan elocuente e intenso. Palabras escritas en la arena, o en el agua que corre, sabedoras de que su fuerza también está en su volubilidad, no en esta eternidad de la roca o de internet donde lo escrito parece quedarse para siempre, desafiando la voluntad y el deseo de redimirse.

Y mientras las encuentro, si aún no hay palabras que puedan expresar lo que siento y lo que vivo, que contengan la veracidad para no tener que llamarlas mías, o tuyas, palabras libres, de las que no pueda apropiarme indecentemente; mientras las encuentro, que sepa hablar en mi silencio.

Si digo pan 
y mi poema no convoca 
a los hambrientos a la mesa, 
es porque la palabra ya no sirve 
y la poesía exige otro lenguaje.

Si digo amor 
y mi poema no provoca 
una tormenta de besos y canciones, 
es porque la palabra perdió su magia 
y la poesía debe buscar una nueva voz.

Si digo vida 
y mi poema no revienta 
un alba de luceros y primaveras, 
es porque la palabra quedó sin dioses 
y la poesía debe estar al servicio del hombre.

Si digo libertad 
y mi poema no revoluciona 
la conciencia de los sedientos de paz, 
es porque la palabra dejó de ser instrumento 
y la poesía está obligada a cambiar de poetas.

«El poder de la palabra» del poeta paraguayo Gilberto Ramírez Santacruz

Paciencia

Aprender paciencia es duro, a veces lo más duro. Se impone me a la sensatez con que pretendo comprender el mundo, obligándome a regresar a los puntos de salida personales. La paciencia compromete los espacios de mi vida, mis proyectos y propósitos, la belleza y las frustraciones, mis opciones y decisiones, el cambio y la estabilidad. Por eso mismo es un aprendizaje en el que debo poner tiempo, confianza y silencio.

El aprendizaje de la paciencia requirie tiempo, pareciera que no tengo suficiente con el que se me da, y que siempre necesito algo más para que las cosas ocurran y tengan sentido. Tengo más paciencia que hace unos años, las prisas han dado paso a cierta serenidad, la obsesión por la efectividad a la tolerancia ante el fracaso, los buenos propósitos a las decisiones tomadas en el momento oportuno. Comprender el tiempo de mis acciones me ha ayudado a ser paciente, conmigo mismo y con los demás, aprender a esperar, a sumar, a encontrar el gusto de las largas e intrincadas experiencias que la vida me regala. Ahora estoy en aprender el tempo de mis cosas, la velocidad relativa con la que suceden. Mis composiciones vitales me necesitan paciente en cada uno de los movimientos que interpreto, no ya solo en esa paciencia tolerante con las largas esperas, sino también sincero con lo que sucede en el interior mismo de mis decisiones.

Como en todo aprendizaje, es esencial la confianza. La paciencia me obliga a conceder no solo tiempo, también espacio para que las cosas sucedan. No es ya solo que sepa reconocerme en el espejo, tan variable en su reflejo, tan inquietante, debo confiar en la diversidad de mí mismo que en él se me presenta. Ser paciente es descubrir la belleza en los destemplados mares de lo confuso, es amansar los prejuicios que nos alejan de los otros y de nosotros mismos, dar una oportunidad tras otra a la transformación y a la voluntad de cambio, bañarnos una y mil veces en esas aguas que, por más que lo parezcan, ya no son las mismas en las que he nadado antes con soltura. Ese es el motivo por el que la paciencia necesita confianza, que es mucho más que una simple apuesta por la vida, y la confianza requiere paciencia, para creer y construir, para tolerar y levantar, para aprender a pronunciar palabras envueltas en el poderoso embalaje de la espiritualidad, únicas, imprevisibles, propias y compartidas.

Finalmente, solo aprenderé paciencia en la medida en que entienda el silencio. Tiempo y confianza implican acción, el silencio evoca inacción. Tal vez, donde más duele la paciencia es en ese vacío, sin tiempo ni espacio, sin reglas con las que medir ideas y decidir finales felices. La paciencia se envuelve de silencio, el silencio se viste de paciencia. Un nuevo equilibrio difícil de transitar, porque crear silencio no es tarea fácil. Hay veces en que vemos emerger del silencio el temible monstruo de las voces ausentes, y cotorreamos en un desesperado intento de apaciguarlo. Incluso callar se convierte en un modo de esquivar la paciente superación de los prejuicios, creando un silencio externo que es incapaz de aplacar la interna verborrea de ideas y palabras. «La mejor manera de crear silencio es abrazándose», dice David Foenkinos. El abrazo nos apacigua, nos enseña a dejar de medir los intersticios de los encuentros, acalla la eterna necesidad de tener una opinión o decir la última palabra. El abrazo es una cápsula de paciencia infinita que nos reconstruye.

Llevamos ya demasiado tiempo alejados de los abrazos, tal vez por eso hemos dejado de confiar en los silencios. Y, entre tanto, la paciencia se aleja y nos entregamos al juicio fácil, la palabra hueca y la vida regalada Ojalá este año que estrenamos podamos encontrarnos de nuevo en los abrazos, sería una maravillosa vuelta al tiempo de la paciencia.

Obstáculos en el camino

Hay un cuento de Jorge Bucay (26 cuentos para pensar) que desde hace tiempo vengo repensando. De forma resumida: un hombre se encamina hacia una ciudad en la que podrá encontrar todo lo que desea, todas sus metas y ambiciones, sus sueños y objetivos; al poco de comenzar, el sendero se hace cuesta arriba, se cansa pero no le importa, porque la meta lo vale; después se encuentra con una gran zanja, que salva con un peligroso y atlético salto; salvada esta zanja aparece otra, más ancha aún, pero su deseo de alcanzar la ciudad le permite saltarla y seguir adelante; poco después le sorprende un abismo, imposible saltarlo; descubre a un lado maderas, clavos y herramientas, y a pesar de que nunca ha sido hábil con las manos y que la sombra de la renuncia pasa por su cabeza, ya puede ver a lo lejos la ciudad, de modo que construye un puente; tarda meses pero lo ha conseguido y lo cruza emocionado; al llegar al otro lado descubre una muralla que rodea la ciudad de sus sueños, se siente abatido, no la puede esquivar, debe escalarla; tampoco ha sido nunca hábil con sus vértigos, aún así trepa por la gran muralla, su objetivo está ya muy cerca; en un descanso para tomar aire ve que un niño le observa, como si le conociera, el hombre, cansado, le pregunta, ¿Por qué tantos obstáculos?, a lo que el niño, encogiéndose de hombros, le responde, ¿Por qué me preguntas a mí?, los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras, los trajiste tú.

Llevamos mucho tiempo caminando al tiempo que salvamos obstáculos, el último año ha sido especialmente difícil y traicionero. A cada meta que nos ponemos aparecen abismos y muros que parecen apartarnos de la compleja tarea de alcanzar nuestros sueños, hay días que los salvamos, que sacamos fuerza de la debilidad, habilidades personales que desconocíamos tener, pero hay otros días en que la sombra de la renuncia nos mira de frente, nos relega a un espacio de fracaso del que, nos intentamos convencer, tal vez no debíamos haber salido.

Los obstáculos tienen una peculiar manera de entrometerse en nuestros sueños y ambiciones. Como al protagonista del cuento, solo tenemos que ponernos en camino hacia las metas deseadas para que aparezcan como de la nada dificultades que se interponen y que cada vez se hacen mayores. Y junto a cada obstáculo un coro de susurros aconsejando sensatez y cordura, invitando a la tibieza del abandono, o a buscar metas acordes a nuestras fuerzas y necesidades. Esa es la fuerza de los obstáculos, y su triunfo nuestro abandono, aprovechar las sendas abiertas por el deseo para regresar al lugar de lo conocido y quedarnos a vivir en él.

Su primera victoria es el miedo, alardean ante nosotros de su soberanía frente a la timidez emocional, y no quieren más respuesta que la proyección, esa búsqueda de culpables fuera de nosotros mismos, inquisitorial juego de rabia contenida en el que acabamos arrasando con amistades, seres queridos y creencias. Nos predispone a señalar zancadillas allí donde un problema rompió nuestros sueños más íntimos, ante cada muleta que nos vimos obligados a tomar, explicaciones simples para justificar que no es la pasión sino el miedo lo que corre por nuestras venas.

La madurez nos enseña a afrontar los obstáculos, sabe más el diablo por viejo… Hay un ingenio que agudiza el hambre para alcanzar metas, y como el buscador del cuento nuestras piernas son capaces de saltar lejos y nuestras manos de construir puentes y escalar murallas, la razón vence a los miedos, el fracaso deja de ser una opción y nos hacemos habitantes de la ciudad deseada. Pero hay una victoria aún mayor que la de vencer obstáculos, reconocer que gran parte de ellos los hemos creado nosotros mismos, no han salido ni de la nada ni de la maquiavélica mente de quien espera ver nuestra retirada. No es tanto la experiencia cuanto la mirada sencilla y limpia de niños la que nos descubre esta verdad ocultada por nuestro disfraz de forzudo de feria.

Esta aceptación comienza a desarrollarse cuando somos capaces de nombrar los obstáculos, tanto los materiales como los mentales, en ese momento ya hemos recorrido la mitad del camino hacia su superación. Al nombrarlos los hacemos nuestros, destapamos su origen, sin proyecciones que tranquilicen nuestra conciencia alargando la sombra de la sospecha, identificamos los espacios vacíos que nos encerraban en el no puedo para encontrarnos con nosotros mismos, sin disfraces ni excusas. No es realmente una victoria, porque el sendero en que avanzamos nos llevará toda la vida, pero la memoria de los obstáculos reconocidos persistirá frente a las derrotas existenciales, y entonces estaremos preparados para trascenderlas. «Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, ancianos, jóvenes, esposas, viudas, hermanos enamorados. Pero siempre encontrándonos a nosotros mismos» (James Joyce, Ulises).