Vivir a la intemperie

Inicié este espacio compartido en 2011, casi de puntillas, con apenas unas entradas sueltas al año. Eran el reflejo de mis búsquedas personales y de aquello que pugnaba por brotar de mi interior, sin mayor pretensión. Lo que empezó sin pretensiones se transformó en compromiso a finales de 2019 cuando, impulsado por el cariño de mis lectores, decidí publicar cada semana. Todavía me resuena la voz de Jesús Barrientos animándome a ese ‘salto sin red’ tras el Congreso de Escuelas Católicas. No necesité muchos argumentos: la intemperie ya me había atrapado y la escritura se había vuelto una necesidad más que un deseo.

Ahora, esas voces encuentras su hogar en un libro. En él he recogido las intuiciones de este blog para repensarlas, ordenarlas, sumar nuevas páginas y trazar un hilo conductor que les da sentido unitario. A quienes me leéis cada martes, a quienes me escribís compartiendo vuestro sentir y a quienes me susurrasteis la necesidad de esta obra: gracias. Vuestra confianza ha sido mi mayor fortaleza.

Dos agradecimientos más: en primer lugar a Carmen Guaita por las palabras que, con tanto cariño, ha dedicado al prólogo. Siempre tuve la certeza de que debía ser su voz la que sirviera de pórtico a la mía; contar con ella es un regalo maravilloso. En segundo lugar al equipo de la editorial San Pablo, comenzando por su director, que han creído sin reservas en este proyecto.

Ojalá disfrutéis de la lectura y os animéis a recomendarla. Me haría feliz poder contribuir a que muchos otros aprendan a abrazar la intemperie, la vean como un don en lugar de como una amenaza. Os dejo, a modo de adelanto, unos párrafos entresacados de la introducción.

Gracias por estar ahí. Nos seguimos viendo cada martes.

Hay quien escribe para ordenar el mundo. Yo escribo para no instalarme en él. Para escapar de los refugios, que se disfrazan de certezas y, en realidad, nos encierran. Para caminar a cielo abierto, aunque duela, aunque asuste.

Vivir a la intemperie es un modo de estar en el mundo: resistir la tentación de las identidades cerradas, confrontar nuestra vulnerabilidad sin máscaras, aceptar que no hay refugio más honesto que el de nuestra verdad interior.

Comencé a escribir para darle significado a las palabras que han configurado mi verdad, como quien busca veredas para subir montañas y alcanzar las estrellas. Este libro es fruto de muchos encuentros —espirituales, humanos, éticos, intensos, efímeros—, siempre a la intemperie. Reúno en estas páginas las huellas que mis pies inquietos y mi mente inconformista han dejado en el mundo. Lo hago en forma de breves ensayos, agrupados en ocho capítulos, que buscan caminar hacia una espiritualidad del tiempo presente: una intemperie habitada, con memoria, iluminada por el asombro, ensanchada por la fe, donde se educa, se cree y nos encontramos.

He explorado la dimensión ética y emocional de la intemperie, aplicando su sabiduría a lo que nos inquieta: la fe, la educación, la vida compartida, las grietas que nos dejan sin apoyo, la memoria del hogar al que siempre regresamos. Son invitaciones para caminar a cielo abierto, bajo las noches estrelladas de nuestra vida. Infinitos ante los que asombrarse y en los que aprender a contar estrellas. Y aunque todos los capítulos tienen un poso personal, he querido cerrar con algunos encuentros que me devolvieron la confianza y la esperanza. Encuentros a la intemperie que vinieron al rescate de mi vida y me liberaron de los invernaderos de autorreferencialidad.

Con Montaigne, hago mías sus palabras: «No pretendo llenar una vasija, sino encender un fuego». En el hogar donde enciendo esta candela siguen sucediéndose encuentros, palabras y silencios. Allí el pensamiento se hace propio y se despoja de certezas. Esa es la intemperie donde soy redimido.

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