Cuestión de propósitos

No por ser un comienzo de año diferente desistimos de la tarea de volver al lugar de los propósitos, confiándonos a ellos para que nos ayuden en los espacios y tiempos misteriosos que se nos presentan por delante. Lo vivido en el año que hemos terminado nos invita a ser prudentes con lo que deseamos y con aquello a lo que nos comprometemos. Cuando todos nuestros programas y buenos propósitos saltaron en mil pedazos nos conminamos a aprender la lección, mirando el mundo de cerca, coreando muy suave la música de los días rotos pero al mismo tiempo nuestros. Sí, nuestros, sin adornos, sin prisas, sin propósitos impuestos, solo días por vivir y agradecer. Días de pacto con nuestros sentimientos y emociones. Días de silencio de las quejas, de espacios por conquistar sin plantar banderas o ideologías en ellos, solo el propósito de estar vivo e incorporar al resto de seres vivos que nos importan.

Los propósitos que ahora hacemos poco tienen que ver con los de hace un año, o dos. Ya no queremos cambiar las cosas a cualquier precio, no nos conformamos con las formas, no empujamos las vergüenzas propias o ajenas bajo las alfombras que guardan nuestras apariencias morales. Ahora sabemos que no es posible hacer verdaderos propósitos dejando intacta la verdina que cubre nuestra conciencia. Al menos yo, por esta vez los he dejado en ese silencio interior que hornea lentamente las decisiones importantes.

Así es como damos a luz los cambios importantes de la vida, los cambios que nos transforman de esclavos del hábito a hijos del riesgo. En esa agónica jugada vital nos hacemos capaces para escapar de la sensatez y adentrarnos en lo caótico de la vida, en la estupidez que nos rodea. Hemos aprendido que solo cuando valoramos ese caos y esa estupidez, solo cuando superamos ese obsesivo deseo de control y de sensatez, estamos realmente preparados para vivir, en el asombro, en las emociones, en los propósitos.

Mi propósito de este año no es esperar una vacuna, tampoco recuperar la normalidad perdida, ni volver a abrazar; siento que todas esas buenas cosas solo me devuelven a la tranquilidad de lo conocido, la sensatez con la que gira el mundo y sobre la que establezco rutinas. Mi propósito es…

No, en realidad he decidido dejar los propósitos, este año no. Me bañaré en la corriente de las decisiones que se abrazan a la vida tal cual viene. Así es la fe, al fin y al cabo. Lo dice muy bonito Martha Medeiros, estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.

Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca.
No arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente
quien hace de la televisión su gurú.

Muere lentamente
quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos,
sonrisas de los bostezos,
corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente
quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente
quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en si mismo.

Muere lentamente
quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.

Muere lentamente,
quien pasa los días quejándose de su mala suerte
o de la lluvia incesante.

Muere lentamente,
quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
no preguntando de un asunto que desconoce
o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas,
recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor
que el simple hecho de respirar.
Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos
una espléndida felicidad.

Martha Medeiros, poetisa brasileña

Desconfinar la mirada

Hace ya meses que nos sentimos descolocados, cada vez que pensábamos rehacer la vida se nos evadía, obligándonos a recomponer los resortes de la paciencia, confinando las emociones para escapar del miedo, enmascarando los encuentros y sorteando los abrazos. Tanta inseguridad acaba desviando la mirada que tenemos sobre el mundo y sobre las cosas, acostumbrada a ser mirada que pone orden en aquello en lo que se posa, que necesita encontrar sentido y solo lo percibe cuando tiene respuestas, aunque sea rellenado los huecos por los que se cuela el diablo de la inquietud.

Ese afán de colocarlo todo, de mirar un mundo perfecto, una vida satisfecha, un final feliz, nos lleva por el agotador camino de la obsesión por recuperar todo lo perdido, el tiempo, las sonrisas, los encuentros, los espacios compartidos… La psicología de la Gestalt lo llama ley del cerramiento, nuestro cerebro no tolera huecos y organiza lo que percibimos para poder conocer la realidad como completa, pero al hacerlo provoca saltos de sentido, completa las palabras, los sentimientos, las ausencias, para que la mirada no sufra, y de ese modo tranquiliza la conciencia, nos hace ciudadanos de espacios felices que duran solo unos minutos, antes de que nos demos cuenta de las pérdidas y del vacío de los afectos.

Hay ocasiones en que el modo de cerrar esa realidad incompleta es abusando de tópicos, nos está pasando este año con las celebraciones de Navidad. Las ciudades se han llenado de luces mucho antes de lo normal, con la excusa de que necesitamos sentir el espíritu navideño con más fuerza que nunca; llevamos meses escuchando eso de que debemos cuidarnos para salvar la Navidad; lo de vivir la magia de Navidad y rescatar su espíritu empieza a sonar más empalagoso que nunca. Aceptamos lo que otros años nos daba grima porque ya hemos perdido mucho, porque no esperábamos que esta situación se alargara tanto, porque sentimos la necesidad de cerrar el círculo vital en el que nos perdimos hace ya mucho tiempo. A cambio estamos dispuestos a aceptar luces, magia y espíritu que nos salven de esta incompletitud a la que ni queremos ni podemos acostumbrarnos.

Estamos tan preocupados por desconfinar la vida en general, por recuperar espacios, por palpar de nuevo la libertad de sentir, que nos olvidamos de desconfinar la mirada. Nos falta el ojo de Dios en nuestro ojo, para ser la misma mirada, para reconocer el mundo sin necesidad de completar los vacíos, para amar de nuevo esos huecos y abrazarnos a los fracasos con la misma intensidad con que nos envolvemos de los momentos de superación y alegría. ¡Qué bien lo expresa el Maestro Eckhart!, “El ojo en el que veo a Dios es el mismo ojo en el que Dios me ve. Mi ojo y el ojo de Dios es un ojo y una mirada y un reconocer y un amar”.

La promesa de Navidad no es la magia, no necesitamos salvar los regalos, ni las comidas, ni las fiestas, hay que salvar la mirada, porque solo cuando mi ojo y el ojo de Dios es un mismo ojo podemos mirar con su mirada penetrante, podemos reconocer que la salvación se llama posibilidad, y amar a ese niño envuelto en pañales, toda una esperanza por cumplir. Es esa incompletitud de Dios la que nos salva, a pesar de nuestra manía por reconstruir y poner todo en orden, para que nada nos haga daño a la mirada, para mantener intacta la mínima inteligencia que nos permita movernos por el mundo creyendo que lo podemos todo, lo abarcamos todo, que somos invencibles e invulnerables.

Es posible que este año estemos más capacitados que nunca para entender esta promesa de Navidad. Ahora que vamos comprendiendo que nada volverá a ser como antes, tampoco nosotros mismos, percibimos que hemos quedado heridos de vulnerabilidad, ha caído esa egolatría que nos retenía lejos del verdadero misterio: el futuro y las esperanzas de cambio se construyen en los espacios vacíos acumulados, en las pérdidas, en los abismos, no llenándolos con luces y esperanzas pasajeras, sino mirándolos sin miedo, con el mismo amor con que Dios los ve.

Feliz desconfinamiento de la mirada. Feliz Navidad.

Esto de los santos…

Cada año por estas fechas asistimos a un debate por las tradiciones y contra las novedades celebrativas, siento como si nos invadiera un deseo de venganza, una lucha intestina contra gigantes a los que no podemos derrotar, no porque sean invencibles sino porque no son reales, y en medio de tanta insensatez dejamos pasar oportunidades para pronunciar palabras que se entiendan y compartir mensajes que lleguen a las personas de hoy hablando su lenguaje.

No, a mí tampoco me gusta esto de importar fiestas, de celebrar por todo lo alto tradiciones que solo son nuestras porque las llevamos viendo toda la vida en una pantalla, pero tampoco me gusta que nos despreocupemos de salvar muchas otras celebraciones que forman parte de lo que somos, o de lo que fuimos.

Y me gusta menos aún esta guerra a la que esa parte más carca de nuestra Iglesia nos empuja: ya que no podemos con ellos, contraprogramemos. Y el resultado da pena, ver a esos niños disfrazados de santos puede parecer enternecedor, son simpáticos, pero no creo que consiga algo más que nuevas ideas para el disfraz de Hallowen del próximo año, porque la mayoría dan más miedo que muchos de los dráculas y brujas que en estos días suelen aparecer por nuestras calles y colegios, este año el disfraz más triunfador seguro que ha sido el de COVID-19.

Hay que reivindicar a los santos, pero esta fiesta no es para vestirnos como ellos, menos aún para inventar una guerra entre los buñuelos de viento y las hamburguesas, es para darnos cuenta de que eso de la santidad lo llevamos en la sangre, forma parte de lo que somos, de nuestras emociones, de nuestros sueños, incluso de nuestros fracasos. Por eso leemos el evangelio de las bienaventuranzas, necesitamos santos que disfruten de la vida, que se emocionen con una canción y que una puesta de sol les erice los pelillos del brazo, que les guste el cine y estén dispuestos a perder la tarde echando un partido con los amigos, que les guste bailar y reirse con ganas de un chiste malo. Porque los santos no se visten de fantoche, no mean agua bendita, no son un talismán contra la modernidad, esa que tanto miedo ha dado siempre a mucha gente de Iglesia. Esos símbolos no son Evangelio, pretender una Iglesia que solo sea signo cuando se reviste con ropajes viejos es alejarla de la auténtica buena noticia que cada santo ha sido como gente de su tiempo.

Nos toca ser a nosotros santos en nuestro tiempo, con nuestras ropas y nuestras costumbres, con nuestro mundo tal y como es. Reivindicar una santidad que late y existe en jóvenes con piercings y tatuajes, en gente que sale de sus armarios y se enfrenta a la vida tal y como Dios los ama, en familias que rehacen hogares cuando todo se sentía perdido, en los que cada mañana desayunan y se comen el mundo porque creen en Dios que sale al encuentro y les regala oportunidades. Por eso la fiesta de los santos de este año es tan diferente, todo lo que estamos viviendo se ha convertido en una invitación para la vida compartida, nos ha metido de lleno en el aprendizaje de los tiempos nuevos, nos está ayudando a comprender que no son las lágrimas, ni los sufrimientos, ni las caídas lo que nos fortalece y nos da acceso a la felicidad, a la bienaventuranza, sino la posibilidad de transformarlas en espacios de salvación.

¿Quién mejor que los niños para entender todo esto? Su modo de ver el mundo y el tiempo les rescata de la complejidad en que los adultos lo convertimos. Esa es la mirada de la santidad, porque esa es la mirada de Dios, y mientras no accedamos a ella seguiremos olvidando la sencillez que pueda salvar el mundo, impondremos a los mismos niños nuestra mirada correctora, ordenaremos sus lecturas, incluida la de la realidad, y los vestiremos de nuestras seguridades. Es una forma más de tapar nuestro sentimiento de culpa por la pérdida de la creatividad y la inocencia, pero ante los niños y los jóvenes deberemos seguir preguntándonos, ¿qué santos queremos que sean?