Fantasmas y toneles

La guerra en Ucrania, los espionajes cibernéticos, las nuevas y crecientes bolsas de pobreza, han despertado viejos fantasmas que la pandemia de la COVID parecía haber tapado. Da la impresión de que los problemas se acumulan sin apenas tiempo para haber solucionado los que ya traíamos, con capacidad para hacer tocar fondo a nuestros ánimos y esperanzas. Es cierto que mucho de lo vivido en los últimos dos años nos ayuda a afrontar estos presentes de cara, sin sentirnos humillados por esa realidad que se impone inexorablemente, dándonos a veces la sensación de que no podemos hacer nada por cambiarla. 

La inquietud ante todo lo que ocurre alrededor nos recomienda el tradicional pasar página y leer la vida en diagonal, como si pudiéramos hacer magia con la realidad, hasta encontrar ese capítulo amable en nuestras vidas, familias y trabajos. Los expertos en psicología social nos dirán que ese mecanismo de defensa nos salva de la depresión compartida, pero también es cierto que nos sitúa en el peligroso camino de las falsas esperanzas, porque cuando nos topamos con la vida real las cosas no son tan simples, y los atajos nos dañan los pies.

Permitidme una pequeña historia: «Había una fiesta en el pueblo, y cada uno de los habitantes tenía que contribuir vertiendo una botella de vino en un gigantesco barril. Cuando llegó la hora de comenzar el banquete y se abrió el grifo del barril, lo que salió fue agua, solo agua. Y es que uno de los habitantes del pueblo había pensado: “Si echo una botella de agua en ese enorme barril, nadie se dará cuenta”. Lo que no pensó es que a todos sus vecinos se les pudiera ocurrir la misma idea.»

Pocas veces nos damos cuenta de que para poder contar con un final feliz, en todo lo que vivimos y sentimos, el papel más importante se juega a nivel personal. Porque generalmente pensamos que todo nos habrá ido bien al final si hemos sido capaces de encontrar una vacuna segura, que los invasores vuelvan a sus fronteras, volver a hacer un recurso del abrazo y de espacio compartido. Para que los buenos propósitos sean posibles, necesitamos derrumbar muchos muros interiores.

Esperar que sean otros los que den el primer paso (póngase aquí quien corresponda), es la salida más fácil. Y no es que nos falte convencimiento para darlo nosotros, sino por esa idea generalizada de que nadie se dará cuenta. El problema es que ese muro, esa botella de agua, nos devuelve a la pérdida de confianza en los demás, se nos convierte en fantasma que impide nuestro crecimiento y nuestro futuro, envuelto en sábanas de desconfianza y del otros lo harán.

Solo el aprendizaje vital que hemos incorporado puede salvarnos de los miedos y las desesperanzas, transformando los cuidados por la supervivencia en cuidados para el crecimiento y el encuentro. Si perdemos estas oportunidades, mirando a otro lado o cerrando los canales de comunicación personal, solo estaremos creciendo en el aislamiento, el individualismo y la mentira compartida, por muy complejo que sea de entender. De nuestros barriles solo saldrá agua, incapacitándonos para vivir y creer en la alegría. Es una actitud, al fin y al cabo, pero es la única actitud que espanta fantasmas y llena toneles de lo que realmente deben contener, en la confianza de que al abrirlos todos disfrutaremos de la fiesta.

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Ser amados

Amar lo que más nos cuesta amar es un desafío de primer orden. Y aunque es la condición para una auténtica resurrección a la vida, se nos suele atragantar cuando aquello por amar contiene dolor y sufrimiento difíciles de aceptar. Hemos crecido con la idea de que la felicidad es el resultado de la suma de experiencias amables y bondadosas, para lo que debemos huir de cualquier cruce que nos incomode, borrar las lágrimas y desterrar las heridas. Pero la vida plena lo es precisamente porque incorpora esos amores complejos, especialmente el del reconocimiento de los propios errores. Solemos odiarnos a nosotros mismos con mucha más pasión con la que odiamos a los demás, y en esa espiral de desamor es fácil obsesionarse con tapar las grietas y resaltar solo los triunfos, aunque tengamos que autoengañarnos para creer que son muchos más de los alcanzados.

La incripción gnóthi seautón, conócete a tí mismo, recibía a los visitantes del templo de Apolo en Delfos, buscadores de respuestas que acudían al oráculo para despejar incertidumbres y afianzar intuiciones. Nuestras inseguridades suelen llevarnos a explorar certezas más allá de nosotros mismos, nos develan los desamores que no logramos entender, necesitamos saber que no habrá mal que cien años dure, en realidad es difícil incluso tolerar que dure un solo minuto. Pero ninguna búsqueda puede comenzar fuera de conocerse a sí mismo, amarnos por nosotros mismos, ser amados por nosotros mismos. Menos conocido es el principal tesoro que guardaba el templo de Apolo, el ónfalos, ombligo del mundo, por el que se simbolizaba ese equilibrio de conocimiento que necesita reencontrarse con aquello que nutre y da la felicidad: mirarse, escucharse, hablarse, perdonarse, amarse. Nada conoceremos más allá de nuestros límites personales sin habernos adentrado en amar y ser amados desde lo que somos.

No nos conoceremos asomándonos a un espejo, porque solo devolverá un reflejo de una parte de nuestra realidad. Primero, hay que aprender a conectar con nuestro ónfalos, dejarnos de respuestas enlatadas y afrontar las preguntas que realmente nos salvan, volver al centro y reencontrarnos con todo lo que nos constituye, sin descartar nada. San Agustín, aunque tarde, también comprendió que buscaba fuera lo que siempre había llevado dentro, ese bello espacio de sentido personal en el que comienza toda verdadera reconciliación.

En palabras de Victor Hugo, “La dicha suprema de la vida es la convicción de que somos amados, amados por nosotros mismos, mejor dicho, amados a pesar de nosotros”. Huir de ser amados, en nuestros triunfos y en nuestras derrotas, a pesar de nosotros mismos, nos aleja de ese centro vital que nos equilibra de nuevo. Ser amados, no solo por quien nos entiende y acepta sin condiciones, también, y especialmente, por quien ha encontrado el camino para conocernos, en toda la extensión que solo el amor puede abarcar. Es una tarea que comienza por uno mismo, amarse para ser amado.

Dejarme hacer

Cuando nos situamos en posiciones de cambio, en el mismo momento en que somos conscientes de la necesidad de asumir la transformación como estructura vital, las primeras preguntas que nos hacemos son, ¿Qué se espera de mí? ¿Qué puedo hacer para cambiar? Son preguntas que están detrás de una actitud positiva, porque hemos aprendido que todo cambio necesita de nuestro compromiso, nos implica personalmente. Frente a quienes se sientan a esperar que el cambio lo hagan otros, están los que son ellos mismos el cambio que esperan ver en el mundo, en palabras del Mahatma Gandhi. Hay un sesgo darwiniano en nuestras expectativas, que nos impulsa a confiar en que las transformaciones nos vendrán del entorno, posicionándonos con nuestra capacidad de adaptación y nuestras propias fuerzas, ¿qué puedo hacer?

Ese sesgo, que tiene mucho de social, no nos impide tomar la medida de nuestras posibilidades, que será un buen punto de partida, porque obliga a conocerse y buscar caminos nuevos, sin que el autoconocimiento bloquee nuestras capacidades personales para crecer y hacer cosas que no esperábamos, o no se esperaban de nosotros. El temor a lo que nos desidentifica actúa como freno para los cambios, el aprendizaje se vuelve entonces lento y va perdiendo creatividad, suele ser mucho más fácil dejarse llevar por las circunstancias, como si el hecho de entregar nuestro timón pudiera liberarnos de la responsabilidad en nuestras decisiones.

Una vez asumida una actitud activa en el cambio, se hace imprescindible una actitud pasiva, que no debe ser confundida con la pasividad de la que hablaba antes. A las preguntas sobre qué puedo hacer, suceden dos preguntas clave, ¿qué debo dejar de hacer? y ¿qué debo dejarme hacer? Se trata de una objeción de conciencia vital, ya no es cuestión de centrarse en la iniciativa sino hacerla valer en cada una de nuestras pasividades. Es una toma de decisión que facilita el tránsito de lo existencial a lo trascendental, de lo que parece que nos da valor a lo que nos aporta sentido.

Es importante dar un paso adelante, en algunos momentos de la vida es incluso imprescindible, pero también lo es conocer qué paso debemos dejar de dar, aprender que no todo se mide por el valor ni el riesgo de la decisión por tomar, que no todo puede reducirse a simple renuncia, que la libertad no está en la capacidad de optar sino en hacer posible que el yo que decide pueda seguir sintiéndose yo. Así es como nos salvamos, no siempre comiéndonos el mundo, sino dejándonos hacer y cuidando lo que amamos.

La fortaleza ante las adversidades, que se verifica en la capacidad de adaptación al medio, también lo es cuando priorizamos el cuidado, que es una dimensión estética. Podemos contemplar la belleza proyectando expectativas sobre las experiencias y los objetos, o podemos también dejarnos transformar y traspasar por todas las realidades que nos sobrepasan, incluso sin entenderlas del todo, permitiendo que sea la belleza la que nos envuelva. No hay nada de pasividad en ello, aunque por pereza de pensamiento propio prefiramos un tipo de belleza que nos dé todas las respuestas, antes que la belleza que nos sugiere todas las preguntas. Lo experimentamos en la contemplación de la obra artística, pero más aún lo vemos en la vida: exigimos comprenderlo todo inmediatamente, no pensar demasiado, dejar nuestra huella, dar una opinión aunque nadie la pida. Mientras tanto, voy olvidando la importancia de escuchar, asombrarme, admirar, dejarme hacer.