El silencio como recreación

La película La vida es bella ha sido un referente para muchos de los que nos adentramos en ese mapa vital que, con tanta suavidad y crudeza, trazó Roberto Benigni. Una escena insignificante se me quedó grabada, a veces no se puede controlar qué guarda o deshecha la mente, aquella en la que el médico alemán Dr. Lessing se despide de Guido en el vestíbulo del Grand Hotel, dejándole como último regalo una adivinanza: “Si pronuncias mi nombre desaparezco”. “¡El silencio!”, exclamó Guido una vez que el médico se había ido. La continuación de esta escena se desplaza al final de la película, con Guido como prisionero del mismo campo de concentración en el que presta servicio el Dr. Lessing, ahora capitán de las SS; Guido se alegra de encontrarlo y ve un atisbo de esperanza para salir del infierno en que vive cuando el médico favorece la oportunidad de trabajar como camarero en la sala de oficiales, pero pronto descubre que todo es una estrategia para que Guido ayude a Lessing a descifrar un acertijo que le angustia, ¡¡Ayúdame, no consigo dormir!!

Guido queda en un amargo silencio, la escena es al mismo tiempo enternecedora y trágica, su silencio no nace de la cobardía, ni es un callar esperanzado, como el de quien prefiere no deshacer la trama mágica que cambia y transforma la realidad, es un silencio de derrota ante todas las utopías posibles, es un grito desgarrador frente al vacío que la miseria humana estaba abriendo en Europa y en el mundo, a través de ideologías desencarnadas, teologías descreídas y antropologías deshumanizadas. Al comienzo de la película, cuando Guido llega con Ferruccio a casa de su tío Eliseo Orefice, al que acaban de asaltar por su condición de judío, le pregunta por qué no ha pedido ayuda, a lo que responde el tío, impasible, “El silencio es el grito más fuerte”. Desde ese momento la película se convierte en un grito estentóreo que se abre paso en medio de la indiferencia, que planta cara a la intolerancia, que se esfuerza por no llorar ante la impotencia, que busca sentido al horror y la tragedia, y que rompe finalmente el silencio con el grito del niño Giosuè frente al tanque de los libertadores, ¡¡Es verdad!!

Desde que la vi por primera vez, esta película me habló del silencio, y en estos días no he podido menos que recordar el diálogo que he mantenido siempre con ella. Me habló, y me habla, del silencio de los hombres y del silencio de Dios, del silencio elocuente y del que se pierde definitivamente, y también de los silencios que provoco, convertidos en fuertes gritos que denuncian y señalan mi falta de dirección, de humanidad, de cercanía,… de fe al fin y al cabo. También me habla de mis silencios improductivos, aquellos en los que callé, simplemente eso,… callé.

Pero el silencio no es mantenerse callado, porque en quien calla no hay silencio sino cobardía, y aprender a callar no soluciona nada, aunque nos lo lleven repitiendo desde niños, y hayamos ampliado lecciones como adultos. Callar es la opción de quien ha bajado los brazos, crea una ilusión de sensatez que nos mantiene en una prudente segunda fila, cuando en realidad hemos dado un paso atrás en nuestras convicciones, haciendo improductiva nuestra mejor herramienta para afrontar miedos y desenmascarar autoengaños. Callamos pero alimentamos una verborrea interna que solo consigue atronar nuestra vida y nuestras decisiones.

Nos explica la física que es por la atmósfera terrestre que podemos oír sonidos, si estuviéramos en la luna, no figurativamente, la falta de atmósfera nos haría vivir en un permanente y atormentador silencio. A veces conseguimos distraer de tal modo la atmósfera de nuestros encuentros, de nuestras vidas y esperanzas, que el silencio no es más que un estado de inconsciencia colectiva, sin sonidos transmitidos, un silencio sin gritos, que anestesia el alma. No es complicado acostumbrarse a vivir así, de hecho muchas veces eliminamos nuestra atmósfera relacional para poder sobrevivir a la sucesión de gritos desgarradores que nos piden actuar para cambiar las cosas, que nos invitan a arriesgar y dar pasos al frente, que rescatan nuestro niño interior para volver a creer en un tanque como premio. Ese es el silencio en el que muchos viven condenados, el silencio provocado por la falta de atmósfera vital, carente de referencias, sin ética, sin utopías de sentido. Poco importa si el planeta que nuestro silencio ha conquistado es habitable, o si podemos o no respirar en él, solo nos interesa que anule la debilidad de los sentidos, no escuchar, no ver,… no sentir.

Ni el silencio desolador sin atmósfera, ni el callar cobarde descorazonado. El único silencio que puede convertirse en el grito más fuerte es aquel que aprendemos a amar como elocuencia interior. El silencio como recreación de la vida y las posibilidades, que integra y enternece los sentidos, permite mirar la belleza y la monstruosidad, escuchar activamente la armonía y la estridencia, saborear lo dulce y lo amargo, palpar las cicatrices y los terciopelos, oler los lirios y las ciénagas. Sin silencio consciente e integrador no hay equilibrio sensorial, tan solo ausencia, y en ella el caos de los sentimientos.

Hay un silencio infinito, en el que Dios habla y nosotros gritamos. Es un silencio que desbloquea la parálisis de la conciencia, al que nadie impone calladas obligadas; un silencio ensordecedor, insoportable para los que quieren imponer sus uniformidades mentales, sociales y religiosas; un silencio que vive en las aspiraciones de quienes siempre esperan, siempre ven más allá de su enfermiza ausencia de palabras; un silencio que crea y se recrea en mis propios silencios exteriores.

El reverso de la historia

Forma parte de la condición humana convencernos de que todo lo que amenaza nuestra estabilidad, lo que nos saca de la normalidad establecida, nos hace más fuertes y mejores. Lo vivimos como esperanza, porque es difícil resignarse a finales infelices, de ahí el eterno retorno a los campos sembrados de sueños, ideales, promesas, mentiras también,… Esa resistencia interior a dejar vencer lo inesperado nace de la misma raíz que desde niños nos ha convencido de que debemos aspirar a la belleza, y alejarnos lo más posible de la fealdad; que tenemos una meta de felicidad y debemos dar gracias por estar sanos, evitando y ocultando el dolor y la muerte; que nos define el equilibrio, y en él la capacidad de acomodarnos e integrarnos, de ser agradables al entorno, de pasar por la vida sin la impaciencia de romper normas, contar verdades o llorar en público.

Cuando nos rodea el desorden optamos por la esperanza, lo que acaba resultando un intento desesperado de imponer un orden tranquiliza-conciencias, de colorear los paisajes en tonos grises que nos negamos a ver en su realidad, y por ese motivo rebuscamos entre los recuerdos, porque admirar las fotos de nuestra vida es siempre mucho más amable que mirar la vida sin filtros. Pero la esperanza nos desborda, explota ante nuestros ojos, porque no es sino la vida misma defendiéndose, como diría Cortazar. Se defiende de las grietas que la debilitan, se protege de las heridas que descubren su debilidad, se atrinchera ante lo que la deja sin palabras. Nos convencemos con ingenuidad de que todo va a ir bien, sabiendo realmente que no siempre todo tiene que ir bien.

En estos días nos ha desbordado esa realidad que solemos mantener bajo raya, es el motivo por el que nos inquieta la acumulación de tantas muertes, no solo por el hecho en sí de la muerte, sino por no haberlas podido silenciar; y nos abruma el tiempo de encerramiento en nuestras casas, porque nos enfrenta a preguntas para cuyas respuestas seguimos sin estar preparados. No es ninguna novedad, siempre ha pasado así, hay circunstancias que nos descolocan, un virus, una pérdida, un silencio inesperado, alguien que se va de nuestras vidas,… Hay una desnudez existencial para la que no nos preparamos, y cuando aparece nuestra mejor reacción es mirar a otro lado, enrojecer de pudor para evitar ataques de pánico interior. Nos instalamos entonces en una doble vida carente de conciencia y de remordimientos, que aplaude en los balcones hazañas ajenas al tiempo que ignora a los héroes con quienes convive; que se cubre de mascarillas y guantes profilácticos mientras aprovecha la distancia para herir sin miedo a contagiarse; que bendice la tecnología de la inmediatez y mantiene esa llamada que espera desde hace demasiado tiempo su oportunidad.

Sé que este no es un tema que guste escuchar, pero es el que necesito expresar, y también creer. Preferimos un mundo en que lo feo, lo triste, la enfermedad o la muerte no tengan lugar, y a cambio vendemos nuestra alma a los engaños que nos permitan vivir en una fantasía de normalidad y belleza. Realmente tan solo sobrevivimos, porque no hacemos sino explorar oportunidades estéticas que nos alejan de toda ética constructiva. El psicoanalista francés Jacques Lacan dijo: “Cuanto más desagradable seas, mejor irán las cosas”. No es una llamada a la falta de amabilidad, al menos no lo interpreto así, sino a la fortaleza que supone asumir la ruptura en la que vivimos para reencontrarnos con el reverso de nuestra historia personal que menos queremos ver, y con el reverso de la historia de aquellos con los que caminamos, amamos, convivimos.

Es en ese reverso donde nos jugamos el ser, donde la fe se tambalea, y donde descubrimos los hilos sueltos que nos configuran. Construirse una vida a base de bellos paisajes y bonitas palabras no la hace más agradable, la mayor parte de las veces acaba siendo un gran engaño en el que vamos aprendiendo que tampoco mejora cómo nos van las cosas. La obsesión por embellecer la realidad ocultando sus espacios de fealdad y dolor está unida a nuestra incapacidad para comprender el arte abstracto y conceptual, la misma que nos impide aceptar que nunca entenderemos nuestra historia sin su reverso.

¿Quién te cuida?

Cuidar a los que están cerca, a los que se nos han encomendado, a los que sentimos debilitados por cualquier circunstancia, es mucho más que un gesto de bondad, es una cualidad humanizante, que reconcilia con ese tono íntimo y ancestral que a veces despreciamos por su sencillez. El cuidado no necesita de grandes esfuerzos, y si los requiere deja de ser cuidado para adentrarse en el huraño territorio del interés, porque al cuidar nos desprendemos de los engaños, nos sentimos parte de algo mucho mayor que nosotros mismos, alcanzamos el límite de nuestros sueños y lo cruzamos en una vigilia que hace nuevas todas las cosas.

Al cuidar bajo la guardia de mis temores, enhebro mis pedazos desgarrados y les doy una patria en la que encajar, no lo hacen a la perfección, dejan esos huecos que crean las emociones del que ama y perdona sin imponer condiciones. Al cuidar comienzo a abrir esos espacios incompletos que otras veces llené de aire, incluso cuando creía llenarlos de sentido; aprendo a amarlos como son, sin invadirlos con mi dominadora presencia; aprendo a dejar que no sean, aunque ese no ser me llene más de miedos que cualquier cosa sabida. Así es el cuidado, integrarse y diferenciarse de lo que es otro, perderme en ello sin dejar de ser quien se acercó y decidió dar un paso que le alejaba de todo lo sabido para adentrarse en lo único que puede darle sentido.

Pero ella es más importante que todas vosotras, porque es ella a quien he regado… es ella a quien abrigué… es ella a quien protegí… es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Porque es mi rosa… Lo esencial es invisible a los ojos… Es el tiempo que has perdido con tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante…

A. de Saint-Exupéry, El principito, cap. 21

Lo que cuido se hace invisible para unos ojos que solo buscan compensaciones o recompensas, porque al cuidar me sitúo más allá del tiempo, dejo de medirlo como prueba de que vivo, y existo, y amo… Pierdo la necesidad de las excusas para callar y contemplar, o para que mis dedos rocen la belleza de los encuentros. Tan solo estoy. No me hace falta pensar porqué, ni justificar opciones, doy un paso a la incertidumbre que la intemperie me reserva, cierro los ojos y me sé yo mismo, completo en la trascendencia de mis espacios vacíos.

Para cuidar así necesito aprender todos los nombres que habitan lo que existe, sin caer en la tentación de atajar poniendo apodos que me den seguridad y me eviten el sonrojo de olvidar por qué decidí cuidar cuanto cuido, y por qué es importante. No es fácil, tras el nombre viene conocer la historia de cada cicatriz, amar el silencio cuando aparezca, enredarse en los detalles insignificantes, olvidar la palabra que segó el último brote verde sobre la tierra, habitar el único espacio y el único tiempo que nunca pasan, el que no es.

Y si fueras capaz de perderte en la debilidad que supone dejarse cuidar, si comprendieras que todo cuanto estas dispuesto a dar, a perder, a ser para los demás, necesitas serlo también contigo mismo, si no solo mirases a tu alrededor y reservaras uno de tus pasos para darlo hacia ti, si dieras una oportunidad a lo esencial invisible, y todo lo que sabes cuidar fuera de ti lo volcaras a los infinitos espacios que nunca llenas,… entonces podría preguntarte, Y a ti, ¿quién te cuida?