Educadores trinitarios (y 4)

Última entrega de esta serie, no imaginé que fuera tan larga. Finalmente sirve para mostrar cómo ninguna institución es monocorde, menos aún la Familia Trinitaria, que ha dicho y tiene mucho que decir en la labor educativa a lo largo de su historia. Voy acabando…

Volviendo a la historia de la Orden Trinitaria, vimos cómo en los años finales del siglo XVIII y hasta la exclaustración de 1835, coincidiendo con el final de las clásicas redenciones de cautivos, se abrieron pequeñas escuelas con un marcado carácter social, y a las que se aportaron los valores propios del carisma trinitario. Las desamortizaciones de Madoz y Mendizábal, y la posterior exclaustración, acabaron con la presencia oficial de religiosos en España, en realidad en toda Europa. La Orden, que solo tenía casas en Europa y norte de África, quedó reducida a dos comunidades en Roma, una de los trinitarios calzados, la Trinità degli Spagnoli de Via Condotti, y otra de los trinitarios descalzos, San Carlo alle Quattro Fontane de Via del Quirinale, esta última será la que suponga el renacimiento y expansión de la Orden en la segunda parte del siglo XIX, ya que en 1894 desaparece la rama calzada.

La restauración de la presencia de trinitarios en España comenzó por Alcázar de San Juan el 15 de mayo de 1879. De entre todas las actividades que podrían realizar para ser fieles al carisma fundacional de la Orden, deciden reabrir su pequeña escuela para educar a los niños y jóvenes de la comarca. Esta opción se convierte en un gesto inspirador, en la mayor parte de las casas restauradas o nuevas fundaciones se van abriendo también escuelas sencillas, casi las podríamos llamar conventuales. En España, se mantendrán en funcionamiento hasta la Guerra Civil las que se abren en La Rambla (Córdoba) en 1893, en Antequera en 1910, en Belmonte en 1924 y en Laredo en 1927, algunos de los religiosos que fueron profesores de estas escuelas murieron fusilados en 1936, decían, Hemos educado a los más pobres del pueblo, a nosotros no nos van a hacer nada, porque no hemos hecho nada malo.

En los últimos años del siglo XIX la Orden se expande en América por primera vez en su historia, y es allí donde la actividad educativa de pequeñas escuelas orientadas a los niños y jóvenes más pobres, y también a la promoción de los campesinos y gente humilde de zonas alejadas de la población, se convierte en seña de identidad trinitaria. En Cuba, Cárdenas en 1900 y La Habana en 1953, ambas se perdieron en la Revolución cubana aunque siguen funcionando en la actualidad como escuelas estatales; en Chile, Penco en 1904; en Argentina, Dalmacio Vélez en 1914, Buenos Aires en 1924, Hernando en 1933, Villa María en 1940, Bolívar en 1942 y Villa Martelli en 1965, solo continúa con titularidad trinitaria esta última; en Perú, Lima en 1964, que también continúa con titularidad trinitaria; en Estados Unidos, en el área de Washington, se funda en 1946 la DeMatha Catholic High School, que en la actualidad es una referencia educativa, tanto en música como en deporte.

En la segunda mitad del siglo XX, al colegio de Alcázar de San Juan, único que sobrevivió en España a la guerra, se fueron uniendo nuevos colegios que se abrían en pueblos o barrios obreros: Alcorcón y Salamanca en 1963, Algeciras en 1969, Valdepeñas, Córdoba y Andújar en 1970 y en el barrio de Aluche de Madrid en 1977. Excepto Algeciras, el resto siguen siendo ejemplo y virtud de que la tarea redentora necesita la prevención y la labor educativa para desarrollarse. Todos ellos constituyeron la Fundación Educativa Santísima Trinidad el año 2018, junto a ocho colegios de religiosas trinitarias, unidos bajo el lema Educamos para ser libres.

Estas cuatro entregas han querido ser una exposición de la presencia trinitaria en el mundo de la educación. Parece lógico que en más de ochocientos años de historia la Orden de la Santísima Trinidad haya tenido sobradas oportunidades para tocar y hacer suya la tarea educativa. Posiblemente los post han sido excesivamente expositivos, para lo que es mi costumbre, pero en ocasiones la mera presentación de los hechos es suficiente argumento para mostrar que, incluso el compromiso educativo de una pequeña orden redentora, llega a los últimos, a los más débiles, a los cautivos por la falta de formación y de espacios de aprendizaje. Sigo sin ver las élites, ni en los alumnos trinitarios ni en sus maestros. Sigo sin encontrar exclusiones deliberadas de hijos de emigrantes, de minorías étnicas o de diversidades culturales. Sigo sin comprender por qué cuesta tanto entender la educación como espacio de prevención y de liberación. A veces se prefiere el debate ideológico, tal vez para desviar la atención de la gestión nefasta en otras lides.

Nosotros seguiremos creyendo en una educación trinitaria que forme a nuestros niños y jóvenes en libertad y con sentido crítico, emocional y también espiritualmente. Esto no lo garantizan solo las leyes educativas, necesitamos que existan centros de diversa índole y la libertad de las familias para elegirlos, pero por encima de todo necesitamos el cimiento del evangelio y buenos educadores trinitarios.

Educadoras trinitarias (3)

La tercera entrega va de savia nueva, por eso el necesario cambio en el título, que no por ello pierde continuidad con los anteriores. La educación toma fuerza como actividad propia trinitaria gracias la visión profética de mujeres que no leían el carisma trinitario en sentido restrictivo, que aprovechan los escasos medios a su alcance para ofrecer verdaderas oportunidades de redención, que siguen la intuición de San Juan de Mata y la encarnan en las cautivas y cautivos de su tiempo, de todos los tiempos.

En 1660, cuatro jóvenes de Saint Nizier de Fornas pidieron permiso al obispo de Lyon para abrir una escuela de niñas pobres, y lo recibieron con el compromiso de no constituirse en congregación religiosa. Una de estas jóvenes, Jeanne Adrian, organizó formalmente la comunidad y obtuvo la afiliación a los trinitarios franceses en 1695, adoptando la regla de vida de las trinitarias descalzas españolas. La congregación fue creciendo y expandiéndose, a pesar del revés que supuso la Revolución francesa, y desde mediados del siglo XIX otras pequeñas congregaciones de religiosas trinitarias fundadas también en Francia se fueron fusionando al grupo de Saint Nizier-Valence: trinitarias de Lyon en 1852, trinitarias de Plancoët en 1871, trinitarias de Dinard en 1871, trinitarias de Sainte Marthe en 1964; todas ellas fundadas para educación de niñas pobres y abandonadas. Actualmente la Congregación de Religiosas de la Santísima Trinidad, conocidas como Trinitarias de Valence, mantiene su misión de evangelización, educación y espiritualidad con nueve colegios en Madagascar, ocho en Francia, dos en Bélgica y uno en cada uno de los siguientes países: España, Camerún, República del Congo, Gabón y Filipinas; también con programas de formación para comunidades campesinas y mujeres en Perú y Colombia.

El 2 de febrero de 1719 Isabel Moreno Caballero tomaba en Sevilla el hábito de beata trinitaria de manos del Ministro provincial de los trinitarios calzados fr. Juan Palomero. En 1728 los trinitarios cedieron unas casas frente a su convento sevillano y quedó constituido el Beaterio de la Santísima Trinidad, con la regla de vida del monasterio de trinitarias recoletas de El Toboso y la misión de acoger, mantener y educar a niñas huérfanas y desvalidas, así como dar enseñanza a niñas pobres. Desde la muerte de la fundadora en 1774, Isabel de la Santísima Trinidad, el Beaterio se ha ido manteniendo con no pocas dificultades, a veces contando con apoyos de importante eclesiásticos o de no menos importantes nobles, incluso de la familia real, en otras ocasiones con el único apoyo de la providencia, pero siempre fiel a su misión original, hasta el presente. En 2012 el Beaterio sevillano se fusionó con la Congregación de Hermanas de la Santísima Trinidad.

En Italia, concretamente en Avezzano, localidad de los Abruzzo, las Suore Trinitarie di Roma abrieron su primera escuela para niñas desfavorecidas en 1762. Habían sido fundadas poco antes por María Teresa Cucchiari, de la Orden Tercera Trinitaria, y el acompañamiento de los trinitarios descalzos de San Carlo alle Quattro Fontane de Roma. Aún hoy mantienen la educación a la infancia y juventud, sobre todo pobre y necesitada, como misión principal de la congregación y la desarrollan mediante los colegios que tienen en Italia, Estados Unidos, Madagascar y Filipinas.

Las jóvenes Isabel Suñer y Buenaventura Veny pertenecían a la Cofradía de la Santísima Trinidad de Felanitx, en Mallorca. En los primeros días de octubre de 1809, animadas por el trinitario calzado fr. Miquel Ferrer, comenzaron a vivir de modo sencillo y comprometido la Regla de San Juan de Mata. Se les unió Sebastiana Sbert y en 1826 fr. Miquel Ferrer les entregó una regla de vida como Religiosas Terciarias de la Orden de la Santísima Trinidad. Su fuerte compromiso social las ha caracterizado desde la fundación hasta nuestros días, heredado de la espiritualidad trinitaria redentora del padre Ferrer, que en la sociedad mallorquina se significó por la denuncia social y la defensa de una Iglesia pobre y para los pobres. Esta encarnación del carisma trinitario las sigue empujando a apostar sin ambigüedades por la educación de niños y jóvenes mediante escuelas de clara iniciativa social, los hogares de menores e iniciativas de promoción de la mujer. Tienen cuatro colegios en España y tres en Perú.

En Valencia, el 6 de enero de 1881, cinco jóvenes terciarias trinitarias, Tomasa Balbastro, Rosa Cuñat, Salvadora Cuñat, Ana María Gimeno y Rosa Campos, asesoradas por el trinitario descalzo fr. Juan Bautista de la Concepción Calvo, fundaron el Instituto de la Santísima Trinidad, con la misión principal de crear escuelas que liberasen a las niñas y jóvenes de la esclavitud de la ignorancia y de la pobreza. En los suburbios de Valencia, por iniciativa del sacerdote D. Manuel Badal, se promovieron unas escuelas gratuitas que fueron encomendadas a las trinitarias y abrieron sus puertas en 1885, hasta el presente. Vinieron después otras fundaciones, de las que actualmente quedan cinco colegios en España, dos en Argentina y uno en Madagascar.

Decíamos que el Beaterio de la Santísima Trinidad de Sevilla se fusionó en 2012 con la Congregación de Hermanas de la Santísima Trinidad. Este instituto religioso se fundó el 2 de febrero de 1885 en Madrid por el sacerdote Francisco de Asís Méndez y la joven Mariana Allsopp, ambos se consideraron continuadores de la labor liberadora de la Orden Trinitaria, a la que poco después fue agregada la congregación La primera casa estuvo en la calle del Obelisco, a las afueras de Madrid, y en ella promovieron talleres para jóvenes acogidas. Esta ha sido una constante en la misión y el discernimiento de la congregación, comprometidas por sacar de la calle a jóvenes, chicas y chicos, ofreciéndoles una formación que todos les regateaban, con una puerta siempre abierta, no solo como lema sino como estilo de vida trinitario; no es de extrañar que en Madrid las conocieran como las locas del Obelisco. La necesidad de contar con nuevos espacios las llevó hasta la calle del Marqués de Urquijo, donde compraron una casa que, tras sucesivas ampliaciones, es ahora la principal del instituto. Tras el Concilio Vaticano II los talleres e internados fueron transformándose en escuelas profesionales, adaptándose a los nuevos tiempos, y en las que mantienen vivo el espíritu de los fundadores y el carisma trinitario. Actualmente tienen colegios y escuelas profesionales en España y Argentina, además de centros educativos no formales para jóvenes en Méjico, Uruguay, India y, próximamente, en Kenia.

Para terminar, el curioso caso de la escuela del Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa, en Cantabria. Las Monjas Trinitarias son parte de la Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos desde que en 1236 Doña Constanza de Aragón, hija natural del rey Pedro II, fundó el primer monasterio en Avinganya (Lérida). Las Monjas trinitarias han vivido su misión históricamente mediante la vida contemplativa y la unión espiritual a la actividad redentora del resto de la Orden. En 1860, desde el Monasterio de Monjas Trinitarias de El Toboso, se fundó un nuevo monasterio en Suesa, liderado por la santanderina Sor María Cruz de la Purísima Concepción. El gobierno de la Unión Liberal había decretado que las nuevas fundaciones de comunidades religiosas solo serían aprobadas si estaban involucradas en una labor social. Al no haber escuela en la zona, y desde el carisma trinitario liberador, decidieron abrir una escuela para niños y niñas que imparta las clases de forma gratuita. El colegio se mantuvo hasta 1974, a partir de los documentos del Concilio Vaticano II y otros posteriores, la comunidad de monjas optó por un modo de vida íntegramente contemplativo y cerró la escuela. En los últimos años aquella opción ha permitido una reflexión que aportara identidad al monasterio, transformando las viejas aulas en espacios para la hospitalidad, la acogida y el acompañamiento, promoviendo una escuela monástica de oración y de reflexión teológica a partir de la espiritualidad trinitaria.

Me gusta este final. Nuestras hermanas de Suesa acompañan hoy el compromiso trinitario por una educación libre y en libertad, de todas y para todas las personas, sin complejos, como signo de los tiempos. Poco podremos aportar y educar desde el conformismo de los medios, las programaciones y los valores, si perdemos la pedagogía de la espiritualidad. Esta es la única que salvará nuestra oferta educativa.

Educadores trinitarios (1)

En los últimos días me han preguntado mucho sobre la relación histórica de los trinitarios con el mundo educativo, la verdad es que si por algo se nos conoce a los trinitarios en los más de ochocientos años de historia de la Orden no es precisamente por la enseñanza, es mucho más conocida la dimensión social y la actividad redentora. Hoy me propongo rescatar la memoria de los más relevantes educadores trinitarios, que no vivieron su vocación de profesores como opuesta a su vocación de redentores sino como complemento necesario. Por desgracia no siempre se ha entendido esta complementariedad, incluso los últimos años del siglo XX supuso no pocos enfrentamientos dialécticos entre quienes dentro de la Orden defendían la urgencia de aportar un sentido liberador a la enseñanza y quienes infravaloraban todo empeño educativo en favor de actividades de tipo social que se promovían como más cercanas al supuesto centro del carisma trinitario.

Pero el centro del carisma es una falacia, de las que gustan usar los débiles de argumentos para dar peso a sus ideas. Los carismas en la Iglesia no se agotan con las actividades que los desarrollan, más bien se enriquecen con ellas, pero hemos adoptado la mala costumbre de identificar la acción del Espíritu con las obras que hacemos, cayendo en un reduccionismo absurdo que ha acabado por empobrecernos y crear luchas internas por definir quién está más en línea con el carisma, qué obra está más cerca de su centro, qué es más propio y qué prescindible. Particularmente, en los trinitarios, estas disputas de los últimos años del siglo XX y primeros del presente fueron de gran intensidad. Yo estaba en mis años de formación y también me dejé llevar por aquellas corrientes fratricidas, en el bando de los que pretendían cerrar colegios, por supuesto. Al comenzar el siglo XXI, la caída de las Torres Gemelas inspiró, por diferentes motivos, es evidente, la caída de otras torres que poco antes parecían levantadas para perpetuarse en los idearios institucionales y en las mentes cerradas.

San Juan de Mata, fundador de la Orden, era profesor en Paris, no está claro si de la Escuela catedralicia o de la Abadía de San Víctor, o de ambas. Su intensa actividad fundadora le obligó a dejar las clases para poder atender las nuevas casas trinitarias en Francia, España e Italia. Es muy probable que los primeros que se unieron a su proyecto procedieran del ambiente académico en el que Juan de Mata fraguó la Orden trinitaria, me recuerda aquel primer grupo de compañeros de san Ignacio de Loyola, también en París, procedentes de toda Europa; los sobrenombres de quienes siguieron a Juan de Mata evocan la atracción de París por estudiantes de todos los rincones europeos: Juan Anglico (el inglés), Miguel Hispano (el español), Guillermo Escoto (el escocés), Nicolás Gallus (el francés), Santiago Flamencus (el flamenco),…

En el siglo XV encontramos dos ministros generales de la Orden que, además de ser profesores en la ya fundada Universidad de París, son también decanos de gran fama en la misma, fr. Juan Halboud de Troyes (fallecido en 1439), decano de la Facultad de teología del colegio de Sorbonne, que en esos años se integrará en la Universidad de París (incluso le dará su nombre), y fr. Roberto Gaguin (fallecido en 1501), decano de la Facultad de Derecho (Decretos se llamaba entonces) de la Universidad de París de 1483 a 1489, y profesor de la misma Facultad. Roberto fue un destacado humanista de su tiempo, que mantuvo una rica relación epistolar con Erasmo de Rotterdam y al que este visitó en París poco antes de su muerte solo por el gusto de conocer al que denominó “luz y gloria de la Academia de París”.

En los siglos XVI a XIX destacaron académicamente en las provincias trinitarias de España y Portugal muchos religiosos, en armonía con los frailes redentores que mantenían la actividad de liberación de cautivos en el norte de África. Sería largo y pesado citar aquí a todos ellos, me quedo con algunos destacados:

La Universidad de Salamanca es sin duda la que más trinitarios ha tenido en su claustro a lo largo de su historia. A finales del XVI había veinte trinitarios con voto en cátedras de teología, se hicieron notar fr. José Romero, fr. Salvador de Mallea y fr. Manuel Guerra y Ribera. En el XVII y XVIII encontramos a fr. Marcos de Sepúlveda como catedrático de Física y de Lógica; fr. Juan de Estrella como catedrático de Física; fr. Hortensio Félix Paravicino, catedrático de Retórica; fr. Juan de Bonilla Vargas, catedrático de Filosofía, después será obispo de Almería y de Córdoba; y fr. Manuel Bernardo de Ribera, catedrático de Escoto y San Anselmo, que fue también académico de las reales academias de la Historia y de la Lengua, y considerado uno de los mayores eruditos del siglo XVIII.

A finales del siglo XVI y comienzos del XVII fueron catedráticos de teología en la Universidad de Lérida fr. Juan Esapolat y Prades y fr. Pedro Moliner. Es curioso el caso de fr. José Agustín Canellas que en los primeros años del siglo XIX fue profesor de matemáticas (álgebra y geometría) en la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona, y en 1806 es Director de la Real Escuela Náutica también de Barcelona, siendo la enseñanza de la náutica su gran pasión, que le dio fama internacional.

Otros trinitarios ocuparon cátedras en diversas universidades españolas: fr. Gabriel Manzano de Artes en la de Zaragoza (s. XVII); fr. Diego de Ávila de teología en la Universidad de Baeza y de Sagrada Escritura en la de Sevilla (s. XVII), escribió más de 42 libros sobre exegética; fr. Alonso Cano y Nieto de Sagrada Escritura en la Universidad de Toledo (s. XVIII), después fue obispo de Segorbe; y fr. Antonio Gaspar Bermejo también de Sagrada Escritura en la Universidad de Alcalá (s. XVIII).

En Portugal, en la Universidad de Coimbra, fueron catedráticos de Sagrada Escritura fr. Nicolás Coelho de Amiral (s. XVI), que también lo fue en la Universidad de Valladolid; fr. Baltasar Paes y fr. Isidoro de la Luz (s. XVII). En la misma Universidad y a lo largo del siglo XVII fr. Juan Freire de Lima fue catedrático de leyes y derecho romano, fr. Antonio dos Anjos catedrático de filología (traducía ocho lenguas), y fr. Antonio de Jesús profesor de música.

Tras las leyes de exclaustración en el siglo XIX en la mayor parte de países europeos la Orden quedó reducida a tan solo dos casas en Roma, el renacer y la expansión supondrán una nueva perspectiva y la vocación de no pocos educadores trinitarios.