Un trinitario en la corte del Siglo de Oro

Fray Hortensio Félix Paravicino subió al púlpito de la capilla de Palacio, comenzó el sermón con el que se confirmaba la continuidad de su nombramiento como Predicador Real, ahora del rey Felipe IV. La ocasión era única y de gran trascendencia, el funeral por los padres del monarca, Felipe III y Mariana de Austria. Paravicino debía mucho a ambos, gran parte de su actual fama y renombre era gracias al favor y cariño que de ellos recibió. Mientras escribía el sermón panegírico fray Hortensio recordó aquel día de 1602, con apenas 22 años, en que la repentina enfermedad de un ilustre profesor le abrió el camino de un púlpito menos sagrado pero que le supuso una gloria adelantada: en la Universidad de Salamanca, de la que un año antes se había convertido en el más joven catedrático de su historia, le correspondió pronunciar el discurso de bienvenida al rey Felipe III.

Si los sentimientos nunca son fáciles de domesticar, los que se agolpaban en el corazón del trinitario Paravicino desde el púlpito de la capilla de Palacio solo podía apaciguarlos una mente preclara y despierta como la suya. Pero aquel 11 de enero de 1629 una jauría de lobos se había adueñado de su característica paciencia. El episodio ocurrido cinco días antes en el Monasterio de las Monjas Trinitarias le inquietaba, de tal modo que había cambiado varias veces el sermón del funeral. Le quitaba el sueño un incidente que parece sacado de una de esas obras de capa y espada que tanto gustaban en los corrales de comedias de la época. En una taberna de la calle de las Huertas comenzó una discusión entre el cómico Pedro de Villegas y José Calderón de la Barca, militar y hermano pequeño del dramaturgo Don Pedro Calderón de la Barca. El tono del debate fue aumentando y continuó en la calle, donde Villegas hirió de espada a Calderón. En su huida, Pedro de Villegas se refugió en el cercano Monasterio de Monjas Trinitarias de la calle Cantarranas (actual calle de Lope de Vega). Los perseguidores, entre los que estaba Diego Calderón, el hermano mayor, amigos de José y alguaciles de la justicia, considerando que ya se había quebrantado la clausura papal del monasterio, entraron forzando el portón y armando gran revuelo mientras buscaban por todas partes al agresor Pedro de Villegas. Los altercados afectaron a las monjas trinitarias, que se sintieron amenazadas y tratadas desconsideradamente.

Para fray Hortensio, aparte del asalto al monasterio, era uno más de los muchos incidentes que en esos días de año nuevo provocaba el abuso del vino. Pero Lope de Vega le exigía su intervención ante el Rey. La gran amistad que le unía a fray Hortensio, desde que llegó a Madrid en 1606, quiso aprovecharla para sumar al trinitario a su causa de pública indignación por el suceso de las Trinitarias. Una hija de Lope, sor Marcela de San Félix, era monja en dicho monasterio y fue una de las que sufrió empujones e insultos por parte de los asaltantes, así lo denunció su padre en la carta que dirigió al Duque de Sessa, su protector y mecenas. A la insistencia de Lope se unía el desafecto entre fray Hortensio Paravicino y Pedro Calderón de la Barca, pertenecientes a círculos artísticos de sensibilidades opuestas. Lo que enriqueció el gran Siglo de Oro español también creó enemigos irreconciliables en todos los ámbitos culturales.

Desde su llegada a Madrid, fray Hortensio Félix Paravicino expandió su fama de orador, predicador y escritor. Muy pronto conoció a los más destacados escritores y artistas del momento. Gracias a su carácter afable y sencillo tuvo amistades con personajes tan dispares como Luis de Góngora y Quevedo, Salas Barbadillo y el crítico Argensola, Juan de Jáuregui y Pellicer de Tovar. Pero de un modo muy especial Lope de Vega y El Greco. De Góngora aprendió el arte de la poesía culteranista barroca, de la que ambos fueron defensores y representantes, a pesar de las burlas de quienes reclamaban más sencillez en el verso. Tantas horas pasaba el poeta cordobés en coloquios con el fraile trinitario que, cuando finalmente se decidió a publicar su obra poética, tuvo que rebuscar en la biblioteca de Paravicino los originales de la mayor parte de sus sonetos. En la Orden Trinitaria también gozaba de especial reconocimiento y consideración, en 1629 era por segunda vez Provincial de Castilla, anteriormente y en dos trienios había sido superior de la Casa de la Trinidad de la calle Atocha, contaba con la amistad personal de fray Simón de Rojas, considerado ya un santo en la Corte y en todo Madrid, especialmente por los más pobres y los presos.

Cuando subió al púlpito de la capilla de Palacio fueron sus sentimientos, y no su razón, quienes hablaron. Aprovechó la circunstancia para denunciar los desórdenes y abusos de “las gentes de teatro”. No solo los presentes quedaron asombrados y divididos por el sermón de Paravicino, su eco se extendió como comidilla por toda la Villa y Corte. Don Pedro Calderón de la Barca se sintió aludido y ofendido, en primer lugar porque afectaba al agresor de su hermano, pero también porque Paravicino había usado el funeral real para desprestigiar a comediantes y poetas dramáticos. La réplica la dio en su obra El Príncipe constante, por boca del gracioso Brito, en unos versos escritos intencionadamente en sobrecargado y oscuro estilo culteranista: “[…] una canción se fragua / fúnebre, que es sermón de Berbería: / panegírico es que digo al agua / y en emponomio horténsico me quejo, / porque este enojo, desde que se fragua / con ella el vino, me quedó y es viejo”.

No sabemos cuánto se arrepintió Paravicino de los cambios de última hora en su sermón panegírico, pero sí que su salud nunca se recuperó de las consecuencias del enfrentamiento que provocó. El Príncipe constante se representó en todos los corrales de comedias de Madrid, incluso en Real Alcázar, ante los reyes, y fue un gran éxito, aplaudido y alabado por el mismo Felipe IV. Pero cada representación abría aún más la herida de fray Hortensio que, llevado por la indignación y una ira desconocida en él, presentó una queja al juez protector de teatros, argumentando que el verso en cuestión fue añadido por Calderón una vez la obra había pasado la censura. El resultado fue una condena de arresto domiciliario a Pedro Calderón de la Barca por seis días y la retirada de los versos denunciados por ofensivos y burlescos. La sentencia no hizo sino agravar las posturas de los partidarios de uno y otro. El crítico literario Juan de Jáuregui publicó una Apología de la verdad en defensa de Paravicino, y el círculo de poetas y críticos amigos del religioso trinitario hicieron en todo momento público testimonio de apoyo y cercanía, logrando unir a enemigos tan acérrimos como Quevedo y Góngora.

Las mofas de Calderón hacia Paravicino eran públicas y constantes, y mientras Madrid reía con las burlas, y nuestra literatura se enriquecía de los ingenios puestos al servicio del odio, en el fraile trinitario se hizo fuerte su carácter hipocondríaco, comenzó a padecer enfermedades que le impedían dormir, salir a la calle, hablar en público, incluso respirar con normalidad. Aparecieron viejas acusaciones de ser hijo bastardo de D. Mucio Paravicino, de tener deseos de grandeza, incluso de plagiar a Góngora. Era demasiado para él, que siempre fue apasionado pero sencillo. San Juan Bautista de la Concepción, reformador trinitario, que le acogió en los trinitarios descalzos había dicho de él unos años antes: Confieso que en mi vida traté ni vi ni conocí hombre con semejantes partes naturales y sobrenaturales, porque yo pienso tenía, para todo lo que hacía y decía, al cielo muy favorable y de su parte. [….] Confieso que me parece no vi en mi vida semejante humildad y rendimiento como el hombre mostraba, rigor y aspereza en sus penitencia”.

Hortensio Paravicino quiso dar fin a la triste situación enviado un Memorial al rey Felipe IV. En él llega a afirmar que la ofensa no era sólo personal, se extendía a los padres del monarca, los reyes Felipe III y Margarita de Austria. Arremete de nuevo contra Pedro Calderón de la Barca, recordando su historial de pendencias, entre las que se cuenta una acusación de asesinato junto a sus hermanos. Se queja también de la actuación de los alguaciles de la Justicia, que se excedieron en sus funciones al violar el asilo en sagrado. Finalmente, defiende su posición personal en la Corte, sus honores, cargos y títulos, con lo que muestra una impropia egolatría y falta de humildad. El Cardenal Gabriel de Trejo, Presidente del Consejo Real de Castilla, emitió un Parecer sobre el asunto, que pretendía acabar con la disputa de una vez por todas. El rey Felipe IV acogió dicho parecer y dictó sentencia: por una parte reprendió al trinitario fray Hortensio Félix Paravicino, cuya reacción y conducta consideraba desmedidas, teniendo en cuenta que el incidente había excedido su contexto para hacerse público en el funeral real; por otra parte descalificaba las burlas y excesos de Calderón de la Barca y mandaba eliminar definitivamente los versos ofensivos de El Príncipe constante, que hoy solo conocemos gracias a la cita que de ellos hace Paravicino en el Memorial.

En octubre de 1633, días después de cumplir 53 años, la salud de fray Hortensio Paravicino empeoró. El rey Felipe IV envió al convento trinitario de la calle Atocha a sus mejores médicos y mandó celebrar misas ofreciendo la promesa de dar al fraile trinitario un obispado si Dios lo sanaba. Pero fray Hortensio no estaba para más glorias, postrado en cama, ante un crucifijo, hizo voto de no aceptar dignidad alguna si sanaba. En 1605, durante solo dos meses, vistió el hábito trinitario descalzo, se lo impuso San Juan Bautista de la Concepción en Salamanca, y aunque las malas lenguas lo acusaron de volver a los trinitarios calzados por buscar los honores que en los reformados no tendría, el voto de humildad que aprendió de los descalzos sí que, finalmente, había calado en su alma y en su corazón.

Murió el 12 de diciembre de 1633. Su poesía quedó olvidada debido al gusto de los nuevos tiempos, que huían del conceptualismo poético para acercar la compresión del verso al pueblo. Pero su rostro nos sigue mirando desde cada uno de los muchos retratos que El Greco pintó del fraile amigo. El que realizó en 1609 es, tal vez, el más famoso, también el más intenso y representativo de su personalidad. Desde ese infinito sin fondo nos mira directo, sencillo, apasionado, como queriéndonos contar los paisajes del entendimiento que solo él había sabido descifrar, unos ojos que traspasan el tiempo. Siglos después Luis Cernuda dedicó unos versos al retrato con el que El Greco inmortalizó al poeta: 

Tú no puedes hablarme, y yo apenas
si puedo hablar. Mas tus ojos me miran
como si a ver un pensamiento me llamaran.

Retrato de fray Hortensio Félix Paravicino, de El Greco
(Boston, Museum of Fine Arts. El hijo de Federico Madrazo fue quien malvendió en 1904 esta magnífica obra, permitiendo que saliera de España)

Los orígenes de San Juan de Mata

Esta semana se celebran 807 años de la muerte de san Juan de Mata, fundador de la Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos. Como el pasado año lo dediqué a las peripecias de sus reliquias y sarcófago, este toca indagar sus orígenes, que seguro no dejan a nadie indiferente. En la tradición de la Orden lo más que se dice sobre los primeros años de vida de San Juan de Mata es que nació en Faucon de Barcelonnette, un pequeño pueblo de la Provenza donde aún hay una comunidad trinitaria en memoria de su fundador. Hace más de veinte años, Rosalía, religiosa trinitaria de Barcelona, comenzó a hablarme de historias que remontan los orígenes de San Juan de Mata a Cataluña. Mi interés por el tema no fue más allá de la típica broma de que todo en este mundo tiene un origen catalán, hasta que tuve ocasión de visitar Gombrèn y conocer al Dr. Eudald Maideu.

Gombrèn es un pequeño pueblo de la comarca del Ripollés, en las estribaciones del Pirineo catalán, conocido por ser lugar de nacimiento del dominico san Francisco Coll (1812-1875), fundador de la congregación de Dominicas de la Anunciata, y también por ser lugar de las correrías y desventuras del conde Arnau. Es en este pueblo donde encontré un vínculo menos conocido con la Familia trinitaria, ya que en él muchos sitúan los orígenes de san Juan de Mata.

Para encuadrar esta tradición tenemos que remontarnos al siglo XI, que ya documenta la presencia en Gombrèn de los señores de Mataplana, linaje que comenzó con Hugo I de Mataplana en 1076. A mediados del siglo XII es Señor de Mataplana Hugo III, que hizo del castillo de Mataplana un centro de trovadores de fama europea, allí mantuvieron sus luchas juglarescas los famosos Ramón Vidal de Besalú y Guillermo de Berguedá, y en ellas participó Ponç de Mataplana, hermano de Hugo, que fue consejero del rey Alfonso II, el trovador. En el siglo XIII Hugo V de Mataplana participó como caballero de Pedro II de Aragón en las batallas de las Navas de Tolosa y de Muret, muriendo en esta última junto al rey. Ya finalizando el siglo, otro Hugo, hijo de Hugo VI de Mataplana, fue famoso jurista, consejero real y obispo de Zaragoza, como tal coronó a Jaime II de Aragón. Una hermana del obispo, Blanca de Mataplana, casó con Galceran d’Urtx, y recibió del rey Jaime I, el conquistador, el título de baronesa de Mataplana.

En 1320 la familia dejó el castillo de Gombrèn y se instaló en un palacio de la Pobla de Lillet, incorporando el condado de Pallars. Veinte años después, un nieto de la baronesa Blanca, Arnau Roger II de N’Hug recibió los derechos como conde de Pallars, barón de Mataplana y señor de Gombrèn y se instaló en el castillo, mandando construir en sus proximidades una capilla dedicada a san Juan de Mata, a quien consideraba un ilustre pariente. En 1373, muerto el conde y tras numerosas revueltas populares a causa de los abusos por él cometidos, sus herederos venden la baronía de Mataplana a Pere Galceran, barón de Pinós, de este modo se extingue la sucesión del linaje, quedando solo la denominación feudal de baronía de Mataplana, hasta su abolición con los Decretos de Nueva Planta de 1714.

Es por el conde-barón Arnau Roger II de N’Hug que tenemos una referencia a san Juan de Mata como parte de la noble familia catalana, y es este el Mataplana que inspirará la leyenda del Comte Arnau, condenado por sus amoríos con una abadesa y por no cumplir ciertos pagos prometidos, a cabalgar eternamente la noche de difuntos sobre un caballo negro, al que salen llamas por boca y ojos, en busca de las almas de incautos y confiados.

En la primera mitad del siglo XIX algunos historiadores y estudiosos, como Manuel Milà Fontanals, rescatan tradiciones y leyendas de esta comarca del Ripollés, entre otras las relacionadas con los Mataplana más famosos, el Comte Arnau y Sant Joan de Mata. En una de ellas, la más extendida en Gombrèn, se habla de Juan de Mata concebido en el castillo de los Mataplana, donde el que sería su padre se recuperaba de heridas de guerra y fue visitado por su mujer, esta regresó a su lugar de residencia en la Provenza, donde dio a luz a Juan.

Otra de las tradiciones tiene un mayor valor historiográfico. Volvamos al siglo XII, entre los años 1145 y 1162 se producen las guerras por el control del condado de Provenza entre las casas condales de Baux y de Barcelona, todos los vizcondados y señoríos vasallos del condado de Barcelona son llamados a luchar junto a su soberano, Ramón Berenguer, que finalmente gana la guerra y los derechos sucesorios. Uno de los señoríos que lucharon en Provenza fue el de Mataplana, liderado por Hugo III.

Eufemi de Mataplana, uno de los parientes de Hugo, tras las guerras balcenques recibió del conde de Provenza Ramón Berenguer III algunas plazas en pago a sus servicios, instalándose en la aldea de Falcó, que algunos asocian a Faucon de Barcelonnette y otros a Faucon du Caire. Su mujer, Marta de Fenollet, dio a luz a un niño al que llamaron Joan de Mataplana. El apellido familiar, con el paso del tiempo, se fue transformando en Matha. Esta tradición no es desconocida para algunos documentos de la Orden Trinitaria, como la Crónica de la Provincia de Castilla, León y Navarra escrita por Fr. Francisco de la Vega en 1720, ni para otros ajenos a la Orden, como la Vida de los gloriosos patriarcas san Juan de Mata y san Félix de Valois escrita por el jesuita Alonso de Andrade en 1668 o los Anales de Cataluña escritos por el historiador Narcis Feliu de la Penya en 1709.

El mejor vestigio de san Juan de Mata en Gombrèn es la capilla románica mandada construir por el conde Arnau Roger II, de una sola nave rectangular, con ábside orientado al este y una espadaña-campanario. Ha sido restaurada en tres ocasiones: 1618, 1859 y 1969. En el ábside conserva restos de pintura mural, y algunos elementos de valor se llevaron a los museos de Arte de Cataluña, Episcopal de Vic y del Comte Arnau de Gombrèn. Junto a la pequeña capilla se descubrieron en 1986 los restos del castillo de Mataplana, en unas excavaciones realizadas por el Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Barcelona y dirigidas por el arqueólogo Manuel Riu. Tanto el castillo como la capilla, son propiedad del médico de Gombrèn D. Eudald Maideu, que promueve la conservación de las edificaciones y los estudios de los Mataplana.

El año 1889 el obispo de Vic, Mons. Josep Morgades, mandó trasladar una imagen de san Juan de Mata al santuario de la Mare de Déu de Montgrony, cercano a Gombrèn, y nombró al fundador trinitario patrón de la localidad, para lo que se compusieron en su honor los gozos del santo. Una de sus estrofas nos recuerda la primera de las tradiciones sobre sus orígenes: “Al peu d’aquesta muntanya // de Montgrony, sou concebut, // i a Falcó de la Cerdanya // casualment havent nascut // dels Barons de Mataplana // fóreu fill, glòria i honor”.

El pueblo de Gombrèn celebra cada primero de febrero la fiesta de Sant Joan de Mata, o Sant Joan de Mataplana, y hace memoria de su carisma de redentor de cautivos, tan diferente al de aquel otro Mataplana que sale a cabalgar cada noche de difuntos haciendo cautivos para el infierno.

Capilla de Sant Joan de Mataplana, en las proximidades de Gombrèn,
mandada construir con el Conde Arnau para honrar a su santo pariente.

Educadores trinitarios (y 4)

Última entrega de esta serie, no imaginé que fuera tan larga. Finalmente sirve para mostrar cómo ninguna institución es monocorde, menos aún la Familia Trinitaria, que ha dicho y tiene mucho que decir en la labor educativa a lo largo de su historia. Voy acabando…

Volviendo a la historia de la Orden Trinitaria, vimos cómo en los años finales del siglo XVIII y hasta la exclaustración de 1835, coincidiendo con el final de las clásicas redenciones de cautivos, se abrieron pequeñas escuelas con un marcado carácter social, y a las que se aportaron los valores propios del carisma trinitario. Las desamortizaciones de Madoz y Mendizábal, y la posterior exclaustración, acabaron con la presencia oficial de religiosos en España, en realidad en toda Europa. La Orden, que solo tenía casas en Europa y norte de África, quedó reducida a dos comunidades en Roma, una de los trinitarios calzados, la Trinità degli Spagnoli de Via Condotti, y otra de los trinitarios descalzos, San Carlo alle Quattro Fontane de Via del Quirinale, esta última será la que suponga el renacimiento y expansión de la Orden en la segunda parte del siglo XIX, ya que en 1894 desaparece la rama calzada.

La restauración de la presencia de trinitarios en España comenzó por Alcázar de San Juan el 15 de mayo de 1879. De entre todas las actividades que podrían realizar para ser fieles al carisma fundacional de la Orden, deciden reabrir su pequeña escuela para educar a los niños y jóvenes de la comarca. Esta opción se convierte en un gesto inspirador, en la mayor parte de las casas restauradas o nuevas fundaciones se van abriendo también escuelas sencillas, casi las podríamos llamar conventuales. En España, se mantendrán en funcionamiento hasta la Guerra Civil las que se abren en La Rambla (Córdoba) en 1893, en Antequera en 1910, en Belmonte en 1924 y en Laredo en 1927, algunos de los religiosos que fueron profesores de estas escuelas murieron fusilados en 1936, decían, Hemos educado a los más pobres del pueblo, a nosotros no nos van a hacer nada, porque no hemos hecho nada malo.

En los últimos años del siglo XIX la Orden se expande en América por primera vez en su historia, y es allí donde la actividad educativa de pequeñas escuelas orientadas a los niños y jóvenes más pobres, y también a la promoción de los campesinos y gente humilde de zonas alejadas de la población, se convierte en seña de identidad trinitaria. En Cuba, Cárdenas en 1900 y La Habana en 1953, ambas se perdieron en la Revolución cubana aunque siguen funcionando en la actualidad como escuelas estatales; en Chile, Penco en 1904; en Argentina, Dalmacio Vélez en 1914, Buenos Aires en 1924, Hernando en 1933, Villa María en 1940, Bolívar en 1942 y Villa Martelli en 1965, solo continúa con titularidad trinitaria esta última; en Perú, Lima en 1964, que también continúa con titularidad trinitaria; en Estados Unidos, en el área de Washington, se funda en 1946 la DeMatha Catholic High School, que en la actualidad es una referencia educativa, tanto en música como en deporte.

En la segunda mitad del siglo XX, al colegio de Alcázar de San Juan, único que sobrevivió en España a la guerra, se fueron uniendo nuevos colegios que se abrían en pueblos o barrios obreros: Alcorcón y Salamanca en 1963, Algeciras en 1969, Valdepeñas, Córdoba y Andújar en 1970 y en el barrio de Aluche de Madrid en 1977. Excepto Algeciras, el resto siguen siendo ejemplo y virtud de que la tarea redentora necesita la prevención y la labor educativa para desarrollarse. Todos ellos constituyeron la Fundación Educativa Santísima Trinidad el año 2018, junto a ocho colegios de religiosas trinitarias, unidos bajo el lema Educamos para ser libres.

Estas cuatro entregas han querido ser una exposición de la presencia trinitaria en el mundo de la educación. Parece lógico que en más de ochocientos años de historia la Orden de la Santísima Trinidad haya tenido sobradas oportunidades para tocar y hacer suya la tarea educativa. Posiblemente los post han sido excesivamente expositivos, para lo que es mi costumbre, pero en ocasiones la mera presentación de los hechos es suficiente argumento para mostrar que, incluso el compromiso educativo de una pequeña orden redentora, llega a los últimos, a los más débiles, a los cautivos por la falta de formación y de espacios de aprendizaje. Sigo sin ver las élites, ni en los alumnos trinitarios ni en sus maestros. Sigo sin encontrar exclusiones deliberadas de hijos de emigrantes, de minorías étnicas o de diversidades culturales. Sigo sin comprender por qué cuesta tanto entender la educación como espacio de prevención y de liberación. A veces se prefiere el debate ideológico, tal vez para desviar la atención de la gestión nefasta en otras lides.

Nosotros seguiremos creyendo en una educación trinitaria que forme a nuestros niños y jóvenes en libertad y con sentido crítico, emocional y también espiritualmente. Esto no lo garantizan solo las leyes educativas, necesitamos que existan centros de diversa índole y la libertad de las familias para elegirlos, pero por encima de todo necesitamos el cimiento del evangelio y buenos educadores trinitarios.