Ser amados

Amar lo que más nos cuesta amar es un desafío de primer orden. Y aunque es la condición para una auténtica resurrección a la vida, se nos suele atragantar cuando aquello por amar contiene dolor y sufrimiento difíciles de aceptar. Hemos crecido con la idea de que la felicidad es el resultado de la suma de experiencias amables y bondadosas, para lo que debemos huir de cualquier cruce que nos incomode, borrar las lágrimas y desterrar las heridas. Pero la vida plena lo es precisamente porque incorpora esos amores complejos, especialmente el del reconocimiento de los propios errores. Solemos odiarnos a nosotros mismos con mucha más pasión con la que odiamos a los demás, y en esa espiral de desamor es fácil obsesionarse con tapar las grietas y resaltar solo los triunfos, aunque tengamos que autoengañarnos para creer que son muchos más de los alcanzados.

La incripción gnóthi seautón, conócete a tí mismo, recibía a los visitantes del templo de Apolo en Delfos, buscadores de respuestas que acudían al oráculo para despejar incertidumbres y afianzar intuiciones. Nuestras inseguridades suelen llevarnos a explorar certezas más allá de nosotros mismos, nos develan los desamores que no logramos entender, necesitamos saber que no habrá mal que cien años dure, en realidad es difícil incluso tolerar que dure un solo minuto. Pero ninguna búsqueda puede comenzar fuera de conocerse a sí mismo, amarnos por nosotros mismos, ser amados por nosotros mismos. Menos conocido es el principal tesoro que guardaba el templo de Apolo, el ónfalos, ombligo del mundo, por el que se simbolizaba ese equilibrio de conocimiento que necesita reencontrarse con aquello que nutre y da la felicidad: mirarse, escucharse, hablarse, perdonarse, amarse. Nada conoceremos más allá de nuestros límites personales sin habernos adentrado en amar y ser amados desde lo que somos.

No nos conoceremos asomándonos a un espejo, porque solo devolverá un reflejo de una parte de nuestra realidad. Primero, hay que aprender a conectar con nuestro ónfalos, dejarnos de respuestas enlatadas y afrontar las preguntas que realmente nos salvan, volver al centro y reencontrarnos con todo lo que nos constituye, sin descartar nada. San Agustín, aunque tarde, también comprendió que buscaba fuera lo que siempre había llevado dentro, ese bello espacio de sentido personal en el que comienza toda verdadera reconciliación.

En palabras de Victor Hugo, “La dicha suprema de la vida es la convicción de que somos amados, amados por nosotros mismos, mejor dicho, amados a pesar de nosotros”. Huir de ser amados, en nuestros triunfos y en nuestras derrotas, a pesar de nosotros mismos, nos aleja de ese centro vital que nos equilibra de nuevo. Ser amados, no solo por quien nos entiende y acepta sin condiciones, también, y especialmente, por quien ha encontrado el camino para conocernos, en toda la extensión que solo el amor puede abarcar. Es una tarea que comienza por uno mismo, amarse para ser amado.

El camino que sale del hogar

Más que en cualquier otro, en este momento que vivimos la incertidumbre viene a apoderarse de nuestros buenos propósitos. No quiero hurgar en la herida, sé que para algunos aún está lejos de cicatrizar, sino salvar el valor profundo de esos nuevos territorios por explorar. Se nos ha enseñado a vivir las celebraciones de Navidad, todas ellas, que no son pocas, como espacio seguro en el que se edifican encuentros con aquellos a quienes nos sentimos más próximos, o a quienes hace tiempo que no vemos, o con quienes queremos crear calor compartido en un hogar que el resto del año deja de ser propio. Terminamos estos días de fiesta y ya pensamos en los del próximo año, deseando que sea sin cuarentenas y distanciamientos. La cuestión es que este modo de vivir la Navidad, como si fuera un salvavidas para nuestros sueños y sentimientos, se convierte en una tentación que nos invita a huir de nuevo a él cuando toque vivir a la intemperie.

Esa tentación de huir a un lugar seguro se alimenta de nuestras dependencias, de nuestra nostalgia por lo vivido y nuestro pesimismo por la cuesta de enero personal que debemos remontar. Son miedos arraigados en los pequeños mundos que nos hemos creado para poder sobrellevar la carga de lo diferente, de aquello que nos hace sentir amenazados. La reacción es el encerramiento, el abrazo a las normas y a las ideas conocidas y manejables, incluso un espiritualismo excluyente según el cual nos salvamos por nuestra capacidad de escondernos ante los pecados del mundo. Esta tentación de huída es una resistencia íntima para dejar atrás el territorio de las seguridades, del control, el hogar cálido y familiar en el que nos recluimos con quienes nos aportan serenidad.

Toda huida tiene como origen un fuerte pesimismo, más aún cuando lo es hacia atrás y hacia adentro. Buscando ser acogidos de nuevo en el tiempo de las promesas, nos recluimos en ellas para escapar de la incertidumbre que se presenta en el horizonte de la novedad. Cerramos fronteras para la experiencia y nos quedamos en caminos que una vez dieron sentido a nuestro caminar, pero que ahora son intrincados laberintos de autoreferencia rodeados por muros de temor, que parecen darnos seguridad ante todo eso que está fuera.

La vida es una permanente actuación en condiciones de incertidumbre. Nuestra prudencia nos invita a tratarlas como un lastre, una pesada carga que debemos aceptar, nuevas formas, nuevas palabras, atrevidos proyectos, deseos e ideas por desarrollar. Pero es sencillamente así, no hay acción sin una parte de incertidumbre, no hay vida sin salir del hogar.

Palabras no dichas

Dicen que las palabras no dichas son las auténticamente verdaderas. En lo que hablamos y en lo que callamos suele haber poco equilibrio, por lo general es mucho más lo que no decimos, palabras que siguen latiendo por debajo de nuestros sentimientos y prolijidades, convertidas muchas veces en guardianes de los espacios secretos, de los pensamientos más intensos y privados. Por cada palabra pronunciada hay al menos tres que no decimos.

En ocasiones, las palabras no dichas originan traumas y trastornos difíciles de detectar, nos sumen en silencios que se pasean por las relaciones interpersonales, secuestrando la vida compartida. Otras veces, callamos palabras para evitar trastornos, mantener la fiesta en paz, decimos, confiando en que, al ocultarlas, desaparezca también lo que nos inquieta.

Hay palabras que, al pronunciarlas, iluminan los oscuros pasajes de las ansiedades sociales, ayudan a entender las complejidades de la vida, aclaran ideas, actitudes, deseos. Son palabras de verdad, nadie duda de su fuerza transformadora, no necesitan traducción a la vida, su intensidad es un salvavidas para nuestros caminos perdidos. A veces, las pronunciamos como bálsamo, otras como purga de los silencios, casi siempre como expresión del espacio amado y de la necesidad del encuentro.

Me gusta cuando callas, porque estás como ausente, escribió bellamente Neruda. La ausencia de las palabras no dichas las dota también de un halo de misterio. No siempre lo que no se pronuncia genera traumas incontrolados, también son palabras que emergen en la interioridad, y de ahí transforman los tiempos y espacios de la vida, son hallazgos en la sombra de nuestras presencias. Por eso son también palabras verdaderas, que nos ayudan a conocer esa realidad que se nos escapa. No son simples palabras calladas, o silenciadas, son vida interior, amor intenso que despeja dudas y afianza los descubrimientos sencillos.

Las palabras no dichas me han salvado de todo lo indigno que conlleva el rencor, porque no las hago refugio de mis tristezas ni justificación de mis espacios personales, no esquivan mi compromiso con las personas que quiero, ni mi respuesta a quienes preferiría ignorar. Las pronuncio desde la libertad de mi conciencia, son mucho más que mi pensamiento. Hay una belleza intrínseca en cada una de ellas, porque dejo que nazcan de la admiración por cuanto vivo. Crecen y se unen entre ellas, como contemplación de lo que voy amando, incluso sin comprenderlo aún del todo.

Pero cada una de mis palabras no dichas me exige aceptar las que tú tampoco dices. Descubrirnos en ese espacio de verdad, nos salva de las vanas esperanzas, nos libera del resentimiento. Es ahí, en esa intemperie habitada por las palabras no dichas, donde realmente nos encontramos, y podemos amarnos, cuando no necesito que pronuncies mi nombre, ni mi historia. Con Neruda, yo también espero que me dejes que te hable también con tu silencio.