Aprender de todo esto

La imagen que el papa Francisco dejó al mundo, y a la historia, el pasado viernes va a costar mucho olvidarla, y asimilarla. La plaza de San Pedro se convirtió en el espejo de una nueva cristiandad, que en pocos días ha tenido que hacerse a una realidad desbordante: iglesias cerradas, celebraciones canceladas, preguntas y dudas acumuladas, esperando que el tiempo y la fe vayan dando sentido a todo esto.

En ese escenario, propio del mejor director de cine, la voz cansada del Papa resonó sin complejos para señalar la llaga que más duele: “Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”

Nos creemos sanos en un mundo que está enfermo, y esta verdad nos duele más que ninguna otra. Hemos ido olvidando a nuestros mayores, construyendo para ellos delicados espacios de silencio, y ahora nos abruma el dolor de sus muertes reducidas a números; hemos ido olvidando a nuestros niños y adolescentes, hipnotizándolos con pantallas de ruido blanco, y ahora nos asusta el dolor de su aburrimiento confinado; hemos ido olvidando los momentos perdidos con amigos y personas amadas, disfrazando los encuentros de palabras sabidas, y ahora nos persigue el dolor de la distancia y los espacios infinitos. Es ahora, cuando sentimos derrumbarse los andamios que le pusimos a nuestra vida, el momento de percibir que no era salud lo que nos habitaba, sino enfermedad, una enfermedad sabia, que ha sabido esperar pacientemente el momento de trastornar nuestra prisa y recordarnos nuestra fragilidad.

La fragilidad, ya lo he escrito en otras ocasiones, es una fuente inagotable de aprendizaje, pero, ¿a quién le gusta? Lo es porque nos obliga a tocar fondo, y bien sabemos que a mayor simplicidad de los enunciados y de las formas más auténtico es el proceso de aprendizaje. Y lo es, también, porque incorpora las llamadas de alarma que han precipitado la caída, esas guerras, injusticias, gritos de los pobres y de la naturaleza de los que hablaba el Papa; sabemos que al caer, la primera imagen, incluso antes de levantarnos, es vislumbrar por un instante el error que nos empujó, la piedra que no vimos, la mano que soltamos. Aprender de todo esto implica, inexcusablemente, tomar conciencia de nuestra enfermedad y de los síntomas que mostraba; tomar conciencia de que nada era intocable y definitivo, ni siquiera nuestras agendas; tomar conciencia de que hemos abusado impúdicamente de la creación, y en especial de sus seres más débiles y desprotegidos.

Solo cuando nos hacemos conscientes aprendemos, y ese proceso de conciencia tiene mucho que ver con nuestra capacidad de individuación y personalización, hasta dónde estamos dispuestos a llegar para reconocer nuestra parte de responsabilidad personal en la creencia de estar sanos, en la sordera ante las llamadas de socorro, en la parálisis de la compasión y la opción por un dolor al que poco a poco nos estábamos acostumbrando. Responsabilizarnos en conjunto y llamar a todo esto un mal social es buscar una salida fácil y negarnos a asumir que los pequeños gestos y las faltas de ajuste, porque no hacía falta ser tan minucioso, han hecho crecer esta montaña.

“Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.” Aprender de todo esto comienza por un buen desmaquillador. Ahora tenemos tiempo, materia y buena compañía para comenzar a aplicarlo, porque nos ronda una pregunta crucial para cuando todo acabe, ¿habremos aprendido algo de todo esto?

¿Tiene sentido?

Es uno de los ejercicios más humanos, de hecho nos permite ser humanos, porque en su búsqueda somos conscientes de que pensamos, y este sencillo gesto, como ya adelantó Descartes, nos abre a la existencia, y en ella a todo lo posible. Pero es trabajo para toda una vida, porque nos constituye también envuelve nuestras decisiones, forma parte del proceso de personalización, y como tal embellece éticamente las circunstancias que nos rodean.

Sin embargo, la búsqueda de sentido no es la tarea más sencilla que tenemos. Desde que podemos considerar a los seres humanos como tales, nuestra naturaleza se ha embarcado continuamente en desentrañar el sentido de cuanto nos sucede, y especialmente de la propia existencia. Las religiones han jugado un papel decisivo, ofreciéndonos espacios de pensamiento e imágenes que nos ayudaran a interpretar las preguntas fundamentales sobre quiénes somos, qué nos constituye, de dónde venimos, a dónde nos encaminamos… Es en esta apertura existencial donde las religiones mantienen su valor de sentido, frente a las respuestas cientifistas de otros ámbitos de conocimiento, que basan su convicción en la verificabilidad y su fuerza en la defensa de una teoría del todo, pero que no satisfacen la falta de respuestas ante las necesidades de sentido en que nos movemos tan torpemente.

Pero, ¿qué ocurre cuando es la misma religión la que ofrece respuestas enlatadas? Si la principal característica de la religión es la búsqueda de sentido, esta queda atrofiada en el momento en que convertimos la religión en una suma de dogmas, la praxis eclesial en una liturgia mistérica, la moral en un listado de pecados y virtudes. En esos espacios religiosos se anula toda búsqueda, más bien se persigue y aparta a quienes se hacen preguntas, a los creativos, a quienes abren nuevos caminos, a los que dudan. Son espacios cerrados, marcados por ideas repetidas desde una tradición que no quiere saber de nuevas palabras, y en su oscuridad rechaza toda mirada presente y futura, afectada por la consabida tortícolis eclesial.

La búsqueda de sentido no solo se da en los aspectos fundamentales de la existencia, esas grandes preguntas que nos hacemos y que antes citaba, especialmente nos confronta en los pequeños giros que da nuestra vida, esas pérdidas de control cuando parecía que teníamos todo dominado, en esas circunstancias es cuando el sentido se nubla, la mente divaga y las preguntas se simplifican, ya no atañen a la existencia como finalidad sino al nucleo mismo de la persona, la mayoría se reducen a un sencillo ¿por qué?, los verbos, sujetos y predicados se hacen implícitos, a pesar de estar más presentes que nunca.

Es en estas búsquedas de sentido donde la fe, más que la religión, debe acompañarnos. La fe, y no la religión, porque la persona se enfrenta desnuda de ideas y de prejuicios a las pequeñas crisis que la van a definir sin contemplaciones; la fe, y no la religión, porque provoca un diálogo interior con Dios, repleto de gracia, en el que sobran actos y justificaciones. La religión, ante ese abismo solo sabe volver a ideas antiguas, consagrar países, liberar indulgencias, sacar procesiones, imponer rogativas, volver al pensamiento mágico de la protección sobrenatural.

Puede que me esté afectando el confinamiento, pero creo realmente que para ayudar a la fe de nuestra gente no tenemos otra opción que aportar sentido desde la sencillez y la trascendencia; y siento una profunda lástima cuando veo a clérigos aprovechando este pisuerga para vendernos humo religioso, que a algunos tranquilizará, pero será pasado mañana una nueva crisis de fe. Da la sensación de que preferimos las prácticas religiosas caducas antes que colaborar en una búsqueda de sentido, que nadie más está haciendo, pero que muchos, no solo los creyentes, es lo que realmente esperan de quienes tenemos fe, a pesar de todo.

A vueltas con eso de las tentaciones

A vueltas con eso de las tentaciones, me ronda unos días la sensación de que confundimos churras con merinas. Del no nos dejes caer en la tentación hemos pasado a un paliativo aléjanos de la tentación, como si necesitáramos todas nuestras fuerzas para mantenernos en una burbuja de pureza que nos haga más dignos de la vida. Y así, llevo unos días escuchando, porque de eso suele ir el comienzo de cada cuaresma, que nuestro objetivo es evitar tentaciones y rechazarlas, consciente y firmemente.

A vueltas con eso de las tentaciones, mi experiencia me dice que de quien debo alejarme es de los beaturrones perfeccionistas, aspirantes a una pureza de espíritu que solo denota sus verdaderas faltas y su pobreza interior; me dice también que me aleje de las palabras fáciles que pueblan los refranes espirituales, esas que parecen sacadas de antiguos catecismos antimodernistas, y se ponen en boca de Cristo si es preciso, para justificar a quien solo sabe recitar condenas de memoria; me dice que me aleje de los que insisten en ver suciedades y pecados, comparando a todas horas su pureza de intenciones con la vida intensa que rechazan.

A vueltas con eso de las tentaciones, me ha parecido entrever que la vida no se define por aquello que negamos, sino por lo que integramos. Y, por tanto, no puedo llamar tentación a lo que puede ayudarme a encontrar sentido a cuanto siento, y aún llamándolo así, debo quitarle esa carga negativa y sucia que la mala historia le ha endosado, para reivindicar mi derecho a equivocarme, mis rincones oscuros, las islas que sueño como náufrago. Y debo hacerlo, no tanto por mí cuanto por aquellos que no pueden, o no quieren, porque han aprendido, hay quienes dedican una vida a enseñarlo, a ver demonios y tentaciones en cada recodo de la vida, y a alejarse de ellas, cerrar los ojos y volver a un útero de pureza sin amenazas, sin optativas, limpio.

A vueltas con eso de las tentaciones, preveo la necesidad de adentrarme en ellas, abrazarlas incluso, porque me hablan, no de mis defectos, más bien de las ensoñadas virtudes que nutren mis espacios interiores; sí, los nutren y las siento como virtudes, porque cada tentación me hace crecer, acerca lo que creo ser a lo que realmente soy, sin ellas no puedo madurar. A vueltas con eso de las tentaciones, he llegado al momento en que forman parte de mis logros y de mis fracasos, lo mismo que mis elecciones, y aunque solo fuera por haber tenido la oportunidad de elegir, ni busco alejarlas ni quiero que me falten. Llamémosle sentirse vivo,… y libre.