Sensación de vivir

No, no voy a hablar de la mítica serie de los ’90, pero me da para el título del post y para la idea de fondo. Eso de vivir que vivimos me ha dejado pensando toda la semana. Adecentar cada momento de la vida se nos queda corto y acaba generando ausencias, de esas que el tiempo deja de camuflar y se vuelven contra uno mismo. Se hace necesario dignificar todos los espacios vitales, especialmente los que más cuesta aceptar, porque en ellos se construye la identidad y se expanden los sentimientos. Obsesionarse con las pérdidas nos relega a definir la vida desde la muerte, cuando es la sensación de estar vivo lo que define cada momento, cada espacio, incluso los de las ausencias.

“Desgraciados los dubitativos y parsimoniosos; se perece más por defecto que por exceso; la vida es toda acción, la inercia es la muerte”. Así es como reclama el poeta francés Saint‑John Perse la dinámica de la vida, que tantas veces convertimos en una rutinaria sucesión de dudas, pereza existencial que bloquea su expansión, que perdona la abundancia de sentido para reducir toda su intensidad a esos pocos momentos llamados felices, pórtico de soledades. Hacemos el defecto del amor referencia para la vida, y aparece la función de los intentos, siempre explicándose por lo que falta más que por lo contenido. Es la inercia de la muerte.

La vida es toda acción, que necesitamos sentir desde el exceso, la ruptura, el reto permanente para adoptar espacios de sentido. Es una acción que se desarrolla en la intensidad, nunca en las limitaciones morales. Nos reclama una sensación de vivir que va más allá de la supervivencia y que, evidentemente, no puede ser un pasar de puntillas por el laberinto en que se nos complica la vida. Es más bien un sentir que vivimos, una apertura al misterio que compone nuestra existencia. Cuando nos contenemos ante el exceso del amor nos situamos en la antesala de la miseria, en la justificación de la parsimonia. No sale nada bueno de ahí, y reducimos la espiritualidad a ritualismo, porque la vida del espíritu es también exceso, imposible estar en ella de otro modo.

Esta obsesión, de la que abusamos a cada instante, que polariza la espiritualidad despojándola de vida, nos devuelve un mundo y una fe sin recursos para la transformación, compuestos con retazos de creencias espejo, una espiritualidad sin dimensión trascendente, sola la desencarnada existencia. Quedamos absueltos de los compromisos y nos llenamos de justificaciones. Dice Hannah Arendt que “la única metáfora posible que puede concebirse para la vida del espíritu es la sensación de estar vivo”. Cuando la metáfora se hace realidad nos envuelve de posibilidades, no escatima vivencias, profundiza en ellas y las multiplica exponencialmente, es la vida sin complejos de muerte.

Siempre me ha impresionado el momento del evangelio de Juan en que Jesús Resucitado ofrece sus llagas para que Tomás meta sus dedos. ¡Qué difícil es meter la mano en las llagas abiertas del crucificado! La opción más fácil es creer sin mancharse las manos. Pero es imprescindible tocar las heridas para restablecer la justicia que viene de la vida nueva, para entablar relaciones de integración con el mundo doliente de todos los crucificados. Somos herederos de santo Tomás, a pesar de que tradicionalmente se nos ha vendido la torpeza del apóstol, que desde sus dudas quiere ver, palpar, sentir la vida. Sin embargo, la espiritualidad de la resurrección es exceso de vida y de amor, de no ser así la convertiremos en mero espiritualismo, llevamos haciéndolo siglos, primando una fe sin roce con las heridas del mundo, angelical, más inercia de muerte que acción de vida.

La duda de Tomás no es la de los desgraciados de Saint-John Perse, la de Tomás es la duda necesaria para que siga habiendo opciones, para que la vida no se apague en los dogmas intocables, convertida en un cuadro sin alma, como esas pinturas hiperrealistas que sustituyen la vida verdadera por un reflejo perfecto. La duda de los parsimoniosos es la que impone las convicciones inmóviles, fiduciarias. Protegidos de las opciones preferimos una vida sin llagas, una fe ciega, un mundo perfecto y feliz. La duda del creyente es en la que se hace fuerte la vida, porque aparece la búsqueda de nuevos caminos para la fe, pero sobre todo porque acoge la plenitud de la vida del espíritu, la sensación de estar vivos, la vida en acción.

¿No había sepulcros en Egipto?

La gran epopeya del pueblo judío en el desierto es una experiencia fundante, no solo del pueblo de Israel, también para la formación de la condición humana. Es evidente que el libro del Éxodo idealiza el camino hacia la tierra prometida, con arquetipos que no son exclusivos de la cultura hebrea, pero eso mismo posibilita el acceso universal y atemporal a ese peregrinaje como idea compartida de una humanidad en búsqueda de sus metas y en equilibrio entre lo dejado atrás y la esperanza. Evidentemente, la experiencia de la que estamos hablando tampoco es la mostrada por Cecil B. DeMille en sus propuestas cinematrográficas, ni en la de 1923, ni en su autoremake de 1956.

Moisés no es un gran líder, al menos en la forma moderna de entenderlo. Es torpe para hablar, complejo para negociar, celoso en las relaciones, rígido en las ideas. Sin embargo, a él se debe la formulación del monoteísmo hebraico. Jan Assmann ha dedicado buena parte de su vida a estudiar su figura desde una perspectiva no religiosa, como parte de sus anhelos por encontrar las conexiones entre religiones y violencia, y sus conclusiones nos devuelven un Moisés que rescata muchas de las ideas de Amenofis IV, el faraón que cambió su nombre por Akhenatón, impuso el monoteísmo en Egipto y tras su muerte fue condenado a la damnatio memoriae, la condena de la memoria, eliminando todo vestigio de su reinado y de su religiosidad. Moisés se convierte en patriarca del pueblo judío y guía en el retorno a la tierra de sus padres.

Pero el camino por el desierto despierta en el pueblo los miedos y aviva los apegos. Pronto aparecen los que siempre miran atrás, los afectados de tortícolis espiritual, los que se oponen por sistema a lo nuevo, por muy prometedor que sea, e imponen sus palabras antiguas y su seguridad anclada en lo conocido. “¿No había sepulcros en Egipto que nos has traído a morir en el desierto? ¿Por qué nos has sacado de Egipto?¿No te dijimos claramente en Egipto: Déjanos en paz, queremos servir a los egipcios? Porque es mejor ser esclavos de los egipcios que morir en el desierto.” (Éxodo 14,11-12).

Preferir lo malo conocido a lo bueno por conocer, negarse a la opción cuando incluye un cambio que no se es capaz de soportar, ansiar la libertad pero cobijarse de sus consecuencias. Dios responde pidiendo que se pongan en marcha, porque el camino obliga a mirar al frente y estar atentos al paso dado y al terreno pisado, para ellos abre el mar y levanta signos de esperanza en la inmensidad del desierto. La respuesta del pueblo hebreo es recordar la comodidad que les daba seguridad, el sacrificio a Apis que les devolvía la tranquilidad mágica del culto a Amón, a dioses que exigían pruebas menos duras que el cambio de vida. El monoteísmo era su fe, pero no la recordaban, preferían la certeza de lo palpable, y Moisés les conducía por un desierto que obligaba a dejar atrás una identidad adoptada para sobrevivir. Demasiadas pruebas para un pueblo acostumbrado a adaptarse y no a cambiar.

Funcionamos en la vida sometiéndonos al principio de identidad, necesitamos encontrar quiénes somos y para qué somos, y de ese modo nos posicionamos ante las idas y venidas de lo que creemos ser y de lo que esperamos ser, buscando la no contradicción entre los términos y el equilibrio en los compromisos. Pero en la experiencia de cada día nos las tenemos que ver con el cambio, que amenaza el principio de identidad, es molesto e incómodo. De nuestra respuesta va a depender el modo en que recorremos el camino y la identidad compartida con quienes caminan junto a nosotros en la misma dirección. Los hay que se resisten al cambio, como los hebreos en el desierto anhelaban mausoleos de esclavos antes que tumbas en la arena de hombres libres. Es la opción de no cambiar cuando todo cambia, quedarse anclados en añoranzas e idealizaciones del pasado, preferir mantener lo que siempre ha funcionado, porque su automatismo apacigua la conciencia y evita adentrarse en desiertos desconocidos. Es el mismo miedo que acabó eliminando toda memoria de las reformas políticas y religiosas de Akhenatón, el mismo miedo que hacía mirar atrás permanentemente a los hebreos, atrofiados en la confianza por los ritos, resignados a entregar la propia responsabilidad a una institución que dicte las normas y a un jefe o superior, que las aplique y les libere de pensar por sí mismos, porque esa es la única libertad a la que aspiran los tibios.

Pero también los hay que se asombran ante el cambio, se hacen preguntas, vencen la resistencia con el estímulo de la sabiduría, la sospecha con curiosidad, y de ahí nace su libertad. Estos han abandonado la obsesión del control y de la excesiva institucionalización, se han liberado de la añoranza para construir certezas, y en el mismo desierto en que otros solo ven arena infinita estos contemplan un mundo de posibilidades. Su opción no es el cambio por el cambio, apuestan por seguir adelante, integran en su experiencia vital la riqueza de lo que conocieron pero sin negar la pluralidad del mundo que descubren a cada paso del camino. Son libres, porque lo son de los apegos y de las condiciones. Son libres, porque han aceptado la identidad en un fluir cambiante, sin caer en la dictadura de la autenticidad. Son libres, aunque sus tumbas se confundan con las dunas del desierto y nadie les recuerde. Pero cada nuevo paso que otros den en el futuro habrá sido posible porque ellos, y ellas, salieron de las seducciones de Egipto.

Una bella historia del Talmud cuenta que mientras el pueblo de Israel estaba ante el Mar Rojo esperando impaciente el milagro prometido, este solo se produjo cuando el primer hebreo dio un paso adelante. Joseph Campbell lo expresa también bellamente, “Debemos estar dispuestos a dejar ir la vida que planeamos, para poder tener la vida que nos espera”.

Obstáculos en el camino

Hay un cuento de Jorge Bucay (26 cuentos para pensar) que desde hace tiempo vengo repensando. De forma resumida: un hombre se encamina hacia una ciudad en la que podrá encontrar todo lo que desea, todas sus metas y ambiciones, sus sueños y objetivos; al poco de comenzar, el sendero se hace cuesta arriba, se cansa pero no le importa, porque la meta lo vale; después se encuentra con una gran zanja, que salva con un peligroso y atlético salto; salvada esta zanja aparece otra, más ancha aún, pero su deseo de alcanzar la ciudad le permite saltarla y seguir adelante; poco después le sorprende un abismo, imposible saltarlo; descubre a un lado maderas, clavos y herramientas, y a pesar de que nunca ha sido hábil con las manos y que la sombra de la renuncia pasa por su cabeza, ya puede ver a lo lejos la ciudad, de modo que construye un puente; tarda meses pero lo ha conseguido y lo cruza emocionado; al llegar al otro lado descubre una muralla que rodea la ciudad de sus sueños, se siente abatido, no la puede esquivar, debe escalarla; tampoco ha sido nunca hábil con sus vértigos, aún así trepa por la gran muralla, su objetivo está ya muy cerca; en un descanso para tomar aire ve que un niño le observa, como si le conociera, el hombre, cansado, le pregunta, ¿Por qué tantos obstáculos?, a lo que el niño, encogiéndose de hombros, le responde, ¿Por qué me preguntas a mí?, los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras, los trajiste tú.

Llevamos mucho tiempo caminando al tiempo que salvamos obstáculos, el último año ha sido especialmente difícil y traicionero. A cada meta que nos ponemos aparecen abismos y muros que parecen apartarnos de la compleja tarea de alcanzar nuestros sueños, hay días que los salvamos, que sacamos fuerza de la debilidad, habilidades personales que desconocíamos tener, pero hay otros días en que la sombra de la renuncia nos mira de frente, nos relega a un espacio de fracaso del que, nos intentamos convencer, tal vez no debíamos haber salido.

Los obstáculos tienen una peculiar manera de entrometerse en nuestros sueños y ambiciones. Como al protagonista del cuento, solo tenemos que ponernos en camino hacia las metas deseadas para que aparezcan como de la nada dificultades que se interponen y que cada vez se hacen mayores. Y junto a cada obstáculo un coro de susurros aconsejando sensatez y cordura, invitando a la tibieza del abandono, o a buscar metas acordes a nuestras fuerzas y necesidades. Esa es la fuerza de los obstáculos, y su triunfo nuestro abandono, aprovechar las sendas abiertas por el deseo para regresar al lugar de lo conocido y quedarnos a vivir en él.

Su primera victoria es el miedo, alardean ante nosotros de su soberanía frente a la timidez emocional, y no quieren más respuesta que la proyección, esa búsqueda de culpables fuera de nosotros mismos, inquisitorial juego de rabia contenida en el que acabamos arrasando con amistades, seres queridos y creencias. Nos predispone a señalar zancadillas allí donde un problema rompió nuestros sueños más íntimos, ante cada muleta que nos vimos obligados a tomar, explicaciones simples para justificar que no es la pasión sino el miedo lo que corre por nuestras venas.

La madurez nos enseña a afrontar los obstáculos, sabe más el diablo por viejo… Hay un ingenio que agudiza el hambre para alcanzar metas, y como el buscador del cuento nuestras piernas son capaces de saltar lejos y nuestras manos de construir puentes y escalar murallas, la razón vence a los miedos, el fracaso deja de ser una opción y nos hacemos habitantes de la ciudad deseada. Pero hay una victoria aún mayor que la de vencer obstáculos, reconocer que gran parte de ellos los hemos creado nosotros mismos, no han salido ni de la nada ni de la maquiavélica mente de quien espera ver nuestra retirada. No es tanto la experiencia cuanto la mirada sencilla y limpia de niños la que nos descubre esta verdad ocultada por nuestro disfraz de forzudo de feria.

Esta aceptación comienza a desarrollarse cuando somos capaces de nombrar los obstáculos, tanto los materiales como los mentales, en ese momento ya hemos recorrido la mitad del camino hacia su superación. Al nombrarlos los hacemos nuestros, destapamos su origen, sin proyecciones que tranquilicen nuestra conciencia alargando la sombra de la sospecha, identificamos los espacios vacíos que nos encerraban en el no puedo para encontrarnos con nosotros mismos, sin disfraces ni excusas. No es realmente una victoria, porque el sendero en que avanzamos nos llevará toda la vida, pero la memoria de los obstáculos reconocidos persistirá frente a las derrotas existenciales, y entonces estaremos preparados para trascenderlas. “Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, ancianos, jóvenes, esposas, viudas, hermanos enamorados. Pero siempre encontrándonos a nosotros mismos” (James Joyce, Ulises).