La belleza como recurso

“La belleza es siempre el mejor recurso contra la incertidumbre”, lo he leído en la delicada novela “Hacia la belleza”, del francés David Foenkinos, y me ha transportado a mis búsquedas personales, que no son muy lejanas a las búsquedas que compartimos. He escrito anteriormente sobre la necesidad de la belleza, sin que se convierta en un absoluto de sentido, y también sobre la presencia de la incertidumbre como estilo irrenunciable de vida. La unión de ambos conceptos me sigue intrigando y conmoviendo.

La incertidumbre que en estos días nos habita ha transformado espacios personales que pensábamos sagrados e intocables. En ocasiones llega como oportunidad para el crecimiento. Habitar la zona de incertidumbre se presenta como potencialidad de futuro y como misterio de presente, forma parte de ese horizonte de sentido al que nos remitimos para comprender la intensidad del hoy vital, y también constituye la esencia de las opciones que permitirán el cambio y la salida de la tan compleja zona de confort.

Hay ocasiones, estamos viviendo una de ellas, en que la incertidumbre nos desborda. La clásica imagen del borde del precipicio se hace insuficiente para describir los sentimientos que nos invaden. No hemos sido capaces de educar para la incertidumbre, como tampoco lo somos para educar en el fracaso. Damos por supuesto que la educación debe tener una orientación al éxito, al descubrimiento de nuestras propias fortalezas, y la convertimos en un efectivismo difícil de manejar cuando afronta la realidad diversa y sorprendente. Ponemos notas, otorgamos premios, promovemos la excelencia, y también acompañamos a los rezagados, cuidamos a los más vulnerables, incluimos a quienes se sienten excluidos. Lo hacemos bien, forma parte de nuestra misión e integra lo mejor de la escuela católica y de su tradición. Pero ni nosotros ni el resto del sistema educativo acaba siendo capaz de prepara para vivir en la incertidumbre.

Algo parecido ocurre con la belleza. La solemos confundir con el preciosismo, la medimos desde el odio sociológico a la fealdad, que es una forma de odio al vacío, y un reduccionismo. Tampoco en este caso contamos con una educación estética alejada del efectivismo y la catalogación maniquea. No es extraño que ante una obra abstracta o conceptual echemos el tupido velo del menosprecio y la indiferencia, como no lo es que ocultemos el lado menos bello de la vida, ese que nos sumerge en el fracaso y que tantas sonrisas se lleva. He tenido que explicar a muchos maestros y profesores el sentido estético de ese arte que se escapa de la comprensión simplista, armado de paciencia les tomo de la mano para adentrarnos en el espacio de sentido que ellos ven como un Hades sin retorno. Confieso que he tenido pocos éxitos y no siempre he logrado que dejaran de mirar la explicación fácil, como Orfeo, aferrados a una realidad ausente de fuga, literalizada.

¿Cómo educar en la belleza cuando preferimos quedarnos en el confort de lo que no chirría a nuestros sentidos? ¿Cómo incorporar la educación estética a nuestra visión acomodada de las cosas y no acabar consumidos por el perfeccionismo? Belleza e incertidumbre se tocan en su mismo centro de perplejidad, nos sacan del espacio de comodidad y actúan como revulsivo. La incertidumbre nos llega, la busquemos o no; la belleza requiere de nosotros una mirada, una búsqueda, un deseo.

La belleza como espacio de encuentro, como recurso frente a la incertidumbre. La belleza como apertura a la trascendencia, como antídoto frente a los absolutos. La belleza como universo de sentido, como un todo que integra las partes desabridas de la realidad. La belleza como certeza para la vida, como tabla de salvación para sus pérdidas y distracciones. ¿Quién la canta mejor que Aute?

Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada,
la belleza
.

Árbol de Ginkgo en Corea del Sur, la belleza de la hoja otoñal.

La ofensa gratuita

En las últimas semanas hemos sido testigos, espero no ser el único en percibirlo, de un aumento escalofriante de ofensas gratuitas, salidas de tono y burlas varias. Junto a políticos, deportistas y gente de la farándula “descubiertos” saltándose las recomendaciones o prohibiciones sanitarias, pudimos ver a un DJ escupiendo bebida a los asistentes de un discoteca en Torremolinos, a Loquillo burlándose de un vigilante jurado en un concierto en Torrelavega o a dos auxiliares de una residencia de ancianos en Terrassa denigrando y riéndose de una anciana. Además de los puntos comunes obvios, y de la indignación social provocada, todos los casos coinciden en la rápida aparición pública pidiendo perdón, mostrando arrepentimiento y afirmando que esa actitud no les define, una vez descubierto el alcance de su acción todos rechazaron ese tipo de actuaciones.

Pedir perdón no solo es necesario, también es sano, se convierte en un gesto de humildad, que restaura los equilibrios desgastados y dañados de la vida y de las relaciones. El perdón implica una liberación interior del sentimiento de culpa. Si no liberamos la culpa acaba por consumirnos, poco a poco coloniza cada resquicio de dignidad personal y desplaza desvergonzadamente los valores que desde niños nos han enseñado a superarnos, a levantarnos, a volverlo a intentar. La culpa, además, es enfermiza, pasado ese primer momento en que actúa como un resorte para obligarnos a despertar, se acomoda a nuestra vida y contagia todo con su promiscua presencia, reinterpretando nuestras conductas y también las de quienes nos rodean. La culpa nos moviliza, y sin perdón nos acaba paralizando.

Pero el perdón hay que aprenderlo. En primer lugar asumiendo el fracaso personal que conlleva, y desgraciadamente no contamos con un sistema educativo que enseñe a integrar el fracaso, a trabajarlo en la propia vida y reenfocarlo como fortaleza. El perdón implica un reconocimiento del error personal que lo transforma en aprendizaje, en posibilidad de futuro. Pero no siempre es así. En los ejemplos presentados antes, y en tantos otros que conocemos, el perdón se hace postureo social, y eso convierte la ofensa en gratuita, evita la responsabilidad, aumenta el daño y deja un peligroso mensaje: no importa lo que hagas o lo que digas, actúa en libertad, siempre podrás pedir perdón y todo se olvidará. Esta hipocresía social elimina la dimensión de fracaso en el perdón, no hay un reconocimiento de la culpa, ni siquiera arrepentimiento, solo interesa que el medio olvide la ofensa y la deje pasar.

El problema es que hemos explicado el perdón como ese pasar página, y en concreto el perdón cristiano como el olvido consciente de la ofensa, pero hemos fallado, y fallamos, en la necesaria integración del perdón. Sin ella redundaremos en la construcción de la justicia, imprescindible para la restauración del orden social, encarnada no solo en las leyes que la garantizan sino también en la equidad y el equilibrio que permiten la convivencia y el acceso universal a los derechos. A costa de construir justicia no estaremos garantizando el orden emocional, sin la integración del perdón no reintegramos las cosas en el orden del mundo ni en el orden personal.

“Dos fuerzas rigen el universo, la gravedad y la gracia”, son palabras de Simone Weil. La gracia es el perdón hecho encuentro, y se fundamenta en el esfuerzo constante por encontrar espacios comunes, por integrar la propia vida, también la que se levanta tras cada caída. La gracia no habla de un perdón gratuito, ese que se exige tras las ofensas como si no hubiera otra salida para aquel a quien se le pide. La gracia rige el universo trascendental en que respiramos, y para encontrarla seguimos necesitando la fe. Al igual que con la gravedad, no nos basta observar cómo caen los cuerpos inexorablemente, hemos de dar un paso de fe para reconocer la fuerza que los atrae. Así es como actúa el perdón, por eso es hipócritamente humillante convertir, apelando al perdón, la ofensa en gratuita.

El perdón, como garantía del orden emocional, se construye a partir de un cómo, no de un por qué. Este es seguramente el error más común en el momento de integrar el perdón, el error que nos lleva a volcarnos en la siguiente página y pensar que la ofensa acaba saliendo gratis. No hay direccionalidad en el perdón, como no la hay en la gracia, hay encuentro, hay una historia, hay un cómo desde el que se restaura y se levanta de nuevo el edificio emocional, y solo desde ahí podemos trabajar el sentido y aportar sentido. No en vano Gracia es uno de los nombres de Dios.

Mirar/subir montañas

Con quince años comencé a amar las montañas. Dicho esto de un manchego, es mucho. Lo más alto que había “escalado” era el cerro de los molinos, y su conquista me parecía ya el mayor reto y la mayor de las maravillas, porque me asomaba a la inmensidad de tierras y viñedos, me abría a nuevas perspectivas, y el horizonte infinito se convertía en eterno y bello. Con ese currículo de cerros y montículos me vi, en pleno despertar adolescente, en medio de los Pirineos. Mis ojos se acostumbraron pronto a los valles y aprendieron a mirar montañas de verdad. Y mi alma manchega se enamoró de ese nuevo infinito, deseó subir cada picacho y después cada montaña. Necesitaba ver el mundo desde allí arriba, arañar el cielo,… escapar de aquí abajo.

Mis primeras subidas tuvieron que luchar contra el vértigo, esto ya no es el cerro de mi pueblo, a veces el aire falta y algunas subidas parecen no tener final, sin haber llegado aún a la mitad del camino asoman los incordiantes miedos y los lastimeros “qué necesidad tengo yo de subir allí”. Sin darme cuenta estaba en la que ha sido la mejor escuela de mi vida, fui aprendiendo a medir las fuerzas, a vencer las tentaciones de rendirme, a centrarme en la meta y mirar simultáneamente la tierra que pisaba y la tierra por pisar. Y nunca abandoné, las adversidades se fueron transformando en oportunidades que me acercaban la deseada cima, porque mi corazón manchego buscaba salir de los valles y volver a creer y contemplar el horizonte perdido.

Si estas lecciones fueron configurando mi espíritu, la que vino después me introdujo de lleno en la vida. No sin dificultad y con cierta resistencia a aceptarlo, aprendí a amar la subida tanto como la cima. Estoy en ello, parece necesitarse más de una vida para saber renunciar a la meta por enamorarse del camino: de sus flores y arroyos es fácil hacerlo, de sus tropiezos, de los senderos áridos y del cansancio es más fácil decirlo que hacerlo. Encontrar la belleza, no en la recompensa sino en la capacidad de unir aquello a lo que aspiro ser con lo que realmente soy. Es así como decidí recorrer otros caminos, en el asombro permanente por mis propias posibilidades, sin rechazar ningún reto y, al mismo tiempo, manteniéndole la mirada al fracaso, porque ese fracaso, así lo voy aprendiendo, no es toda la montaña.

La montaña también me ha enseñado a no dejar a nadie atrás, a caminar al ritmo del más débil, a renunciar al confort personal por la armonía del grupo. Ninguna de ellas es decisión fácil, suele caerse en el hoy por ti, mañana por mí, que es otro modo de moverse por la vida pero que no contiene ningún avance, la cima se quedaría siempre sin pisar y las excusas se harían dueñas de nuestro destino. En esa montaña es donde conocí y encontré mis primeros Edelweiss, aún los conservo, y me inspiraron virtudes que modelaron mi sentido de la amistad, del compromiso, de la fe. La montaña, y también la llanura manchega, en esto coinciden, enseña en toda su extensión a ser humilde, una humildad que solo se adopta desde la mirada y la admiración, desde el paso decidido y el respeto.

En los últimos años no he subido muchas montañas, sí que las miro y me descubro trazando en mi mente sendas para conquistarlas, imaginando la sensación de libertad que junto al aire de la cima llene mis pulmones. No puedo dejar de hacerlo. A mi orgullo de manchego mesetario, a la atracción de los horizontes infinitos, a la admiración por la cúpula inmensa del cielo añil (azulón más bien, azul manchego), he unido el amor a las montañas por subir, y tanto me define lo uno como lo otro. En la llanura hay poco donde ocultarse, en la cordillera hay poco donde ensoberbecerse, pero se puede estar oculto en la planicie y ser arrogante en la subida, se puede dejar de ser poeta en La Mancha y olvidar ser misterio en la montaña. Es por esto que no dejo de mirar/subir montañas, lucho contra la acomodación, del tipo que sea, especialmente la de las ideas. En cada montaña, hasta en los cerros manchegos, mi sentido crítico se agudiza y me siento invitado a la libertad.

Mis montañas son cada vez menos las moles graníticas y calizas, me retan otras alturas y se me abren otros caminos, y ahora soy consciente de que nada cayó en saco roto, soy cada montaña que miré y que subí, soy cada paso ralentizado para esperar otros pasos y compartir la conquista, soy cada inspiración de aire y belleza, desde una cima que me devuelve los horizontes perdidos en la hondura. Y ahora, que se me presentan nuevas montañas que superan mi llanura, me descubro ya descifrando la mejor senda y vislumbrando la vista de infinitos desde su cima. Pero, sobre todo, me requiero para amar y saborear intensamente cada recodo del camino.

Mi querido Midi d’Ossau desde los ibones de Anayet…
saltando siempre de la realidad a mis sueños.