Estar o no estar

Siempre me ha conmovido Caravaggio. Hay en su pintura una honestidad que no permite el refugio de la indiferencia. En La incredulidad de Tomás, el juego del claroscuro y la anatomía del asombro se unen para crear algo que trasciende el cuadro: de entre las tinieblas emerge un dedo que, aunque se adivina dudoso y sobrecogido, se adentra en la carne rasgada. En el centro de la escena, el rostro de Tomás, apodado el Melllizo, exhibiendo esa crudeza de quien necesita pruebas porque ya no se fía de las palabras, de quien quiere ver para creer.

Cuando era niño, Tomás era mi apóstol favorito. Quizá porque me identificaba con su necesidad de tocar para seguir avanzando, con esa búsqueda de una fe que se niega a ser “borrega” o de segunda mano. Tomás no quiere una fe de grupo, sino una fe que nazca de una pregunta propia, una fe que duda y quiere creer para ver. Tomás es el apóstol que me sigue interrogando: solo habla en tres ocasiones en el Evangelio de Juan, y de su mellizo no sabemos nada.

Al contrario de lo que suele interpretarse, Tomás no tiene un problema de incredulidad. Es, de hecho, el discípulo más entregado: estuvo dispuesto a morir con Jesús y estaba obsesionado con las llagas de la pasión. Tomás no es un escéptico de salón, sino un buscador que conoce el valor de la entrega y que se aparta de una espiritualidad de emociones baratas. Su problema no fue no haber visto, su problema fue que no estuvo. En la tarde de Resurrección, Tomás estaba ausente. Y cuando no estamos, no solo nos perdemos una noticia, nos perdemos el encuentro que lo cambia todo.

Aquí reside nuestra gran fractura. Pensamos que la fe se rompe porque nos faltan argumentos, cuando lo que nos falta son presencias. Vivimos saturados de experiencias, pero estamos crónicamente ausentes, distraídos, siempre un poco fuera de donde está ocurriendo lo importante. Es una ausencia de nosotros mismos, en lo profundo y esencial, que luego proyectamos diciendo “no veo a Dios” cuando, en realidad, somos nosotros los que no estamos en casa cuando Él llama. Deseamos entregarlo todo, incluso la vida, pero cuando llega el momento decisivo, estamos en cualquier parte menos donde deberíamos, enredados en el ruido de nuestras propias obsesiones.

Ocho días después, en la escena que inmortalizó Caravaggio, Tomás sí está. Durante esa semana no se dedicó a leer tratados de teología ni a recabar pruebas forenses. Simplemente, estaba. Y en ese “estar”, las heridas que exigía ver para poder creer se exponen no como un examen, sino como umbral. El Caravaggio pinta a Jesús guiando la mano de Tomás hacia la llaga del costado, en un gesto de una intimidad absoluta. Es como si le dijera: “No me vas a encontrar fuera del dolor, sino dentro de él”.

Solo cuando nos atrevemos a entrar en las consecuencias de la entrega, cuando entendemos que la Resurrección no borra las heridas, sino que las dota de sentido y las habita, cuando dejamos de obsesionarnos con la parte emocional de la fe, solo entonces comprendemos que aquello que cambia nuestra vida no es lo que podemos ver o demostrar, sino dónde decidimos situarnos. Dejamos de ser espectadores para convertirnos en actores del misterio.

Muchos de nuestros naufragios espirituales no nacen de la falta de pruebas, sino de nuestra insistencia en seguir fuera: fuera de nuestra propia verdad, fuera del dolor ajeno y fuera del compromiso real. Creer no es resolver un enigma, es corregir la ausencia.

Vivir a la intemperie es aprender a meter el dedo en la herida del mundo y descubrir, con el corazón asombrado, que ahí es donde Dios nos estaba esperando. Hay que quedarse, y dejar que la herida nos guíe de nuevo a casa.

Buscando razones para vivir

A menudo confundimos el pulso del corazón con la vida. Nos despertamos, cumplimos el guion, sorteamos los baches del camino y regresamos a la cama con la mediocre satisfacción de haber sobrevivido un día más. Pero no nos equivoquemos: sobrevivir es un instinto animal; vivir es una decisión humana.

Ser humano no es un estado de reposo. Es una tensión permanente de la existencia. Lo comprendemos tarde, casi siempre a base de golpes y caídas, mientras atravesamos esos dédalos que nos asfixian y nos arrebatan las certezas que tranquilizan la conciencia. Madurar no consiste en encontrar un refugio seguro, sino en aprender a caminar sobre el filo de nuestras propias imperfecciones.

Ya lo advirtió Nietzsche en Así habló Zaratustra: «La grandeza del hombre está en ser un puente, no una meta: lo que se puede amar en el hombre es ser un paso y una caída». Ahí reside el sentido: en ser un puente. Conocer los términos de nuestra vida compartida, aprender a movernos entre los márgenes, tender vínculos entre orillas que parecen irreconciliables. Cuando, en cambio, nos obsesionamos con “ser una meta”, la perfección nos esclaviza. Nos volvemos rígidos, prisioneros de una autorrealización de escaparate, de un perfeccionismo que convierte la vida en una guerra silenciosa contra todo aquello que consideramos un obstáculo para el éxito.

Si necesitamos la perfección para sentirnos realizados, entonces ya estamos muertos. Rousseau recordó que nuestra marca de fábrica es la imperfección, lo inacabado. Pascal fue aún más lejos al afirmar que «el hombre sobrepasa infinitamente al hombre». No somos una obra terminada: somos un tránsito. El puente que une lo que somos con lo que aspiramos a ser se sostiene, precisamente, sobre el abismo de nuestras imperfecciones.

Sin embargo, nos han educado para ocultar la herida, para avergonzarnos del fracaso y maquillar la duda. Como si la fragilidad fuera una falta moral. Pero el camino hacia la autenticidad exige lo contrario: interrogar nuestras razones para vivir justo cuando todo parece desmoronarse.

Vivir de verdad significa tender puentes entre nuestras experiencias rotas. Aceptarnos de forma íntegra. Comprender que la sombra es tan nuestra como la zona iluminada de nuestra existencia. Dejar de combatir lo imperfecto para empezar a integrarlo.

Lo impecable y lo defectuoso no son enemigos; son la urdimbre y la trama de nuestra propia humanidad. La inquietud más profunda surge cuando nos miramos al espejo y encontramos frente a nosotros el fracaso o a la muerte. Pero ahí se esconde el secreto: buscar razones para vivir no es un ejercicio de defensa propia frente al desastre. Es un acto de rebeldía contra el cansancio de la rutina.

Nuestro mayor peligro no es la gran tragedia, sino la lenta corriente de las aguas mansas. Esa inercia social que intenta convencernos de que la existencia es inevitable, de que “las cosas son así» y de que lo más sensato es dejarse llevar. Por eso, vivir a la intemperie significa nadar contra esa corriente. Negarse a que la vida se reduzca a una rutina gris que termine anestesiando el alma.

Y en esta resistencia no estamos solos. Buscar razones para vivir también significa levantar la mirada hacia el otro. Reconocer su vulnerabilidad no como un gesto de caridad ni como un ejercicio superficial de empatía, sino como un acto de identidad. Abrazar la fragilidad del que tenemos delante con la misma piedad con la que deberíamos abrazar la nuestra. Comprender sus caídas como disculpamos y comprendemos las propias. Porque, al final, la vida compartida es el único mapa fiable para no extraviarse en el laberinto.

No se trata de alcanzar una meta donde todo esté resuelto. Se trata de aceptar la travesía. Ser el paso. Ser la caída. Ser el puente. Solo cuando asumimos que la vida es ese equilibrio precario entre lo que soñamos y lo que logramos, empezamos —por fin— a encontrar razones para vivir.

Porque pudo. Porque quiso.

En el pueblo de Viso del Marqués, donde La Mancha empieza a ondularse y se prepara para abrazar a Sierra Morena, se alza desde el siglo XVI un palacio que parece un error geográfico: renacentista, de estilo genovés, solemne, desmesurado. Uno de los edificios más imponentes —y más desconocidos— de España.

Lo mandó levantar Álvaro de Bazán y Guzmán, primer marqués de Santa Cruz, gran almirante de Felipe II, estratega militar brillante, nunca perdió una contienda, héroe de la Batalla de Lepanto. Y, sin embargo, eligió el secano manchego para erigir un homenaje al mar. Hoy aquel edificio alberga el Archivo General de la Marina Española: la memoria marítima de un país custodiada a casi trescientos kilómetros de la costa más cercana.

Don Álvaro se llevó hasta allí a los mejores artistas italianos. Cubrió techos y muros con frescos que narraban sus victorias navales. Decoró las salas palaciegas con fanales, banderas capturadas, piezas de artillería, grilletes de los cautivos liberados. El mar, encerrado en piedra y pintura. La sal convertida en mármol.

La pregunta sigue siendo: ¿por qué allí? ¿Por qué no en Lisboa, en Sevilla o en Cádiz? ¿Por qué plantar el océano en mitad de la llanura manchega?

El asombro fue tan grande que el ingenio popular respondió con un refrán que todavía resuena en la comarca: «El Marqués de Santa Cruz se hizo un palacio en el Viso, porque pudo y porque quiso».

Quizá buscaba un lugar de descanso en sus viajes hacia los puertos andaluces. Quizá cumplir una promesa religiosa. Pero para la gente sencilla, que jamás había visto un navío ni olido la marea, aquel despliegue de ostentación y lujo solo podía responder a un «porque me da la gana».

Todo esto viene al hilo de que, como cada año, comenzamos la Cuaresma leyendo el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. El desierto no es un decorado teatral piadoso, es el lugar sin aplausos, sin ornamentos, sin excusas, sin palacios. Es la intemperie.

Las tentaciones no son siempre propuestas obscenas. Son atajos. Maneras de evitar la complejidad del mundo y la incomodidad de mirarnos de frente. Convertir las piedras en pan —resolverlo todo desde la necesidad inmediata—; tirarse del alero del templo —exhibirse para que otros comprendan nuestra valía—; arrodillarse ante el poder —asegurar control y dominio a cualquier precio—.

En el fondo, las tres caben en la misma frase: hacerlo porque puedo, porque quiero o porque lo necesito. Y no buscar más razones que la posibilidad personal. Cuando no hay esa posibilidad, no hay tentación. Pero cuando podemos, cuando tenemos los medios… entonces aparece el verdadero combate. Como don Álvaro de Bazán levantando su palacio en mitad de La Mancha, también nosotros aspiramos a que nuestras decisiones se lean como gestos de libertad soberana. Queremos que nos recuerden por nuestra autonomía. Sin embargo, muchas veces no se trata de libertad, sino de comodidad. No es convicción, sino vanagloria. No es visión de futuro, sino miedo a pasar desapercibidos.

Las tentaciones del desierto no examinan la moral privada de Jesús, ponen en cuestión su manera de estar en el mundo. Y siguen poniendo en cuestión la nuestra. Hoy convertimos en pan cualquier frustración a golpe de consumo. Nos arrojamos desde los aleros digitales esperando que los algoritmos nos sostengan con un puñado de “me gusta”. Negociamos pequeñas fidelidades al poder —económico, ideológico, afectivo— para asegurarnos protección. Todo envuelto en una coartada impecable: porque puedo, porque quiero, porque lo necesito. O su versión más breve: «porque me da la gana».

Pero vivir a la intemperie no es hacer lo que me da la gana. Es hacer lo que responde a una verdad más honda que mi propia gana. Es elegir cuando nadie aplaude. Es renunciar cuando todos miran. Es sostener la libertad incluso cuando podría usarla para levantarme el más bello palacio.

La pregunta no es si seremos tentados. Lo seremos. La pregunta no es siquiera si caeremos. Caeremos. La pregunta es otra: cuando podamos y queramos, cuando tengamos los medios para levantar nuestro palacio personal en mitad del desierto, ¿qué voz escucharemos? ¿La del atajo que dice “porque puedo”? ¿O la de la intemperie que susurra: “No todo lo que puedes hacer te construye. No todo lo que deseas te hace libre”?

Y quizá el verdadero fracaso no sea perder una batalla, sino ganar todas… y no saber para qué.