El recuerdo y la memoria

Hace unos meses escribí sobre la memoria, aleccionado por la convivencia con dos religiosos enfermos de Alzheimer. Contemplar desde la impotencia sus luchas personales en el sufrimiento ocasionado por el olvido ha sido una de las experiencias más intensas de mi vida, despertarles cada mañana convertía la vida en un eterno retorno donde todo volvía a comenzar de nuevo, los aprendizajes de lo más sencillo se transformaban en noticia y en reto, cada día, a cada momento. La memoria es la capacidad de recordar y por eso la vida se acaba convirtiendo en un esfuerzo permanente para no perder todas las memorias que la habitan.

Hacemos memoria de todo lo bueno, y también de todo lo malo. No queremos olvidar ni los besos de la vida ni sus golpes traicioneros, y de ese modo nos hacemos cómplices de los espacios infinitos que hemos recorrido, guardando para saborear en el futuro los encuentros, los rostros, los logros y las caídas, en un equilibrio que ignora conscientemente los giros inesperados y rescata interesadamente todo lo que nos ayude a sobrevivir. La memoria es una tabla de salvación para afrontar los naufragios a los que nos enfrentamos, por eso la llenamos de recuerdos, unos prácticos y otros necesarios, en la esperanza de que algún día toda esta felicidad y todo este dolor nos serán útiles.

Vivir de la memoria es un ejercicio de lealtad personal, a veces nos falla, como en esas enfermedades que nos la arrebatan con nocturnidad y alevosía. Es también un ejercicio de realismo, en cuanto la memoria actualiza los recuerdos y da orden a las vivencias para traerlas a un presente dialogante con nuestro pasado. Pero no siempre tenemos tiempo para estabilizar nuestras conexiones neuronales sanas y acabamos viviendo de memoria, dejándonos llevar por recuerdos automáticos y maquinales que dan cobertura de lucidez a nuestras acciones y decisiones. Vivimos de memoria cuando nos dedicamos a espantar los fantasmas de nuestro presente a base de las rentas que una vez nos aportaron sentido, sin atender a su anacronismo ni a lo que pisan nuestros pies.

Cuando vivimos de memoria los recuerdos pasan a ser trofeos, territorios conquistados y después abandonados. Recuerdos fútiles que colonizan el tiempo presente, se ponen una máscara conocida para tranquilizar la conciencia, consiguiendo que bajemos la guardia de nuestras sospechas y confiemos plenamente en ellos para hacerlos ciudadanos de la memoria y no tener miedo a despertar, ni a las crisis de identidad, ni a los sobresaltos de las decisiones, ni a la incertidumbre del futuro. Son recuerdos tan poco nuestros como los que inventamos para no tener que pasar el trago def reconocer la vida, recuerdos construidos para dar sentido a cada novedad incorporada, para hacernos mansos ante los ideales y fuertes en las debilidades. Pero son falsos, recuerdos adulterados que tan solo nos ayudan a vivir de memoria.

Mi memoria, y la memoria colectiva compartida, necesita rescatar los recuerdos auténticos, desbrozar los parásitos que la ciegan, aquellos que solo contemplan esclavizarla y someterla a sus engaños, los que levantan bonitas historias, sea para construir castillos de felicidad o para justificar venganzas. Cuesta rescatar recuerdos porque muchos de ellos despiertan nuestros miedos, ante ellos de nuevo la opción al olvido o a la memoria selectiva. Como Deméter en paciente espera de su hija Perséfone raptada por Hades en el inframundo, nuestra memoria se acaba contentando con la llegada primaveral de los recuerdos raptados por nuestras dudas y relegados a las mazmorras del subconsciente.

Los intentos de salvar la memoria acaban fracasando porque la memoria no quiere ser salvada, su mágico reino es el de hacerse intérprete del presente y jugar a princesa destronada cuando se encuentra sin respuestas para los inviernos que la congelan y entumecen. Sin verdaderos recuerdos la memoria inventará los suyos, y nos obligará a vivir en ellos y de ellos. Por eso debemos actuar sobre los recuerdos, restaurarlos sin engaños, rescatarlos y sanear sus expresiones, sean de honor o de miseria, mirándolos de frente en todas sus vidas. En mi tierra no solo se dan recuerdos para la persona conocida, se dan también expresiones, porque esa es la materia de la que están hechos los recuerdos. La sabiduría manchega que instruyó a Don Quijote, y sobre todo a Sancho, ya sabía que la memoria se alimenta de todo lo expresado, que la vida se crece en expresiones de cariño, en guiños de ternura, en amagos de dolor, y todos mis recuerdos acabarán convertidos en simple memoria inanimada si no los hago expresión de lo vivido, el día en que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza (Paul Géraldy).

La compasión es libertad

Resulta irritante la facilidad con la que algunos confunden la compasión con la lástima, o incluso con la comprensión. No es lo mismo comprender la vida de quien tengo delante que ceder espacio entre mis pasiones a las suyas. No es lo mismo llorar junto a alguien que hacerme acompañante de su dolor, o de su alegría, sin generar esos sentimientos de superioridad asociados a la lástima que solo mantienen a cada uno en su propio lugar descolonizado. La compasión, con-pasión, no busca espacios de sentido compartidos sino unirse en una misma respiración consciente que identifica emociones y apasionamientos, aumenta y necesita de la humildad, porque compartimos defectos y virtudes, aprendemos a aceptar que no somos perfectos y que todos tenemos limitaciones.

Compasión tampoco es solidaridad, a menos que sigamos en la orilla de los que quieren cambiar el mundo pero sin que ese cambio les roce. La solidaridad es necesaria en la lucha por la justicia, pero se queda en gesto infantil cuando se nos necesita implicados y sustanciales a esa justicia que las personas concretas y reales necesitan. Un conocido proverbio sioux aconseja que antes de juzgar a una persona, camines tres lunas con sus mocasines. Difícilmente puedo acercarme a alguien que sé por lo que está pasando si nunca he sentido los pliegues de la vida que le dañan al caminar. Desde que comenzó la pandemia he podido compartir con muchas personas, demasiadas, sus padecimientos al sufrir la COVID-19, pero por más que he querido ponerme en su lugar y darles ánimo es ahora, cuando yo mismo he pasado la enfermedad, y aún sus complicadas secuelas, el momento en que más allá de comprender lo he vivido.

Compasión no es simplemente empatía. El auge de la inteligencia emocional ha destacado excesivamente la denominada empatía emocional, ponerse en el lugar del otro, lo que Adam Smith llama más apropiadamente simpatía. Frente a ella Paul Bloom propone que trabajemos más la empatía cognitiva, pensar como piensa el otro, evitando los problemas morales que desplacen el espacio del otro por el propio. El recurso de la empatía, del que tanto abusamos para equilibrar las emociones y mejorar las relaciones interpersonales, necesita el complemento de una compasión racional, no como actitud medida y diseñada, no como un simple lugar compartido. Calzarse los mocasines de otra persona no nos convierte en ella, puede ser un acto de transformismo que actúa solo en la superficie de los sentimientos y pretende salvar desde la apariencia de identidad compartida. La compasión va más allá de la empatía cuando se pone en marcha con esos mismos mocasines, aprendemos a sufrir con ellos, a dejarnos dañar por el terreno, por las ampollas y rozaduras que nos provocan. Pensar con ellos puestos, interpretar con ellos el mundo y la realidad, acceder a la vida del otro y ver, juzgar, escuchar, callar, desde el mismo espacio de comprensión en que el otro lo hace.

Las tradiciones orientales nos han enseñado a incorporar la compasión a nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos. Es la llamada bondad amorosa (loving kindness), que se fundamenta en el deseo de liberarse del sufrimiento, en una aspiración sincera de que los demás sean felices y en la que puedo alcanzar mi propia felicidad. Esta capacidad abarca todas las dimensiones de la vida y nos reconcilia con la naturaleza humana, por eso el primer ser compasivo es Dios, y así lo entienden todas las religiones.

La compasión más difícil es la que se alcanza sin necesidad de calzar otro calzado, la que no busca experiencias transformadoras sino que ha interiorizado el ser complejo que es el otro, nos hace habitantes de los espacios de intersección que nos liberan del sufrimiento, de la desidia, de la imitación. No tengo que hacerme igual a los demás para adquirir un pensamiento y una visión que me salven de creerme diferente. No es necesario que busque actitudes comunes ni palabras neutras para formar parte de los recovecos en que nos jugamos, juntos, el sentido de la existencia compartida. No bastan los pensamientos positivos cuando lo verdaderamente transformador se encuentra en el fondo de la mirada, no en su superficie.

Así es la compasión de Jesús de Nazareth, no solo solidaria, ni empática, ni bodandosa, para nada lastimera. Es una fuerza liberadora que pone fin al sufrimiento del otro, sin grandes palabras, más bien con sencillos diálogos de encuentro, si quieres… – quiero. Para llegar hasta aquí hay que encarnarse, calzarse la piel del otro, pensar y ver el mundo como él, y ella, lo ve, quien esté libre de pecado… Gregorio Nacianceno e Ireneo de Lyon lo expresaron teológicamente con una preciosa propuesta pastoral, para redimir hay que asumir: lo que no es asumido no es redimido. Hay que asumir la completitud del otro, solo entonces quedamos enredados en un espacio compasivo, sin calzadores, sin colocarnos en planos de superioridad, solo hermanos, realmente libres de condicionamientos. La compasión es libertad.

El arte de dudar

Me suelen preguntar por mis dudas. Sé que forma parte del oficio pero no me acostumbro. Hablar de aquello en lo que dudo es como desnudar mi alma, y tampoco en este pudor he sido educado. Gracias a Unamuno, que hizo popular al bueno de don Manuel, aquel cura mártir de sus dudas, descubrí hace tiempo que la duda es sustento para la fe, ni buena ni mala en sí misma, solo un problema cuando la rechazo.

Dudar no ha tenido nunca buena fama. A los que dudan los condenamos al purgatorio de quienes aún no han madurado, acusados de quedarse siempre entre dos aguas, sin dar el paso, faltos de compromiso. Hay quien considera que prefieren esa posición intermedia para evitar las decisiones. Hay realmente quien busca una vida de dudas para alargar los tiempos y esquivar los cambios. En todo caso, la duda se interpreta como mala influencia para aquellos a quienes el destino pone en la difícil tesitura de decidir.

La mala fama es aún mayor si unimos la duda con la fe. Muchos hay que las consideran como el agua y el aceite de la religión, mirando la fe como pureza de sentimientos y la duda como la traicionera amiga que viene a apartar a la fe de su noble propósito, embrollándonos con nudos eternos y laberínticos pasajes que no llevan a nada bueno. Creer y dudar se han dado mutuamente la espalda, abriendo en muchos creyentes el abismo de los escrúpulos, un limbo de dudas e indecisiones. Dudar se considera una debilidad espiritual, llevando a muchas buenas personas a ocultar o negar sus dudas para salvar su alma, en una reafirmación tan artificial de la fe que solo ha generado fanatismo e intolerancia. Cuando expulsamos las dudas también desterramos partes importantes de la verdad, canonizando a los seguros de su fe y quemando en la hoguera a quienes dudan.

Duda y conocimiento no se oponen, Aristóteles ya definió en su Metafísica la duda como “el principio de la sabiduría”. Cuanto más conocemos del mundo y del ser más dudamos, y es a partir de la duda que aprendemos, construimos, creamos. Dudar nos hace humanos, no para relegarnos a espacios de incertidumbre, sino para llevarnos a la sabiduría del que valora y equilibra todo lo vivido, del que incorpora espacios de sentido a sus sombras. La filosofía moderna inaugura dos nuevas corrientes de pensamiento que hacen de la duda su principio de conocimiento, el racionalismo y el empirismo.

Descartes, partiendo de que los sentidos nos engañan, puso en duda todos los conocimiento adquiridos y así, mediante la duda metódica, llegó a su conocido principio filosófico, “Je pense, donc je suis”. La razón no se opone a la duda, tampoco la fe, ya que para Descartes es Dios quien pone en nosotros el pensamiento, y garantiza nuestra existencia, pero “es nuestro deber y no el de Dios, liberarnos de las ilusiones y evitar los errores”, para lo que tendremos siempre el beneficio de la duda. Francis Bacon, padre del empirismo, incorpora la duda a su sistema de un modo más pragmático y científico, aportándole un sentido constructivo: «La duda es la escuela de la verdad», es dudando y no con dogmáticas verdades como pasamos de la experiencia al conocimiento, liberándonos de los miedos y los fracasos al encontrar nuevos caminos para conocer la realidad.

La duda es base de conocimiento, sustento de la fe y de la vida. Dudar me sitúa ante las realidades que conforman mi existencia, me permite tomar decisiones porque hace visible la pluralidad ante la que ejerzo mi libertad. La duda es el derecho que me permite sobrevivir en mi humanidad, no es una sentencia de incertidumbre que me deslocaliza, ni un signo de inmadurez que me infantiliza. Dudar es mi espacio de cordura, en el que optar por aquello que me ayuda a crecer y madurar. Sí, dudo. Y no siento vergüenza por ello, no lo oculto, alguna vez lo hice, pero comprendí que el arte de dudar me abre a valorar la diversidad, a cultivar la tolerancia y respetar la diferencia, me invita a cuidar todo lo que se quedó atrás, lo que una vez formó parte de mis dudas. Esa es la libertad donde mis dudas materializan lo que soy, definen mi presente, sostienen mi fe.

La vida es duda,
y la fe sin la duda es solo muerte.
Y es la muerte el sustento de la vida,
y de la fe la duda.
Mientras viva, Señor, la duda dame,
fe pura cuando muera;
la vida dame en vida
y en la muerte la muerte,
dame, Señor, la muerte con la vida
.

Miguel de Unamuno. Salmo II (fragmento), en Poesías (1907)