Sin agarraderas

Recuerdo la sensación de angustia y vacío que me invadió la primera vez que dejé flotadores, tablas y agarraderas para nadar libremente en una piscina. Quedó grabada en mi memoria histórica personal, sin traumas ni recelos, más bien como un punto de no retorno que me abrió a posibilidades y nuevas metas. Podía sobre mí el miedo a que el agua me atrapara, esa agua que por tiempos era muro y espacio donde disolverme. A pesar de que intuía mi destino nadando sin apoyos, me vencían los escenarios inciertos y, sobre todo, el puerto seguro de las agarraderas, siempre al alcance para que me atraparan en su pasiva imagen de confianza.

Soltar las agarraderas no es tarea fácil, porque son una ayuda para controlar mis limitaciones, porque me enseñan a huir de las eternas luchas contra las hostilidades de los elementos, entre los que me veo lanzado a subsistir. Me condicionan, en su cercanía dejo de ser el protagonista del espacio que me toca vivir, ya no son mis capacidades, sino mis apoyos los que toman el control, invitándome a no dejarlos perder, a familiarizarme con ellos, como si de su sola presencia pudiera hacer depender lo que soy y lo que siento. Mi profesor de natación repetía, flotarás, confía, sé valiente, suéltate. Mis inseguridades me susurraban, no es el momento, aún necesitas esas agarraderas, no te sueltes.

Pero las dejé. Un día nadé libre, sin agarraderas. No es algo que se dé así sin más. Algunos apoyos pueden dejarse al instante, sin dejar siquiera secuela o añoranza; otros se aferran a nosotros, dejando semillas de dependencia, como si los necesitáramos para dar valor a lo construido, o escapar de la melancolía. Fui soltando mis manos de las agarraderas, y las vi quejarse de mis brazadas, que me alejaban de ellas, las oí advertirme de las profundidades en las que me adentraba, y casi las sentí rozar la arrogante espalda que les ofrecía.

Lo curioso de las agarraderas es que las suelto para acabar aferrándome a otras nuevas, en un ciclo vital que me lleva de apoyo en apoyo, siempre necesitado de un refuerzo para mis dudas, asediado por nuevos miedos, varado en lo malo conocido. Cuando aparecen los nuevos apoyos no es difícil acogerlos, ofrecerles el espacio que mendigan en mi necesidad de seguridad. Me uno a ellos, con tanta intensidad que se convierten en parte irremisible de mi condición, y cada vez resulta más complejo identificarlos o librarme de ellos.

Las agarraderas, viejas o nuevas, se parecen a veces a los flotadores que me daban confianza en la piscina, pero otras se conforman con formas menos materiales, y de ese modo, mucho más amable, se hacen hijas de la sensibilidad y me abrazan para no dejarme escapar. Lo son muchas de las palabras que pronuncio, a las que levanto altares para la permanencia, a las que me agarro con la fuerza de la razón, como lo haría con un tronco a la deriva en medio de la corriente; palabras que me cuesta callar, que pretenden quedar siempre por encima de otras, que luchan por hacerse un espacio en mis justificaciones; palabras de las que no puedo soltarme porque parecería que voy perdiendo pie, y me hundo en un remolino sin remedio de autoengaños; palabras lisonjeras, que con su aplauso adulador adormecen mi libertad para decir o callar, para bracear las aguas en las que me adentro.

No solo las palabras, también convierto en agarraderas a muchas personas que me resisto a soltar, que me cuesta dejar ir de mi vida, porque su presencia me regala la paz que sucede a las tormentas. Aferrado a ellas, no las dejó ser, cuando abro las manos para desenredarme de sus abrazos siento un abismo de soledad y de tristeza, que no quiero, ni puedo habitar, y confundo su proximidad personal con los espacios seguros que anhelo. Aferrado a su don, me resisto a perderlo y, cuando me falta, vago de mano en mano buscando nuevas agarraderas que reemplacen lo que esa persona me hizo sentir, deseosas de suplir su singularidad por el primer apoyo que me devuelva el recuerdo, que me aporte un espacio de seguridad semejante a su presencia.

Sin agarraderas, parece que el vértigo se apodera de mis decisiones. Sin agarraderas, mi caminar es como el del funambulista, a veces también sin red que amortigüe mis caídas. Sin agarraderas, sin seguridades, sin los infinitos rincones en que esconderme de aquello que debo vivir con los ojos abiertos, la cara levantada y las manos libres. Sin agarraderas, sin palabras trilladas, sin poseer presencias ni convertirlas en fantasmas. Sin agarraderas, braceando en un agua que me despierta, que me invita a nadar atravesando mis miedos e interrogantes, lejos de mis seguridades, pero libre, al fin.

Virtuosismo

Sigo asombrándome ante la música, pero de un modo especial siento algo muy especial por el sonido y el virtuosismo del violoncello. Así lo es desde que quedé prendido del Preludio de la Suite número 4 para cello de Bach, cuando tuve la ocasión de escucharlo en directo, en un pequeño salón, donde siempre se saborean mejor esos momentos trascendentales. No voy a hacer un post sobre composiciones para cello, aunque me cuesta callar mi pasión por las obras de Couperin, Haydn, Brahms, Dvořák o Stravinsky… El grave tono del cello se me asemeja a un lamento humano, no necesariamente triste, no me cuesta sintonizar con ese canto, que se desgarra con el suave roce del arco acompañado de la danza del violoncellista, sus brazos abiertos para abrazar la historia que cuentan sus notas. Cada ataque del arco golpea mis sentidos y me sitúa en la vida, parecen decirme no estás solo, elévate un poco más para ver más allá de ti.

El virtuosismo del cello, y de quien lo toca, me hablan de los modos en que yo mismo estoy invitado a hacer virtud de mis palabras y acciones. Mi cello es este mismo teclado sobre el que hago bailar mis dedos, lo son también mis sentidos, abiertos a la vida y a las personas, y lo son mis gestos, incluso los que omito. Podré confiar en que los instrumentos que me ayudan a expresarme tengan vida propia, que hablen de mí, y me ahorren el esfuerzo de la coherencia. Mi papel será entonces el de conocer los símbolos e interpretarlos, evitar la confusión de los paneles que mantienen el automatismo de mi vida, aseguran las relaciones y me protegen del error. Me habré convertido en un virtuoso de lo funcional, hasta engañarme a mí mismo sobre mis posibilidades, esquivando siempre el error y las debilidades, porque no caben en una mente que todo lo mide y lo pesa.

Para encontrar espacios de sentido tengo que abrazar mis cruces con la misma confianza con que abrazo mis éxitos. Solo ese abrazo cargado de esperanza me permitirá unirme al canto expresado por la vida que toco, sin pararme ante la desafinada forma de mis intentos de arreglar el mundo, sin quedarme en los avances de mis logros. Es un abrazo que me compromete, en él se detiene el tiempo de las excusas y me expongo por completo a la vida y a sus espectros. Debo abrir los brazos, sin miedo. Uno para atacar la melodía, en una fricción con las cuerdas atemporales de la existencia que irradia armonía, que convierte en voz las vibraciones, lamento y gozo, inseparables del roce y la herida que mutuamente se hacen las cuerdas del arco y de la caja. La música, la voz que surge del brazo con el que tiento estas cuerdas de mi vida, no está libre de errores y desencuentros, nace de mi pasar por las personas y las cosas, necesita el rozamiento, la relación, el riesgo de hacer frente a la tranquilidad emocional que me invita a dejar las cosas como están. ¡Cuánta voz silenciada por el miedo a herir la superficie del mundo que toco!

Mientras, el otro brazo, se vuelca sobre el diapasón, la yema de los dedos recorre suavemente su largueza, en caminos de ida y vuelta, en mágica sucesión de gestos, al mismo tiempo cómicos y reflexivos, a veces generando un vibrato que parece dejar en suspenso el tiempo, otras en progresión cadenciosa que se hace infinita más allá de mis deseados principios. Mueven mi mano la sabiduría adquirida y la ética de mis opciones. Mis acciones no proceden de una improvisada digitación sobre los trastes, porque en ellos me juego el sentido de mi acción, por eso debo dar a cada gesto la precisión que permita el sonido adecuado. Pero debo hacerlo sin ser esclavo de una partitura pensada por otros, más allá de lo ético me debo también a lo estético, a lo espiritual, ser creador y creativo de la melodía silenciosa que sale de este abrazo infinito.

Cada gesto de mi abrazo es una parte y es un todo, se necesitan mutuamente superando juntos los errores. No puedo ser voz sin los aprendizajes y opciones éticas que presionan las cuerdas de mi vida, no seré una voz creíble sin el sentido de belleza que aporta armonía y equilibrio a lo que digo y hago. Sin el aparentemente incomprensible danzar de mis dedos, sin su estudiada precisión, sin la callosidad ganada en las repeticiones, sin los infinitos intentos que me han traído a la compresión, sin todo ello, el roce de mi vida con la vida solo generará una chirriante expresión de queja, lamento, incluso odio, empeñado en decir más que en ser. Del mismo modo, sin la acción rítmica, a veces cadenciosa y aburrida, sin mi relación con el mundo y con las personas, sin asumir el riesgo del roce que desgasta y quema, seré solo un pozo de saberes, conoceré todas las normas y gran parte de las respuestas, iré de arriba a abajo y de abajo a arriba, pasando por todo como quien ya todo lo conoce, pero me habré perdido a mí mismo, mi canto será el silencio, mi voz solo podrán escucharla los eruditos que sepan entenderme, mi vida será solo de espacios solitarios, de historias aprendidas pero nunca compartidas.

Ser virtuoso supone este abrazo que marca y rasga, que roza con los dedos las verdades intangibles para hacerme voz, no mera expresión, sino presencia y posibilidad. Ser virtuoso armoniza la belleza de lo que sé y de lo que hago, de todo ello construye un espacio de encuentro en el que mis debilidades y mis triunfos no condicionan el sonido de quién soy, el que tanto deseo que te llegue.

Poner el alma en cada cosa

Hace poco más de un año que mi buen amigo Juanjo de la Torre me regaló la palabra meraki. Él, a su vez, la había recibido de un alumno de 4º de ESO, y consideraba que con el gesto heredaba la responsabilidad de regalarla a otros. Meraki proviene del griego, es un adjetivo que se usa normalmente para describir aquella situación en la que se pone un especial empeño, el alma y el corazón, desde el amor y la creatividad. No hay una traducción exacta al castellano, necesitamos esa larga perífrasis para entender su significado, pero no es obstáculo para que nos envuelva con la fuerza de su intensidad y precisión.

Fue Protágoras quien dijo y defendió aquello de que el hombre es medida de todas las cosas, situando así en el centro y en el objetivo de toda acción la capacidad humana de dejar alma y corazón en cuanto hacemos. Ser medida de todas las cosas no puede confundirse, como se hace a veces, con un pasar por el mundo imponiendo nuestra presencia, midiendo obsesivamente cuanto nos rodea, incluso aquello que no tiene medida. Es esta obsesión la que acaba controlándolo todo, nuestra mirada, nuestra infinitud, nuestros espacios de encuentro y de conocimiento, les aplica una medida limitadora que no pone corazón sino control. Las personas, en ese caso, no suman por las emociones que las integran sino por el valor que se adjudican.

Al medir cada cosa reducimos su realidad a un número, esquivamos su trascendencia y nos obligamos a poner como centro de nuestra acción solo aquello que podemos conocer y abarcar. Y a pesar de ello, nos gusta medir, en realidad lo hacemos constantemente, llenamos el corazón y la mente de reglas con las que calcular los pasos que damos, catalogar a las personas que encontramos en la vida, ordenar el mundo para hacerlo más comprensible. Esta proyección se convierte en una dificultad para el amor, y nos encierra en apuestas personales que nos llevan a poner el corazón en efímeras muestras de sentido. Decía San Bernardo que la medida del amor es amar sin medida, pero cuesta poner en ello el alma, ser creativos para entregarnos por entero, sin los condicionamientos que suelen envolver nuestras decisiones. Amar sin medida es aceptar fallos y errores, sin esquivarlos, haciendo de ellos oportunidad para la intensidad de la vida. Es meraki, descubrir nuevos mundos sin caer en la tentación de conquistarlos, asombrarse ante la cotidianidad sin buscar ordenar la entropía, ser parte del todo sin agotar en el todo el regalo de la diversidad.

Al igual que los escultores de la antigua Grecia, nos gusta hacer emerger la belleza, más allá de la forma en la que tantas veces nos quedamos. Lo fácil es rendirse a la belleza instantánea, andar con prisas por la vida y aceptar la imagen que no nos requiere demasiados esfuerzos interpretativos, casi como una reducción de sentido que nos evite pensar. También meraki tiene que ver con este empeño, al buen escultor se le otorgaba este adjetivo cuando era capaz de ir más allá del arte decorativo y se daba por entero a su obra, dejaba su alma en ella. Meraki es también el maestro que no se queda en enseñar o en evaluar, sino que crea algo nuevo en su relación con el alumno, una lección inolvidable, inmensa, auténtica. Meraki es quien ama sin medida, quien avanza sin límites, quien se sabe mucho más que una vocación o un estilo de vida, y pone el alma en cada cosa, en cada gesto, en cada silencio también.

Quien pone el alma en cada cosa no la pierde, la expande de forma creativa, se convierte en testigo de la vida compartida, vive también en aquello que hace propio. Me recuerda a la palabra hebrea que se usa en el relato de la creación, dabar, Dios crea algo nuevo mediante la misma palabra que pronuncia, cada término contiene aquello que significa y lo trae a la existencia. Es así como quiero pronunciar los nombres de aquellos a los que amo, los nombres que otros les dieron al nacer y los que yo mismo les he dado al hacerlos parte de mi vida; quiero pronunciar también así, creando algo nuevo, las virtudes que me reconcilian con la vida entregada, esas que hacen brotar paraísos en las secas estepas que voy abriendo con mi torpe discurrir por la vida. Crear, amar, darme y recibirme, sin la ambigua lección de las apariencias, meraki y dabar, sin medida, pero también como medida de todas las cosas, en una atrevida libertad de aquellos que ponen su alma en todo, sin más, sin menos.