Síndrome de Nicodemo

Para situar lo que llamo síndrome de Nicodemo necesito subirme a una azotea, parecida a aquella en la Jesús recibió a Nicodemo en una templada noche de primavera. Nicodemo quería seguir a Jesús, ser de los suyos, pero sus miedos y apegos se lo ponían muy difícil, hay ocasiones en n que pesa más la presión interior que la exterior. La propuesta de Jesús es directa, hay que nacer de nuevo. La resistencia del fariseo entonces aparece como pregunta, como duda y como decepción: “¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo?” (Jn 3,4). Jesús está pidiendo a Nicodemo que resintonice con sus pasiones, que encuentre una nueva hermenéutica para comprender su mensaje, que alcance un nuevo comienzo. El problema de Nicodemo no es recomenzar su vida, eso es capaz de entenderlo, acepta que cada comienzo es un nacer de nuevo, su verdadero problema es hacerlo siendo viejo. A Nicodemo le paraliza la dificultad para dejar atrás todo lo aprendido, todo lo incorporado, para olvidar, y eso se convierte en decepción.

Nicodemo es viejo, pero no de edad sino de ideas. Su síndrome se define desde su incapacidad para lo nuevo, para la vida del Espíritu, “Si no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5). El verdadero impedimento para la vida nueva que nos trae la resurrección no es la edad, es la dificultad para olvidar el pasado, para salir de la acumulación de zonas de confort que tanto nos ha costado construir, que hacemos nuestro hábitat natural para pensar, para decidir, para vivir.

El psicólogo y filósofo francés Théodule-Armand Ribot, en su libro Las enfermedades de la memoria propone lo que después se ha denominado ley de Ribot, según la cual los recuerdos más antiguos son más persistentes que los más nuevos, de forma que lo nuevo perece ante lo viejo. Nos condiciona una incapacidad innata para liberarnos de lo viejo, para olvidar e incorporar la radicalidad de lo nuevo. Desde las azoteas de nuestra vida podemos, sin embargo, hablar a todos nuestros años de aprendizaje, dialogar con los cambios, mirar de frente a los miedos y los apegos, aceptar que lo bueno (a veces el problema es precisamente la bondad de lo que hemos hecho) nos está dificultando para nacer de nuevo.

El síndrome de Nicodemo nos impide aceptar nuevos paradigmas porque creemos que cualquier tiempo pasado fue mejor, y eso nos incapacita para la esperanza y para el cambio. Como le pasaba al fariseo, bloquea nuestro espíritu de transformación y nos encierra en turbulentos espacios de reiteración tranquilizadora de conciencias. Como Nicodemo, bajamos de la azotea, no para aceptar la novedad de la vida y darle oportunidades de ser nuestra, sino para volvernos a encerrar en la seguridad de nuestros espacios de sentido, una vuelta a los cuarteles de invierno en la que perdemos incluso aquello que una vez avanzamos y que ahora añoramos. La tradición pesa y nos pasa factura. Repetimos lo que nos salió bien, guardamos tan buena memoria de las cosas que nos ayudaron que, sin darnos cuenta, volvemos a ellas nuevamente, convirtiendo en un permanente anacronismo cada instante llamado a ser un espacio de novedad y de vida.

Nacer de nuevo significa aceptar la radicalidad de lo que nos viene, y quererlo como nos viene, aceptarlo en su sencillez y en su belleza, encontrar los nexos de identidad que lo hacen nuestro, dar posibilidades de futuro, construir en el sendero que recorre nuestros páramos, abiertos al horizonte de sentido en el que caminamos, sin quedarnos a vivir en las sombras ni en los bancos ni en los merenderos que nos salen al paso. Se trata de encontrar una nueva felicidad, pintar un cuadro nuevo con los medios que ahora tenemos al alcance, esbozar las líneas de los proyectos que nos salven del tedio de la rutina.

En cierta ocasión, visitando el Museo del Prado, encontré a un copista que pintaba su réplica de un conocido cuadro de Tiziano. A su alrededor un pequeño grupo de personas admiraba su obra, comentando lo preciso del trazo, la intensidad de los colores, la precisión de los pinceles. Pero no miraban la obra original, tan solo a un metro de la copia. La inmediatez de la pintura, el olor del óleo, la magia de las manos del artista moviéndose en una suave danza sobre el lienzo, tenían mucha más fuerza que aquel viejo cuadro de Tiziano, colgado estático y lejano en la pasividad del museo. Es una parábola de la vida, de lo que nos cuesta enlazar en ella con la naturaleza muerta y seca, a pesar de su valor.

Tras este intenso diálogo en la azotea se me hace necesario bajar, volver a tocar tierra, evitar las alturas que solo me encumbran en la indiferencia de quien todo lo ve desde arriba. Tengo que hacer persistente la memoria, porque la memoria también me salva de la inestabilidad del devenir, pero especialmente debo mirar de cerca lo que me reclama amor y tacto, sentido y presencia.

¿No había sepulcros en Egipto?

La gran epopeya del pueblo judío en el desierto es una experiencia fundante, no solo del pueblo de Israel, también para la formación de la condición humana. Es evidente que el libro del Éxodo idealiza el camino hacia la tierra prometida, con arquetipos que no son exclusivos de la cultura hebrea, pero eso mismo posibilita el acceso universal y atemporal a ese peregrinaje como idea compartida de una humanidad en búsqueda de sus metas y en equilibrio entre lo dejado atrás y la esperanza. Evidentemente, la experiencia de la que estamos hablando tampoco es la mostrada por Cecil B. DeMille en sus propuestas cinematrográficas, ni en la de 1923, ni en su autoremake de 1956.

Moisés no es un gran líder, al menos en la forma moderna de entenderlo. Es torpe para hablar, complejo para negociar, celoso en las relaciones, rígido en las ideas. Sin embargo, a él se debe la formulación del monoteísmo hebraico. Jan Assmann ha dedicado buena parte de su vida a estudiar su figura desde una perspectiva no religiosa, como parte de sus anhelos por encontrar las conexiones entre religiones y violencia, y sus conclusiones nos devuelven un Moisés que rescata muchas de las ideas de Amenofis IV, el faraón que cambió su nombre por Akhenatón, impuso el monoteísmo en Egipto y tras su muerte fue condenado a la damnatio memoriae, la condena de la memoria, eliminando todo vestigio de su reinado y de su religiosidad. Moisés se convierte en patriarca del pueblo judío y guía en el retorno a la tierra de sus padres.

Pero el camino por el desierto despierta en el pueblo los miedos y aviva los apegos. Pronto aparecen los que siempre miran atrás, los afectados de tortícolis espiritual, los que se oponen por sistema a lo nuevo, por muy prometedor que sea, e imponen sus palabras antiguas y su seguridad anclada en lo conocido. “¿No había sepulcros en Egipto que nos has traído a morir en el desierto? ¿Por qué nos has sacado de Egipto?¿No te dijimos claramente en Egipto: Déjanos en paz, queremos servir a los egipcios? Porque es mejor ser esclavos de los egipcios que morir en el desierto.” (Éxodo 14,11-12).

Preferir lo malo conocido a lo bueno por conocer, negarse a la opción cuando incluye un cambio que no se es capaz de soportar, ansiar la libertad pero cobijarse de sus consecuencias. Dios responde pidiendo que se pongan en marcha, porque el camino obliga a mirar al frente y estar atentos al paso dado y al terreno pisado, para ellos abre el mar y levanta signos de esperanza en la inmensidad del desierto. La respuesta del pueblo hebreo es recordar la comodidad que les daba seguridad, el sacrificio a Apis que les devolvía la tranquilidad mágica del culto a Amón, a dioses que exigían pruebas menos duras que el cambio de vida. El monoteísmo era su fe, pero no la recordaban, preferían la certeza de lo palpable, y Moisés les conducía por un desierto que obligaba a dejar atrás una identidad adoptada para sobrevivir. Demasiadas pruebas para un pueblo acostumbrado a adaptarse y no a cambiar.

Funcionamos en la vida sometiéndonos al principio de identidad, necesitamos encontrar quiénes somos y para qué somos, y de ese modo nos posicionamos ante las idas y venidas de lo que creemos ser y de lo que esperamos ser, buscando la no contradicción entre los términos y el equilibrio en los compromisos. Pero en la experiencia de cada día nos las tenemos que ver con el cambio, que amenaza el principio de identidad, es molesto e incómodo. De nuestra respuesta va a depender el modo en que recorremos el camino y la identidad compartida con quienes caminan junto a nosotros en la misma dirección. Los hay que se resisten al cambio, como los hebreos en el desierto anhelaban mausoleos de esclavos antes que tumbas en la arena de hombres libres. Es la opción de no cambiar cuando todo cambia, quedarse anclados en añoranzas e idealizaciones del pasado, preferir mantener lo que siempre ha funcionado, porque su automatismo apacigua la conciencia y evita adentrarse en desiertos desconocidos. Es el mismo miedo que acabó eliminando toda memoria de las reformas políticas y religiosas de Akhenatón, el mismo miedo que hacía mirar atrás permanentemente a los hebreos, atrofiados en la confianza por los ritos, resignados a entregar la propia responsabilidad a una institución que dicte las normas y a un jefe o superior, que las aplique y les libere de pensar por sí mismos, porque esa es la única libertad a la que aspiran los tibios.

Pero también los hay que se asombran ante el cambio, se hacen preguntas, vencen la resistencia con el estímulo de la sabiduría, la sospecha con curiosidad, y de ahí nace su libertad. Estos han abandonado la obsesión del control y de la excesiva institucionalización, se han liberado de la añoranza para construir certezas, y en el mismo desierto en que otros solo ven arena infinita estos contemplan un mundo de posibilidades. Su opción no es el cambio por el cambio, apuestan por seguir adelante, integran en su experiencia vital la riqueza de lo que conocieron pero sin negar la pluralidad del mundo que descubren a cada paso del camino. Son libres, porque lo son de los apegos y de las condiciones. Son libres, porque han aceptado la identidad en un fluir cambiante, sin caer en la dictadura de la autenticidad. Son libres, aunque sus tumbas se confundan con las dunas del desierto y nadie les recuerde. Pero cada nuevo paso que otros den en el futuro habrá sido posible porque ellos, y ellas, salieron de las seducciones de Egipto.

Una bella historia del Talmud cuenta que mientras el pueblo de Israel estaba ante el Mar Rojo esperando impaciente el milagro prometido, este solo se produjo cuando el primer hebreo dio un paso adelante. Joseph Campbell lo expresa también bellamente, “Debemos estar dispuestos a dejar ir la vida que planeamos, para poder tener la vida que nos espera”.

Empezar de nuevo

Un adviento más, a veces me da la impresión de que cuento mi vida por advientos, siempre a la espera, en un permanente anhelo por reconstruir lo suficientemente mi esperanza como para no dudar ni un instante de que seré capaz de sobrevivirla. Hace poco he leído la distópica novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, era una de esas lecturas que esperaban el momento apropiado, y tal como hace el protagonista con los libros yo también he rescatado de su destino estas palabras: “Eso es lo maravilloso en el hombre, nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo. Sabe muy bien que su obra es importante y valiosa”.

Lo que más me inquieta del adviento es esa sensación de empezar de nuevo. Me inquieta, pero al mismo tiempo es un aldabonazo de cambio y de sentido. Por lo general tiendo a mantener lazos entre los distintos espacios de mi vida, así puedo ir de uno a otro encontrando relaciones entre ellos, incluso encontrarme a mí mismo en las diferentes identidades que me habitan, la que quiere cambiarlo todo y la que se ensueña de esperanza y abraza posibilidades de ser. Hay veces que esos lazos son simples y finos hilos que apenas mantienen el vínculo, los cuido y mimo pero no siempre puedo evitar que se rompan, debo entonces empezar de nuevo, reconstruir relaciones que me ayuden a comprender lo que las prisas de la vida descolocan.

Esta vez siento que llevo desde marzo viviendo un adviento permanente. Como idea de esperanza y de cambio el adviento tiene la ventaja de estar limitado, puedo tolerar esa pulsión de conversión, y la carga de obligación a que me enfrenta, sabiendo que en poco tiempo podré regresar al monótono discurrir de mis espacios y ser el relojero de mis propios triunfos y fracasos, sin preocuparme por esperar un cambio, por empezar de nuevo. Pero este año no, la pandemia se ha apoderado de mis seguridades, ha tomado el rumbo de mis esperanzas, me descubre la nobleza de mi esencia y cada día, tras cada deseo de estabilidad, ante cada intento por perpetuarme, me obliga a comenzar de nuevo.

No he perdido la esperanza, dicen que es lo último en perderse, solo he descubierto su poder transformador. Ser más plenamente consciente de que vivo en ella, y desde ella, cambia la perspectiva de lo que hago, empiezo a comprenderlo como valioso e importante, como parte de mi identidad. La esperanza no es verde, ni un estado de permanente felicidad, esa es una estrategia más del maquiavélico intento de convertirla en fuerza adormecedora y socialmente tóxica. Reducida de ese modo se busca controlar su carga transformadora, la misma que hace caer sistemas, ideologías, incluso mi propio ego limitador. Es lo que Ernst Bloch denominó el principio esperanza.

Frente al pesimismo existencial de Heidegger, para quien el hombre es un ser para la muerte y lleno de angustia, Bloch postula la esperanza como herramienta de positividad y de cambio, que ayuda al ser humano a enfrentarse a su destino, mostrando lo mejor de sí mismo, superando la alienación, no tanto material cuanto ontológica. La esperanza, en cuanto utopía, me permite recuperar el sentido de la vida, su fuerza es su capacidad para llevarme a un nuevo comienzo, incluso cuando el desgaste me susurra que ya he tocado fondo y que poco más puedo esperar, ya sea de mí mismo o de otros. Me hace consciente del estado de carencia en el que vivo, de lo incompleto de mi existencia, y es ahí donde la esperanza se hace tan peligrosa, porque es una utopía que me pone en tensión hacia la plenitud. El adviento es ese recorrido vital.

Quizá las heridas lleguen a ser profundas, y los consejos de los sabios de turno me remitan a las certidumbres en las que pueda reconocerme, tal vez los cuarteles de invierno me llamen a descansar, en retirada estratégica, pisando sobre las huellas conocidas que me dan seguridad, que me confinan orgullosamente en mi espacio de confort. Es entonces cuando la esperanza me salva, también de mí mismo, se abre paso entre mis miedos y deja al descubierto la fe desde la que puedo empezar de nuevo.