#laescuelaquequeremos (2)

#laescuelaquequeremos está llamada a ser, especialmente, virtuosa y socializadora.

Educamos “para” (para la vida, para liberar, para el corazón…), la educación en sí misma está preñada de un sentido futuro, y a pesar de lo efímero de todo lo que tocamos, educamos para ser en una sociedad cambiante. Por eso es tan importante educar en el fracaso, cada vez más necesario y urgente, porque, como diría el Maestro Yoda (perdón por lo atrevido de la fuente): El mejor maestro, el fracaso es. Una escuela “cristiana”, que tiene como modelo inspirador el estilo pedagógico de Jesús de Nazaret, tiene que ser maestra de superación, y para ello necesita ir más allá de los valores eternos y aprender a habitar en las virtudes, promoverlas, facilitarlas, acogerlas, preferenciarlas. Las virtudes son el presente de los valores, su realidad más transformadora, instrumento de cambio y garante de futuro. Educar en las virtudes, más que en los valores, no es una marcha atrás, aunque pueda sonar a palabras rancias, supone un futuro de la escuela a partir de su compromiso moral, que pasa por la búsqueda de la proximidad, el servicio, la neosolidaridad…, estaremos capacitando para volver a las personas, tanto a las que educamos como a las de su entorno, a la vida que hay más allá de las paredes o los cristales de las aulas. La pastoral y la pedagogía que necesitamos deben ser virtuosas, y por ello socializadoras, mucho más abiertas, específicas, centradas en las personas y no en ideas efímeras. Pero esta apuesta virtuosa y socializadora estará siempre transida de fracaso, porque educamos en una sociedad cada vez más compleja, multicultural, asimétrica, desacomplejada, desinhibida, abierta, circular, pero que es al mismo tiempo una sociedad hiperconsumista, hiperindividualista, hipermoralista (G. Lipovestky)… No podemos obviar estos cambios, ni tampoco asustarnos de ellos, encerrándonos en estilos y propuestas maniqueos y caducos, porque la escuela no puede ser una instancia “asocial”, que trabaja, propone y educa al margen de lo que ocurre fuera de sus muros.

#laescuelaquequeremos va a ser flexible y con Wifi.

La hiperconectividad que vivimos también nos lleva, paradójicamente, a desconectamos de la realidad y de las personas que la habitan, hemos perdido la interactuación. Contemplamos atónitos cómo las nuevas metodologías pedagógicas que pretenden vendernos la integración con las tecnologías de la comunicación, solo contribuyen a la incomunicación. En la renovación/innovación de la educación en sí misma, como servicio, la tarea educativa ya no va a poder ser más un espacio experimental unidireccional, aparecerán nuevos retos sociales, tecnológicos, humanos, participativos…, a los que tendremos que responder multidireccionalmente; no tiene que pillarnos preparados, nos tiene que pillar flexibles. La adaptabilidad es uno de los músculos de la escuela, especialmente de la escuela católica, que más tenemos que trabajar, sobre todo porque nos obliga de nuevo a ir más allá del institucionalismo que nos agarrota. Este cambio a la flexibilidad tiene sus consecuencias, supondrá un fuerte cansancio personal e institucional, pero también nos abrirá a un nuevo espacio, con Wifi, un espacio sin cables, en libertad, que haga reales y creíbles todas esas buenas palabras con las que llenamos nuestros idearios. Una Wifi, permeable, no cerrada, sin miedo a los hackers o a las caídas, en las que también debemos aprender a vivir, eso nos permitirá mirar de frente el sentido del cambio y de la renovación, de no hacerlo así estaremos haciendo sufrir a otros nuestros delirios innovadores y de renovación, nos mantendremos en las propuestas unidirecionales, cerradas y alejadas de la realidad, en palabras del poeta Horacio, Quidquid delirant reges, plectuntur Achivi, es decir, que no tengan que pagar siempre los de abajo los delirios de grandeza de los que dirigen. Es también desde la flexibilidad y sin cables como debemos abordar  las sinergias con las familias. Llevamos años diseñándolas, a veces repitiendo esquemas (porque creemos que funcionan o porque no sabemos qué otra cosa hacer) y otras veces proponiendo nuevos medios. Pero el futuro de la escuela nos permite esperar sinergias que no se centren en lo extraescolar. Es curioso cómo los padres van desapareciendo del aula según los niños van subiendo de curso, en infantil y primeros cursos de primaria están ahí, colaboran, participan, son parte del proceso educativo; después solo se les llama para tutorías, problemas o para colaborar con el bocata solidario. Las sinergias con las familias pasan irremediablemente por integrarlos de nuevo en las acciones pedagógicas, y es evidente que eso nos exige flexibilizar el espacio educativo de la escuela.

¿Dónde están los nuevos odres?

Esta es una de esas noticias del día que pasarán desapercibidas para todos, y es una pena porque es petróleo puro:

La Conferencia Episcopal Española (CEE) ha convocado para este viernes 22 de enero una jornada de ayuno y oración, con motivo de la puesta en marcha del nuevo Plan Pastoral de los obispos para los próximos cinco años (2016-2020), con el que quieren dar un nuevo impulso evangelizador a la Iglesia en España, recuperar a los bautizados no practicantes, sacar de la tibieza a los católicos conformistas y atraer a los ateos.

Me ha venido enseguida a la cabeza el texto del evangelio de Marcos (Mc 2,18-22): “Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: ‘Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, ¿por qué los tuyos no?’ Y Jesús les respondió: ‘¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos no pueden ayunar. Llegará el día en que se lleven al novio, aquel día sí ayunarán. Nadie echa un remiendo… Nadie echa vino nuevo en odres viejos… A vino nuevo, odres nuevos”. 

La práctica de Jesús, que se hace buena noticia en su evangelio, nos deja bien claro que a partir del encuentro con él los ayunos y sacrificios, tan propios del antiguo testamento para buscar el agrado de Dios, pasan a tener sentido solo si buscan aliviar el sufrimiento y la miseria de las personas. Misericordia quiero y no sacrificios (Os 6,6 y Mt 9,13) nos vienen repitiendo desde que comenzamos el año jubilar de la misericordia.

¿Dónde están los nuevos odres? Pido de antemano su perdón, pero no me acaba de encajar ni teológica, ni pastoral, ni humanamente, que nuestros pastores anuncien su nuevo plan pastoral con una jornada de ayuno y oración. Y no porque no sean necesarios uno y otra, sino porque se sitúan muy lejos de ese nuevo impulso evangelizador que quieren dar a la Iglesia, más lejos aún de todos esos cristianos no practicantes (¿ninguna de las cabezas pensantes de ese plan pastoral se ha parado a preguntarse que tal vez dejaron de practicar porque descubrieron que la vida de cada día tiene poco que ver con la vida nueva que se les anunciaba?), y en los antípodas de los ateos y conformistas.

Tengo la impresión de que los odres nuevos, de los que curiosamente Jesús habla en contexto de ayuno ritual, necesitan un plan pastoral que los saque de los estilos eclesiales casposos. Hace un año, en la misa de familias que celebramos cada domingo en la parroquia, decidimos terminar la celebración cantando y bailando la canción A quién le importa, de Alaska, fueron muchos los que en los días siguientes se acercaron a nosotros para decirnos emocionados que estas misas les estaban ayudando a reencontrarse  y  reconciliarse con Dios. No sé si estas personas entren en el grupo de los no practicantes, los conformistas o los ateos, tampoco sé dónde encajo yo porque a los pocos días el obispo me quiso dejar claro lo impropio de ese tipo de cantos y bailes en una celebración litúrgica y el escándalo que produce en las gentes sencillas, es decir, en los practicantes y católicos supuestamente no conformistas.

No salimos de las puertas del templo, a la mayoría de nuestra gente todo esto le resbala, no hay quien entienda nuestras palabras y nuestros gestos, los odres nuevos se prohiben y se arrinconan, porque a la mayoría de los cristianos bienpensantes que culonean (verbo curioso que viene a significar aquellos que se sienten cómodos sentados y sin cambio) en las iglesias y reuniones les resulta más fácil y más santo repetir gestos vacíos, y es que cambiar las estructuras injustas del mundo, promover relaciones de igualdad, dar esperanza y ánimo a los desalentados…, es muchísimo más cansado y fatigoso…, y además parece cosa de comunistas.

Indiferencia

No me buscáis porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna. Jn 6,25

Aquellos ascetas que hacían de la indiferencia virtud, no podían imaginar lo que hemos conseguido hacer de ella. Somos capaces de tener ante nuestros sentidos los deseos siempre soñados y, por arte de no se sabe qué, dejarlos pasar, indiferentes, abstraídos por una vida que ni siquiera sentimos intensamente. Sobreestimulamos tanto nuestros sentidos que poco nos sorprende; aprendemos a caminar tan a largo plazo que la urgencia por llegar nos despista de la belleza del mismo camino; presentimos tantas victorias finales dando sentido a nuestra vida que olvidamos las difíciles victorias diarias que suponen conocer, amar, perdonar, levantarse; esperamos cambios tan grandes y tan absolutos que nos perdemos el milagro constante de la vida.

Es esa indiferencia la que nos hace cristianos insignificantes, religiosos apegados a costumbres y a finales que nos hacen poco creíbles, gente de palabras y promesas pero no de gestos. Y la vida se nos acerca cada día, tanto y con tanta intensidad que nos pilla de nuevo descolocados, sermoneando tal vez sobre lo bonita que es y la importancia de celebrarla, pero sin vivirla, solo pasando de puntillas. Es una vida que nos acecha, con la misma fuerza que los que se encaraman a las vallas de Melilla o corren en Calais para entrar al Eurotúnel, tal vez sea esa fuerza la que nos ha acabado haciendo indiferentes, porque nos damos cuenta de que las arrugas de nuestra fe no nos hacen más sabios sino más tristes.

Jesús siente que aquellos que le siguen también andan indiferentes, se quedan mirando el dedo que señala la luna, incapaces de atreverse a levantar una mirada que cambiará su perspectiva y también sus vidas. Eran buscadores de milagros a los que se escapaban esos otros signos que nos reconcilian con la vida: saludar a un desconocido, escuchar a un amigo sin mirar el móvil a cada instante, llamar a alguien de quien hace tiempo no sé nada, visitar a un enfermo, sonreír, dar una moneda al que me pide en el semáforo, abrazar, confiar, sentir que me tiro a la vida sin red.

La indiferencia no es ya virtud sino pecado, porque nos acerca al reino de lo fácil y nos aleja de las presencias que realmente nos salvan; nos promete una vida sin obstáculos que en poco tiempo nos descubrirá viviendo junto a otros pero realmente solos, buscadores de experiencias cada vez más significativas, pero individuales. Cuando seamos capaces de nuevo de contar a un amigo cómo estamos, cara a cara, sin utilizar Facebook o WhatsApp, y nos importe que sea él, o ella, quien nos escuche, sin importarnos si el resto del cibermundo queda ignorante ante nuestra vida, entonces, solo entonces, estaremos tomando un alimento de vida eterna.