Adviento: la audacia de esperar provocando

Vuelve el Adviento. Un año más. Y quizá no nos venga mal detenernos en la terminología que asociamos con este tiempo. Porque no es lo mismo esperanza que optimismo, ni que simple espera. Y, sin embargo, solemos confundirlas.

Lo primero que conviene aclarar es que Adviento no es un tiempo de espera, sino de esperanza. Y esperar no es lo mismo que esperar con esperanza. La espera, tal como solemos vivirla, es casi una renuncia: quedamos pendientes de algo que no controlamos y nos resignamos a “matar el tiempo”, a distraernos para no sentir que la vida se detiene. No es casual que una “sala de espera” esté llena de pantallas, revistas y ruido: todo está pensado para que no notemos que allí dentro nada sucede, salvo nuestro deseo de salir cuanto antes y acceder a lo verdaderamente importante.

También nosotros hemos convertido el Adviento en un tiempo de espera cuando lo reducimos a la satisfacción de deseos y metas: recibir regalos, juntar a la familia, que los precios no suban, celebrar comidas, empezar bien el año… Esperamos como quien se evade, como quien quiere pasar página o esconder fracasos. Esperamos que cambie nuestro juicio sobre los otros, o que los demás cambien el que tienen sobre nosotros. Pero esa espera no transforma nada. Es pasiva, anestesiante, y nos deja siempre igual.

Frente a esa espera que nos adormece, la esperanza es otra cosa. La desinencia -anza indica en castellano una acción sostenida. La esperanza no es un deseo quieto, sino un deseo que nos lleva a provocar la aparición o la construcción de lo que deseamos. Solo se puede esperar —con esperanza— aquello que, de algún modo, depende también de cada uno de nosotros. Es desear provocando, desear de manera tan apasionada que nos entregamos a realizar aquello mismo que esperamos, sin distracciones.

Por eso la esperanza cristiana es verdaderamente esperanza: lo que viene —y el que viene empujándolo— no irrumpirá por simple fatalidad, sino por una acumulación de deseos, gestos y provocaciones. Dios no promete el Reino como un destino inevitable, sino como una tarea y una misión. El Adviento no es un tiempo para “matar el tiempo” o para distraernos, sino para alimentar lo que sostiene nuestra vida: esa esperanza que no hace ruido, que no se exhibe, pero que sostiene la vida y la empuja hacia delante.

Conviene también distinguir esperanza de optimismo, como recuerda Byung-Chul Han. El optimismo es una variante más de la fe del carbonero: cuanto más se cultiva, menos espacio deja para la esperanza. El optimismo anestesia, nos hace creer que todo irá bien sin que hagamos nada. La esperanza, en cambio, nos compromete, nos obliga a mover nuestras certezas sedentarias. El optimismo es evasión; la esperanza, resistencia activa. El optimismo se conforma con que las cosas cambien por sí mismas; la esperanza se arremanga para provocar el cambio. Por eso el Adviento no puede ser un tiempo de ingenuidad optimista, sino de esperanza encarnada.

Esa encarnación no es decorativa. La esperanza no es una guinda espiritual para nuestro pastel, sino una fuerza que atraviesa la vida concreta. Adorno escribió: «El gesto de la esperanza es el de no retener nada a lo que el sujeto quiere atenerse». Esperar con esperanza es soltar seguridades, abrirse a lo que aún no es, exponerse a la intemperie.

Y Han añade una capa más: «La esperanza es la única fuente de la grandeza del espíritu humano y de su empeño por tomar algo ‘de otro lugar’, de la trascendencia». La esperanza nos salva de la repetición, nos saca de la rutina, nos hace tender hacia lo que no está dado. Es lo que nos permite vivir el presente sin resignación, porque lo orienta hacia un futuro que no es mera prolongación del pasado.

Por eso el Adviento no es tiempo para distracciones ni para “matar el tiempo”, sino para provocarlo: para que el futuro no sea solo lo que viene, sino lo que hacemos venir; para que la llegada no sea un hecho inevitable, sino una tarea apasionante; para que la esperanza deje de ser palabra bonita y se convierta en gesto, carne, compromiso.

Es el motivo de que el Adviento incomode —a menos que lo revistamos de luces y deseos—. Porque nos obliga a salir de la espera pasiva y entrar en la esperanza activa. Nos invita a vivir sin refugio, a la intemperie, donde no hay certezas, pero sí horizonte. Y ese horizonte no se alcanza con la simple espera, sino con la provocación de las utopías.

Que este Adviento sea tiempo para alimentar la verdadera esperanza: audacia para una espera provocadora, apertura a la trascendencia, tierra firme en la que encarnarse y modelar el mundo. Porque la esperanza no es evasión, sino audacia: la audacia de provocar lo que aún no es, pero será.

La trampa de la anticipación

Vivimos rodeados de personas e instituciones atrapadas en la obsesión por anticipar. Es fácil descubrirlo en los discursos estratégicos, en los diseños formativos, en la forma de entender el liderazgo y la innovación. Todo parece girar en torno a la previsión, como si el devenir fuera una ecuación más por resolver.

Pero esta fiebre por la anticipación, lejos de hacernos más libres, nos encierra en un ideal de control que ahoga la experiencia. Dice Antonio Muñoz Molina, en un artículo reciente, que hemos caído en la neurosis de la anticipación. No se trata de una sana previsión, sino de esa ansiedad que busca tener siempre un plan B, una respuesta inmediata, una explicación para todo antes incluso de que las cosas sucedan. El resultado es una cultura que desconfía de la vida misma.

El filósofo Charles Pépin, en su ensayo Encontrarse, afirma: “Si solamente tenemos confianza en terreno conocido, cuando las cosas se desarrollan tal y como preveíamos, no se trataría de confianza, sino de competencia”. La confianza real -añade- es estar preparado para ir hacia lo que no podemos anticipar.

La experiencia del apagón que dejó sin electricidad ni conexión a buena parte de España y Portugal hace apenas una semana es solo un pequeño ejemplo. Pero no es el único. Venimos de años marcados por lo inesperado: una pandemia, guerras, inestabilidad política, crisis climáticas, quiebras emocionales. Duras lecciones para quienes pusieron toda su seguridad en la preparación, como si la vida pusiera preverse desde una hoja de cálculo. Sin embargo, no se trata de vivir improvisando, sino de aceptar que incluso la mejor formación no nos exime del salto de fe que implica toda decisión existencial.

Queremos tenerlo todo bajo control: el tiempo, el espacio, incluso las emociones. Desde ahí podemos entender que triunfen la comida rápida, las compras inmediatas, las respuestas instantáneas y los likes en redes sociales. Pero detrás de esa inmediatez no hay espontaneidad, sino una coreografía perfectamente calculada por los mercados: todo está anticipadamente dispuesto para que sigamos creyendo que controlamos lo que compramos, lo que hacemos y, lo que es más preocupante, lo que somos.

Jacques Derrida, en El erizo ciego, habla de dos momentos creativos: uno de apertura, de entrega a la experiencia, sin filtros ni cálculos; y otro de deliberación, de comprensión global, que involucra cuerpo, emociones y pensamiento. Pero incluso en estos procesos —dice— surgen resistencias, porque no es fácil fluir sin querer dominar lo que está ocurriendo. Nuestra obsesión por anticipar transforma en un problema que resolver, incluso antes de ser vivido.

No se trata de menospreciar la preparación. Necesitamos conocimiento, lectura, diálogo, herramientas. Pero, sobre todo, necesitamos una disposición que no se enseña en los manuales: la confianza. La capacidad de caminar sin ver el mapa completo. Porque aprender a caminar no implica hacerlo siempre del mismo modo: vendrán collados y valles, andares desequilibrados y otros más firmes, senderos trillados y otros inexplorados. Pero siempre será nuestra confianza, y no tanto nuestra competencia, la que vendrá a redimir nuestras vulnerabilidades.

Por eso, cuando nos enfrentamos a lo inesperado —cuando “nos quedamos al desnudo”, como dice Pépin— no serán nuestras habilidades técnicas las que nos salven, sino nuestra capacidad de sostenernos en el vacío sin rompernos. Aprender a vivir es también aceptar que el suelo tiembla, que el horizonte cambia y que los planes fallan.

Solo quien aprende a caminar con esa confianza radical en lo que no se puede anticipar será capaz de construir sin miedo, de amar sin garantías y de avanzar, incluso, cuando todo se apaga.

La fecha del fin del mundo

La semana pasada volvieron los agoreros del fin de los tiempos con fecha cerrada y fijada: el 22 de diciembre de 2032. Al parecer, los astrofísicos que siguen el rastro del asteroide 2024YR4 desde el pasado 27 de diciembre han calculado que ese día impactará contra la Tierra, con una probabilidad que ya alcanza el 2 %. La noticia da para chiste: En 2032, el gordo de la lotería caerá del cielo, y nos va a tocar a todos. Y, como siempre, no faltan quienes ven en la catástrofe una oportunidad de negocio: por un módico precio y con financiación a 24 plazos, puedes reservar tu refugio para sobrevivir al impacto.

El amor por poner fecha al fin del mundo no es nuevo. Ya sea por profecías mayas, interpretaciones delirantes de Nostradamus o cálculos mágico-numéricos, el vaticinio del colapso global siempre viene acompañado de una buena dosis de parafernalia pseudorreligiosa. En el paquete suelen incluirse suicidios colectivos, sayones de colores chillones y la venta de todos los bienes a líderes iluminados que ofrecen boletos de primera clase para la nave de salvación. Aunque suene a argumento de serie B, son noticias que aparecen en la prensa cada vez que se pone en circulación una nueva fecha para el fin del mundo.

Lo curioso es la insistencia en estas predicciones. Da la impresión de que nos gusta ponernos límites, sentir el vértigo del abismo, la adrenalina de la cuenta atrás hacia el caos definitivo. Quizá, en el fondo, el problema no es el fin del mundo, sino el cansancio de vivir en él.

Alguien me comentó hace unos días que las religiones también hablan del fin del mundo y que, a lo largo de la historia, nunca han faltado profetas del desastre con calendarios apocalípticos en la mano. Cierto. Pero hay una diferencia fundamental: el profeta auténtico no es un adivino de catástrofes, sino un despertador de conciencias. La preocupación por el futuro solo tiene sentido si nos lleva a cuestionarnos sobre el presente, sobre nuestro modo de habitar el mundo.

El verdadero problema es que no necesitamos un asteroide para destruir la Tierra, nos bastamos nosotros solos para ese cometido. A pesar de las advertencias, llevamos décadas socavando las condiciones de vida del planeta, desforestando, contaminando mares y ríos, ignorando el cambio climático como si no fuera con nosotros. El mundo tiene un valor en sí mismo, nos recuerda el papa Francisco en Laudato Si’, pero nos empeñamos en tratarlo como si fuera nuestro vertedero personal. El peligro real para la Tierra no es el asteroide 2024YR4, somos nosotros.

La conversión que necesitamos no es la de los falsos videntes que nos dicen cuándo y cómo caerá el castigo divino, sino la de una humanidad que aprende a vivir con más responsabilidad y menos egoísmo. Y lo debemos hacer desde abajo, en la educación tenemos una herramienta preciosa para conseguir estos objetivos de cuidado de la casa común: nos permite reflexionar y preguntarnos no solo qué planeta queremos dejar a nuestros niños y jóvenes, sino sobre todo qué personas queremos dejar a nuestro planeta.

El que fuera director de la Biblioteca de Alejandría, Demetrio de Falero, afirmaba ya en el siglo IV antes de Cristo que no es el destino quien arrastra al hombre, sino sus propias costumbres. Y si mantenemos determinadas costumbres destructivas, no habrá asteroide que supere nuestra propia capacidad de autodestrucción.