A vueltas con el nuevo currículo de religión

religionHe tenido que leer dos veces el currículo que la Conferencia Episcopal Española ha impuesto para la clase de religión con la nueva ley, y que ha salido ya publicado en el BOE. Comencé la cuaresma proponiéndome vivir el asombro, pero esto lo sobrepasa, hay todavía en la calle Añastro quien no se entera de los aires diferentes que vienen de Roma y añora una escuela de adoctrinamiento al servicio de la idea única.

Soy profesor de religión en ESO, y mi experiencia me ha llevado a adaptar poco a poco los materiales de la asignatura para que los alumnos, en el momento en que están configurando su pensamiento sobre la realidad, la mayoría sin ser conscientes de ello, conozcan, se asombren, se cuestionen y piensen sobre la importancia del hecho religioso en nuestra sociedad tecnológica e inmediata. Preguntarse por el sentido de la vida y por las consecuencias prácticas que ello conlleva, les abre a vivencias y espacios que en ninguna otra asignatura del currículo se les va a enseñar. Conocer otras religiones, comprender sus ritos y su propuesta de búsqueda de la felicidad, les ayuda a valorar aquello en lo que siempre han vivido y de algún modo se les ha impuesto. No estoy haciendo poesía, en muchas ocasiones sus reflexiones me emocionan y me confirma que este es el camino.

Pero hemos topado con un viejo muro. Nuestros obispos prefieren apostar por una clase de religión que enseñe a rezar en primaria y adoctrine catequéticamente en secundaria, sin lugar para cuestionarse, sin posibilidad de situarla en el espacio social que le corresponde, es posible que algunos sigan creyendo que debe ser la sociedad quien se sitúe ante la religión. Huele a ombliguismo, a vuelta atrás, a apuesta por una cristiandad que se superó hace mucho tiempo, por lo visto no por todos. Y lo más grave, quienes han diseñado este currículo parecen ebrios de poder con los “privilegios” que la nueva ley educativa da a la asignatura, y en lugar de hacer de ella una oportunidad para comprender el hecho religioso y enriquecer la propia experiencia vital, convierten a los profesores en catequistas y a la materia en catequesis. No es extraño que se lamenten de la asignatura “alternativa” para educar en valores, porque ante la intransigencia y la imposición solo queda retirarse pacíficamente.

Me gustaría saber qué entendieron los delegados de enseñanza de las diócesis andaluzas de la ponencia que el pasado mes de noviembre impartió el Dr. Francesc Torraba sobre inteligencia espiritual en el Congreso de Profesores de Religión celebrado en Sevilla. Y digo esto porque hace poco, uno de ellos alababa al profesor Torralba y su valentía para defender la clase de religión como lugar para encontrarse con Dios, para enseñar a orar, para educar en la espiritualidad. Inocentemente, y desconcertado, le pregunté si había tenido que salir al baño o a hablar por teléfono durante la conferencia, a lo que me respondió que estaba tan emocionado por las palabras de Torralba que no se despegó del asiento. Tampoco se le despegaron algunas terminaciones nerviosas del cerebro.

Es posible que algunos vean con indignación el hecho de incluir a continuación este enlace de video. Soy consciente. Pero también lo soy de que cuando en lugar de educar adoctrinamos, cuando no enseñamos a valorar al otro y sus creencias, cuando no proponemos sino que imponemos, estamos dando el primer paso hacia la cerrazón y la intolerancia (no usaremos radiales ni mazas pero…).

Motivos para celebrar

Después de un descanso retomo estas reflexiones semanales. Muchos me han preguntado si el motivo de tan largo silencio es la falta de inspiración, otros que sí el cansancio, hay quien se ha atrevido a entrever censuras. Siento no dar la razón a toda esas inquietudes, especialmente las que ven tijeras y filtros de otros. Sencillamente, estaba buscando motivos para celebrar. Quien me conoce bien sabe que huyo de celebraciones enlatadas e impuestas, que todo lo que se vuelve rutinario me sacude interiormente hasta el punto de aparentar, a veces, luchar por lo contrario que he mostrado en otras ocasiones.
Hoy he comenzado a buscar de nuevo “motivos para celebrar”. Ese es el sentido que he querido dar desde el principio a estas perlas vocacionales, porque el primer motivo para celebrar está en saber, no siempre conscientemente, que vivo en torno a una llamada. No, por favor, no me refiero a esa forma ñoña e infantil de entender la llamada de Dios como un signo externo, identificada con un solo camino vocacional.
La llamada a la que me refiero es aquella en la que siento, sé, que mi nombre, en el que está contenido cuanto soy y cuanto me esfuerzo en ser, se asocia a todo lo que me rodea, forma parte del mundo y las esperanzas de las personas que se cruzan conmigo y, sobre todo, de las que caminan conmigo.
Esta llamada es, la más de las veces, un eco, que sigue desde hace tiempo mis pasos en proyectos que dejé a un lado y desheché, rondando mis estrenadas ilusiones para que mi corazón no se quede en una permanente tumbona de relax.
Esta llamada es una esperanzadora razón para creer con intensidad en mis posibilidades, porque me susurra cada día que soy capaz, que Alguien cree en mí.
Estos son, hoy, mis motivos para celebrar, porque esa llamada me mantiene despierto.

Espíritu Santo

Desde pequeño me han dicho que la fiesta de Pentecostés es como el “cumpleaños” de la Iglesia. Confieso que también yo he usado esta comparación en algunas ocasiones, en mis primeros años de sacerdote. Da juego, especialmente porque todos comprenden rápidamente su significado y su alcance. Celebrar el cumpleaños es darse un día de tregua, y alegrarse por tanta gente que te recuerda, aunque solo sea porque Facebook se lo ha chivado.

Cuando son ya muchos los cumpleaños que se acumulan, es típico medir las propias fuerzas, y contar los frutos de la fecundidad de la vida que en ellos se celebra. Pentecostés, por tanto, debería ser para todos los cristianos ese momento de contar frutos y celebrar, la suma de sentimientos compartidos y la visión de un futuro fecundo, y nuestro. Por eso Pentecostés, si sigue siendo el “cumpleaños” de la Iglesia, es, sobre todo, por ser una fiesta de la vocación, en la que nos reencontramos con aquel amor primero,  nuestro nacimiento, y renovamos su fuerza y su urgencia, que a veces nos desestabiliza. Son esas pequeñas crisis anuales, cuando nos damos cuenta de que crecemos imparablemente, al tiempo que nos invade una artritis emocional y espiritual que impide moverse como antes.

He estado los últimos días en Roma. Me entristece sentir por todos lados, especialmente en los que más se ven, la artritis espiritual que afecta a las formas y a los tiempos de la Iglesia. Más que movida por el Espíritu, he visto una Iglesia encorsetada, que vive de las estructuras y para ellas, incapaz de atender a todo lo emocional que la mantiene viva y con esperanza, que nos viste de verde, no de negro. Ya sé que no es toda la Iglesia, y que juzgamos al conjunto por las rarezas de unos pocos, por desgracia son esos pocos los que callan indiferentes ante la lucha de miles de indignados (cuyas palabras se parecen más a las del Maestro que seguimos que las que nosotros mismos pronunciamos); son esos pocos los que hacen callar a quienes encienden velas de cumpleaños porque siguen creyendo que la vocación, y aquel primer amor, son para celebrarlos (hay quien no quiere que Torres Queiruga y Gastón Garatea soplen este año las velas de la tarta); y son también esos pocos los que hablan por contentar y mantener el puesto, perpetuando un institucionalismo tan peligroso como antievangélico (en estos días los sacerdotes y algunas asociaciones de laicos de la diócesis de Alcalá de Henares, lanzaban proclamas en “defensa” de su obispo, al que califican ya de perseguido, por defender en nombre de la Iglesia -de mi y de ti también- la necesidad de una terapia para curar la homosexualidad).

Sólo el Espíritu Santo anima nuestra vocación y la convierte en guinda y nata de la tarta eclesial, por eso sólo cuando dejamos que sea este Espíritu quien sople nuestras velas y nos cante “cumpleaños feliz”, estaremos siendo fieles a lo que seguimos, valientes también para saber mirar y estar allí donde Él se mueve, y participar entonces de su fiesta de la vida. Porque sólo así la vocación, en una Iglesia que se sabe suma de todas las vocaciones que la forman, será un signo de cambio y de esperanza.