Utopía… y confianza

“Vengo pronto. Mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona”

Apocalipsis 3,11

Esperamos con tantas ganas que, por lo general, olvidamos que la espera es una carrera de fondo, que dormirse en los laureles no es actitud de vida, sino de los que se rinden. Es muy común andar esperando que las cosas mejoren, y montar una buena fiesta a la primera señal de cambio, se nos va la vida en ello, porque a veces esas señales son confirmación del trabajo bien hecho, del esfuerzo personal, de tanta esperanza que se ha derrochado en los preparativos. Es entonces cuando el segundo tren nos sorprende, habíamos puesto tanto empeño en estar preparados, que descuidamos la realidad de una vida en continuo fluir, después de un tren puede venir otro, ingenuidad que vence seguridades y arrolla formalismos.

Esta va a ser mi tercera Navidad en un país que no celebra la Navidad. La primera en un país musulmán, primera también sin luces, adornos, compras…, todos esos trenes esperados. Cuando somos capaces de quitar lo superficial, queda lo verdaderamente importante. Lo cierto es que vivir la Navidad sin la presión que socialmente le hemos añadido, libera la vida y la mantiene alerta para disfrutar de todas las llegadas de Cristo, en la forma que sea, en la dirección que venga, después de un tren, viene otro.

Después del Cristo que me llega porque lo he pedido, y deseado, del que espero y para el que me he preparado, ese Cristo litúrgico que hemos metido en un corsé de palabras y formas, al que entregué y consagré mi vida, después, viene el que me cambia, el que va deshaciendo nudos que yo mismo he creado, porque quería evitarme las sorpresas y afianzar las verdades; viene el que me recuerda que me consagré para salir a los espacios abiertos, los de las soledades y la intensa espiritualidad; viene el que vacía mi misterio y acoge mi silencio, y lo llena de palabras abiertas y con sentido; viene otro tren, el que cambia mi vida, no por inesperado sino porque me llega en el vaciamiento de mis fortalezas.

Desarraigarse en Navidad prepara el corazón para soportar esos trenes que arrancan mis raíces, cuando me llegan en la seguridad de un corazón que pensaba que todo había sucedido ya. Vivir la fe, y la esperanza, y el amor, en minoría, y sin la tentación de ser ombligo del mundo, prepara la vida para relativizar sin imponer, para bajar escalones que separan y desvestirse de la ropa que diferencia. Necesito seguir esperando así los otros trenes, que me descubren, que me desnudan, que me devuelven la confianza.

Navidad 2018

A vueltas con el nuevo currículo de religión

religionHe tenido que leer dos veces el currículo que la Conferencia Episcopal Española ha impuesto para la clase de religión con la nueva ley, y que ha salido ya publicado en el BOE. Comencé la cuaresma proponiéndome vivir el asombro, pero esto lo sobrepasa, hay todavía en la calle Añastro quien no se entera de los aires diferentes que vienen de Roma y añora una escuela de adoctrinamiento al servicio de la idea única.

Soy profesor de religión en ESO, y mi experiencia me ha llevado a adaptar poco a poco los materiales de la asignatura para que los alumnos, en el momento en que están configurando su pensamiento sobre la realidad, la mayoría sin ser conscientes de ello, conozcan, se asombren, se cuestionen y piensen sobre la importancia del hecho religioso en nuestra sociedad tecnológica e inmediata. Preguntarse por el sentido de la vida y por las consecuencias prácticas que ello conlleva, les abre a vivencias y espacios que en ninguna otra asignatura del currículo se les va a enseñar. Conocer otras religiones, comprender sus ritos y su propuesta de búsqueda de la felicidad, les ayuda a valorar aquello en lo que siempre han vivido y de algún modo se les ha impuesto. No estoy haciendo poesía, en muchas ocasiones sus reflexiones me emocionan y me confirma que este es el camino.

Pero hemos topado con un viejo muro. Nuestros obispos prefieren apostar por una clase de religión que enseñe a rezar en primaria y adoctrine catequéticamente en secundaria, sin lugar para cuestionarse, sin posibilidad de situarla en el espacio social que le corresponde, es posible que algunos sigan creyendo que debe ser la sociedad quien se sitúe ante la religión. Huele a ombliguismo, a vuelta atrás, a apuesta por una cristiandad que se superó hace mucho tiempo, por lo visto no por todos. Y lo más grave, quienes han diseñado este currículo parecen ebrios de poder con los “privilegios” que la nueva ley educativa da a la asignatura, y en lugar de hacer de ella una oportunidad para comprender el hecho religioso y enriquecer la propia experiencia vital, convierten a los profesores en catequistas y a la materia en catequesis. No es extraño que se lamenten de la asignatura “alternativa” para educar en valores, porque ante la intransigencia y la imposición solo queda retirarse pacíficamente.

Me gustaría saber qué entendieron los delegados de enseñanza de las diócesis andaluzas de la ponencia que el pasado mes de noviembre impartió el Dr. Francesc Torraba sobre inteligencia espiritual en el Congreso de Profesores de Religión celebrado en Sevilla. Y digo esto porque hace poco, uno de ellos alababa al profesor Torralba y su valentía para defender la clase de religión como lugar para encontrarse con Dios, para enseñar a orar, para educar en la espiritualidad. Inocentemente, y desconcertado, le pregunté si había tenido que salir al baño o a hablar por teléfono durante la conferencia, a lo que me respondió que estaba tan emocionado por las palabras de Torralba que no se despegó del asiento. Tampoco se le despegaron algunas terminaciones nerviosas del cerebro.

Es posible que algunos vean con indignación el hecho de incluir a continuación este enlace de video. Soy consciente. Pero también lo soy de que cuando en lugar de educar adoctrinamos, cuando no enseñamos a valorar al otro y sus creencias, cuando no proponemos sino que imponemos, estamos dando el primer paso hacia la cerrazón y la intolerancia (no usaremos radiales ni mazas pero…).

Motivos para celebrar

Después de un descanso retomo estas reflexiones semanales. Muchos me han preguntado si el motivo de tan largo silencio es la falta de inspiración, otros que sí el cansancio, hay quien se ha atrevido a entrever censuras. Siento no dar la razón a toda esas inquietudes, especialmente las que ven tijeras y filtros de otros. Sencillamente, estaba buscando motivos para celebrar. Quien me conoce bien sabe que huyo de celebraciones enlatadas e impuestas, que todo lo que se vuelve rutinario me sacude interiormente hasta el punto de aparentar, a veces, luchar por lo contrario que he mostrado en otras ocasiones.
Hoy he comenzado a buscar de nuevo “motivos para celebrar”. Ese es el sentido que he querido dar desde el principio a estas perlas vocacionales, porque el primer motivo para celebrar está en saber, no siempre conscientemente, que vivo en torno a una llamada. No, por favor, no me refiero a esa forma ñoña e infantil de entender la llamada de Dios como un signo externo, identificada con un solo camino vocacional.
La llamada a la que me refiero es aquella en la que siento, sé, que mi nombre, en el que está contenido cuanto soy y cuanto me esfuerzo en ser, se asocia a todo lo que me rodea, forma parte del mundo y las esperanzas de las personas que se cruzan conmigo y, sobre todo, de las que caminan conmigo.
Esta llamada es, la más de las veces, un eco, que sigue desde hace tiempo mis pasos en proyectos que dejé a un lado y desheché, rondando mis estrenadas ilusiones para que mi corazón no se quede en una permanente tumbona de relax.
Esta llamada es una esperanzadora razón para creer con intensidad en mis posibilidades, porque me susurra cada día que soy capaz, que Alguien cree en mí.
Estos son, hoy, mis motivos para celebrar, porque esa llamada me mantiene despierto.