El precio de la perfección

Dicen que todo tiene un precio, incluso llegamos a creer que hasta las personas lo tienen. Nos dejamos comprar por naderías. Aquellos principios que juramos innegociables, las certezas que un día nos dieron confianza y el amor que nunca pensábamos traicionar… todo termina en el mostrador, listo para ser vendido al mejor postor. Es una transacción silenciosa: dejamos escapar lo trascendente a cambio de un fogonazo de alegría o un momento de placer efímero.

El problema es que nuestros esfuerzos por dilatar el tiempo de esos espacios de felicidad también tienen un coste, y por lo general somos nosotros mismos la moneda de cambio. Vender el alma por el éxito, intentar comprar la belleza de la vida o acumular posesiones para tapar el vacío, nos sitúa en ese arquetipo del intercambio fáustico que ha alimentado nuestros miedos desde la antigüedad.

Una de las primeras lecturas de mi juventud fue El retrato de Dorian Gray, y he vuelto más de una vez a las páginas de Oscar Wilde, porque actúan como un despertador. Me ayudan a entender esa degradación que pretendo esconder bajo la alfombra de mis sentimientos. No soy perfecto, lo voy entendiendo; aún me cuesta aceptarlo. Hay momentos en los que yo también vendo mis fracasos a cambio de la ilusión de nunca equivocarme; vendo mis caídas por un equilibrio artificial que me sostenga, y vendo mis dudas por certezas de saldo que me den cobijo.

De algún modo, todos nos parecemos a ese eterno joven Dorian Gray. Pactamos con el tiempo para que nada cambie: queremos retener las intuiciones que nos dieron aciertos, la inspiración que nos salvó de la sequía creativa, la agilidad de nuestra mente o la calidez de los vínculos que no queremos soltar. Vendemos baratos nuestros recuerdos bajo la promesa de conservar instantes de felicidad química, sin ser conscientes de que el verdadero valor de nuestra vida se fragua precisamente en la fragilidad de lo que puede romperse.

Mientras disfrutamos de esa imagen alterada —ese perfil editado y pulcro que mostramos al mundo—, aquello que realmente somos se pudre, bien oculto, en el desván existencial donde lo hemos arrinconado. Ignorantes de su valor, hemos perdido el sentido del camino. Como afirma Oscar Wilde en su novela: «Hoy en día, las personas conocen el precio de todo, pero no saben el valor de nada».

Nos aterra la arruga, el error y la mancha, sin entender que son las únicas pruebas de que estamos vivos. Preferimos ser una estatua impecable en el jardín antes que una persona herida en la intemperie. Pero el retrato acaba cobrando sus deudas. Podemos seguir maquillando la vida, comprando certezas ajenas, sosteniendo una versión pulida de nosotros mismos… hasta que un día ya no nos reconocemos en el espejo. Y entonces ya no hay engaño posible: habremos dejado de ser nosotros mismos.

Siempre habrá tiempo. No de recuperar una perfección imposible, sino de dejar de vendernos. De recobrar, poco a poco, lo que fuimos empeñando: la duda, la herida, el límite, la verdad. Porque tal vez la única forma de no perdernos del todo no sea conservar una imagen intacta, sino aceptar —sin maquillaje— el precio real de ser lo que realmente somos.

Vivir a la intemperie

Inicié este espacio compartido en 2011, casi de puntillas, con apenas unas entradas sueltas al año. Eran el reflejo de mis búsquedas personales y de aquello que pugnaba por brotar de mi interior, sin mayor pretensión. Lo que empezó sin pretensiones se transformó en compromiso a finales de 2019 cuando, impulsado por el cariño de mis lectores, decidí publicar cada semana. Todavía me resuena la voz de Jesús Barrientos animándome a ese ‘salto sin red’ tras el Congreso de Escuelas Católicas. No necesité muchos argumentos: la intemperie ya me había atrapado y la escritura se había vuelto una necesidad más que un deseo.

Ahora, esas voces encuentran su hogar en un libro. En él he recogido las intuiciones de este blog para repensarlas, ordenarlas, sumar nuevas páginas y trazar un hilo conductor que les da sentido unitario. A quienes me leéis cada martes, a quienes me escribís compartiendo vuestro sentir y a quienes me susurrasteis la necesidad de esta obra: gracias. Vuestra confianza ha sido mi mayor fortaleza.

Dos agradecimientos más: en primer lugar a Carmen Guaita por las palabras que, con tanto cariño, ha dedicado al prólogo. Siempre tuve la certeza de que debía ser su voz la que sirviera de pórtico a la mía; contar con ella es un regalo maravilloso. En segundo lugar al equipo de la editorial San Pablo, comenzando por su director, que han creído sin reservas en este proyecto.

Ojalá disfrutéis de la lectura y os animéis a recomendarla. Me haría feliz poder contribuir a que muchos otros aprendan a abrazar la intemperie, la vean como un don en lugar de como una amenaza. Os dejo, a modo de adelanto, unos párrafos entresacados de la introducción.

Gracias por estar ahí. Nos seguimos viendo cada martes.

Hay quien escribe para ordenar el mundo. Yo escribo para no instalarme en él. Para escapar de los refugios, que se disfrazan de certezas y, en realidad, nos encierran. Para caminar a cielo abierto, aunque duela, aunque asuste.

Vivir a la intemperie es un modo de estar en el mundo: resistir la tentación de las identidades cerradas, confrontar nuestra vulnerabilidad sin máscaras, aceptar que no hay refugio más honesto que el de nuestra verdad interior.

Comencé a escribir para darle significado a las palabras que han configurado mi verdad, como quien busca veredas para subir montañas y alcanzar las estrellas. Este libro es fruto de muchos encuentros —espirituales, humanos, éticos, intensos, efímeros—, siempre a la intemperie. Reúno en estas páginas las huellas que mis pies inquietos y mi mente inconformista han dejado en el mundo. Lo hago en forma de breves ensayos, agrupados en ocho capítulos, que buscan caminar hacia una espiritualidad del tiempo presente: una intemperie habitada, con memoria, iluminada por el asombro, ensanchada por la fe, donde se educa, se cree y nos encontramos.

He explorado la dimensión ética y emocional de la intemperie, aplicando su sabiduría a lo que nos inquieta: la fe, la educación, la vida compartida, las grietas que nos dejan sin apoyo, la memoria del hogar al que siempre regresamos. Son invitaciones para caminar a cielo abierto, bajo las noches estrelladas de nuestra vida. Infinitos ante los que asombrarse y en los que aprender a contar estrellas. Y aunque todos los capítulos tienen un poso personal, he querido cerrar con algunos encuentros que me devolvieron la confianza y la esperanza. Encuentros a la intemperie que vinieron al rescate de mi vida y me liberaron de los invernaderos de autorreferencialidad.

Con Montaigne, hago mías sus palabras: «No pretendo llenar una vasija, sino encender un fuego». En el hogar donde enciendo esta candela siguen sucediéndose encuentros, palabras y silencios. Allí el pensamiento se hace propio y se despoja de certezas. Esa es la intemperie donde soy redimido.

El asombro en el muro

Vivimos rodeados de palabras, pero huérfanos de sentido. Abrimos la pantalla y entramos en una corriente donde todo parece urgente y nada resiste una mínima intemperie de pensamiento. Las noticias falsas, la “infoxicación”, los bulos y el insulto gratuito no solo han colonizado los muros de nuestras redes sociales, han colonizado nuestra atención. Hoy, la verdad se diluye entre titulares inflamados y opiniones disfrazadas de hechos. La mentira ya no necesita imponerse, le basta con circular.

A veces hay una intención deliberada de manipular, de deformar la realidad hasta hacerla irreconocible. Otras, lo que empieza como un juego inofensivo, acaba liberado en el torrente del compartir compulsivo y se convierte en una masa informe, en un lodo que termina manchándolo todo. Y si aún estamos despiertos, podemos preguntarnos: ¿cómo distinguir la verdad cuando nos toca lo personal, lo emocional, lo vital, lo que somos?

Y a pesar de que no todo lo que nos rodea sea falso, tampoco todo lo verdadero es realmente valioso. Buena parte de lo que dejamos en esos muros virtuales —y de lo que consumimos sin resistencia— no nace de la convicción, sino del vacío. Son palabras sin densidad, gestos sin dirección, expresiones de una desidia o de un aburrimiento que busca desesperadamente dejar rastro. Queremos estar, decir, aparecer. Queremos dejar huella y, en ese impulso, olvidamos preguntarnos si hay algo en nosotros que merezca ser compartido.

No es un fenómeno nuevo, aunque nos guste creer que toda esta saturación es el precio de la modernidad tecnológica. Hace dos mil años, en los muros de Pompeya, alguien escribió: “Admiror, o paries, te non cecidisse ruinis, qui tot scriptorum taedia sustineas”“Me asombro, oh pared, de que no te hayas desplomado en ruinas, tú que soportas las burradas de tantos escritores”—.

Hay algo profundamente incómodo en esa frase. No solo por su vigencia, sino por su ironía. Es un grafiti que se queja de los grafitis; una crítica escrita desde el mismo gesto que denuncia. Una contradicción que no invalida el mensaje, sino que lo hace más humano: no hablamos solo de información, sino de necesidad.

Las paredes de piedra de la antigüedad eran las pantallas de ayer, acumulando anuncios, insultos, declaraciones de amor y ocurrencias de todo tipo. El autor de aquel grafiti pompeyano expresa su hartazgo ante la saturación, pero al hacerlo participaba del mismo ruido. Quería ser escuchado, que su voz permaneciera.

Y eso no ha cambiado. Seguimos escribiendo sobre los muros —ahora digitales— impulsados por la misma inquietud: dejar constancia de que estuvimos ahí. Aunque lo que dejemos sea irrelevante. Aunque contribuya al mismo ruido que criticamos. Aunque, en el fondo, sepamos que no estamos diciendo nada.

Esa paradoja es el eco de un desorden interior. Publicamos, comentamos y reaccionamos, no porque tengamos algo que decir, sino porque no terminamos de comprender lo que nos pasa. La realidad nos desborda, nos incomoda, nos descoloca. Y en lugar de detenernos a pensarla, la expulsamos en forma de mensaje, salga lo que salga.

Se ha vuelto más fácil opinar que comprender, más rápido compartir que sostener una pregunta o una mirada. Por eso, el verdadero peligro no es la mentira ni la saturación, sino la ausencia de silencio. Sin silencio no hay pensamiento, y sin pensamiento la verdad deja de ser una búsqueda para convertirse en una consigna. Acumulamos palabras como quien levanta un muro para no tener que mirar lo que hay detrás.

Vivir a la intemperie hoy exige recuperar una honestidad con la palabra. Significa resistir la tentación de llenar cada vacío con ruido y aceptar que no todo merece ser compartido, que no toda reacción merece ser expresada. Tal vez la verdad no sea algo que podamos poseer, pero sí podemos decidir cómo nos acercamos a ella: con la prisa de quien quiere imponerse o con cuidado del que busca entender; con ruido o con silencio.

Al final, los muros —sean de piedra o de píxeles— seguirán ahí, soportando lo que escribamos sobre ellos. La pregunta no es cuánto pueden aguantar. La pregunta es qué tipo de huella queremos dejar en ellos. Y, más aún, qué dice esa huella de nosotros cuando nadie está mirando.