La ventana

He recibido un honor inesperado. Carmen Guaita me pidió que participara en la presentación de su nueva novela, La ventana, publicada por Ediciones Khaf. El post de esta semana se lo dedico a Carmen y a su genialidad. Este es el texto de mi presentación, espero que os anime a leer la novela y disfrutarla, un gran homenaje a los maestros y educadores que abren cada día su ventana para construir un mundo mejor.

Bajo la apariencia de un relato distópico, Carmen nos regala un espacio de trascendencia. Tras cada palabra escrita, en el eco de los diálogos y las reflexiones íntimas, ha escondido la mítica resistencia de los que buscan hacer de este mundo un lugar mejor, frente a quienes prefieren vivir en los refugios y las burbujas de un humanismo decadente y de indiferencia. La novela nos permite acompañar a Timandra, rebautizada por el sistema como Venecia, en su particular conversión y metamorfosis; no en vano cuando acepta el encargo para ser maestra de Alcibíades, el abuelo Dimas la presenta como “la humanizadora”. Así he conocido a Carmen, una maestra humanizadora que ha hecho de este precioso título el hilo conductor de su propia vida, y sigue asumiendo la misión de humanizar enseñándonos cómo funcionan los mandos de nuestra vida. Desde esta peculiar visión accedemos a la novela como obra de madurez, ventana abierta a la sabiduría rescatada por Carmen a lo largo de sus muchas vidas, como maestra cercana, como filósofa que se asombra, como creyente que se conmueve y actúa con los más vulnerables. 

Mediante su nueva novela, Carmen rescata prodigiosamente todas estas vidas. En palabras de Dimas, cuando “rescató” a Sergio, “según cómo lo hagas, penetrar en otras vidas se llama medicina, se llama educación o se llama teatro”, y en esas vidas penetradas nos revela los espacios de sentido que trascienden toda la acción. No es casualidad que la paraskenia de la novela se adorne con ecos de la Grecia antigua, porque fueron los griegos quienes entendieron la medicina como cura del cuerpo y la educación como cura del alma. Sergio y Timandra, el médico y la maestra, asisten con asombro pero sin resignación a su sustitución por la inteligencia artificial, se resisten de un modo íntimo y cotidiano, y lo hacen para curar cuidando y cuidar curando.

En esta resistencia, Sergio monta viejas tragedias con las que inyecta a los dosletras el amor por una vida plena de sentido; “La tragedia denuncia la desmesura de los hombres”, dijo Aristóteles, Sergio y los desahuciados de su compañía de teatro llevan hasta el límite mediante la tragedia las consecuencias de esta desmesura, la hybris griega, reconduciendo a los hombres a la humildad ante lo absoluto. Por su parte, Timandra disfruta cuando corta a mano la fruta y mordisquea un bizcocho desafiando a las máquinas que ocultan su deshumanización con la promesa de hacernos más fácil la vida, porque para Timandra “educar es abrir las ventanas del alma a lo humano”, a todo lo que nos es propio. Médico y maestra representan la resistencia frente a la indiferencia y los automatismos, reivindicando una humanidad habitada por sabios, versos sueltos que no destierran el error y el fracaso sino que lo integran plenamente en su comprensión de la cotidianidad. La maestra y el médico se convierten en el que con sola su presencia enseñan y ayudan, curan el cuerpo y el alma.

Es la cultura la que queda encerrada en este mundo distópico que nos abre La ventana. Desde el momento en que la inteligencia artificial y la élite recuperan el latín como herramienta de unificación cultural, se descuida el sentido y la utilidad de la lengua como espacio de comunicación. Sin cultura y arte, comedia o tragedia, la lengua se queda sin vida, porque son las palabras que pronunciamos y su alcance de significado lo que nos redime, lo que educa nuestra alma, lo que da calor de hogar a los espacios que se nombran, aún sin conocerlos.

Mediante esa lengua de los símbolos y la vida incorporamos el poder transformador de las posibilidades, como cuando Alcibíades visita la casa de Marta Mariotto y le abren las puertas de la biblioteca, mi escena favorita de la novela. El asombro del niño ante ese impresionante espacio lleno de libros prohibidos es el mismo que podemos sentir cuando nos encontramos ante la belleza inédita. El pequeño Alcibíades había aprendido a amar y a acariciar cada libro que su abuelo Dimas y su ahora maestra Timandra pusieron en sus manos, contemplar esa biblioteca se convierte para él en estímulo para salvar el futuro, para preservar la cultura y la educación. La biblioteca de Marta Mariotto es un espacio de resistencia, cada libro una ventana, cada lector potencial una oportunidad de cambio, porque al igual que la antigua biblioteca del templo de Amón en Tebas, a esta también podríamos llamarla “Lugar de cuidado del alma”.

Suele decir Carmen que nos hemos conocido sin saberlo desde hace mucho tiempo, en las conversaciones que la amistad nos ha regalado hemos compartido con asombro la pasión por la vida a la intemperie, acceso del alma. Será porque ella es una gaditana que ha descubierto el amor por la inmensidad de La Mancha, y yo un manchego transido por la intensidad de Andalucía. Como Timandra, también Carmen se ha acostumbrado de tal modo a la intemperie que ahora siente claustrofobia en los refugios. Esta ventana nos comunica con la intemperie porque, hago mías las palabras de Marta Mariotto, las palabras de Carmen, “donde hay humanidad hay oración y arte, así que mientras nos necesiten como siervos, deberán tolerar nuestra trascendencia”.

Gracias, Carmen.

¿No había sepulcros en Egipto?

La gran epopeya del pueblo judío en el desierto es una experiencia fundante, no solo del pueblo de Israel, también para la formación de la condición humana. Es evidente que el libro del Éxodo idealiza el camino hacia la tierra prometida, con arquetipos que no son exclusivos de la cultura hebrea, pero eso mismo posibilita el acceso universal y atemporal a ese peregrinaje como idea compartida de una humanidad en búsqueda de sus metas y en equilibrio entre lo dejado atrás y la esperanza. Evidentemente, la experiencia de la que estamos hablando tampoco es la mostrada por Cecil B. DeMille en sus propuestas cinematrográficas, ni en la de 1923, ni en su autoremake de 1956.

Moisés no es un gran líder, al menos en la forma moderna de entenderlo. Es torpe para hablar, complejo para negociar, celoso en las relaciones, rígido en las ideas. Sin embargo, a él se debe la formulación del monoteísmo hebraico. Jan Assmann ha dedicado buena parte de su vida a estudiar su figura desde una perspectiva no religiosa, como parte de sus anhelos por encontrar las conexiones entre religiones y violencia, y sus conclusiones nos devuelven un Moisés que rescata muchas de las ideas de Amenofis IV, el faraón que cambió su nombre por Akhenatón, impuso el monoteísmo en Egipto y tras su muerte fue condenado a la damnatio memoriae, la condena de la memoria, eliminando todo vestigio de su reinado y de su religiosidad. Moisés se convierte en patriarca del pueblo judío y guía en el retorno a la tierra de sus padres.

Pero el camino por el desierto despierta en el pueblo los miedos y aviva los apegos. Pronto aparecen los que siempre miran atrás, los afectados de tortícolis espiritual, los que se oponen por sistema a lo nuevo, por muy prometedor que sea, e imponen sus palabras antiguas y su seguridad anclada en lo conocido. “¿No había sepulcros en Egipto que nos has traído a morir en el desierto? ¿Por qué nos has sacado de Egipto?¿No te dijimos claramente en Egipto: Déjanos en paz, queremos servir a los egipcios? Porque es mejor ser esclavos de los egipcios que morir en el desierto.” (Éxodo 14,11-12).

Preferir lo malo conocido a lo bueno por conocer, negarse a la opción cuando incluye un cambio que no se es capaz de soportar, ansiar la libertad pero cobijarse de sus consecuencias. Dios responde pidiendo que se pongan en marcha, porque el camino obliga a mirar al frente y estar atentos al paso dado y al terreno pisado, para ellos abre el mar y levanta signos de esperanza en la inmensidad del desierto. La respuesta del pueblo hebreo es recordar la comodidad que les daba seguridad, el sacrificio a Apis que les devolvía la tranquilidad mágica del culto a Amón, a dioses que exigían pruebas menos duras que el cambio de vida. El monoteísmo era su fe, pero no la recordaban, preferían la certeza de lo palpable, y Moisés les conducía por un desierto que obligaba a dejar atrás una identidad adoptada para sobrevivir. Demasiadas pruebas para un pueblo acostumbrado a adaptarse y no a cambiar.

Funcionamos en la vida sometiéndonos al principio de identidad, necesitamos encontrar quiénes somos y para qué somos, y de ese modo nos posicionamos ante las idas y venidas de lo que creemos ser y de lo que esperamos ser, buscando la no contradicción entre los términos y el equilibrio en los compromisos. Pero en la experiencia de cada día nos las tenemos que ver con el cambio, que amenaza el principio de identidad, es molesto e incómodo. De nuestra respuesta va a depender el modo en que recorremos el camino y la identidad compartida con quienes caminan junto a nosotros en la misma dirección. Los hay que se resisten al cambio, como los hebreos en el desierto anhelaban mausoleos de esclavos antes que tumbas en la arena de hombres libres. Es la opción de no cambiar cuando todo cambia, quedarse anclados en añoranzas e idealizaciones del pasado, preferir mantener lo que siempre ha funcionado, porque su automatismo apacigua la conciencia y evita adentrarse en desiertos desconocidos. Es el mismo miedo que acabó eliminando toda memoria de las reformas políticas y religiosas de Akhenatón, el mismo miedo que hacía mirar atrás permanentemente a los hebreos, atrofiados en la confianza por los ritos, resignados a entregar la propia responsabilidad a una institución que dicte las normas y a un jefe o superior, que las aplique y les libere de pensar por sí mismos, porque esa es la única libertad a la que aspiran los tibios.

Pero también los hay que se asombran ante el cambio, se hacen preguntas, vencen la resistencia con el estímulo de la sabiduría, la sospecha con curiosidad, y de ahí nace su libertad. Estos han abandonado la obsesión del control y de la excesiva institucionalización, se han liberado de la añoranza para construir certezas, y en el mismo desierto en que otros solo ven arena infinita estos contemplan un mundo de posibilidades. Su opción no es el cambio por el cambio, apuestan por seguir adelante, integran en su experiencia vital la riqueza de lo que conocieron pero sin negar la pluralidad del mundo que descubren a cada paso del camino. Son libres, porque lo son de los apegos y de las condiciones. Son libres, porque han aceptado la identidad en un fluir cambiante, sin caer en la dictadura de la autenticidad. Son libres, aunque sus tumbas se confundan con las dunas del desierto y nadie les recuerde. Pero cada nuevo paso que otros den en el futuro habrá sido posible porque ellos, y ellas, salieron de las seducciones de Egipto.

Una bella historia del Talmud cuenta que mientras el pueblo de Israel estaba ante el Mar Rojo esperando impaciente el milagro prometido, este solo se produjo cuando el primer hebreo dio un paso adelante. Joseph Campbell lo expresa también bellamente, “Debemos estar dispuestos a dejar ir la vida que planeamos, para poder tener la vida que nos espera”.

Obstáculos en el camino

Hay un cuento de Jorge Bucay (26 cuentos para pensar) que desde hace tiempo vengo repensando. De forma resumida: un hombre se encamina hacia una ciudad en la que podrá encontrar todo lo que desea, todas sus metas y ambiciones, sus sueños y objetivos; al poco de comenzar, el sendero se hace cuesta arriba, se cansa pero no le importa, porque la meta lo vale; después se encuentra con una gran zanja, que salva con un peligroso y atlético salto; salvada esta zanja aparece otra, más ancha aún, pero su deseo de alcanzar la ciudad le permite saltarla y seguir adelante; poco después le sorprende un abismo, imposible saltarlo; descubre a un lado maderas, clavos y herramientas, y a pesar de que nunca ha sido hábil con las manos y que la sombra de la renuncia pasa por su cabeza, ya puede ver a lo lejos la ciudad, de modo que construye un puente; tarda meses pero lo ha conseguido y lo cruza emocionado; al llegar al otro lado descubre una muralla que rodea la ciudad de sus sueños, se siente abatido, no la puede esquivar, debe escalarla; tampoco ha sido nunca hábil con sus vértigos, aún así trepa por la gran muralla, su objetivo está ya muy cerca; en un descanso para tomar aire ve que un niño le observa, como si le conociera, el hombre, cansado, le pregunta, ¿Por qué tantos obstáculos?, a lo que el niño, encogiéndose de hombros, le responde, ¿Por qué me preguntas a mí?, los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras, los trajiste tú.

Llevamos mucho tiempo caminando al tiempo que salvamos obstáculos, el último año ha sido especialmente difícil y traicionero. A cada meta que nos ponemos aparecen abismos y muros que parecen apartarnos de la compleja tarea de alcanzar nuestros sueños, hay días que los salvamos, que sacamos fuerza de la debilidad, habilidades personales que desconocíamos tener, pero hay otros días en que la sombra de la renuncia nos mira de frente, nos relega a un espacio de fracaso del que, nos intentamos convencer, tal vez no debíamos haber salido.

Los obstáculos tienen una peculiar manera de entrometerse en nuestros sueños y ambiciones. Como al protagonista del cuento, solo tenemos que ponernos en camino hacia las metas deseadas para que aparezcan como de la nada dificultades que se interponen y que cada vez se hacen mayores. Y junto a cada obstáculo un coro de susurros aconsejando sensatez y cordura, invitando a la tibieza del abandono, o a buscar metas acordes a nuestras fuerzas y necesidades. Esa es la fuerza de los obstáculos, y su triunfo nuestro abandono, aprovechar las sendas abiertas por el deseo para regresar al lugar de lo conocido y quedarnos a vivir en él.

Su primera victoria es el miedo, alardean ante nosotros de su soberanía frente a la timidez emocional, y no quieren más respuesta que la proyección, esa búsqueda de culpables fuera de nosotros mismos, inquisitorial juego de rabia contenida en el que acabamos arrasando con amistades, seres queridos y creencias. Nos predispone a señalar zancadillas allí donde un problema rompió nuestros sueños más íntimos, ante cada muleta que nos vimos obligados a tomar, explicaciones simples para justificar que no es la pasión sino el miedo lo que corre por nuestras venas.

La madurez nos enseña a afrontar los obstáculos, sabe más el diablo por viejo… Hay un ingenio que agudiza el hambre para alcanzar metas, y como el buscador del cuento nuestras piernas son capaces de saltar lejos y nuestras manos de construir puentes y escalar murallas, la razón vence a los miedos, el fracaso deja de ser una opción y nos hacemos habitantes de la ciudad deseada. Pero hay una victoria aún mayor que la de vencer obstáculos, reconocer que gran parte de ellos los hemos creado nosotros mismos, no han salido ni de la nada ni de la maquiavélica mente de quien espera ver nuestra retirada. No es tanto la experiencia cuanto la mirada sencilla y limpia de niños la que nos descubre esta verdad ocultada por nuestro disfraz de forzudo de feria.

Esta aceptación comienza a desarrollarse cuando somos capaces de nombrar los obstáculos, tanto los materiales como los mentales, en ese momento ya hemos recorrido la mitad del camino hacia su superación. Al nombrarlos los hacemos nuestros, destapamos su origen, sin proyecciones que tranquilicen nuestra conciencia alargando la sombra de la sospecha, identificamos los espacios vacíos que nos encerraban en el no puedo para encontrarnos con nosotros mismos, sin disfraces ni excusas. No es realmente una victoria, porque el sendero en que avanzamos nos llevará toda la vida, pero la memoria de los obstáculos reconocidos persistirá frente a las derrotas existenciales, y entonces estaremos preparados para trascenderlas. “Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, ancianos, jóvenes, esposas, viudas, hermanos enamorados. Pero siempre encontrándonos a nosotros mismos” (James Joyce, Ulises).