Con nombre de mujer

La primera vez que me encontré de frente con un caso de violencia machista fue en Sevilla, eran mis primeros años como sacerdote, con la cabeza llena de proyectos pastorales e ideales, que se tambalearon la tarde en que Alicia* entró en el despacho de la parroquia con sus dos hijos, de tres y cinco años. A pesar de su alteración y nerviosismo consiguió explicarme que su pareja le había dado una paliza. Apenas se le veía un rasguño en la cara, me enseñó el brazo izquierdo y cuando quiso enseñarme la espalda para que la creyera le dije que era suficiente, evidentemente que la creía, por qué no iba a hacerlo, pero entonces me contó su peculiar peregrinación a cada de sus padres, de una amiga, de su primo… antes de llegar a la parroquia, todos la habían ayudado y comprendido, pero también encontró dudas, miradas interrogantes, silencios cómplices, ¿cómo iba a hacer eso Juan Antonio?, ¿algo más habrá pasado?

Lo primero que hice fue buscar un lugar para que Alicia pasara la noche, la acompañé a la residencia de las trinitarias, allí se podía quedar hasta tres días, no es un lugar preparado para acoger a mujeres que necesitan escapar de la vida, mientras tanto podíamos buscar un lugar más adecuado. A esa búsqueda dediqué los siguientes dos días. Mientras viajaba en el bus a mi primer destino, un centro de ayuda a la mujer, repasaba mentalmente todas las asignaturas de teología que, supuestamente, me habían preparado para esto. No tuve ninguna profesora de teología en toda la carrera, ahora es diferente, hemos abierto las puertas de ese búnker; en mis apuntes sería imposible descubrir una sola línea sobre teología feminista, o alguna una reflexión sobre Dios con voz de mujer; ninguna de las escuelas pastorales que me presentaron afrontaba temas como el que me había dejado sin dormir la noche anterior, y de las clases de derecho canónico solo recordaba que el matrimonio es un vínculo indisoluble en el que los malos tratos no constituyen per se un motivo de nulidad.

Encontramos un lugar para Alicia y sus hijos, un espacio de paz, de noches sin sobresaltos, de encuentros y charlas con café que alientan, porque comparten los mismos posos, hechos de golpes e insultos. Yo podía volver a mis cosas, conciencia tranquila y corazón agrandado. Al día siguiente me llamaron de la casa de acogida, Alicia se había ido con los niños, no pudieron hacer nada para retenerla, quería volver a su casa, con su marido, le echaba de menos, Total, solo tiene momentos malos de vez en cuando, en realidad es muy cariñoso… Intenté verla en los días siguientes, no fue posible, se avergonzaba de lo que había hecho, le preguntaban amigos y familiares cómo fue capaz de irse de su casa, llevarse a sus hijos, hacerle eso a Juan Antonio. Volví a la casa de acogida de la Junta, buscaba un argumento, algo que me ayudara a entender, Es lo que suele pasar, me dijeron, la mayoría de las mujeres maltratadas vuelven a casa, excusan a sus parejas, sobre todo si hay niños de por medio. Casi me convencieron de que al final la responsabilidad es de la mujer, porque se le dan recursos y no los quiere. Han cambiado mucho las cosas, especialmente la mentalidad de quienes deben ser ayuda y apoyo, aunque no siempre el cambio es total.

Cinco semanas después celebré la misa de funeral de Alicia. Conseguí pronunciar palabras solo porque las podía leer, no dejaba de culparme a mí mismo por no haber insistido, por confiarme en las buenas palabras de las trabajadoras sociales que parecían saber tanto del tema, por rendirme y creer que aquella mujer, lo que quedaba de ella, sabía lo que hacía. Un trabajador del tanatorio me dijo que era mejor no decir homilía, el tiempo estaba muy justo y esperaba otro funeral, me sorprendí aliviado, yo, que nunca callo, no encontraba las palabras, pero tampoco quería traicionar la memoria de Alicia con ornamentaciones de cura, muy bonitas pero que no sirven para nada. Unos días después me avisaron de que Juan Antonio estaba en la cárcel, yo podía haber ido a verle, era capellán de la prisión, hablar con él, preguntarle, preguntarme…, no pude. No he vuelto a ser capellán de prisión, aún hay muchas cosas que solucionar dentro de mí, muchos argumentos que encontrar.

Han pasado veinte años, y sigo viendo la cara asustada de Alicia aquella tarde, cada vez que cierro los ojos cuando sé que ha muerto otra mujer por ese terrorismo machista que no conseguimos derrotar. Y traigo esta historia porque hoy, 4 de febrero, celebramos a la beata Isabel Canori Mora. Vivió en Roma en la primera mitad del siglo XIX y fue beatificada por Juan Pablo II en 1996, como ejemplo de amor entregado en medio de no pocas dificultades conyugales, mostró una total fidelidad al compromiso adquirido con el sacramento del matrimonio. Constante en la oración y en la heroica dedicación a su familia, nunca puso excusas, conveniencias o intereses para justificar un abandono de su hogar, para ella solo primaba el código de fidelidad de amor y rendición total, según los criterios de su fe; trató a su marido con paciencia gentil, ofreciendo penitencias y oraciones por su conversión (Juan Pablo II, Homilía en su beatificación, 24 de abril de 1996).

Isabel tenía dos hijas, como Alicia; se casó joven, como Alicia; la humillación por parte de su marido era constante, como Alicia; Isabel volvía siempre a casa porque así se lo aconsejaban sus confesores y amigos, como Alicia; perdonó siempre, hasta el final, como Alicia… Isabel y Alicia, son dos vidas unidas por la misma justificación social y religiosa. Pero nos equivocamos, las palabras de Juan Pablo II hablan de fidelidad, de paciencia, de oración, de conversión, pero no hablan de justicia ni de dignidad. Mantenemos el mismo discurso porque seguimos pensando desde una fe machista y puritana, que cree en la rendición total como la mejor arma contra los violentos, y que el cielo es un premio demasiado bueno como para rechazarlo. Esta no es la fe de las valientes, de la paciencia impuesta y de la oración balsámica. Es la fe cobarde que se esconde bajo palabras vacías y promesas de paraíso, es la fe de leyes escritas y defendidas por varones, es la fe de los verdugos, no la fe de las víctimas.

Isabel Canori se presenta hoy como ejemplo de resignación, de mujer fiel que vuelve bajo la autoridad de su marido, pero ella no es mártir, ni es ejemplo de lucha, o de un basta ya decidido y firme. Alicia murió por culpa de esa resignación, por culpa de la paciencia impuesta y no cuestionada. Esta Iglesia que tanto ha olvidado a las mujeres, sigue olvidando, callando o con palabras rancias, a las mujeres que ha invitado a resistir, con ese hipócrita argumento de que hay que salvar el sagrado vínculo matrimonial, las eleva a los altares por su silencio y paciencia. Mientras, queda pendiente la acogida sincera, la denuncia firme y sin ambigüedades, la renuncia a imponer pecados, el cambio de los cánones trasnochados. Me niego a celebrar la resignación, se lo debo a Alicia, a mi madre, a mis hermanas y sobrinas, a todas las mujeres que también he hecho mi familia.

*Los nombres son inventados, lo que comparto con ellos, por desgracia, no lo es.

La tristeza… y una sonrisa

Hace ya quince años que cada tercer lunes de enero nos llega con la amenaza velada de ser el día más triste del año, Blue Monday le llaman. Como muchas otras cosas esta también tiene una curiosa historia: en 2005, el profesor Cliff Arnal, de la Universidad de Cardiff, creó un cálculo matemático para lanzar una campaña de marketing de la agencia de viajes Sky Travel. Quería saber cuándo había una mayor predisposición de los consumidores para reservar sus vacaciones, y el resultado fue el tercer lunes de enero.

La fórmula matemática era así: 1/8C+(D-d) 3/8xTI MxNA, en la que C= clima; D= deudas adquiridas en Navidad; d= dinero que se cobra en enero; T= tiempo desde final de Navidad; I= período desde el último intento fallido de dejar un mal hábito; M= motivaciones; NA= necesidad de actuar para cambiar la vida.

El mismo profesor Arnal ha advertido en numerosas ocasiones del despropósito que supone sacar conclusiones de aquella broma, pero como nos encanta eso de poner nombre a las cosas y declarar días para casi todo… aquí lo tenemos, año tras año, consumiendo minutos en las noticias, en las conversaciones de bar y en las búsquedas de internet. Hasta el papa Francisco ha tenido que hacer alusión al tema.

La tristeza sigue siendo un tema recurrente, y por desgracia no es solo cuestión de un día al año. Hay quien la habita, y la hace estandarte de su vida, en muchos casos sin saber cómo abandonarla. Desde aquellos tres tristes tigres… que comían trigo, y que aprendimos sin atisbo de pensamiento crítico alguno, la vida nos ha ido metiendo en trigales de tristeza que se convierten en laberintos sin escapatoria. Es entonces cuando la tristeza se alía con la soledad, y ronda cada espacio, nuestros propósitos de cambio, cada fracaso personal.

Parece que ha encontrado en los jóvenes una tierra en la que echar raíces, jóvenes cada vez más solos, a pesar de esos miles de amigos que linkean sus entradas en Instagram. Desengañados de las grandes historias, de las promesas de cambio, algunos apenas son capaces de ver algo más que asco y tedio en lo que esta sociedad tan abierta e informada les ofrece. No creo en eso de la generación perdida, es más bien una generación triste y solitaria, enmascarada en su propia inmediatez.

El mejor antídoto contra la tristeza es una sonrisa, y solo la fe puede devolvernos la alegría, dice el papa Francisco. Sí, es cierto, la sonrisa siempre ha sido sanadora, nos obliga a mirar la realidad con otros ojos, con una perspectiva más abierta, sin cargas de profundidad. Pero, incluso para esbozar una sonrisa, necesitamos encontrar motivos. La intemperie en que vivimos, especialmente la que habitan los jóvenes, debe permitirnos descubrir horizontes de sentido, abrirnos a la trascendencia para que las preguntas existenciales, que son también preguntas de fe, no abracen nuestra soledad sino que provoquen sonrisas de futuro.

Vivir en la tristeza adormece los sentidos, acomoda la existencia a sueños de los que no podemos escapar. No es la opción fácil, como piensan muchos, es la no opción, el reflejo imperfecto de una vida que ha perdido su sentido trascendente, maravillada por un constante de inmanencia que tan solo aporta explicaciones rápidas, inmediatas, seguras. Una sonrisa, la que adopta un gesto espiritual y de sentido, no elimina las grises pinceladas de la vida, pero sí nos regala la visión que necesitamos para contemplarla desde otro ángulo, con el humor y la actitud de quien descubre su trascendencia, con la mirada de quien no sueña, respira, siente.

Moramanga, Madagascar (2007)

#laescuelaquequeremos (y 3)

#laescuelaquequeremos tiene será creativa, divergente, no eternalista o no será nada.

Como una constante del institucionalismo que a veces invade nuestras escuelas se ha establecido la falacia del eternalismo, la búsqueda incansable para que los modelos pedagógicos y pastorales se mantengan en el tiempo, que la escuela del futuro se reconozca en un presente continuo, que los valores y el ideario que nos identifican sean estables e identificables. Hemos heredado esta idea, aunque distorsionada, del concepto religioso de “reino de Dios”, por el que debemos trabajar sin descanso y que esperamos alcanzar, que nos conseguirá la “tranquilidad” de la estabilidad moral, personal y espacial. Reconocemos los signos del eternalismo en esos compañeros que encuentran una programación que funciona y encaja, y la perpetúan hasta el día de su jubilación, pero también lo vemos en los modelos institucionales que aspiran a la estabilidad, creyendo que de ese modo nuestro mensaje será más claro y directo, porque al fin hemos encontrado algo que no cambia, y en esas celebraciones pastorales, que tanto costó introducir pero que se van repitiendo con cada vez menos sentido celebrativo y más porque toca. Cuando regresé después de 30 años a mi colegio de la infancia, encontré los mismos colores y los mismos carteles en las paredes, nada había cambiado; eso me tranquilizaba, todo seguía como lo recordaba y aportaba estabilidad a mi memoria y a mi sentimiento de que hay emociones que traen paz a mi ajetreada vida actual. Pero también sentía que no es esa la finalidad de la escuela, menos aún de la escuela católica, la falacia de la eternidad institucional nos lleva al materialismo de las ideas, nos sitúa en un espacio de comunes, prepara la aparición de palabras anticreativas, siempre se ha hecho así, esto es lo que somos, únete a nuestra visión del mundo…

El futuro de la escuela pasa por huir del eternalismo, ciertamente eso nos sitúa en la inestabilidad de lo efímero, pero es en esa inestabilidad donde debemos construir y deconstruir, evitando el sincretismo pedagógico, el indeterminismo institucional, la especulación pastoral, la improvisación moral… Esta huida del eternalismo nos situará en el mundo de la cultura y la poscultura, en el que curiosamente, a pesar de ser espacios educativos y transformadores, no estamos. No solo hay que situarse, es necesario asumir un papel claro, sin ambigüedades, en la creación cultural. La figura del educador cristiano, más allá de la DECA, del compromiso cristiano que esperamos ver en los currículos, de la colaboración voluntaria o la participación en los actos pastorales e institucionales de la escuela, necesita de compromiso por sentirse comunidad, especialmente cuando el hiperindividualismo va ganando espacios en la sociedad y en la escuela. Del mi al nuestra, desterrando el copyright de las mentes de los miembros del claustro. Pero no solo hacen falta educadores que compartan conocimiento, los necesitamos que compartan talentos, que aporten pensamiento divergente y crítico. Y la institución también tiene aquí algo importante que cambiar, necesita reconocer e integrar esos talentos con normalidad, no con excepcionalidad, promover las virtudes de quienes la integran para evitar los valores eternos y permanentes, solo así estaremos poniendo bases de pensamiento divergente y nos abriremos a las posibilidades del futuro en el tiempo presente.

#laescuelaquequeremos no puede ser otra cosa que trascendente.

El sentido efímero y los rasgos que hemos descrito hasta ahora conducen a la característica más significativa para hablar de un futuro de la escuela, su sentido de la trascendencia. La volubilidad nos plantea el reto de una escuela creativa y humanizada, que reconoce, como logos de trascendencia, las diferencias, los espacios distópicos, las desigualdades, los fracasos. La escuela del futuro no puede ser un invernadero de sentido autoreferencial, al estilo frío y solipsista de tantas películas y series futuristas; la escuela medirá su sentido en cuanto prepare para la intemperie, aporte valor desde la trascendencia que la habita, eduque en la entropía existencial desde el sentido último de lo vivido. Lo nuestro no es poner andamios que preserven los conocimientos y los valores transmitidos, sino asegurar los cimientos para vivirlos a la intemperie de la vida. Y nuestro cimiento no es otro que el Evangelio.

Y todo esto no se consigue añadiendo asignaturas o competencias al currículo, sino recreando los espacios, el lenguaje, los símbolos, las relaciones, los objetivos. Una escuela trascendente aprende a leer la realidad desde las preguntas abiertas, no desde las respuestas cerradas. El reto de #laescuelaquequeremos se enmarca en el difícil espacio de una sociedad plenamente inmanente, que solo va más allá del sentido de la realidad a través de experiencias mediáticas y tecnológicas. Hace poco, en una entrevista, el escritor Jordi Sierra i Fabra decía, “Leer me salvó la vida, escribir le dio sentido”. Nos hemos instalado en la inmediatez, de tal modo que la pastoral y la evangelización que promovemos se han rodeado de un halo soteriológico que solo contempla el futuro desde la preocupación por “salvar la vida”, pero que le cuesta encontrar símbolos y palabras para “darle sentido”. Es evidente que en eso de salvar tenemos experiencia, somos expertos y aportamos a la sociedad un valor fundamental, preocupándonos por la integración, ayudando a los más débiles, tanto dentro como fuera de la escuela, y apostando por la atención a la diversidad. Todo ello lo enmarcamos en la voluntad de ser escuela evangelizadora, que desde nuestros carismas institucionales embellece el mundo y salva a las personas. Pero la referencia futura de todo lo bueno que hacemos necesita que, tras la salvación del presente también le aportemos sentido trascendente ¿En qué medida la pastoral y la evangelización están dificultando la trascendencia? Esta cuestión es muy delicada, y debemos estar preparados para afrontarla con seriedad y sentido.

En definitiva, #laescuelaquequeremos no puede construirse con sueños, necesitamos incorporar a nuestro discurso y a nuestras propuestas realidades factibles, historias que vivir, espacios de liberación interior y exterior, porque solo así nuestras escuelas serán realmente evangelizadoras, creativas, implicadas en el cambio, solo así, desde la permeabilidad y la humildad, podremos construir sentido que ayude a otros a habitar la intemperie de la vida. Cuando nuestro compromiso es con las personas y con su futuro, no queda espacio para soñar sino para sembrar realidades.