El valor de lo ordinario

Es fácil maravillarse por los hechos extraordinarios, más aún por las personas que los realizan, incluso por las consecuencias que tienen en el mundo y en la vida de otras personas. Nos asombran hasta el punto de concederles medallas y convertirlas en héroes, o canonizarlas y convertirlas en santas. En cualquier caso lo extraordinario tiene un curioso poder sobre nuestras vidas, nos saca del derrotismo, nos empuja hacia el terreno de las posibilidades, nos ilusiona y nos devuelve la fe en la humanidad.

Tenemos la suerte de vivir rodeados de personas que convierten lo extraordinario en ordinario. No todos acaban siendo carnaza de los medios de comunicación y las redes sociales, la mayoría son héroes sin capa y santos sin san, caminan por las mismas aguas turbulentas que el resto pero son capaces de no hundirse en ellas. Llevamos unos meses en los que muchas de estas buenas personas han demostrado el valor de sus fantásticos poderes y milagros, llevando la compra a los que no podían salir de casa durante el confinamiento, haciendo videollamadas a quienes estaban en residencias de mayores olvidadas, poniendo sus 4×4 a disposición de quienes la gran nevada dejó incomunicados,…

Sería injusto quedarnos solo con estos pocos ejemplos. Quienes hacen ordinario lo extraordinario no se alimentan solo de las catástrofes ajenas, su vida está llena momentos brillantes, altruistas, bondadosos, y sin embargo a la mayor parte ni siquiera podemos reconocerlos a simple vista. Hay muchos que se sorprenden por su juventud, suelen ser aquellos que ya hace tiempo juzgaron a los nacidos en este milenio como más dados a las excentricidades que a las heroicidades, y cuando conocen algún caso no tardan en etiquetarlo de excepcionalidad.

Necesitamos a estos héroes y a estos santos extraordinarios, y necesitamos aún más reconocer esa capacidad en cada uno de nosotros mismos, porque todos nacemos con ella, incluso nos educan a ella a lo largo de nuestra vida. No nos han faltado ejemplos, algunos mil veces repetidos, que después, casi inconscientemente, nos llevaron a un acto genial, extraordinario, casi milagroso: Álvaro Iglesias, Madre Teresa, Greta Thunberg, Gianna Beretta, Martin Luther King,… El mundo es mejor gracias a sus actos extraordinarios, y a los nuestros.

Y, sin embargo, lo que realmente necesitamos, lo que favorece que el mundo gire de un modo simbólico y trascendente, lo que abre las puertas a los nuevos paradigmas de solidaridad, es la capacidad de hacer extraordinario lo ordinario. Nos empeñamos mucho más por los grandes gestos y las gestas fuera de lo común, pero estamos llamados a vivir con intensidad los pequeños gestos y las gestas de cada día. Esos son los que verdaderamente nos salvan, porque nos remiten a la fortaleza vital que nos constituye, no solo a emotivas actuaciones extraordinarias.

Esos momentos ordinarios son difíciles de ver, a pesar de encontrarlos continuamente, nos ciega el valor social que habilita héroes y santos. Lo ordinario no siempre tiene la repercusión que merece, por lo general se constituye de actos efímeros, incluso nosotros mismos les restamos relevancia, pero eso también los hace especiales y transformadores. Cada gesto vivido en la sencillez de lo rutinario, en la esencia de lo que llega sin esperarlo, en la grandeza de la espontaneidad, es un gesto de salvación. Es el valor de lo ordinario, de hacer de la belleza y de los encuentros virtud y no excusa, de fundirse con la vida tal cual nos rodea, el valor de ser. Simplemente.

Preparar una vida nueva

En mi primer viaje a Corea del Sur tuve ocasión de acompañar a mis hermanos religiosos en su apostolado en las cárceles de Changwon y Jinju, que repetí en mis posteriores visitas a Corea. He conocido cárceles en muchos países, de todo tipo, desde las cárceles de cinco rejas europeas a los indignantes pozos de horror y miseria de Madagascar y Bolivia, y los violentos penales de Chile y Brasil. Las cárceles de Corea del Sur son lugares de extrema disciplina, pero hoy no voy a hablar de mis experiencias en este complejo universo carcelario, tal vez en otra ocasión, sino del curioso nombre que me encontré en la entrada de la cárcel de Jinju.

La traducción del letrero es: Casa de la esperanza y el amor para preparar una vida nueva. Insisto en que no voy a entrar a comentar o valorar el sistema penitenciario coreano, sino el impacto que me produjo este nombre dado a una cárcel, y que me ha venido acompañando desde hace varios años.

Nuestro anhelo de tener una vida nueva va unido generalmente a la idea de cambio y de progreso. Cambiamos para demostrar a otros, y también a nosotros mismos, que somos merecedores de esa vida nueva, que hemos dejado atrás ideas, acciones, modos de ser, para avanzar y abrazarnos a un nuevo yo que se presenta ante el mundo como posibilidad y superación. Por eso mismo, cuando pensamos en los cambios solemos quedarnos con los aspectos externos, esa apariencia que tranquiliza porque nos ayuda a descubrir que se han incorporado sugerencias e imposiciones, a veces propias y otras parte de la cultura en la que necesitamos encajar o subsistir. Los cambios son entonces superficiales, duran poco en el tiempo y por tanto nos incluyen en un continuo devenir de transformaciones, siempre anclados en el deseo de un vida nueva pero incapaces de alcanzarla plenamente.

Cambiamos, y con ello conseguimos adaptarnos al entorno que lo requiere, y por el que muchas veces somos juzgados. Modelamos el presente con la vista puesta en un futuro que pretendemos conquistar, pero cuando llegamos a él nos damos cuenta de que necesitamos nuevamente cambiar, porque nuestros cimientos eran solo los de la apariencia amable, la adaptación camaleónica, la integración mediática. El panta rei por el que Heráclito definió el devenir universal, nos convence del continuo fluir que es nuestra vida, nuestras decisiones y parcelas de sentido. El conflicto entre lo que somos y no somos gobierna nuestra existencia en permanente cambio, así lo expresó Hegel y así lo recibió el materialismo dialéctico de Marx: solo el conflicto de clases avanza el devenir de la historia hacia un cambio que la libere de la tentación del eterno retorno, la introduce en el desarrollo y la transformación de la sociedad y de la naturaleza, la aparición de lo nuevo y el triunfo sobre lo caduco.

El problema es que el materialismo dialéctico sigue anclado en el cambio de las estructuras, su aplicación práctica ha generado un nuevo devenir y ha sembrado de miseria y conflictos la misma vida que pretendía salvar definitivamente. Vuelvo a citar a Bloch, porque con su principio esperanza introduce una variante en el corazón del marxismo que redefine el cambio y revierte su modo de actuar: la esperanza, como forma utópica de transformación, adquiere su fortaleza en la llamada que desde el futuro soñado hace a nuestro presente herido de infecundidad. La realidad deja de proyectarse en cambios superficiales y formales, materiales, para trascender a los sustanciales. La esperanza es entonces un arma metafísica capaz de destruir los principios y los dogmas más estables, y puesta en manos de los sencillos, de quienes lo han perdido todo, es motor que prepara para una vida nueva.

La esperanza necesita como complemento de realismo al amor. Podríamos decir que conocemos aún más la fuerza transformadora del amor que la de la esperanza. El amor nos permite acceder a las virtudes, ahí pone Platón su valor, lo que lleva a San Agustín a afirmar con contundencia, “ama y haz lo que quieras”. Su fortaleza radica en su esencia simple y cautivadora, porque el amor nos abre a la belleza, y esa apertura trascendente nos redime de las pérdidas del odio, no nos salva desde un futuro utópico sino desde el presente que habitamos. Scheler dice que quien “ama busca lo valioso en todos los órdenes: no sólo se complace en el valor sensible, sino que busca la belleza de la naturaleza, el resplandor de la verdad, el valor de la amistad”. Junto a la esperanza, el amor ha comenzado de este modo todas las revoluciones, especialmente las personales, que son siempre origen de las sociales, porque la vida nueva no se alcanza solo por el progreso material, sino por la adquisición de cualidades extremas de esperanza y de amor.

El hecho de que amemos y esperemos da a nuestra casa un cimiento para todos los cambios externos que acompañan nuestra vida. No ese amor y esa esperanza complacientes y azucarados que son más engaño que fortaleza, porque nos devuelven a la tranquilidad del no lo intentes, para nadar en una vida de aguas mansas y espíritus dóciles. Amor y esperanza nos introducen en espacios de sentido y de cambio, nos hacen virtuosos, nos preparan para una vida nueva.

Buscadores de necedad

Releyendo la parábola de las doncellas necias y sensatas me ha asaltado la convicción de lo próxima que está a los momentos que vivimos. El texto evangélico nos habla de prudencia y de previsión, pero también de necedad y de pasividad. Cuando la cultura del esfuerzo, en todos los ámbitos, pero especialmente en el educativo, parece diluirse en un canto a la pereza y a la gratuidad de los beneficios, abrimos la puerta a esa necedad que se nos impone como cura para las frustraciones y los fracasos, a pesar de que bien sabemos que solo los retrasa, sometiéndonos a un espejismo de bondad, que se confunde con equidad e igualdad de oportunidades, pero que únicamente demora lo inevitable.

La cultura del antiesfuerzo, que tantos adeptos gana, incorpora un tipo de necedad que podemos llamar insensatez vital. Es aquella que nos transmite un sentimiento de felicidad a partir de pequeñas conquistas diarias, la necedad de quien cree encontrarse con el sentido de su vida sin apenas rozar sus bordes más visibles y evidentes; de quien nunca llega a tiempo a los acontecimientos que nos definen como persona, siempre demasiado pronto o demasiado tarde; de quien se hace silencio cuando debería ser voz clara y fuerte, o grita inoportunamente cuando la única elocuencia que cabe es el silencio; de quien impone leyes cómplices de ideologías y derechos que nadie cuestiona, en la misma escala que anarquiza la convivencia; la necedad de quien reza mirando al cielo cuando debería hacerlo mirando a los ojos de las personas; del que solo encuentra argumentos apelando a la fe y al dogma pero siempre dejara atrás la misericordia; la insensatez del que se desvive por las causas importantes con grandes palabras y mayores gestos, cuando lo que más necesita es el silencio interior, la oración y la confianza…

El listado de insensateces vitales puede ser largo, más que nada porque hay a quien le cuesta toda una vida incorporarse a sus derrotas particulares e integrarlas en su biografía personal. Descubrirse vulnerable forma parte del recorrido existencial que nos permite madurar, y por eso mismo es mucho más costoso que abandonarse a la vulnerabilidad y perderse en los lamentos eternos por lo que nunca llegamos a ser. Nos anunciamos como buscadores la libertad, y solemos quedarnos en meros buscadores de necedad.

Unirnos a la necedad nos abstrae de otras búsquedas, como a las doncellas de la parábola, nos invita a vivir la seguridad de que otros velarán por cada uno de nosotros, de que cuando nos falte el valor, las ideas o la luz, otros nos lo prestarán y podremos salir airosos de todas las caídas y levantarnos resucitados de todas las tumbas en que la vida nos entierre. Pero estaremos construyendo desde la ausencia de principios, cegados por un buenismo infecundo, en un modo de comunidad individualista que cree que la mera suma de sus componentes implica fortaleza y sensatez, una falsa seguridad revestida de libertad a la que nos aferramos con la excusa de que la vida es compleja y tenemos no pocos problemas que afrontar.

Buscar la prudencia en lugar de la necedad puede resultar agotador. Por lo general nos embarca en largas travesías por terrenos desconocidos, nos abre a campos de sentido que nuestra capacidad de tolerancia no siempre está preparada para aceptar, nos incorpora a otras búsquedas, y a otros buscadores, que nos obligará a dejar nuestros principios irrenunciables para construir tiempos y espacios comunes. Es, por tanto, una búsqueda en la que hay que creer, que se impone a otras con apariencias más amables o con más perspectivas de utilidad. Es una búsqueda de sabiduría, que nos capacita para la vida y nos abre a las preguntas trascendentales sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea. Una búsqueda holística de sentido, que asume el azar de la existencia pero madruga y trabaja para comprenderla e integrarla.

Una de las grandes cargas de necedad la incorporamos por la prioridad de la metainmanencia: de la tecnología, de la comunicación rápida y fácil, de los paradigmas asumidos sin contraste, de los dogmas ausentes de pensamiento crítico. Ya no es una búsqueda de sabiduría sino de certezas envueltas en inmediatismo, que nos aportan un conocimiento de la realidad mediatizado por saberes relativos, que nos abona a la necedad como baremo y medida con los que conformarnos, autoengaño que nos instala en la mediocridad educativa, política, social, ética y religiosa. Y así nos va.

La sabiduría es radiante e inmarcesible,
la ven fácilmente los que la aman
y la encuentran los que la buscan;
ella misma se da a conocer a los que la desean.
Quien madruga por ella no se cansa:
la encuentra sentada a la puerta.
Meditar en ella es prudencia consumada,
el que vela por ella pronto se verá libre de preocupaciones;
ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen;
los aborda benigna por los caminos
y les sale al paso en cada pensamiento.”

Libro de la Sabiduría 6,12-16