Lo que se pierde

Solemos darnos cuenta del valor de lo amado cuando lo perdemos. Sentir se convierte entonces en laberinto descomunal que nos extravía de lo vivido, devolviéndonos a lugares comunes, sabidos, en los que la seguridad y la comodidad compiten por hacerse con el control de nuestros sentimientos, engañando, si es posible, a ese común sentido del realismo. Lo que se pierde viene a ser una prueba de verdad, de compromiso; nos obliga a profundizar en el sentido último de las cosas; nos sitúa ante las razones olvidadas y frente a las excusas eternamente invocadas.

A veces, más que perder, nos perdemos. Y pretendemos que así se nos ame más, y que el gran borrador que es el tiempo, borre y olvide errores que no debieron ser. Nos perdemos, jugamos a no dejar huella para vender como frescas las flores marchitas de la pereza. Nos perdemos, echamos cerrojos sobre los viejos espacios descuidados de nuestras vidas. Nos perdemos, conjuramos recuerdos para que lo que fue mentira se entienda como verdad.

En cada pérdida, sea de otros o nuestra propia, nos sorprende el enigma de la vida, ¿por qué es necesario perder para aprender?, así nos lo enseñaron desde niños, y sigue siendo difícil entenderlo; ¿dónde está el fondo de lo perdido?, hay quien empezó a caer en barrena hace años, sin encontrar en sus pérdidas lo amado; ¿qué tipo de amor es ese que espera a la pérdida para mostrarse más auténtico?, me cuesta llamarlo amor si tiene que nacer de la carencia.

En los últimos días he perdido a dos amigos, Begoña y David. No tenía una relación asidua con ninguno de ellos, en realidad cada uno vino a mi vida en momentos y circunstancias muy diferentes. Llegó y pasó. De algún modo mantuvimos esa relación de los descuidos, la que nos obliga a ser educados y conservar amigos, compartir en fechas especiales breves mensajes y recordar con cariño los momentos que nos unieron. Los dos han influido mucho en mí, cada cual a su manera, y solo ahora que los siento en la pérdida, soy consciente de ello.

A Begoña la conocí en 2013, nos habían pedido a ambos que participáramos en el Congreso de Escuelas Católicas de Valladolid, era cosa de poco, plantear algunas preguntas a Juan Carrión tras su ponencia, unos meses antes nos mandaron datos cruzados, nos leímos mutuamente, nos interesamos…, y en solo tres días, sin más ambición que descubrirnos, sellamos una amistad sencilla, alimentada por nuestra pasión educativa por el cambio, por la libertad, por el liderazgo. A David lo conocí hace más tiempo, compartimos años de adolescencia y juventud descubriendo montañas, y enamorándonos de cosas imposibles, sin miedo a ser críticos y cuestionar los dogmas, porque la pasión por subir siempre a lo más alto modeló un compromiso por decir las cosas claras que después cada uno hemos expresado a nuestro modo.

Begoña profesora de FP, David periodista y escritor, y yo, sin saber cómo, perdido ante la grandeza de ambos. Llevo unos días calmando carencias, rescatando lo que fueron para mí, a pesar de lo efímero de nuestros encuentros, y me doy cuenta de que estas pérdidas, tan armónicamente unidas en el tiempo, han dado valor a lo amado. He perdido a Begoña y a David, y en la pérdida voy encontrando, valoro asombrado, lo que ellos amaron en mí. Pareciera que solo rozaron mi vida, un roce fortuito como tantos otros, pero me cambiaron, ¿por qué hay que perder para entender?, Begoña acompasó mi pasión y con su conversación calmada, como no queriendo decir nada, me ha enseñado a vivir el tiempo como regalo; David me enseñó a amarme como soy, a desacomplejarme, a subir siempre más alto, sin miedo. Lo que se pierde nos descubre, se nos hace regalo de vida, aunque cueste. Gracias Begoña. Gracias David.

Lo que debemos al amor


Todo lo que debo a mi amor, lo pago en buena moneda a los hombres de suerte que, sin temor de que me alcancen en algo, les puedo decir: ¿qué debía hacer por ti que no haya hecho? Si te consideras piedra preciosa perdida, estoy aparejado a trastrocar mil mundos por hallarte; si oveja atrasada, pastor cuidadoso que te busque y sobre sus  hombros traiga. Yo me acomodo y tomo el oficio de que tienes más necesidad: si estás enfermo, soy médico; si tienes hambre, soy pan y labrador que tiene las trojes llenas; si flaco, soy padre; si pobre, hermano; si culpado, perdón. Yo soy todas las cosas para todos.”

 (San Juan Bta. de la Concepción, Diálogos entre Dios y un alma afligida, cap.2)

A veces luchar contra gigantes se acaba convirtiendo en obsesión. Hoy es uno de esos días en que asistimos a un debate sin final entre quienes detestan esa imposición comercial y “americana” del amor y quienes se dejan llevar, o simplemente no les importa, y aprovechan la ocasión para mostrar a la persona amada lo que sus silencios tantas veces han dicho, pero no pronunciado. 

Y como soy hijo del manchego Juan Bautista de la Concepción, del que hoy recordamos 404 años de su muerte, me dejo llevar por su intuición y repaso todo lo que debo al amor, como oportunidad, me da igual quién me lo pida. 

El santo, como no podía ser menos, canta al amor místico, pero como sabemos de su obsesión por colocar a la persona en el centro de su mirada, sus palabras nos llevan directamente al corazón y a la razón de amar: ¿qué hacer por ti que no haya hecho?

Amar es adelantarse a la vida, es ser labrador cuando el amado tiene hambre, y sembrar surcos que no solo quiten el hambre de hoy sino que llenen los vacíos de estómago de pasado mañana. Amar es ser padre y ser hermano, es no tener un sitio decidido en la mesa compartida, es ser perdón cuando la culpa nos transforma. Amar es ser todo para todos. 

¡Qué buen “Valentín” es este Juan Bautista! Claro, algunos dirán, El santo habla de Dios y de su amor. Pero, ¿no consiste el amor en ser “como Dios” para  la persona amada? No guardarse nada, no tener miedo a perder y, por encima de todo, trastocar mil mundos por hallarte.