Aprender de la belleza

Una de las preguntas que más me han hecho en estos meses es si aprenderemos algo de todo esto. Yo mismo lo preguntaba hace unas semanas en el blog. A lo largo de los días, según hemos ido tomando la medida a la situación, ha cambiado le perspectiva que dábamos a nuestra capacidad de aprendizaje, del de esta saldremos mejores hemos pasado a un escéptico no hay quien nos cambie. Llama la atención cómo en las últimas semanas un buen número de filósofos europeos (Carolin Emcke, André Comte-Sponville, José Antonio Marina, Byung-Chul Han,…) han desconfiado sus voces para hacernos ver que nuestra capacidad de integración ante las adversidades no siempre conlleva aprendizaje, por lo general tan solo consigue que acomodemos nuestra vida a la adversidad, creyendo incluso que estamos dando pasos de gigante, cuando en realidad solo regresamos a nuestra personal zona de confort.

Es ahora cuando la mayoría somos más conscientes de este autoengaño. Antropológicamente necesitamos creer que la sociedad mejora ante situaciones complejas, que aprendemos de los errores y evitamos la piedra en la que el destino nos amenazaba con volver a tropezar, que somos como esos colchones de viscoelástica que regresan a su forma al mismo tiempo que aprenden y se adaptan. Es entonces cuando salimos esperanzados a recuperar la calle para descubrir cómo todo nos urge a una vuelta a la normalidad, nueva normalidad le llaman, en lugar de dar un paso para la excepcionalidad. Vuelve a ganar la mediocridad y empezamos a comprender que esta es más asumible que los cambios.

Es conocida la crítica de Séneca al non vitæ, sed scholæ discimur, y su propuesta de que aprendemos de la vida, no de la escuela. Decir esto en voz alta en estos momentos, especialmente entre quienes más han sufrido el cambio radical del proceso de aprendizaje, puede interpretarse como algo más que una imprudencia. Y, sin embargo, estoy con Séneca, precisamente ahora que la escuela ha desbordado sus viejos muros y se ha hecho transparente, hemos descubierto que solo aprendemos cuando unimos vida y conceptos, cuando nos dejamos interpelar por la belleza, ese sentimiento estético que nos devuelve al sentido de lo que realmente somos. Y cuando la escuela vuelva a su redil de pupitres y pizarras, nos encontraremos con la posibilidad de haber aprendido a inyectarle esa vida que le estaba faltando, y esta vez tendremos que asumir todos parte de la responsabilidad.

Y sí, no dudo de que habremos incorporado nuevos aprendizajes. Es posible que no en todos los casos se conviertan en herramientas para nuestra vida, muchos quedarán, formando parte de un recuerdo recurrente. Habremos aprendido mucho más de lo terrible, no solo en nuestra conciencia colectiva, también en la memoria de nuestra acción serán esa soledad y esa angustia las que se queden mucho tiempo a vivir con nosotros. Curiosamente no suele costarnos tanto incorporar a la vida los miedos, todos esos sentimientos de fracaso que durante estos meses hemos acumulado y se han convertido en inesperados libros de texto, hemos aprendido en ellos y de ellos, ciertamente forma parte de nuestro cerebro más animal, así es como nos protegemos y sobrevivimos. Pero nos quedará por delante el mayor de los aprendizajes.

Aprendemos de los errores porque son errores, por su contexto de fracaso y asintonía, pero en torno a ello, en la escuela de los conceptos y en la escuela de la vida, estamos siempre ausentes para aprender de los momentos de felicidad, su volatilidad nos desconcierta y por eso preferimos abrazamos al dolor, que a veces es lo único que nos aporta estabilidad. Así, andaremos más seguros, el miedo enmascarará nuestros sentidos, y volveremos a entregar la libertad para poder creer que seguimos creciendo, y aprendiendo. Pero habremos caído en la trampa de la inmediatez, porque el único aprendizaje que nos devolverá el sentido y aportará evidencias a la existencia, no se envuelve de miedos sino de confianza, ese aprendizaje nos costará toda una vida, porque resulta mucho más difícil y complejo aprender de la belleza.

“Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”.

Silvio Rodríguez, Canción del elegido

Un solo paso

Es una curiosa casualidad que estos primeros domingos de desconfinamiento coincidan con las dos fiestas cristianas que suponen un reseteado de cómo es Dios y cómo lo sentimos. La necesidad de quedarnos en casa, de restringir nuestros movimientos, de guardar las distancias, no nos ayuda a comprender la experiencia de la trascendencia, no nos adentra en el misterio de Dios. Es cierto que nos han abierto espacios interiores, que evidentemente necesitamos, en los que poner en orden los sentimientos con la fe, los deseos con la esperanza. Es bueno profundizar en esta línea, conocer los límites y convivir con nuestras miserias personales; es sano porque nos ayuda a madurar conscientemente, asegura cimientos que puedan convertirse en credenciales de una vida llena de sentido. Pero se convierte también en una trampa, demasiadas veces nuestros pozos existenciales no tienen fondo y acabamos buscando una imagen excesivamente idealizada de Dios, que por lo general suele coincidir con la búsqueda de una imagen perfeccionista de nosotros mismos.

Una vez hemos encontrado lo que nos da sentido, es necesario abandonar la tentación interiorista y ponernos en movimiento, desarrollar lo más ampliamente posible los mapas vitales memorizados para disfrutar la belleza de los paisajes por descubrir. Dice el filósofo chino Lao Tse, Un árbol del grosor del abrazo de un hombre nace de un minúsculo brote, una torre de seis pisos comienza con un montículo de tierra, un viaje de mil leguas comienza en un solo paso. El movimiento se demuestra andando, y es ese paso que nos saca de nuestras seguridades interiores el que hace realmente nuevas todas las cosas. Sin ese movimiento omnidireccional, interior y exterior, nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos se hace pequeña, y nosotros nos hacemos mediocres.

No podemos comprender a Dios si no lo entendemos en su movimiento, y nosotros como parte del mismo. Esta es la peculiaridad cristiana que descubre a Dios como Trinidad, la creación en constante renovación, la vida emergiendo de donde se daba todo por perdido. El permanente empeño de explicarnos la trascendencia en clave de misterio ha construido una fe quietista y sin horizonte, justificada en teologías de sacristía y despacho, absorta en dogmas incuestionables y confortables, porque solo nos exige un movimiento, al interior, que resulta más cómodo y seguro que dar un solo paso hacia lo inexplorado. Pero la vida en la que Dios se recrea, con la que juega a la admiración permanente, nos devuelve la necesidad del reto, del movimiento, para alcanzar a comprenderla y abrazarla.

Me gusta esta imagen de Dios que se mueve. Es un movimiento que integra, fuerza centrípeta que nos devuelve al centro, nos incorpora a su proyecto y misión para esta creación que no acabamos de entender, y por eso la maltratamos, como queriendo encontrar a la fuerza un sentido a todos los enigmas en que nos perdemos. El movimiento interior e integrador de Dios nos envuelve en una unidad no uniformada, que no disuelve nuestros talentos personales en la masa amorfa del pensamiento único, sino que ayuda nuestra debilidad descubriéndonos el valor de nuestra existencia, señalando el punto de apoyo que tantos han buscado para mover el mundo, y moverse ellos mismos. Pero es necesario estar atentos, cuidar de que ese punto de apoyo no se convierta en excusa para imponer ideas, sentimientos o verdades, ni siquiera sobre Dios mismo. De esta tentación ya andamos bien servidos.

Dios es también un movimiento que desplaza, fuerza centrífuga que descoloca nuestros intentos de descansar en las seguridades personales, nos impide caer en ese agujero negro yoista del que no escapa nada. Para sacarnos de esa interioridad paralizante Dios tiene que desplazarse también de los condicionantes de su divinidad, crear de nuevo, hablar nuestro lenguaje inventando palabras que nos sitúan en la incertidumbre existencial. Cambia y transforma, cuida y enriquece, especialmente aquello que en nombre de Dios hemos recluido en los invernaderos de la fe, hemos hecho inamovible, eterno, seguro. Salir y descentrarnos, para liberar a la creación de creer que las cosas son como son, que están dichas todas las palabras y controlados todos los silencios.

Y Dios es movimiento que revoluciona, fuerza electromagnética que cambia el orden de las cosas conocidas, todo lo hace nuevo, afronta el miedo y aletea creando espacios vitales infinitos. Cuando nuestros cambios y movimientos solo consiguen devolvernos al punto de partida, y ya no podemos distinguir los cimientos que nos sustentan de los contrafuertes que nos apuntalan, entonces nos volvemos indiferentes y contrarrevolucionarios. Si nuestro amén es sumisión que no hace temblar las convicciones, ni renueva nuestro lenguaje, que nos acomoda en los símbolos rituales y nos hace aparecer como ingenuos inofensivos, entonces ese amén acaba siendo para otros dioses, más interesados en el movimiento de la bolsa que en el de los corazones, más preocupados por salvaguardar las ideas inamovibles de nuestro estilo de vida que por el contagio que nos traigan otras culturas, otras formas de creer, incluso de amar.

No habrá liberación sin un centro que nos nutra, sin un ideal que nos ponga en movimiento, sin una revolución que nos mantenga en tensión. Y nuestra fe no será nunca completa si no nos pone de frente a Dios que se mueve, a Dios Trinidad. Necesitamos entrar en su movimiento para salvar nuestra identificación con cada pequeña creación que se nos escapa, debemos desalambrar nuestra confianza si queremos ver crecer el árbol, construir el edificio vital, dar el siguiente paso.

El reverso de la historia

Forma parte de la condición humana convencernos de que todo lo que amenaza nuestra estabilidad, lo que nos saca de la normalidad establecida, nos hace más fuertes y mejores. Lo vivimos como esperanza, porque es difícil resignarse a finales infelices, de ahí el eterno retorno a los campos sembrados de sueños, ideales, promesas, mentiras también,… Esa resistencia interior a dejar vencer lo inesperado nace de la misma raíz que desde niños nos ha convencido de que debemos aspirar a la belleza, y alejarnos lo más posible de la fealdad; que tenemos una meta de felicidad y debemos dar gracias por estar sanos, evitando y ocultando el dolor y la muerte; que nos define el equilibrio, y en él la capacidad de acomodarnos e integrarnos, de ser agradables al entorno, de pasar por la vida sin la impaciencia de romper normas, contar verdades o llorar en público.

Cuando nos rodea el desorden optamos por la esperanza, lo que acaba resultando un intento desesperado de imponer un orden tranquiliza-conciencias, de colorear los paisajes en tonos grises que nos negamos a ver en su realidad, y por ese motivo rebuscamos entre los recuerdos, porque admirar las fotos de nuestra vida es siempre mucho más amable que mirar la vida sin filtros. Pero la esperanza nos desborda, explota ante nuestros ojos, porque no es sino la vida misma defendiéndose, como diría Cortazar. Se defiende de las grietas que la debilitan, se protege de las heridas que descubren su debilidad, se atrinchera ante lo que la deja sin palabras. Nos convencemos con ingenuidad de que todo va a ir bien, sabiendo realmente que no siempre todo tiene que ir bien.

En estos días nos ha desbordado esa realidad que solemos mantener bajo raya, es el motivo por el que nos inquieta la acumulación de tantas muertes, no solo por el hecho en sí de la muerte, sino por no haberlas podido silenciar; y nos abruma el tiempo de encerramiento en nuestras casas, porque nos enfrenta a preguntas para cuyas respuestas seguimos sin estar preparados. No es ninguna novedad, siempre ha pasado así, hay circunstancias que nos descolocan, un virus, una pérdida, un silencio inesperado, alguien que se va de nuestras vidas,… Hay una desnudez existencial para la que no nos preparamos, y cuando aparece nuestra mejor reacción es mirar a otro lado, enrojecer de pudor para evitar ataques de pánico interior. Nos instalamos entonces en una doble vida carente de conciencia y de remordimientos, que aplaude en los balcones hazañas ajenas al tiempo que ignora a los héroes con quienes convive; que se cubre de mascarillas y guantes profilácticos mientras aprovecha la distancia para herir sin miedo a contagiarse; que bendice la tecnología de la inmediatez y mantiene esa llamada que espera desde hace demasiado tiempo su oportunidad.

Sé que este no es un tema que guste escuchar, pero es el que necesito expresar, y también creer. Preferimos un mundo en que lo feo, lo triste, la enfermedad o la muerte no tengan lugar, y a cambio vendemos nuestra alma a los engaños que nos permitan vivir en una fantasía de normalidad y belleza. Realmente tan solo sobrevivimos, porque no hacemos sino explorar oportunidades estéticas que nos alejan de toda ética constructiva. El psicoanalista francés Jacques Lacan dijo: “Cuanto más desagradable seas, mejor irán las cosas”. No es una llamada a la falta de amabilidad, al menos no lo interpreto así, sino a la fortaleza que supone asumir la ruptura en la que vivimos para reencontrarnos con el reverso de nuestra historia personal que menos queremos ver, y con el reverso de la historia de aquellos con los que caminamos, amamos, convivimos.

Es en ese reverso donde nos jugamos el ser, donde la fe se tambalea, y donde descubrimos los hilos sueltos que nos configuran. Construirse una vida a base de bellos paisajes y bonitas palabras no la hace más agradable, la mayor parte de las veces acaba siendo un gran engaño en el que vamos aprendiendo que tampoco mejora cómo nos van las cosas. La obsesión por embellecer la realidad ocultando sus espacios de fealdad y dolor está unida a nuestra incapacidad para comprender el arte abstracto y conceptual, la misma que nos impide aceptar que nunca entenderemos nuestra historia sin su reverso.