Calmando el ruido interior

No hace mucho descubrí a una autora que me ha sorprendido favorablemente, la afroamericana Octavia E. Butler. Su novela distópica La parábola del sembrador es una advertencia frente a nuestra obsesión contemporánea por la optimización, el rendimiento y el control absoluto. En un mundo que se desmorona, la protagonista abraza una cruda verdad que desarma nuestra mentalidad calculadora. Así lo expresa nada más comenzar el libro: «Todo lo que tocas, lo cambias. Todo lo que cambias, te cambia a ti. La única verdad duradera es el Cambio. Dios es el Cambio».

Aceptar que la realidad es cambio e incertidumbre nos aterra. Vivimos parapetados en un miedo crónico a perder el tiempo, las posesiones o el prestigio. Por eso nos escandaliza una forma de afrontar la intemperie que no mide el éxito en términos de rentabilidad, sino en el valor puro y cambiante de sembrar. Una lógica que no se detiene a juzgar el valor del suelo donde cae lo que ofrece, sino que se entrega desde una condición desarmada, gratuita y confiada. Así es la lógica de lo divino.

Si juzgáramos la acción de Dios con los criterios de una escuela de negocios, tendríamos que concluir que es un pésimo gestor. Su forma de actuar roza la quiebra. Ningún inversor con un mínimo de sensatez inyectaría capital en una empresa que ya está en ruinas, ni desgastaría sus mejores recursos arrojándolos sobre el asfalto frío, en terrenos baldíos o en mitad de un vertedero de escombros. Desde la perspectiva del beneficio, es un absurdo económico.

Sin embargo, el amor real funciona exactamente así: mediante un derroche irracional. Dios es ese gestor insensato que malgasta su gracia en los lugares más inverosímiles y con las personas más improbables. No espera a que nuestra vida sea una estructura perfecta, pulida y en orden para entregarse a nosotros. Al contrario: se derrama en nuestros días más caóticos, en las zonas más escarpadas de nuestro orgullo y en nuestros momentos de absoluta incoherencia, cuando dejamos que nos rodeen los espinos. No economiza, no calcula si “vale la pena” arriesgarse; se gasta entero, a fondo perdido, sabiendo que tal vez solo una mínima parte de nuestra existencia será capaz de responder a la gratuidad de su gesto.

Frente a este derroche, solemos escuchar un diagnóstico alarmista sobre nuestra época: se dice que sufrimos una profunda aridez espiritual, que estamos secos, vacíos y desprovistos de trascendencia. Pero el análisis es equivocado. Nuestro verdadero problema no es la sequía, sino la saturación, el molesto pero sostenido ruido interior.

La tragedia de nuestro corazón no es la falta de agua, sino el exceso de ruido. Pretendemos vivir con profundidad, e incluso intuimos a veces una corriente de autenticidad bajo la superficie de nuestras decisiones, pero la verdad es que ya nos hemos quedado sin espacio vital. Sufrimos la dictadura de la hiperconectividad, el estrés crónico, el activismo ciego y la obsesión enfermiza por el estatus. Nuestras mentes están abarrotadas de notificaciones y nuestras agendas saturadas de compromisos consecutivos, devorándose uno tras otro, sin dejarnos un solo minuto para evaluar la vida que se nos va escapando en ellos.

Ese ruido interior también mina nuestra capacidad de amar. No lo hace a golpes, ni con violencia; lo hace por asfixia, quitándonos el oxígeno que necesitamos para respirar. Nos estamos perdiendo lo que de verdad importa —la paz interior, la compasión real, el encuentro auténtico y sin máscaras con el otro— porque hemos llenado nuestro corazón de tantas emociones pasajeras —tanta gracia barata, que diría Bonhoeffer— que dentro de nosotros ya no queda espacio para algo limpio y relevante puede moverse.

Es terriblemente fácil detectar este mapa del caos en los demás. Tiene que ver con el gusto por etiquetar las carencias ajenas. Pero la realidad es que ese relieve accidentado forma parte, antes que nada, de nuestro propio paisaje interior. Todos tenemos zonas del corazón que se han vuelto rígidas e impermeables debido a los golpes, los desengaños y las traiciones que dan forma a nuestra historia personal. Albergamos parcelas de pura fachada, rincones donde nos entusiasma una gran idea, pero nos falta el valor de la constancia cuando el viento sopla de frente. Pero también custodiamos espacios asombrosamente fértiles, capaces de generar gestos maravillosos de perdón, creatividad y redención.

Reconocer este suelo agrietado que somos nos humaniza. Nos baja del pedestal del juez y nos sumerge en el barro de la compasión hacia nuestros propios límites y los del prójimo. Vivir a la intemperie implica la valentía de hacer limpieza y calmar el ruido interior, comenzando por mirar de frente cada trasto inservible amontonado en nuestro corazón, aceptándolo y, a veces, dándole una segunda oportunidad.

Nuestra mayor riqueza no está en ser perfectos, sino en estar disponibles. En eso mismo consisten la fe, la esperanza y la caridad: confiar en la siembra silenciosa en cada uno de nuestros desiertos, desbrozar la maleza para que el único ruido que nos habite sea, por fin, el de las palabras que dan vida.

La mística del vaso de agua

La santidad es asombrosamente doméstica. Nos hemos vendido al mito de que nos salvan los grandes gestos, las hazañas llamadas a perdurar en los anales de la vida o esos macroproyectos que pretenden sobrevivir a los cataclismos cotidianos. Pero cuando miramos de cerca, cuando limpiamos la mirada de ambición, descubrimos que la vida se salva en lo pequeño, mediante acontecimientos simples y sencillos.

Lo mismo ocurre en la dirección contraria. Bastan unos pocos segundos para que todo lo levantado se desplome; para que esa seguridad que vestíamos como armadura protectora se convierta en una pila de incertidumbre y silencio. Desgraciadamente, nos sobran experiencias que nos dejan, de la noche a la mañana, a la intemperie de nuestras dudas, despojados de respuestas y sin red de seguridad.

Lo acabamos de constatar con los devastadores terremotos de Venezuela. Ante una catástrofe así, el paisaje se vuelve descarnado: se entremezclan el llanto de quienes lo han perdido todo con la emoción de la esperanza que se abre paso entre los cascotes. El desastre divide al ser humano en dos categorías: los que rapiñan el dolor ajeno y los que ennoblecen la tragedia con pequeños gestos de entrega.

En el capítulo diez del Evangelio de Mateo, al final del llamado discurso misionero, Jesús nos da las claves para entender lo que nos espera en nuestra salida al mundo. Dejar el arropo del hogar significa exponerse a un escenario incierto de soledades. Es ahí, en la vulnerabilidad de la intemperie, donde el deseo se cruza con la necesidad, donde buscamos rostros reconocibles y nos aferramos a cualquier saliente que la vida nos ofrezca. Sabemos que se nos pide habitar la incertidumbre y trazar caminos en el desierto; sin embargo, aterrados por nuestros propios límites, nos empeñamos en levantar certezas artificiales para abrigarnos del frío real.

La imagen de un edificio de varias plantas desmoronándose nos estremece porque es el símbolo perfecto de la caída de nuestros propios refugios ideológicos. Los hogares que nos atrapan emocionalmente suelen tener nombres escritos con mayúsculas solemnes: Familia, Amistad, Amor, Solidaridad, Libertad. Esos grandes ideales terminan siendo los mayores cómplices de nuestra comodidad. Nos duelen las heridas del mundo en abstracto, nos escandaliza la injusticia social a través de pantallas y proyectamos heroicidades teóricas para reclamar la conciencia; pero nuestra compasión real no dura más que el tiempo que tardamos en encontrar otra grieta que tapar en la sólida pared de nuestra rutina.

Convertir las grandes palabras en ídolos de nuestra supervivencia solo nos arrastra al lodo del conformismo. Podrán sacarnos de algunos pozos psicológicos o darnos un calor efímero, pero sin la referencia concreta a la cotidianidad de los detalles, los grandes discursos no son más que miseria envuelta en ropajes de justificación. Obsesionados con la cultura del seguro total, buscamos retenerlo todo —incluso el sentido de la fe— para no arriesgar la vida por nada ni por nadie.

Solo cuando aceptamos el desgaste de lo que parece insignificante, cuando abandonamos los discursos y asumimos las heridas inevitables que produce el hecho de amar en serio, dejamos de actuar como guardianes de nuestra comodidad para empezar a comprender al prójimo que se desmorona.

Nuestra excusa habitual es la falta de poder, de sabiduría o de fuerzas para cambiar las estructuras del mundo. Nos justificamos diciendo que no somos lo suficientemente santos como para sanar las llagas de la sociedad en que vivimos, que la confianza del pequeño frente al gigante está bien para la historia de David y Goliat, pero no para nosotros, asediados por problemas que nos superan en todo.

Frente a esa parálisis, la revolución de lo cotidiano exige auténticos actos de resistencia. No se nos piden imposibles. Jesús lo expresa con una simplicidad que nos desarma: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños… no perderá su recompensa» (Mt 10,42).

El desafío de la intemperie no consiste en diseñar grandes planes de reconstrucción global o personal, sino tener el coraje de abajarse y ofrecer un vaso de agua fresca. No hay mayor acto de amor.

La espiritualidad de la sonrisa

Es imposible olvidar al venerable Jorge de Burgos, retratado con maestría por Umberto Eco en El nombre de la rosa. Desde su fanatismo, el viejo monje custodiaba la biblioteca de su monasterio frente al que consideraba el peor de los vicios: la risa, a la que definía puerta abierta al pecado. Frente a él, el fraile Guillermo de Baskerville aportaba un soplo de realismo evangélico, mientras buscaba desesperadamente el tomo perdido de la Poética de Aristóteles, queriendo demostrar que la risa y el buen humor son tan necesarios para la salud del alma como la liturgia o las buenas obras.

Jorge argumentaba con severidad que Cristo nunca había reído, aunque los Evangelios sí lo muestran llorando en varias ocasiones. Guillermo, con fina agudeza, le contraargumentaba que uno de los relatos fundacionales de nuestra fe, la promesa de descendencia a Abraham, se sostiene precisamente sobre la risa de Sara y el cumplimiento de ese milagro en Isaac, cuyo nombre significa literalmente «La risa de Dios». La misma Sara lo expresó gritando: «Dios me ha hecho reír; todo el que lo oiga, reirá conmigo» (Gn 21,6).

Ese hilo de santa alegría cruza toda la Escritura. El rey David danzó lleno de risas y saltos delante del Arca de la Alianza, ante el desconcierto de los espectadores solemnes que reprocharon un gesto que ni entendían ni querían entender. El sabio Qohélet nos recordaría en el Eclesiastés que la vida no es un bloque monolítico, sino un tejido dinámico: hay «tiempo de llorar y tiempo de reír».

Es imposible no percibir ese mismo tono de buen humor en las parábolas de Jesús, plagadas de hipérboles visuales que, con toda seguridad, arrancaron carcajadas a sus oyentes —al mismo tiempo que ampollas a los hipócritas—. Más allá de la alegría desbordante de quienes encuentran dracmas perdidas, descubren tesoros escondidos o son perdonados gratuitamente, resulta fácil imaginar la risa contagiosa de la multitud al escuchar a Jesús hablar de «filtrar un mosquito y tragarse un camello», o de aquel neurótico que intenta sacar una mota del ojo ajeno mientras lleva una viga clavada en el suyo. Es la ironía sagrada frente a la rigidez, es la fiesta de los ángeles en el cielo. En palabras de C.S. Lewis: «La alegría es el asunto más serio del cielo».

A lo largo de la historia, el buen humor ha sido termómetro de profundidad espiritual. Lejos de ser una burla o una falta de respeto, el humor revela el núcleo de la gracia: la certeza de que ya hemos sido redimidos y que, por tanto, no nos pertenecemos del todo a nosotros mismos.

Ahí está san Lorenzo, pidiendo a sus verdugos que dieran la vuelta a la parrilla para que pudiera “hacerse” por ambos lados. O la entrañable y divertida amistad en la Roma del siglo XVI entre san Felipe Neri y san Ignacio de Loyola, una mezcla explosiva entre la espontaneidad desbordante de Felipe y la disciplina sobria de Ignacio. Cuando ambos fueron canonizados en 1622, junto a Francisco Javier, Isidro Labrador y Teresa de Jesús, el pueblo romano, que recordaba la ternura del “santo de la alegría”, acuñó un dicho que pasó a la posteridad: «El papa ha canonizado a cuatro españoles… y a un santo».

Santa Teresa de Jesús también poseía una inclinación natural a la ironía, que entrelazaba sin complejos con su mística. De ella nos quedan quejas tan humanas y desafiantes como su célebre: «Señor, si así tratas a tus amigos, ¡con razón tienes tan pocos!», o los sabios consejos que daba a sus monjas: «Líbreme Dios de santos encapotados (tristes)» y «Un santo triste es un triste santo».

El “papa bueno”, san Juan XXIII, desarmaba la pompa vaticana con su naturalidad campesina. Cuando un periodista le preguntó cuánta gente trabajaba en el Vaticano, el papa sonrió y respondió: «Oh, no más de la mitad». En otra ocasión, al visitar el hospital romano del Espíritu Santo, la priora, nerviosa y emocionada, lo saludó diciendo: «Santidad, soy la superiora del Espíritu Santo», a lo que el papa replicó con una sonrisa: «¡Qué suerte tiene, hermana! Yo solo he podido llegar a ser vicario de Cristo».

Esa misma luz guiaba al jesuita chileno san Alberto Hurtado en medio del barro de la miseria. A quienes le criticaban por mantener siempre la sonrisa frente al dolor ajeno y el sufrimiento, les respondía: «Una sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz». Es la misma intuición de Don Bosco, que educaba con trucos de magia y una eterna sonrisa en los labios. No en vano levantó su sociedad sobre el cimiento del santo de la paciencia, san Francisco de Sales, que repetía aquello de que «se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre».

Esta metáfora del vinagre ha sido rescatada con insistencia por el papa Francisco, otro campeón del buen humor. En su exhortación Gaudete et exsultate, colocó el sentido del humor como una nota esencial de la santidad contemporánea, recordando que el creyente, «sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y rico de esperanza». Por eso, su advertencia es rotunda: «Cuando un cristiano pierde el sentido del humor, se avinagra». Como si el viejo Jorge de Burgos hubiera despertado del sueño eterno, muchos recibieron con el gesto torcido sus palabras en la Misa Crismal de 2015: «No podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos».

La santidad auténtica no arruga el rostro ni endurece las entrañas. Quien se sabe sostenido por el amor incondicional de Dios gana una libertad interior que le permite reírse, antes de nada, de sí mismo. El buen humor no es un adorno del carácter, sino una de las formas más altas de solidaridad, una manera de aligerar la carga del hermano. Es lo que el psiquiatra Viktor Frankl expresaba al parafrasear a Kierkegaard: «La puerta de la felicidad se abre hacia afuera», precisamente hacia donde nos espera el otro.

Es verdad que mantener el buen humor en la intemperie del mundo es una tarea compleja. Los dramaturgos saben bien que es infinitamente más sencillo hacer llorar que hacer reír. El dolor encuentra autopistas directas hacia el corazón, pero la alegría requiere caminos de autenticidad, madurez y limpieza de espíritu. Y además, no toda risa es sana. Existe una rica cínica, hecha de burla, chisme y superioridad, de la que también nos previene Qohélet al comparar la risa de los necios con el «crepitar de zarzas bajo la olla»: mucho ruido, mucho humo, pero ningún alimento.

La buena ironía y la sonrisa limpia, en cambio, nos devuelven la proporción de las cosas, nos recuerdan nuestra fragilidad y nos desinstalan de nuestros pedestales de barro. Yo, al menos, acabo de releer estas líneas con una sonrisa en los labios. Ojalá sea contagiosa.