Pascua escondida

Comenzamos esta Pascua como aquellos primeros discípulos de Jesús, encerrados en casa, escondidos, silentes y con miedo a cómo serán las cosas cuando volvamos a intentar ser lo que éramos. Lo de esconderse no es nuevo, a veces somos expertos en ocultar sentimientos, pasiones, escondernos incluso de la vida, y de nosotros mismos. Y cada año, pese a estrenar Pascua, nos enrolamos en una vida nueva que no es más que la repetición de viejos errores, a los que hemos pintado la cara de bonitos colores y enlatadas emociones.

Ya sabemos que celebrar la resurrección es una incorporación a la vida nueva de Jesús, pero necesitamos dejar de lado esas imágenes mágicas, casi fantasmagóricas, que hablan de hacer nuevas las cosas, de mirar con esperanza el futuro incierto, que nos presentan un Cristo victorioso, casi burlándose de quienes lo menospreciaron, aquellos tan ingenuos como para no creer en sus milagros y no convertirse en su presencia. Esto no es resurrección, y nos equivocamos cuando aplicamos a nuestra experiencia estas ideas alcanforadas de la vida y de la fe: resucitar no puede ser una burla a las cruces y a las espaldas que nos humillaron, como si pisáramos con rabia los barros de los que ahora modelamos nuestros sueños. Este es un lastre del que no sabemos desprendernos en la Iglesia, embobados y babeando con ingenuos “Cristo vive”, “Cristo ha vencido”…, con los que tapar nuestro miedo a la muerte, a estar encerrados, a la soledad.

Esas resurrecciones no vacían sepulcros, solo los liberan temporalmente, nos embrujan, consiguen engañar nuestros sentidos, adormecen el dolor irresistible con el incienso y la morfina de la piedad. Y nos acostumbramos a ellas, porque renacer como el Fénix de las cenizas en que otros nos convirtieron tiene su punto de morbo, y de victoria: poder reírnos juntos de estas desventuras incomprensibles, cortar la cabeza a cada medusa que nos asusta con sus cabellos de serpientes, salir airosos de la vida falsificada que nos vivía…

La resurrección, la auténtica Pascua, no pasa por encima de nosotros o de nuestros fracasos, nos transforma, les aporta sentido. Sobrevivir a estas muertes que ahora acumulamos solo para sabernos después más vivos y fuertes puede que nos alegre, un gusto siempre pasajero, pero también nos desaloja de la vida, la misma vida que nos devolverá a espacios y lugares que nos limitan, con otros cantos y otras letras, con diferentes retos pero el mismo olor de fondo, la misma injusticia en la esencia, los pobres siempre entre vosotros… Resucitar intensifica cada momento en que hemos mantenido los brazos levantados, la mirada sostenida, el corazón perdonado; resucitar prepara nuestros brazos, nuestra mirada y corazón para nuevas caídas, no para sobrevivir encerrados y escondidos por el miedo, en espera de un milagro que lo devuelva todo al tiempo que pudimos controlarlo; resucitar no es vencer, es convencer, ¡qué unamuniano!, convencernos más bien, integrar fracasos, transformar los rotos y las miserias, mirarnos de frente, sin miedo, y sabernos duraderos más allá de los límites que nos habitan.

Este es el sentido de la Pascua, por eso solo podemos llegar a ella desde una cuaresma en la que hayamos sabido reconocer las lápidas impuestas a nuestros límites. Lo hemos ido viendo en las últimas entradas, ¿podremos preguntarnos si hemos aprendido algo de todo esto?, ¿huimos de la soledad en que nos deja la muerte?, ¿hay sentido que encontrar y por el que empeñar tesoros?…

Yo me sigo empeñando en crear espacios de resurrección, privilegiando acciones de resurrección, no lo he conseguido, y no sufro por ello, pero sé que mi tiempo es la Pascua, el reencuentro con mis retos, el abrazo a lo que escondí en tantos sepulcros, la apertura de las puertas que aún hoy me encierran, pero no me ocultan ni me silencian.

Un abrazo pascual, de esos que resucitan, de esos que ya vamos necesitando.

Morir en soledad

Algo se nos debe estar pasando por alto cuando nos alegramos de haber tenido “solo 700 muertos en un día”. Estas son las cosas que tiene la estadística, esa ciencia del sentido común que, sin embargo, toca fondo cuando se trata de reconciliarse con el sentido común de la vida; esa ciencia que, en momentos así, nos endurece, altera la percepción y cierra nuestros ojos a la realidad, insensibles, silenciosos, resignados.

Hace unos días leí en una entrevista a dos trabajadores de una funeraria, para mí lo más triste es ver a los difuntos solos en la muerte, sin familiares ni amigos. Y un amigo sacerdote me decía, con voz cansada y amarga, la que se tiene tras celebrar seis entierros diarios desde hace más de una semana, que la soledad de esos muertos le estaba quitando a él mismo trocitos de vida. Becquer, del que estamos celebrando los 150 años de su muerte, lo expresó con versos eternos,

Ante aquel contraste de vida y misterios,
de luz y tinieblas, medité un momento:
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

Gustavo Adolfo Becquer, Rima LXXIII

A la muerte llegamos siempre solos. Por más buenos amigos y seres queridos que nos rodeen, la soledad de afrontar el momento de la muerte no escapa a nadie. Tal vez por eso buscamos tapar y ocultar su rostro, nos abrazamos compulsivamente, enviamos flores que llenen los rincones vacíos, nos agarramos a ideas piadosas poco realistas… y, sin darnos cuenta, nos debilitamos, porque en esos gestos hemos escondido todas las emociones posibles. Y ahora, cuando no tenemos a mano nada con que taparla, la muerte se nos presenta tal cual es, sin abrazos, ni flores, sin largos pésames, ni pietismo… solo con las preguntas solas, y nos alcanza vacíos de respuestas y de sábanas blancas. ¡Qué solos se quedan los muertos!

Una muerte nos conmueve, cientos de muertes nos anestesian. Cuando las muertes se acumulan ponemos en marcha un mecanismo social de defensa, durante un instante nos sentimos vulnerables, hay una realidad que invade nuestras emociones y las desborda, pero la dificultad para digerirla hace torpes nuestros sentidos y los anula temporalmente. Sin embargo, una muerte, sea cercana o lejana, despierta el miedo a la soledad, nos hace apátridas de la existencia, porque nos sitúa frente al abismo de nuestras propias soledades, al contraste de vida y misterios.

En estos días recordamos, y celebramos, la muerte en soledad de Jesús de Nazareth. La suya es una de esas muertes que, de cientos de veces recordada, han acabado anestesiando nuestros sentidos, también de esas que hemos adornado con flores y muecas agridulces, tapaderas indecentes de tantas otras muertes que en su nombre provocamos. Aprendemos de memoria su via crucis, sacamos a la calle su pasión (de un modo diferente este año), disputamos con cierta dosis de envidia quién es mayor esclavo, penitente o hermano, y olvidamos las acciones de resurrección que dieron sentido a su vida, las únicas que pueden dar sentido a su muerte, acompañado de dos únicos familiares, apestado, chivo expiatorio de políticos y mandatarios religiosos… Sí, es él, hoy ha vuelto a morir en soledad.

Aprender de todo esto

La imagen que el papa Francisco dejó al mundo, y a la historia, el pasado viernes va a costar mucho olvidarla, y asimilarla. La plaza de San Pedro se convirtió en el espejo de una nueva cristiandad, que en pocos días ha tenido que hacerse a una realidad desbordante: iglesias cerradas, celebraciones canceladas, preguntas y dudas acumuladas, esperando que el tiempo y la fe vayan dando sentido a todo esto.

En ese escenario, propio del mejor director de cine, la voz cansada del Papa resonó sin complejos para señalar la llaga que más duele: “Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”

Nos creemos sanos en un mundo que está enfermo, y esta verdad nos duele más que ninguna otra. Hemos ido olvidando a nuestros mayores, construyendo para ellos delicados espacios de silencio, y ahora nos abruma el dolor de sus muertes reducidas a números; hemos ido olvidando a nuestros niños y adolescentes, hipnotizándolos con pantallas de ruido blanco, y ahora nos asusta el dolor de su aburrimiento confinado; hemos ido olvidando los momentos perdidos con amigos y personas amadas, disfrazando los encuentros de palabras sabidas, y ahora nos persigue el dolor de la distancia y los espacios infinitos. Es ahora, cuando sentimos derrumbarse los andamios que le pusimos a nuestra vida, el momento de percibir que no era salud lo que nos habitaba, sino enfermedad, una enfermedad sabia, que ha sabido esperar pacientemente el momento de trastornar nuestra prisa y recordarnos nuestra fragilidad.

La fragilidad, ya lo he escrito en otras ocasiones, es una fuente inagotable de aprendizaje, pero, ¿a quién le gusta? Lo es porque nos obliga a tocar fondo, y bien sabemos que a mayor simplicidad de los enunciados y de las formas más auténtico es el proceso de aprendizaje. Y lo es, también, porque incorpora las llamadas de alarma que han precipitado la caída, esas guerras, injusticias, gritos de los pobres y de la naturaleza de los que hablaba el Papa; sabemos que al caer, la primera imagen, incluso antes de levantarnos, es vislumbrar por un instante el error que nos empujó, la piedra que no vimos, la mano que soltamos. Aprender de todo esto implica, inexcusablemente, tomar conciencia de nuestra enfermedad y de los síntomas que mostraba; tomar conciencia de que nada era intocable y definitivo, ni siquiera nuestras agendas; tomar conciencia de que hemos abusado impúdicamente de la creación, y en especial de sus seres más débiles y desprotegidos.

Solo cuando nos hacemos conscientes aprendemos, y ese proceso de conciencia tiene mucho que ver con nuestra capacidad de individuación y personalización, hasta dónde estamos dispuestos a llegar para reconocer nuestra parte de responsabilidad personal en la creencia de estar sanos, en la sordera ante las llamadas de socorro, en la parálisis de la compasión y la opción por un dolor al que poco a poco nos estábamos acostumbrando. Responsabilizarnos en conjunto y llamar a todo esto un mal social es buscar una salida fácil y negarnos a asumir que los pequeños gestos y las faltas de ajuste, porque no hacía falta ser tan minucioso, han hecho crecer esta montaña.

“Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.” Aprender de todo esto comienza por un buen desmaquillador. Ahora tenemos tiempo, materia y buena compañía para comenzar a aplicarlo, porque nos ronda una pregunta crucial para cuando todo acabe, ¿habremos aprendido algo de todo esto?