La grieta es bella

Ya hace tiempo que vengo escribiendo sobre la belleza, es un tema que me apasiona desde mi primer encuentro con la Filosofía, cuando me adentré en la Estética como un campo de sentido para el mismo arte de vivir.

Por lo general aceptamos una reflexión idealista sobre lo bello, herencia del pensamiento platónico y helenístico, que simplifica los conceptos y nos remite a ideas transcendentes de las que nos cuesta mucho escapar. De ahí han derivado expresiones artísticas más unidas al realismo que al conceptualismo, a la utopía más que a la distopía. Esto tiene consecuencias en la percepción de la propia realidad, y se convierte en un problema epistemológico complejo, cómo accedemos al conocimiento de lo real, en qué medida podemos afirmar que conocemos algo, o a alguien, cuando constantemente estamos proyectando nuestras ideas, prejuicios y dilemas personales.

En el arte ha habido multitud de movimientos que han supuesto un modo de acceso a la realidad no siempre comprendido, por lo general porque implicaba una ruptura lineal. Hablo de los miniaturistas monásticos, de los canteros-tallistas medievales, de El Bosco o El Greco, todos ellos antecesores de los movimientos abstractos y conceptualistas en pintura y escultura. Pero también de Homero, Marcial, Dante, Quevedo o Góngora en literatura. A cada una de esas “aventuras” artísticas le sucede una réplica que pretende atraer de nuevo el idealismo y proponer una visión más amable y equilibrada de la belleza de las cosas.

También en nuestras relaciones interpersonales nos descubrimos buscadores de la belleza, lo que supone desechar las grietas que constituyen nuestra historia, porque necesitamos conocer la realidad a partir de una idea de lo completo, lo estable y lo bello, que nos ayude a comprenderla. Y ciertamente, en lo que a las relaciones humanas se debe, acumulamos demasiados jarrones rotos, que fácilmente suplimos por radiantes vajillas de cristal irrompible, o de plástico, que para el caso nos da igual mientras eliminemos el riesgo de una nueva ruptura.

Existe un arte japonés muy antiguo llamado kintsukuroi, 金繕い, consistente en mezclar resina vegetal con polvo de oro para reparar objetos de cerámica rotos. En el siglo XV el shōgun Yoshimasa de Japón envió sus tazones favoritos de té a China para que los repararan, ya que se habían roto en varios pedazos al caer accidentalmente al suelo. Regresaron con unas grapas de hierro que afeaban visiblemente el conjunto, de modo que encargó a sus orfebres quitar las grapas y arreglarlos mejor. Sus consejeros, preocupados por la obsesión del Shōgun, le presentaron un nuevo juego de té pero Yoshimasa lo rechazó, él quería sus tazones de té, porque nada podía reemplazar la historia que contaban con cada sorbo. Los orfebres utilizaron la resina mezclada con polvo de oro y las grietas quedaron resaltadas por el brillante color dorado al ensamblarse de nuevo, es así como nació este arte tan poco conocido en Occidente.

No es poco lo que podemos aprender de la filosofía del kintsukuroi: las grietas de la rotura hacen único al objeto. Le aportan belleza porque cuentan su historia y su relación con el entorno. Como en nuestra vida, las grietas hablan de fragilidad y de resiliencia, esa capacidad de sobreponerse a situaciones límite, y de ese modo las roturas reconocidas ayudan a madurar y avanzar, a ser creativos, a habitar una intemperie de sentido. No consiste solo en aprender de los errores o evitar los conflictos, nuestra vida debe aprender también a dialogar con sus conflictos y hablar de su superación, esto es deseable al hecho de que nuestro relato los niegue o los esconda bajo una alfombra de complicidad.

Es así como, para solucionar cada problema estamos creando algo nuevo, sin ocultar las heridas ni las grietas, más bien haciéndolas bellas, aportándoles sentido. Al mostrar nuestra fragilidad reconocemos que en las circunstancias externas no todo depende de nosotros mismos, dejamos lugar al asombro, que es una buena base de conocimiento. Poniendo oro en cada grieta le aportamos valor, no es un ensalzamiento de los errores sino el reconocimiento de todo lo que integra nuestra historia personal, porque todo es valioso en el conjunto de la vida. También incorporamos un aprendizaje emocional, el manejo y la comprensión de aquellas emociones que nacen de la ruptura y dejan una grieta amarga y visible. Frente a la crítica destructiva, que solo presenta problemas sin respuesta, actuamos resolutivamente y alcanzamos un entendimiento profundo de la situación, que queda delimitada, evitando que se convierta en fantasma que deambule por los espacios de nuestra vida o de nuestras relaciones interpersonales.

Si en lugar de resina con oro intentáramos arreglar el tazón con plastilina, solo conseguiríamos una chapuza inestable, de las que prometen trascendencia cuando en realidad solo venden humo. Si lo reemplazamos por un nuevo tazón, estaremos evitando las grietas y el recuerdo siempre visible del desgarro, pero habremos perdido para siempre el relato de una existencia que se construye de grietas y de historias que unen cada uno de los pedazos de la vida. “A la vida le basta el espacio de una grieta para renacer” (Ernesto Sabato)

La belleza como recurso

“La belleza es siempre el mejor recurso contra la incertidumbre”, lo he leído en la delicada novela “Hacia la belleza”, del francés David Foenkinos, y me ha transportado a mis búsquedas personales, que no son muy lejanas a las búsquedas que compartimos. He escrito anteriormente sobre la necesidad de la belleza, sin que se convierta en un absoluto de sentido, y también sobre la presencia de la incertidumbre como estilo irrenunciable de vida. La unión de ambos conceptos me sigue intrigando y conmoviendo.

La incertidumbre que en estos días nos habita ha transformado espacios personales que pensábamos sagrados e intocables. En ocasiones llega como oportunidad para el crecimiento. Habitar la zona de incertidumbre se presenta como potencialidad de futuro y como misterio de presente, forma parte de ese horizonte de sentido al que nos remitimos para comprender la intensidad del hoy vital, y también constituye la esencia de las opciones que permitirán el cambio y la salida de la tan compleja zona de confort.

Hay ocasiones, estamos viviendo una de ellas, en que la incertidumbre nos desborda. La clásica imagen del borde del precipicio se hace insuficiente para describir los sentimientos que nos invaden. No hemos sido capaces de educar para la incertidumbre, como tampoco lo somos para educar en el fracaso. Damos por supuesto que la educación debe tener una orientación al éxito, al descubrimiento de nuestras propias fortalezas, y la convertimos en un efectivismo difícil de manejar cuando afronta la realidad diversa y sorprendente. Ponemos notas, otorgamos premios, promovemos la excelencia, y también acompañamos a los rezagados, cuidamos a los más vulnerables, incluimos a quienes se sienten excluidos. Lo hacemos bien, forma parte de nuestra misión e integra lo mejor de la escuela católica y de su tradición. Pero ni nosotros ni el resto del sistema educativo acaba siendo capaz de prepara para vivir en la incertidumbre.

Algo parecido ocurre con la belleza. La solemos confundir con el preciosismo, la medimos desde el odio sociológico a la fealdad, que es una forma de odio al vacío, y un reduccionismo. Tampoco en este caso contamos con una educación estética alejada del efectivismo y la catalogación maniquea. No es extraño que ante una obra abstracta o conceptual echemos el tupido velo del menosprecio y la indiferencia, como no lo es que ocultemos el lado menos bello de la vida, ese que nos sumerge en el fracaso y que tantas sonrisas se lleva. He tenido que explicar a muchos maestros y profesores el sentido estético de ese arte que se escapa de la comprensión simplista, armado de paciencia les tomo de la mano para adentrarnos en el espacio de sentido que ellos ven como un Hades sin retorno. Confieso que he tenido pocos éxitos y no siempre he logrado que dejaran de mirar la explicación fácil, como Orfeo, aferrados a una realidad ausente de fuga, literalizada.

¿Cómo educar en la belleza cuando preferimos quedarnos en el confort de lo que no chirría a nuestros sentidos? ¿Cómo incorporar la educación estética a nuestra visión acomodada de las cosas y no acabar consumidos por el perfeccionismo? Belleza e incertidumbre se tocan en su mismo centro de perplejidad, nos sacan del espacio de comodidad y actúan como revulsivo. La incertidumbre nos llega, la busquemos o no; la belleza requiere de nosotros una mirada, una búsqueda, un deseo.

La belleza como espacio de encuentro, como recurso frente a la incertidumbre. La belleza como apertura a la trascendencia, como antídoto frente a los absolutos. La belleza como universo de sentido, como un todo que integra las partes desabridas de la realidad. La belleza como certeza para la vida, como tabla de salvación para sus pérdidas y distracciones. ¿Quién la canta mejor que Aute?

Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada,
la belleza
.

Árbol de Ginkgo en Corea del Sur, la belleza de la hoja otoñal.

Aprender de la belleza

Una de las preguntas que más me han hecho en estos meses es si aprenderemos algo de todo esto. Yo mismo lo preguntaba hace unas semanas en el blog. A lo largo de los días, según hemos ido tomando la medida a la situación, ha cambiado le perspectiva que dábamos a nuestra capacidad de aprendizaje, del de esta saldremos mejores hemos pasado a un escéptico no hay quien nos cambie. Llama la atención cómo en las últimas semanas un buen número de filósofos europeos (Carolin Emcke, André Comte-Sponville, José Antonio Marina, Byung-Chul Han,…) han desconfiado sus voces para hacernos ver que nuestra capacidad de integración ante las adversidades no siempre conlleva aprendizaje, por lo general tan solo consigue que acomodemos nuestra vida a la adversidad, creyendo incluso que estamos dando pasos de gigante, cuando en realidad solo regresamos a nuestra personal zona de confort.

Es ahora cuando la mayoría somos más conscientes de este autoengaño. Antropológicamente necesitamos creer que la sociedad mejora ante situaciones complejas, que aprendemos de los errores y evitamos la piedra en la que el destino nos amenazaba con volver a tropezar, que somos como esos colchones de viscoelástica que regresan a su forma al mismo tiempo que aprenden y se adaptan. Es entonces cuando salimos esperanzados a recuperar la calle para descubrir cómo todo nos urge a una vuelta a la normalidad, nueva normalidad le llaman, en lugar de dar un paso para la excepcionalidad. Vuelve a ganar la mediocridad y empezamos a comprender que esta es más asumible que los cambios.

Es conocida la crítica de Séneca al non vitæ, sed scholæ discimur, y su propuesta de que aprendemos de la vida, no de la escuela. Decir esto en voz alta en estos momentos, especialmente entre quienes más han sufrido el cambio radical del proceso de aprendizaje, puede interpretarse como algo más que una imprudencia. Y, sin embargo, estoy con Séneca, precisamente ahora que la escuela ha desbordado sus viejos muros y se ha hecho transparente, hemos descubierto que solo aprendemos cuando unimos vida y conceptos, cuando nos dejamos interpelar por la belleza, ese sentimiento estético que nos devuelve al sentido de lo que realmente somos. Y cuando la escuela vuelva a su redil de pupitres y pizarras, nos encontraremos con la posibilidad de haber aprendido a inyectarle esa vida que le estaba faltando, y esta vez tendremos que asumir todos parte de la responsabilidad.

Y sí, no dudo de que habremos incorporado nuevos aprendizajes. Es posible que no en todos los casos se conviertan en herramientas para nuestra vida, muchos quedarán, formando parte de un recuerdo recurrente. Habremos aprendido mucho más de lo terrible, no solo en nuestra conciencia colectiva, también en la memoria de nuestra acción serán esa soledad y esa angustia las que se queden mucho tiempo a vivir con nosotros. Curiosamente no suele costarnos tanto incorporar a la vida los miedos, todos esos sentimientos de fracaso que durante estos meses hemos acumulado y se han convertido en inesperados libros de texto, hemos aprendido en ellos y de ellos, ciertamente forma parte de nuestro cerebro más animal, así es como nos protegemos y sobrevivimos. Pero nos quedará por delante el mayor de los aprendizajes.

Aprendemos de los errores porque son errores, por su contexto de fracaso y asintonía, pero en torno a ello, en la escuela de los conceptos y en la escuela de la vida, estamos siempre ausentes para aprender de los momentos de felicidad, su volatilidad nos desconcierta y por eso preferimos abrazamos al dolor, que a veces es lo único que nos aporta estabilidad. Así, andaremos más seguros, el miedo enmascarará nuestros sentidos, y volveremos a entregar la libertad para poder creer que seguimos creciendo, y aprendiendo. Pero habremos caído en la trampa de la inmediatez, porque el único aprendizaje que nos devolverá el sentido y aportará evidencias a la existencia, no se envuelve de miedos sino de confianza, ese aprendizaje nos costará toda una vida, porque resulta mucho más difícil y complejo aprender de la belleza.

“Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”.

Silvio Rodríguez, Canción del elegido