Todo es milagro

Hoy se cumplen cinco años de la más maravillosa experiencia de belleza que he tenido en mi vida. En unos días libres de mi visita a las obras trinitarias de Sucre, Bolivia, me ofrecieron ir a conocer el Salar de Uyuni. Solo me animaba mi espíritu aventurero, reconozco que no sabía nada del lugar ni de lo que iba a encontrar, y pasar tres días en el altiplano boliviano, con el mal de altura desafiando mi hipotensión, no conseguía convencerme de que mereciera la pena el largo trayecto por las intrincadas carreteras andinas.

Tras la noche desvelada en un albergue de la ciudad de Uyuni, por el frío y por la patente falta de oxígeno, salimos temprano hacia el salar, acompañados de un guía y su todoterreno, única forma de adentrarse en aquel lugar que ya en sus primeras imágenes se presenta inhóspito y solitario. El Salar de Uyuni es el mayor desierto de sal continuo y alto del mundo, con una superficie de 10.582 km², es también la mayor reserva de litio del planeta, pero gracias a la escasa cantidad de agua, necesaria para su extracción, y a la protección del gobierno boliviano las empresas tecnológicas no lo pueden explotar a gran escala.

El guía exponía su memorizada presentación del lugar mientras sacaba del maletero del todoterreno unas botas de agua para nosotros. Me tuve que quedar descalzo el resto del día, calzo un número impensable en aquel lugar del altiplano y la alta concentración de sal podía estropear mi calzado. Mis ganas de aventura se diluían poco a poco, a ritmo contrario al que aumentaba mi respiración por la altitud. En la medida en que el todoterreno se perdía en la inmensa llanura blanca del salar, pensaba ya en el viaje del día siguiente, a Potosí, y solo la promesa personal de conocer un lugar de historia y tradición me salvaba del aburrimiento de aquel inmenso desierto de sal. Y además, descalzo.

En la primera parada, todo cambió. Bajé del todoterreno. Una fina capa de agua cubría el salar, del grosor de un dedo. Pisé casi con miedo, como si lo estuviera haciendo sobre una plancha de hielo a punto de romperse. Me alejé un poco del vehículo, y entonces… la belleza. El agua reflejaba el cielo con la precisión de un espejo, jugando con la mente en una rotación continua entre cielo y tierra, de modo que ya no sabía si mis pies pisaban una u otro. Tuve que respirar profundo, no ya por la altitud sino por evitar el vértigo que tal intercambio de imágenes me produjo. Y lloré.

Pocos lugares han conseguido emocionarme de tal modo. Incluso ahora, recordándolo, se acumulan de nuevo las lágrimas en los ojos, como pretendiendo reinventar aquel vasto espejo de equilibrio entre las nubes y los pequeños montículos de sal. Fue un día maravilloso. Y no hubo más que eso, recorrer el gran desierto blanco sin encontrarnos con nadie más, aspirar los reflejos, jugar con los equívocos del agua que ponía el cielo bajo mis pies descalzos, y volver a emocionarme en la repetida invención de una realidad que desbordaba la mirada. Casi sin darme cuenta llegó el momento de la puesta de sol. Durante el día me habían prevenido de la espectacularidad de esa hora y, ciertamente, no defraudó. Pero entonces, una vez el sol desapareció entre las nubes del horizonte, toda la magia del lugar se desvaneció. El agua volvía a ser solo agua, cielo y tierra ocuparon su lugar, y por primera vez desde la mañana sentí la humedad en mis pies.

La belleza es una experiencia de sentido, y como aprendí con Platón, se entrevera con la bondad. Pero ninguna de las dos son experiencias definitivas, de algún modo hay que asumir el fin del sortilegio que nos permite pisar el cielo de nuestra existencia. El aprendizaje está en descubrir que esa fina capa de agua, que ahora parece un simple e infinito charco, se convertirá de nuevo, iluminada por el sol, en un bello y bondadoso caleidoscopio. La moraleja no es la del cuento del Patito feo de Andersen, la belleza es esquiva a nuestras búsquedas porque nos resistimos a ver la grandeza en los gestos y acontecimientos sencillos, porque aún pensamos en las promesas de lo que vendrá mañana, porque nos quedamos a vivir en los contratiempos del presente, los pies descalzos por falta de calzado, la rutinaria extensión de una llanura ausente de colores, el horizonte como ruptura de los encuentros. Como dice Josep María Esquirol: “Lo angustioso y esquizofrénico es la tierra sin relación con el cielo, o el cielo sin relación con la tierra. El horizonte, que tanto nos calma, es relacional. Nos salvan las relaciones.

A veces, la belleza nos sorprende en su propuesta relacional, ha estado ante nuestros ojos, oculta por nuestra obsesión de perfección, desplazada por diseños de una vida construida sobre sueños y espejismos. Su efímera presencia es capaz de descolocar nuestros deseos de supervivencia, deslumbrados por la promesa de un milagro que somos incapaces de descubrir en los espacios más simples de nuestra existencia. Cada caída de la noche parece hacer desaparecer la belleza que nos ha embriagado, hay muchos tipos de noche que despueblan nuestros sentimientos y parecen desarmar los milagros que nos hicieron creer en la esperanza. Sin embargo, existen dos formas de ver la vida, -dice Albert Einstein- una es creer que no existen los milagros, la otra es creer que todo es un milagro. Para que así suceda, no hay más camino que aprender a vivir en la belleza, y en su ausencia, sin esquizofrenias.

Palabras no dichas

Dicen que las palabras no dichas son las auténticamente verdaderas. En lo que hablamos y en lo que callamos suele haber poco equilibrio, por lo general es mucho más lo que no decimos, palabras que siguen latiendo por debajo de nuestros sentimientos y prolijidades, convertidas muchas veces en guardianes de los espacios secretos, de los pensamientos más intensos y privados. Por cada palabra pronunciada hay al menos tres que no decimos.

En ocasiones, las palabras no dichas originan traumas y trastornos difíciles de detectar, nos sumen en silencios que se pasean por las relaciones interpersonales, secuestrando la vida compartida. Otras veces, callamos palabras para evitar trastornos, mantener la fiesta en paz, decimos, confiando en que, al ocultarlas, desaparezca también lo que nos inquieta.

Hay palabras que, al pronunciarlas, iluminan los oscuros pasajes de las ansiedades sociales, ayudan a entender las complejidades de la vida, aclaran ideas, actitudes, deseos. Son palabras de verdad, nadie duda de su fuerza transformadora, no necesitan traducción a la vida, su intensidad es un salvavidas para nuestros caminos perdidos. A veces, las pronunciamos como bálsamo, otras como purga de los silencios, casi siempre como expresión del espacio amado y de la necesidad del encuentro.

Me gusta cuando callas, porque estás como ausente, escribió bellamente Neruda. La ausencia de las palabras no dichas las dota también de un halo de misterio. No siempre lo que no se pronuncia genera traumas incontrolados, también son palabras que emergen en la interioridad, y de ahí transforman los tiempos y espacios de la vida, son hallazgos en la sombra de nuestras presencias. Por eso son también palabras verdaderas, que nos ayudan a conocer esa realidad que se nos escapa. No son simples palabras calladas, o silenciadas, son vida interior, amor intenso que despeja dudas y afianza los descubrimientos sencillos.

Las palabras no dichas me han salvado de todo lo indigno que conlleva el rencor, porque no las hago refugio de mis tristezas ni justificación de mis espacios personales, no esquivan mi compromiso con las personas que quiero, ni mi respuesta a quienes preferiría ignorar. Las pronuncio desde la libertad de mi conciencia, son mucho más que mi pensamiento. Hay una belleza intrínseca en cada una de ellas, porque dejo que nazcan de la admiración por cuanto vivo. Crecen y se unen entre ellas, como contemplación de lo que voy amando, incluso sin comprenderlo aún del todo.

Pero cada una de mis palabras no dichas me exige aceptar las que tú tampoco dices. Descubrirnos en ese espacio de verdad, nos salva de las vanas esperanzas, nos libera del resentimiento. Es ahí, en esa intemperie habitada por las palabras no dichas, donde realmente nos encontramos, y podemos amarnos, cuando no necesito que pronuncies mi nombre, ni mi historia. Con Neruda, yo también espero que me dejes que te hable también con tu silencio.

La capacidad de crear

Los antiguos griegos no consideraban al artista un creativo, sino un imitador de la realidad, tomándola en sus manos y transformándola con los materiales que tiene a su alcance, sacando de ellos su esencia más íntima. Solo los poetas eran considerados creadores de algo nuevo, hermeneutas del mundo, instigadores de sentido. Por eso el oficio de poeta y el de filósofo estaban tan unidos, ambos hijos del asombro ante la belleza que huye de la mera imitación y nos abre a la novedad, a la crítica, a un espacio de salvación para los sentidos. Este concepto de creatividad fue evolucionando a lo largo de la historia, muy lentamente, en una batalla infinita entre la valoración de la imitación y la valoración de la interpretación. Tenemos que avanzar mucho en este camino hasta alcanzar una atrevida idea de arte y de pensamiento que deja de imitar la realidad e invita a deconstruirla, encontrando en ello el sentido de su interpretación, la visión y el pensamiento propios que se imponen sobre la evidencia de lo complejo. Como herencia de esas búsquedas hemos aceptado identificar creatividad con novedad, aunque no siempre tienen que ir de la mano.

A comienzos del siglo XX, la la oposición dialéctica entre los filósofos Heidegger y Cassirer aportó un salto gigantesco a esta reflexión. Envueltos como estaban por las vanguardias del arte, consideraron necesario separar definitivamente la creatividad de la imitación, pero también distanciarla de la necesidad de aportación de novedad. Martin Heidegger reflexiona sobre la creatividad interpretándola como la recomposición del ser, la recuperación de la esencia, una hermenéutica de la realidad a partir de su estar ahí, y de su ser para nosotros, que nos permite percibirla y la transformarla. Ernst Cassirer, por su parte, define la creatividad como necesidad de aportar sentido, lo que nos abre a una dimensión creadora que desarrolla nuestras capacidades, en especial nuestro pensamiento, a partir de los símbolos que apuntalan la libertad personal y la expanden.

Por caminos paralelos ambos definen la creatividad como la capacidad de completar los fragmentos rotos de la realidad, sin necesidad de ser plenamente novedosos en el empeño. Es este pensamiento divergente el que nos aporta una visión diferente de lo real, por este motivo los creativos, los creadores, se han hecho tan peligrosos a lo largo de la historia; su interpretación del mundo no siempre tiene que ver con una innovación, que puede incluso llegar a ser tolerable, sino con la tarea de la completar espacios de sentido a partir de un pensamiento propio, que siempre será diferente al de otros, lo que les convierte en peligrosas armas de divergencia y autonomía.

En este intrincado equilibrio la escuela juega un papel imprescindible. Los maestros y las instituciones educativas que no convierten en un mero slogan la libertad y la pedagogía, son capaces de una creatividad como apertura de sentido, señalando simbólicamente las discontinuidad de los espacios, sin cerrarlos con interpretaciones que agoten su trascendencia, evaluando las búsquedas por delante de los constructos sociales, haciendo una lectura poética de la realidad, una armonía que no descansa en los acordes de una moral imitativa. Decía el compositor ruso Igor Stravinsky que “en la raíz de toda creatividad, uno encuentra algo que está por encima de lo terrenal”.

Por contra, sabemos que la escuela también guarda acciones que matan la creatividad. Puede verse en su repetitivo empeño por moldear piezas que perpetúen el pensamiento clónico, cuando da continuidad a un sistema aferrado a la imitación, cuando solo premia la innovación por su carácter novedoso pero sin que rompa realmente con los viejos sistemas. Asistimos a una lenta muerte de la creatividad en las descarnadas definiciones del currículo, en el academicismo de los libros de texto, en la excesiva institucionalización y la vigilada autonomía de los centros y de los educadores. En todos estos casos la creación perece ante la propuesta de sistemas cerrados que se resisten a la flexibilidad e imponen la costumbre y la tradición. Alumnos y educadores son condenados cuando emprenden algo por encima de lo terrenal, cuando se dotan de capacidades para unir los fragmentos separados de su realidad. Y también son protegidos por este búnker de autoreferencialidad los pastoralistas, los que creen en una innovación pedagógica que no pierda nada de lo recorrido, los que aportan eslabones en lugar de candados. Se les invita a instalarse en la facilidad del pensamiento precocinado y son catalogados desde la sospecha del pensamiento propio.

El escritor francés Saint-John Perse, en su discurso de aceptación del premio Nobel reclamaba la tarea del poeta, en la mejor tradición heredada de los griegos. El poeta no abandona el umbral metafísico, equilibra su existencia en los límites del conocimiento, sin repetir saberes de otros, porque para Saint-John “poeta es aquél que rompe, para nosotros, la costumbre.” Reclamo yo también la educación como poesía, como arte del que no podemos ni debemos prescindir, abierto a un aprendizaje no monitorizado sino acompañado, que respete los huecos infinitos de la comprensión de la realidad, que rompa la costumbre impuesta por las interpretaciones heredadas. Una educación que permita el asombro, la búsqueda, la métrica poética de la vida.

Oponemos una resistencia íntima a nuestra capacidad de crear, que limita, empequeñece nuestro pensamiento. Las consecuencias son un analfabetismo progresivo que nos impide leer la realidad y debilita nuestra capacidad de interpretar. Podemos ver sus efectos en el modo en que vivimos esta pandemia, y prever su eco en el mundo que quedará cuando desaparezca. Nos resistimos a completar los fragmentos rotos porque creemos más en la fuerza de lo nuevo que en el esfuerzo de reparar grietas. Y también nos resistimos porque nos acomodamos a completar esos espacios de sentido con viejos valores y sabias palabras que tan solo imitan la costumbre de lo que antes funcionó, a pesar de estar en un tiempo nuevo en el que la realidad se presenta desde un ahora diferente y radical. Esta resistencia, que podríamos definir como imposición moralizadora, pretende alejarnos del instinto creador, para el que hemos sido creados, cuestiona al poeta y al artista, relega a quien pone color en la escala de grises de la vida, o a quien deja vacíos inspiradores en sus grietas. “No puedo prescindir en mi vida y mi pintura de algo que es más fuerte que yo, que es mi vida, de la capacidad de crear” (Van Gogh).