La sombra del martillo

En la imagen que acompañaba mi anterior post, parece haberse perdido un martillo. Al hilo del contenido hay quien me pregunta si no supo encontrar su regreso al tablero donde dejó su sombra, si ronda desorientado en una mesa llena de herramientas que han extraviado su camino de vuelta. Tengo que confesar que yo mismo lo dejé perder, hace ya tiempo que salió del panel y ya no sé en qué recovecos se distrajo. He abandonado todas las expediciones de rescate, hago todo lo posible por olvidar la memoria de aquel martillo que tantas heridas hizo en mi conciencia y se interpuso en todo intento de reconciliación, porque pronto comencé a saber que al apoderarme de él solo veía a mi alrededor clavos que golpear.

El filósofo estadounidense Abraham Kaplan fue el primero en formular la que llamó ley de la herramienta, como intuitivo modo de acercamiento para comprender el comportamiento humano. Kaplan defendía con su ley que si le das a un niño un martillo, le parecerá que todo lo que encuentra necesita un golpe. Poco después, el psicólogo Abraham Maslow, sí, el de la famosa pirámide de las necesidades, retomó la idea proponiendo que si solo tienes un martillo, todo parece un clavo. Aprendemos a interactuar con la herramienta, golpear y hundir los clavos en cualquier superficie genera pequeñas satisfacciones, resolvemos situaciones, fortalecemos junturas y damos consistencia a los erráticos movimientos que nos conducen la pérdida del control sobre las cosas. Pero en un momento dado los clavos se acaban, y entonces cualquier otra cosa toma la apariencia de clavo, tentados a golpearlas apasionadamente, en un ya menos divertido intento de encontrar soluciones en los laberintos de nuestras emociones y salidas en los callejones cerrados de nuestros proyectos.

Martillo en mano, perdemos la perspectiva y la pluralidad, todo se convierte en algo que golpear, porque es lo que hemos aprendido a hacer, porque nos ha funcionado en el pasado, porque no encontramos un uso mejor para esa herramienta a la que nos hemos apegado. Lo subjetivo pasa a un segundo lugar, la única salida posible para avanzar en la búsqueda de sentido pasa por mantener el control, centrarnos en datos objetivos, eliminar todo afecto y toda emoción. A problemas diferentes y complejos, ofrecemos soluciones únicas y sencillas, rápidas e inmediatas, repitiendo patrones que fueron útiles para problemas anteriores, pero sin pensar, sin pasarlos por el corazón.

Nos ocurre continuamente, también lo hacemos con soluciones enlatadas, clavos que otros golpearon con acierto y que nos inspiran para aporrear cualquier saliente de nuestra vida que nos parezca estar fuera de lugar. Hay quien se hace fiel consumidor de libros y podcast de autoayuda, fórmulas que se nos venden como mágica respuesta para los enigmas que envuelven nuestras dificultades para encontrarnos, creer, crear y perdonar. Acogemos sin sentido crítico el martillo que otros ponen en nuestra mano, seguimos las instrucciones de uso, con cadencias aprendidas de memoria, y golpeamos vehementemente todo clavo que se pone a nuestro alcance, liberando el miedo, satisfaciendo nuestro ego, convencidos de que estamos descifrando los insondables misterios de nuestra incapacidad para vivir en plenitud.

No tengo intención de recuperar ese martillo, he perdido el interés por las decisiones fáciles, por las repetitivas propuestas de sentido, que solo me alejan de mi centro. Necesito encontrar la herramienta adecuada para cada problema, y después devolverla al panel emocional de donde la tomé. Se gana más con la afectividad que con la efectividad, cuidando el correcto uso de mis pasiones, perdiendo el recelo a la novedad de unas herramientas que me ayuden a desplegar mis capacidades, mucho mejor que el persistente golpeteo de cualquier clavo que sobresalga.

Ha quedado la sombra, un perfil que es memoria de aquel martillo en mi vida, y de lo poco que ahora lo necesito. Un eco que me avisa del peligro de los objetivismos desenfocados, las soluciones rápidas, la resistencia a aprender y avanzar. La sombra del martillo es testigo silencioso de cuánto necesitaba un cambio así en mi vida. Y por ello, doy gracias a quienes me lo siguen quitando de la mano golpeadora.

El lugar de cada cosa

Siempre me han llamado la atención esos paneles de herramientas de los talleres en los que cada útil está perfilado con un trazo de su silueta, porque pareciera que ese límite hecho con marcador está definiendo su esencia más íntima, la peculiaridad que lo hace único en el universo del tablero que lo contiene, y no solo un atajo para devolverlo a su lugar con rapidez y decisión. «Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar», pude leer a modo de título en uno de esos organizadores, norma de uso y dogma de sentido para adentrarse en la posibilidad del orden que pretende imponer sobre la amenazante entropía de su entorno.

La imagen del tablero es un espectáculo de equilibrio entre herramientas de todo tipo, unas para apretar o aflojar, otras para atornillar o amartillar, unas para sesgar y otras para ensamblar, unificadas en la armonía del espacio de coherencia en que conviven, hasta que les toca su turno en la escena, entonces se complementan, bajo la dirección de quien las hace actuar al ritmo creativo de su utilidad. Cada herramienta que sale del panel deja una sombra, fiel orientación para que pueda volver al preciso lugar que le corresponde. Un perfil que es memoria y esencia, como el sabor que queda en el paladar por largo tiempo, y nos ayuda a encontrar el camino del regreso a la mesa y al hogar.

Cuando confundimos el lugar de cada cosa se hace evidente la incoherencia del objeto descolocado, sin coincidencia alguna con la sombra que dejó, reclamando un orden bajo la mirada que busca armonía. La metáfora nos señala también al espectador de emociones desubicadas en la complejidad del mundo y de la existencia, la desazón con la que contemplamos la mesa en que se acumulan, una encima de otra, las herramientas que perdieron la oportunidad de regresar al lugar del que proceden. Una situación semejante a la prominente montaña de papeles y carpetas en muchas de nuestras mesas de trabajo. Y aunque pretendamos engañarnos con aquello de que todo tiene su orden, ya sé yo dónde buscar cada cosa, lo cierto es que a los organizadores que habíamos preparado solo les queda ser mudos testigos del derrumbe de las expectativas que habíamos creado.

He conocido muchas personas que han perdido el camino para encontrar el lugar en que situar sus emociones y decisiones, yo mismo soy en momentos una de ellas. Náufragos de un mar de vacilaciones, la urgencia de actuar nos confunde en la voluntad de ordenar y priorizar. No es fácil detectar esos engaños, desarmar la idea que nos invita a creer que en realidad no importa tanto el lugar cuanto la intención, caer en la trampa de una aceptada entropía, transformados en esclavos de la necesidad y de la decisión rápida. No es raro, entonces, buscar una justificación y defender que nos movemos desde la libertad personal, que toda esa rapidez vital mejora nuestras capacidades, aunque implique aceptar errores en el orden general de las cosas. Obligados a reaccionar ante las fracturas de nuestras relaciones, habiendo perdido el hábito de colocar en el lugar oportuno las emociones y de interpretar adecuadamente los encuentros, nos convertimos en hater de quien se interponga en nuestro camino, víctimas al fin y al cabo de nuestra propia intrepidez por pensar que el orden imaginado en nuestro entorno nos salvaría del desorden general de nuestra vida.

En el caos de mi desorden, de las piezas que dejaron de coincidir hace tiempo con su sombra, en los recovecos de mi deseo, es donde se realiza mi redención, la fortaleza que me capacita para la reconstrucción. Soy redimido cuando acepto que es el momento de devolver a su lugar lo que se había movido, de reconocer que no siempre me sitúo en las coordenadas correctas. Entro en la dinámica de rendición cuando identifico el lugar que debe ocupar cada herramienta de mis decisiones, cuando arriesgo a coser su sombra a mis sentimientos, sin miedo a equivocarme. La redención es la posibilidad de un espacio de sentido, que solo aparece cuando cada cosa ocupa su lugar, cuando yo mismo las dejo ir, sin retenerlas en mi conformismo emocional. Solo entonces, lo verdaderamente importante se situará de modo natural en mi centro vital, lo inesperado podrá ser nuevamente aceptado, la libertad será mucho más que una posibilidad.

… presbicia emocional

Otra de las afecciones que implican a nuestra mirada sobre la realidad tiene que ver con la dificultad para ver de cerca. La presbicia, también llamada vista cansada, afecta a nuestra capacidad de acomodación, difumina la realidad cercana, y solo cuando nos alejamos de ella somos capaces de distinguir con claridad aquello que teníamos a nuestro alcance. Pero alejarse o ponerse gafas para ver de cerca, suelen convertirse en atajos y soluciones inmediatistas.

Nuestra condición humana nos hace especialmente comprometidos en el cuidado, pacientemente y con pasión nos hacemos prójimos de otros, atendemos sus caídas, nos hacemos cómplices de sus inquietudes y nos alegramos con sus conquistas. Vivir juntos saca lo mejor de nosotros mismos, al hacer nuestras las esperanzas de quienes tenemos cerca contribuimos a afianzar las nuestras propias y a construir un mundo mejor. La vida discurre fácilmente en todo lo compartido, porque somos parte de una ética del cuidado que equilibra el caos en el que nos movemos.

Pero nos acabamos cansando. Dice Paul Bloom que la empatía es solo un truco de nuestra mente para hacernos sentir bien, una justificación moral de nuestros actos, que el altruismo que practicamos solo responde a un egoísmo innato desde el que levantamos muros de protección, difíciles de detectar y de derribar. No comparto su pesimismo existencial, aunque es cierto que nuestra mirada se nubla de presbicia emocional, la pasión de lo cercano nos invita a relajarnos conformándonos con sentir en la distancia.

A veces, cansados de no cambiar aquello que alcanzamos a tocar, incluidos nosotros mismos, nos adherimos con más fuerza a lo que nos queda más alejado. Conmovidos por imágenes, historias y personas que vemos de lejos, sin las salpicaduras del contacto, con la facilidad emocional que aporta la separación, les entregamos nuestra alma solidaria. Somos capaces de descifrar sus debilidades, hacernos eco de sus gritos, comprometernos con sus búsquedas al mismo tiempo que pasamos de puntillas por el presente que mancha nuestro caminar. La capacidad de ponernos en el lugar del otro y pensar como piensa el otro es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de ese otro, cuanto más otro lo sentimos más empatizamos emocionalmente, porque el cercano se desenfoca en nuestra mirada, perdiendo sus rasgos de prójimo y de hermano.

La presbicia emocional no tiene cura, es la enfermedad de nuestra vejez como personas. Podemos emplear, eso sí, lentes progresivas, de las que nos permiten ver a cualquier distancia con claridad. Aún así, solo el ejercicio de sentir lo cercano y lo lejano como íntimamente relacionados, nos ayudará a aceptar que no podemos entender lo uno sin lo otro. Las soluciones para nuestro defecto en la visión de cerca deben también corregir la mirada que hemos puesto en lo distante, y viceversa. La solidaridad, la compasión, la empatía, se expanden cuando somos capaces de desalambrar los caminos del encuentro entre lo que nos roza y lo remoto. Cuando percibimos su sentido compartido, cuando ejercitamos una mirada que no se desenfoca al cambiar la distancia, ni se acomoda a las seguridades conocidas, entonces estaremos realmente comenzando a ver.