La soledad de los números primos, de Paolo Giordano (2008)

La soledad de los números primos no es una lectura para tiempos bajos, pero sí es una buena lectura para dejar reposar toda esa vida que pasa a nuestro alrededor, la mayoría de las veces sin darnos apenas cuenta de que está pasando.

El libro tiene un ritmo estable, acorde al de sus protagonistas, Mattia y Alice, comparados con los denominados primos gemelos, originalidad matemática que descubre de vez en cuando dos números primos separados sólo por un número par que les impide tocarse. Mattia y Alice comparten una experiencia traumática que no sólo marca físicamente su vida sino que también les acerca y aleja al mismo tiempo y con la misma intensidad. Pero entre ellos se sitúa siempre un número par, un atisbo de normalidad que los empuja a un abismo de imposibles.

Mattia pensaba que él y Alice eran eso, dos primos gemelos solos y perdidos, próximos pero nunca juntos

La lectura de la Soledad de los números primos es fácil y profunda, los personajes están muy bien definidos, el argumento no tiene mayores pretensiones que ser testigo de la vida, sin mayúsculas, sólo marcada por la cotidianidad y el realismo que la envuelve. Es ese realismo el que deja un amargo sabor, pero también el que aleja de falsas victorias y felices finales que no están en lo que tenemos que ver día sí día no.

No es la típica lectura de la que pueda decir que he disfrutado, pero eso no significa que no me haya gustado, todo lo contrario, es un libro intenso, que guarda su fuerza en la sencillez de su escritura. Totalmente recomendable, pero si estás en uno de esos momentos bajos… déjalo para mejores días.

Mujer

Poco a poco, demasiado lentos, la sociedad ha ido pasando de celebrar el día de la mujer “trabajadora” al día de la mujer, sencillamente, pero con toda la carga que, a pesar de lo que socialmente hemos avanzado, conlleva el papel de la mujer. Vivimos envueltos en una misoginia que pretendemos superar a base de cuotas de paridad, cuotas que suenan a desafinado para la mayor parte de las mujeres, especialmente aquellas que sienten cada día en sí mismas el poder de la violencia, de la inferioridad, de la sospecha.

En la Iglesia no estamos precisamente en las mejores condiciones para dar lecciones en este tema. Incluso vocacionalmente parece que vuelve cierta idea de que “no es lo mismo”. Y no quiero reducirlo todo al detalle de si las mujeres pueden o no recibir el ministerio sacerdotal, porque si nos fijamos bien eso es sólo un detalle comparado con la nueva ola de testosterona eclesial.

Que nadie se me mosquee, pero hoy no voy a ser yo quien defienda el acceso de la mujer al sacerdocio, y no porque no crea en ello, sino porque antes debemos resolver el acceso de la Iglesia a lo femenino, recuperar el valor de lo simbólico, romper definitivamente con ritos de trasfondo machista, poner por delante lo emocional y lo espiritual, vivir nuestra vocación como una gracia de la dimensión femenina de Dios, porque quien nos mueve, y eso sí que lo creo profundamente, es el Espíritu, la Ruah, llenándome de ella me reconcilio con lo femenino que hay en mí. Hoy, día de la mujer, pido que la Iglesia también se deje invadir por Ella.

Conciencia

A veces, eso que llamamos conciencia se convierte en un quiero y no puedo. Eso no es lo peor, lo peor es que se nos hace inevitable. Cargamos las palabras con explicaciones planificadas y envueltas en moralina de tienda multiprecios. Es entonces cuando la conciencia ocupa el lugar del miedo a lo nuevo, al cambio que esperábamos, y que sabemos que necesitamos, pero que se esconde en misteriosos ardides que no podemos controlar, ni vencer, ni hacer pasar, y que controla la vida y las esperanzas.

Llaman a mi conciencia quienes recelan de mi libertad. Llama a mi conciencia el que prefiere que calle y me pide que acepte lo que no molesta. Llama a mi conciencia quien no busca realmente mi cambio sino su comodidad frente a mi palabra. Llaman a mi conciencia los que necesitan controlar y asegurar las mentes de los otros, para seguir estando arriba.

Hemos inventado la conciencia porque no podemos soportar que Jesús nos liberara de un Dios celoso, guardián y pejiguero. Dios no llama a mi conciencia, me llama a mí. Y en su llamada respeta mi andar, aunque sea errado y errante. En su llamada se hace uno conmigo, me acompaña en mi opciones, no se queda agazapado tras mis dudas para saltar sobre mí cuando decido vivir.

Me libero de mi conciencia porque necesito ser lo que Dios ha creado: un micromundo imperfecto y grandioso que acierta y se equivoca, que hace opciones, que se empapa de la Vida, y una Vida en abundancia, sin conciencias que la limiten.