Mujer

Poco a poco, demasiado lentos, la sociedad ha ido pasando de celebrar el día de la mujer “trabajadora” al día de la mujer, sencillamente, pero con toda la carga que, a pesar de lo que socialmente hemos avanzado, conlleva el papel de la mujer. Vivimos envueltos en una misoginia que pretendemos superar a base de cuotas de paridad, cuotas que suenan a desafinado para la mayor parte de las mujeres, especialmente aquellas que sienten cada día en sí mismas el poder de la violencia, de la inferioridad, de la sospecha.

En la Iglesia no estamos precisamente en las mejores condiciones para dar lecciones en este tema. Incluso vocacionalmente parece que vuelve cierta idea de que “no es lo mismo”. Y no quiero reducirlo todo al detalle de si las mujeres pueden o no recibir el ministerio sacerdotal, porque si nos fijamos bien eso es sólo un detalle comparado con la nueva ola de testosterona eclesial.

Que nadie se me mosquee, pero hoy no voy a ser yo quien defienda el acceso de la mujer al sacerdocio, y no porque no crea en ello, sino porque antes debemos resolver el acceso de la Iglesia a lo femenino, recuperar el valor de lo simbólico, romper definitivamente con ritos de trasfondo machista, poner por delante lo emocional y lo espiritual, vivir nuestra vocación como una gracia de la dimensión femenina de Dios, porque quien nos mueve, y eso sí que lo creo profundamente, es el Espíritu, la Ruah, llenándome de ella me reconcilio con lo femenino que hay en mí. Hoy, día de la mujer, pido que la Iglesia también se deje invadir por Ella.

Conciencia

A veces, eso que llamamos conciencia se convierte en un quiero y no puedo. Eso no es lo peor, lo peor es que se nos hace inevitable. Cargamos las palabras con explicaciones planificadas y envueltas en moralina de tienda multiprecios. Es entonces cuando la conciencia ocupa el lugar del miedo a lo nuevo, al cambio que esperábamos, y que sabemos que necesitamos, pero que se esconde en misteriosos ardides que no podemos controlar, ni vencer, ni hacer pasar, y que controla la vida y las esperanzas.

Llaman a mi conciencia quienes recelan de mi libertad. Llama a mi conciencia el que prefiere que calle y me pide que acepte lo que no molesta. Llama a mi conciencia quien no busca realmente mi cambio sino su comodidad frente a mi palabra. Llaman a mi conciencia los que necesitan controlar y asegurar las mentes de los otros, para seguir estando arriba.

Hemos inventado la conciencia porque no podemos soportar que Jesús nos liberara de un Dios celoso, guardián y pejiguero. Dios no llama a mi conciencia, me llama a mí. Y en su llamada respeta mi andar, aunque sea errado y errante. En su llamada se hace uno conmigo, me acompaña en mi opciones, no se queda agazapado tras mis dudas para saltar sobre mí cuando decido vivir.

Me libero de mi conciencia porque necesito ser lo que Dios ha creado: un micromundo imperfecto y grandioso que acierta y se equivoca, que hace opciones, que se empapa de la Vida, y una Vida en abundancia, sin conciencias que la limiten.

Héroes

Hay sueños que la edad no es capaz de borrar, tal vez matizar o disimular, pero siempre están ahí, a veces escondidos en ese trastero que usamos como cabeza, otras veces sacándonos los colores, porque ponen en evidencia al niño que aún vive en nuestra adulta apariencia. Algunos de esos sueños los mandamos a dormir hace tiempo, porque se fueron alejando de la imagen que el mundo, y nosotros también, iba esculpiendo con cada uno. La mayoría ni siquiera eran nuestros sueños, los tomábamos prestados de los amigos, de la televisión, de la vida.

Sueños de ser héroes, de cambiar el mundo, de cabalgar sobre todo eso que cada noche al apagar la luz nos amanazaba, y librar una decisiva batalla contra aquello en lo que los adultos se chocaban una y otra vez, como contra un muro empeñado en no dejarnos avanzar. Los sueños no entienden de muros y, a pesar de las risas de quienes dejaron de soñar, adultos en su mayoría, nadie nos podía impedir ser bombero o princesa, y policía, y enfermera, y cocinar para cientos de amigos invisibles, y volar para acabar con los malos de siempre, y ser soldado al que hoy toca ganar y mañana morir y, cómo no, ser mamá y papá.

Así es como nos sueña Dios, héroes que guardan en su interior el traje con el que un día comenzaron a salvar al mundo, a hacerlo más humano, más divino. Sólo en la medida en que sepamos reencontrarnos con ese olvidado “disfraz” para convertirlo en “ropa de diario” sabremos reconocer aquello para lo que Dios nos necesita hoy, que no será muy diferente de lo que soñamos ayer. Nos lo recuerda Jesús, sólo si nos hacemos niños podremos reconocer su voz y disfrutar de la vida sin límites, Reino de Dios le llamaba a eso, él lo sabía bien, acabamos de celebrar que se hizo niño.

Si este año, aunque sea sólo este mes, nos atreviéramos a sacar de nuevo ese héroe que escondimos, tal vez no acabáramos con el hambre en Somalia, ni con los campos de refugiados de Camboya, ni con la explotación de niños en cualquier parte del mundo, pero inundaríamos nuestro alrededor con una alegre invasión de soñadores…, es un buen comienzo para cambiar el mundo.

Coca-Cola, que ya sabemos que vende algo más que gaseosas, ha pillado esta idea, y a eso nos invita también en el nuevo año, ¿podremos hacerlo por algo más importante que un refresco? De cualquier modo, el anuncio es un buen ejemplo de inteligencia emocional, aquí os lo dejo.