Desarmar la IA: una lectura de Magnifica Humanitas

En estos primeros días de la publicación de la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV, he leído y escuchado opiniones de todo tipo. Lo más sorprendente ha sido constatar el aplauso agradecido de sectores que, tras proclamar su ateísmo militante, reconocían sin tapujos el valor del documento, en cuanto el papa ha logrado desenmascarar el falso mito de la neutralidad tecnológica.

Estas voces sitúan el núcleo de la encíclica en la petición para desarmar la IA. Quizá muchos han olvidado que León XIV comenzó su pontificado exigiendo al mundo una paz desarmada y desarmante. Por eso, al mirar el mapa de la inteligencia artificial, el papa insiste en que la tecnología debe ser una herramienta de humanización y no de mera tecnificación; de construcción y no de exclusión; de paz y no de trinchera y división.

Pero desarmar la IA no es un camino fácil. La encíclica aporta pistas interesantes, enraizadas en la rica y larga tradición de la Doctrina social de la Iglesia, presentándolas como esas nuevas cosas sobre las que debemos sostener una voz clara y un testimonio valiente. Destaco cinco propuestas que nos obligan a cambiar radicalmente de perspectiva.

1. La trampa de la falsa neutralidad. La encíclica lanza una doble denuncia: ni la tecnología es neutral, ni su valor ético depende únicamente del uso que le demos. Los algoritmos, los códigos fuente y las grandes infraestructuras de datos conforman nuestra vida social, y pertenecen a la humanidad entera, no a un puñado de corporaciones opacas cuyos intereses reales se nos escapan. Se nos ha hecho creer que la responsabilidad recae solo en el usuario, como si detrás del diseño de estos modelos hubiera una inocencia ética. Desarmar la IA exige mirar el origen del sistema: cómo está programado y qué idea de persona y de sociedad oculta detrás de sus datos.

2. El arte de saber prescindir. Una de las propuestas más revolucionarias del documento es la necesidad de educar en el límite; es decir, enseñar a prescindir de la IA. Supone un aprendizaje contracorriente para decidir cuándo y para qué no utilizarla, evitando caer en la trampa de la respuesta rápida y fácil que anestesia el tiempo de las preguntas y ahoga la creatividad. La escuela, como espacio de búsqueda y amor por la verdad, tiene aquí un papel esencial que no puede delegar en ninguna tecnología.

3. El peso físico de lo digital. El texto nos obliga a levantar la mirada y medir el impacto ambiental y humano de la IA. Su uso ético no se agota en la herramienta: las inmensas granjas de datos —estratégicamente ubicadas en países en vías de desarrollo— consumen recursos naturales hídricos y energéticos irremplazables; la extracción de tierras raras deja un rastro de destrucción local para beneficio de despachos a miles de kilómetros; y el uso de mano de obra barata para entrenar algoritmos genera una nueva categoría de trabajadores descartados. Exigir sostenibilidad también es cuidar la Casa común.

4. La vulnerabilidad no es un fallo de fábrica. En una cultura impregnada por el transhumanismo y obsesionada con la eficiencia, la fragilidad humana se comercializa como si fuera un defecto de software. Cuando la tecnología se transforma en tecnocracia, nos encerramos en un narcisismo que olvida que nuestra dignidad radica en la comunión y en la sabia aceptación de nuestros propios límites. La persona no vale por su utilidad o rendimiento, bajo la promesa del progreso y una salvación meramente técnica. Urge educar en la compasión, la generosidad y la sabiduría que emana, precisamente, de nuestra vulnerabilidad.

5. El corazón no se replica. La IA debe estar siempre al servicio del pensamiento propio y la creatividad. Custodiar lo humano es recordar que la historia está tejida de violencia, pero también de gestos creativos que han superado las mayores tragedias. La encíclica evoca la Novena sinfonía de Beethoven, el Guernica de Picasso o La lista de Schindler, así como el nacimiento de la Cruz Roja o la ONU. Junto al testimonio de vida de muchas personas de todos los credos y culturas, sin ejemplos de que es posible hacer crecer la técnica sin que se repliegue el corazón.

Quienes se han quedado en un elogio superficial de la encíclica, partiendo de una lectura diagonal del texto, corren el riesgo de pasar por alto otros desarmes igual de incómodos que se proponen: la defensa de la vida en todos sus estadios —especialmente en el principio y en su final—; la urgencia de un trabajo con condiciones dignas; la necesidad de escuchar el clamor de las víctimas dándoles espacio real; y la apuesta por una educación plural y transformadora, que garantice la libertad de enseñanza y se aleje del cinismo político. El discurso del papa ante las cámaras legislativas españolas, el 8 de junio, no deja lugar a dudas sobre que estos son los verdaderos temas de fondo.

Magnifica Humanitas es una encíclica social para el mundo real. No se hace ajena a nada de lo humano, ni se esconde en optimismos baratos, ni se desentiende de los barros de la historia. Aporta esperanza porque se asoma a la intemperie digital con la mirada del Evangelio. La bellísima cita de J.R.R. Tolkien en El Señor de los anillos que recoge el texto resume a la perfección el espíritu de este desarme:

«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza» (HM 213).

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