Caminos sin retorno

Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno. Tengo anotada esta frase en un pósit sobre mi mesa de trabajo, la leí en la novela Tous les matins du Monde de Pascal Quignard, que después Alain Corneau convirtió en una bella y delicada película. A pesar de su aparente estoicismo, incluso de su sentido trágico, la idea no deja de ser apropiada para estos momentos que vivimos.

Nuestra forma de manejarnos en la vida nos ha acostumbrado a los retornos, incluso los preparamos, esperando volver a lo que hacíamos antes, sobre todo a cómo lo hacíamos, una facilidad innata para convertir en tradición nuestras rutinas y defenderlas de cualquier intento de cambio, avance o revolución. Últimamente pareciera que nos hemos instalado en un comienzo continuo. No es solo que hayamos aprendido a manejarnos en el intrincado dédalo de las medidas de protección y cuidado, tampoco es una resignación a lo que venga, como si ya nada nos pudiera asustar y nos hubiéramos convertido en los valientes pulgarcitos de la vida. El momento actual es diferente porque nosotros lo somos, porque la realidad nos ha enseñado a amar el misterio y la incertidumbre, porque hemos comenzado a superar esa peculiar tortícolis que afecta a los proyectos y las programaciones, siempre preocupados por volver a lo que nos hizo felices.

Este aprendizaje nos impulsa al frente, nos recuerda que no debemos tratar de volver a aquello que nos ha hecho felices, como canta Sabina. Los caminos sin retorno son una invitación a salir de la obsesión por repetir modelos y valores, instantáneas de un pasado, resistencia íntima a abandonar ese eterno retorno que tranquiliza conciencias. Es así como la creatividad se convierte en un camino sin retorno, cada mañana nos incluye en la lista de quienes confían en el valor de lo por venir, de quienes arriesgan sus equipajes metodológicos y pastorales para hacerlos vida, no leyes ni moldes. Es así como la creatividad se nos presenta nuevamente como capacidad intacta y hecha de trazos.

La vida nos embarca en sendas tortuosas, que se cruzan entre ellas, que a veces se difuminan y otras se llenan de obstáculos, que vuelven sobre sí mismas y nos fuerzan a repetir la historia, como si no hubiéramos aprendido nada de lo recorrido. Solo cuando hacemos nuestras esas sendas y miramos su recorrido sin miedo, comprendemos que no admiten el retorno, nos llevarán a novedosos paisajes del aprendizaje, nos embarcarán en espacios de evangelización que abran, a su vez, nuevos caminos para otros, tal vez acostumbrados a las trochas y atajos.

Dice el filósofo estadounidense Joseph Campbell que debemos estar dispuestos a dejar ir la vida que planeamos, para poder tener la vida que nos espera (we must be willing to let go of the life we planned so as to have the life that is waiting for us). Se nos hace real esta recomendación, obligatoria incluso para poder mirar cada mañana, ese espacio común que nos capacita para la vida, siempre con un ojo hacia lo sabido y otro a lo por saber, en un equilibrio que nos permite creer, avanzar y sentir.

No se nos pide abolir la historia, levantar una pira en cada comienzo, en la que quemar el pasado y recibir lo nuevo. La tarea supone adentrarnos en todas las relaciones, en todas las posibilidades, en todos los encuentros que cada mañana nos ofrece. Se nos pide confianza en las oportunidades, mirada firme y penetrante al futuro incierto que se empaña en nuestros ojos. Se nos pide decisión y paso firme, no paso seguro, porque ese se queda al abrigo de las tempestades, sino un paso que no tema las tortuosas sendas que la mañana nos regala, y decisión para salir del confort y la comodidad de los caminos trillados, para emprender los viajes que solo el corazón entiende y la creatividad propone. Se nos pide creer en esos caminos sin retorno, porque para aquel que se abre a ellos todas las ventanas dan al mañana.

Poner el alma en cada cosa

Hace poco más de un año que mi buen amigo Juanjo de la Torre me regaló la palabra meraki. Él, a su vez, la había recibido de un alumno de 4º de ESO, y consideraba que con el gesto heredaba la responsabilidad de regalarla a otros. Meraki proviene del griego, es un adjetivo que se usa normalmente para describir aquella situación en la que se pone un especial empeño, el alma y el corazón, desde el amor y la creatividad. No hay una traducción exacta al castellano, necesitamos esa larga perífrasis para entender su significado, pero no es obstáculo para que nos envuelva con la fuerza de su intensidad y precisión.

Fue Protágoras quien dijo y defendió aquello de que el hombre es medida de todas las cosas, situando así en el centro y en el objetivo de toda acción la capacidad humana de dejar alma y corazón en cuanto hacemos. Ser medida de todas las cosas no puede confundirse, como se hace a veces, con un pasar por el mundo imponiendo nuestra presencia, midiendo obsesivamente cuanto nos rodea, incluso aquello que no tiene medida. Es esta obsesión la que acaba controlándolo todo, nuestra mirada, nuestra infinitud, nuestros espacios de encuentro y de conocimiento, les aplica una medida limitadora que no pone corazón sino control. Las personas, en ese caso, no suman por las emociones que las integran sino por el valor que se adjudican.

Al medir cada cosa reducimos su realidad a un número, esquivamos su trascendencia y nos obligamos a poner como centro de nuestra acción solo aquello que podemos conocer y abarcar. Y a pesar de ello, nos gusta medir, en realidad lo hacemos constantemente, llenamos el corazón y la mente de reglas con las que calcular los pasos que damos, catalogar a las personas que encontramos en la vida, ordenar el mundo para hacerlo más comprensible. Esta proyección se convierte en una dificultad para el amor, y nos encierra en apuestas personales que nos llevan a poner el corazón en efímeras muestras de sentido. Decía San Bernardo que la medida del amor es amar sin medida, pero cuesta poner en ello el alma, ser creativos para entregarnos por entero, sin los condicionamientos que suelen envolver nuestras decisiones. Amar sin medida es aceptar fallos y errores, sin esquivarlos, haciendo de ellos oportunidad para la intensidad de la vida. Es meraki, descubrir nuevos mundos sin caer en la tentación de conquistarlos, asombrarse ante la cotidianidad sin buscar ordenar la entropía, ser parte del todo sin agotar en el todo el regalo de la diversidad.

Al igual que los escultores de la antigua Grecia, nos gusta hacer emerger la belleza, más allá de la forma en la que tantas veces nos quedamos. Lo fácil es rendirse a la belleza instantánea, andar con prisas por la vida y aceptar la imagen que no nos requiere demasiados esfuerzos interpretativos, casi como una reducción de sentido que nos evite pensar. También meraki tiene que ver con este empeño, al buen escultor se le otorgaba este adjetivo cuando era capaz de ir más allá del arte decorativo y se daba por entero a su obra, dejaba su alma en ella. Meraki es también el maestro que no se queda en enseñar o en evaluar, sino que crea algo nuevo en su relación con el alumno, una lección inolvidable, inmensa, auténtica. Meraki es quien ama sin medida, quien avanza sin límites, quien se sabe mucho más que una vocación o un estilo de vida, y pone el alma en cada cosa, en cada gesto, en cada silencio también.

Quien pone el alma en cada cosa no la pierde, la expande de forma creativa, se convierte en testigo de la vida compartida, vive también en aquello que hace propio. Me recuerda a la palabra hebrea que se usa en el relato de la creación, dabar, Dios crea algo nuevo mediante la misma palabra que pronuncia, cada término contiene aquello que significa y lo trae a la existencia. Es así como quiero pronunciar los nombres de aquellos a los que amo, los nombres que otros les dieron al nacer y los que yo mismo les he dado al hacerlos parte de mi vida; quiero pronunciar también así, creando algo nuevo, las virtudes que me reconcilian con la vida entregada, esas que hacen brotar paraísos en las secas estepas que voy abriendo con mi torpe discurrir por la vida. Crear, amar, darme y recibirme, sin la ambigua lección de las apariencias, meraki y dabar, sin medida, pero también como medida de todas las cosas, en una atrevida libertad de aquellos que ponen su alma en todo, sin más, sin menos.

La capacidad de crear

Los antiguos griegos no consideraban al artista un creativo, sino un imitador de la realidad, tomándola en sus manos y transformándola con los materiales que tiene a su alcance, sacando de ellos su esencia más íntima. Solo los poetas eran considerados creadores de algo nuevo, hermeneutas del mundo, instigadores de sentido. Por eso el oficio de poeta y el de filósofo estaban tan unidos, ambos hijos del asombro ante la belleza que huye de la mera imitación y nos abre a la novedad, a la crítica, a un espacio de salvación para los sentidos. Este concepto de creatividad fue evolucionando a lo largo de la historia, muy lentamente, en una batalla infinita entre la valoración de la imitación y la valoración de la interpretación. Tenemos que avanzar mucho en este camino hasta alcanzar una atrevida idea de arte y de pensamiento que deja de imitar la realidad e invita a deconstruirla, encontrando en ello el sentido de su interpretación, la visión y el pensamiento propios que se imponen sobre la evidencia de lo complejo. Como herencia de esas búsquedas hemos aceptado identificar creatividad con novedad, aunque no siempre tienen que ir de la mano.

A comienzos del siglo XX, la la oposición dialéctica entre los filósofos Heidegger y Cassirer aportó un salto gigantesco a esta reflexión. Envueltos como estaban por las vanguardias del arte, consideraron necesario separar definitivamente la creatividad de la imitación, pero también distanciarla de la necesidad de aportación de novedad. Martin Heidegger reflexiona sobre la creatividad interpretándola como la recomposición del ser, la recuperación de la esencia, una hermenéutica de la realidad a partir de su estar ahí, y de su ser para nosotros, que nos permite percibirla y la transformarla. Ernst Cassirer, por su parte, define la creatividad como necesidad de aportar sentido, lo que nos abre a una dimensión creadora que desarrolla nuestras capacidades, en especial nuestro pensamiento, a partir de los símbolos que apuntalan la libertad personal y la expanden.

Por caminos paralelos ambos definen la creatividad como la capacidad de completar los fragmentos rotos de la realidad, sin necesidad de ser plenamente novedosos en el empeño. Es este pensamiento divergente el que nos aporta una visión diferente de lo real, por este motivo los creativos, los creadores, se han hecho tan peligrosos a lo largo de la historia; su interpretación del mundo no siempre tiene que ver con una innovación, que puede incluso llegar a ser tolerable, sino con la tarea de la completar espacios de sentido a partir de un pensamiento propio, que siempre será diferente al de otros, lo que les convierte en peligrosas armas de divergencia y autonomía.

En este intrincado equilibrio la escuela juega un papel imprescindible. Los maestros y las instituciones educativas que no convierten en un mero slogan la libertad y la pedagogía, son capaces de una creatividad como apertura de sentido, señalando simbólicamente las discontinuidad de los espacios, sin cerrarlos con interpretaciones que agoten su trascendencia, evaluando las búsquedas por delante de los constructos sociales, haciendo una lectura poética de la realidad, una armonía que no descansa en los acordes de una moral imitativa. Decía el compositor ruso Igor Stravinsky que “en la raíz de toda creatividad, uno encuentra algo que está por encima de lo terrenal”.

Por contra, sabemos que la escuela también guarda acciones que matan la creatividad. Puede verse en su repetitivo empeño por moldear piezas que perpetúen el pensamiento clónico, cuando da continuidad a un sistema aferrado a la imitación, cuando solo premia la innovación por su carácter novedoso pero sin que rompa realmente con los viejos sistemas. Asistimos a una lenta muerte de la creatividad en las descarnadas definiciones del currículo, en el academicismo de los libros de texto, en la excesiva institucionalización y la vigilada autonomía de los centros y de los educadores. En todos estos casos la creación perece ante la propuesta de sistemas cerrados que se resisten a la flexibilidad e imponen la costumbre y la tradición. Alumnos y educadores son condenados cuando emprenden algo por encima de lo terrenal, cuando se dotan de capacidades para unir los fragmentos separados de su realidad. Y también son protegidos por este búnker de autoreferencialidad los pastoralistas, los que creen en una innovación pedagógica que no pierda nada de lo recorrido, los que aportan eslabones en lugar de candados. Se les invita a instalarse en la facilidad del pensamiento precocinado y son catalogados desde la sospecha del pensamiento propio.

El escritor francés Saint-John Perse, en su discurso de aceptación del premio Nobel reclamaba la tarea del poeta, en la mejor tradición heredada de los griegos. El poeta no abandona el umbral metafísico, equilibra su existencia en los límites del conocimiento, sin repetir saberes de otros, porque para Saint-John “poeta es aquél que rompe, para nosotros, la costumbre.” Reclamo yo también la educación como poesía, como arte del que no podemos ni debemos prescindir, abierto a un aprendizaje no monitorizado sino acompañado, que respete los huecos infinitos de la comprensión de la realidad, que rompa la costumbre impuesta por las interpretaciones heredadas. Una educación que permita el asombro, la búsqueda, la métrica poética de la vida.

Oponemos una resistencia íntima a nuestra capacidad de crear, que limita, empequeñece nuestro pensamiento. Las consecuencias son un analfabetismo progresivo que nos impide leer la realidad y debilita nuestra capacidad de interpretar. Podemos ver sus efectos en el modo en que vivimos esta pandemia, y prever su eco en el mundo que quedará cuando desaparezca. Nos resistimos a completar los fragmentos rotos porque creemos más en la fuerza de lo nuevo que en el esfuerzo de reparar grietas. Y también nos resistimos porque nos acomodamos a completar esos espacios de sentido con viejos valores y sabias palabras que tan solo imitan la costumbre de lo que antes funcionó, a pesar de estar en un tiempo nuevo en el que la realidad se presenta desde un ahora diferente y radical. Esta resistencia, que podríamos definir como imposición moralizadora, pretende alejarnos del instinto creador, para el que hemos sido creados, cuestiona al poeta y al artista, relega a quien pone color en la escala de grises de la vida, o a quien deja vacíos inspiradores en sus grietas. “No puedo prescindir en mi vida y mi pintura de algo que es más fuerte que yo, que es mi vida, de la capacidad de crear” (Van Gogh).