Mi vida hecha de libros

“Nuestra vida está más hecha por los libros que leemos que por la gente que conocemos”

Graham Greene, Viajes con mi tía

Me reconozco devorador de libros. Aún recuerdo el primer libro que leí conscientemente, tenía doce años y un profesor de clases particulares, a quien desquiciaba mi permanente bloqueo con los números y las fórmulas, quiso explorar mis inquietudes prestándome El hobbit, de J.R.R. Tolkien. Cuando a la semana siguiente se lo llevé de vuelta, él no podía creer que lo hubiera podido leer tan rápido, yo no podía creer que aquel fuera el comienzo real de una vida hecha de libros. Don Ezequiel, que así se llamaba quien con tanta paciencia pretendía que yo accediera al equilibrio y la exactitud de las matemáticas, me pidió allí mismo un resumen de la lectura, y lo debí hacer con tal pasión y empeño que ese día me llevé el libro como regalo a casa. Fue el primero de muchos, aún lo conservo, y lo he releído al menos diez veces desde entonces, no por su profundidad literaria, vuelvo a él para recordarme, para sentir de nuevo la pasión por las ventanas abiertas de la vida, para regresar al amor primero y dejarme abrasar por su intensidad.

Mi adolescencia fue un equilibrio de pasiones descubiertas día sí, día también, donde la historia, la arqueología, especialmente la egiptología, disputaban tiempos y sueños con los juegos y los primeros enamoramientos. Como en un guión escrito, todo me llevó a la novela histórica, compartiendo insomnio y tardes de domingo con Christian Jacq, Walter Scott, Manfredi, Lion Feuchtwanger, Robert Graves, Mika Waltari, Juan Eslava Galán… Me invocaban para recrear mundos reales, nada de ficción ni fantasía; me descubría inmenso en sus desiertos egipcios y palestinos, valedor en sus gestas y cruzadas, frágil en sus espacios rotos, misterioso en sus silencios. Las películas Quo vadis? y El nombre de la rosa me llevaron directamente a Sienkiewicz y a Umberto Eco, y me arrancaron la promesa, que aún mantengo, de no volver a ver película alguna de un libro leído o por leer.

Los años de instituto me trajeron lecturas curriculares, obras maestras la mayoría, que no pude disfrutar hasta que fui libre para leerlas con mis propios ojos. Mientras tanto, fuera de mis deberes, dejé definitivamente la novela histórica y me fui dejando llevar por Ana Ozores a las profundidades de la novela social, Clarín, Galdós, Dickens, Hardy, Trollope, Gorki… Cada uno de ellos marcó irremediablemente mi visión del mundo, acompañaron el crecimiento de mi sensibilidad social, me moldearon y sacudieron por dentro, los leía apasionadamente…, y aún vuelvo a ellos de vez en cuando.

En mis años de universidad, estudiando filosofía, me adentré en lecturas más intensas, algunas me costaron meses y más de una crisis personal, pero en realidad eran momentos de replanteamiento vital, de buscar el tiempo perdido junto a Proust, de subir al sanatorio de Davos con Thomas Mann, o adentrarme en la distopía de Orwell en su 1984, y mirarme y ser mirado en el retrato de Dorian Gray con Wilde, de tumbarme en las praderas de Iris Murdoch, resucitar a Matías Pascal con Pirandello o salir de pesca existencial con Melville…

Desde entonces he ido construyendo mi particular salón literario, autores y libros que me han acompañado, han formado mi conciencia, han hecho mi vida, han sido encuentro, han vencido tiempos de tristeza y soledad, me han rescatado de ansiedades no buscadas, y al leer su última página han provocado, con los ojos cerrados, silencios, lágrimas, utopías personales que conquistar: Saramago, Ishiguro, Ángel González, García Márquez, Celaya, Foenkinos, Houellebecq, A.M. Homes, Bolaño… Es un salón interminable e incompleto, porque sigo invitando a nuevos maestros y sigo buscando libros que me hablen, que hagan responder a mi alma.

A lo largo de esta vida hecha de libros he tenido oportunidad de conocer personalmente a tres escritores. En el instituto tuve que presentar a Sánchez Dragó cuando vino a hablarnos de sus cosas, en uno de esos encuentros que se organizan con autores, el premio por aceptar fue compartir desayuno, y quedé fascinado por sus mundos interiores y su facilidad para transportar a ellos a quien tenía delante. Más tarde, estudiando filosofía, me invitaron una tarde al literario café Gijón, allí estaba Camilo José Cela, todos hacían como que no le veían, lanzábamos miradas de soslayo a su rincón, hasta que me armé de valor y fui a decirle, con una actitud más de fan que de lector, lo mucho que me había marcado aquella Colmena de un café parecido a este, Cela me preguntó si la había leído como lectura obligada en el instituto, mi respuesta le descolocó, si es que era posible descolocar a un personaje como él, No, en el instituto solo pasé las páginas, leerla, realmente leerla, ha sido después, y varias veces, se rió con ganas y me estrechó la mano. La más reciente ha sido Carmen Guaita, con ella he podido compartir muchas más cosas, espero seguir haciéndolo, y he encontrado un camino nuevo, conocer a la escritora al mismo tiempo que me voy envolviendo en su obra, reconocer el eco de su voz en la lectura, emocionarme con los personajes que deambulan por esos espacios de amistad y encuentro, y comprender que son incluso más reales que yo mismo, porque me sobrepasan y trascienden.

Aún me queda por hacer mucha vida en muchos libros, pero si algo he aprendido de todas mis lecturas, es que la vida más auténtica solo la he hecho, y la quiero seguir haciendo, en los encuentros que le dan sentido y me acercan a las personas reales, es con ellas que voy escribiendo mi propio libro, el único que al final habré realmente leído.

#laescuelaquequeremos (y 3)

#laescuelaquequeremos tiene será creativa, divergente, no eternalista o no será nada.

Como una constante del institucionalismo que a veces invade nuestras escuelas se ha establecido la falacia del eternalismo, la búsqueda incansable para que los modelos pedagógicos y pastorales se mantengan en el tiempo, que la escuela del futuro se reconozca en un presente continuo, que los valores y el ideario que nos identifican sean estables e identificables. Hemos heredado esta idea, aunque distorsionada, del concepto religioso de “reino de Dios”, por el que debemos trabajar sin descanso y que esperamos alcanzar, que nos conseguirá la “tranquilidad” de la estabilidad moral, personal y espacial. Reconocemos los signos del eternalismo en esos compañeros que encuentran una programación que funciona y encaja, y la perpetúan hasta el día de su jubilación, pero también lo vemos en los modelos institucionales que aspiran a la estabilidad, creyendo que de ese modo nuestro mensaje será más claro y directo, porque al fin hemos encontrado algo que no cambia, y en esas celebraciones pastorales, que tanto costó introducir pero que se van repitiendo con cada vez menos sentido celebrativo y más porque toca. Cuando regresé después de 30 años a mi colegio de la infancia, encontré los mismos colores y los mismos carteles en las paredes, nada había cambiado; eso me tranquilizaba, todo seguía como lo recordaba y aportaba estabilidad a mi memoria y a mi sentimiento de que hay emociones que traen paz a mi ajetreada vida actual. Pero también sentía que no es esa la finalidad de la escuela, menos aún de la escuela católica, la falacia de la eternidad institucional nos lleva al materialismo de las ideas, nos sitúa en un espacio de comunes, prepara la aparición de palabras anticreativas, siempre se ha hecho así, esto es lo que somos, únete a nuestra visión del mundo…

El futuro de la escuela pasa por huir del eternalismo, ciertamente eso nos sitúa en la inestabilidad de lo efímero, pero es en esa inestabilidad donde debemos construir y deconstruir, evitando el sincretismo pedagógico, el indeterminismo institucional, la especulación pastoral, la improvisación moral… Esta huida del eternalismo nos situará en el mundo de la cultura y la poscultura, en el que curiosamente, a pesar de ser espacios educativos y transformadores, no estamos. No solo hay que situarse, es necesario asumir un papel claro, sin ambigüedades, en la creación cultural. La figura del educador cristiano, más allá de la DECA, del compromiso cristiano que esperamos ver en los currículos, de la colaboración voluntaria o la participación en los actos pastorales e institucionales de la escuela, necesita de compromiso por sentirse comunidad, especialmente cuando el hiperindividualismo va ganando espacios en la sociedad y en la escuela. Del mi al nuestra, desterrando el copyright de las mentes de los miembros del claustro. Pero no solo hacen falta educadores que compartan conocimiento, los necesitamos que compartan talentos, que aporten pensamiento divergente y crítico. Y la institución también tiene aquí algo importante que cambiar, necesita reconocer e integrar esos talentos con normalidad, no con excepcionalidad, promover las virtudes de quienes la integran para evitar los valores eternos y permanentes, solo así estaremos poniendo bases de pensamiento divergente y nos abriremos a las posibilidades del futuro en el tiempo presente.

#laescuelaquequeremos no puede ser otra cosa que trascendente.

El sentido efímero y los rasgos que hemos descrito hasta ahora conducen a la característica más significativa para hablar de un futuro de la escuela, su sentido de la trascendencia. La volubilidad nos plantea el reto de una escuela creativa y humanizada, que reconoce, como logos de trascendencia, las diferencias, los espacios distópicos, las desigualdades, los fracasos. La escuela del futuro no puede ser un invernadero de sentido autoreferencial, al estilo frío y solipsista de tantas películas y series futuristas; la escuela medirá su sentido en cuanto prepare para la intemperie, aporte valor desde la trascendencia que la habita, eduque en la entropía existencial desde el sentido último de lo vivido. Lo nuestro no es poner andamios que preserven los conocimientos y los valores transmitidos, sino asegurar los cimientos para vivirlos a la intemperie de la vida. Y nuestro cimiento no es otro que el Evangelio.

Y todo esto no se consigue añadiendo asignaturas o competencias al currículo, sino recreando los espacios, el lenguaje, los símbolos, las relaciones, los objetivos. Una escuela trascendente aprende a leer la realidad desde las preguntas abiertas, no desde las respuestas cerradas. El reto de #laescuelaquequeremos se enmarca en el difícil espacio de una sociedad plenamente inmanente, que solo va más allá del sentido de la realidad a través de experiencias mediáticas y tecnológicas. Hace poco, en una entrevista, el escritor Jordi Sierra i Fabra decía, “Leer me salvó la vida, escribir le dio sentido”. Nos hemos instalado en la inmediatez, de tal modo que la pastoral y la evangelización que promovemos se han rodeado de un halo soteriológico que solo contempla el futuro desde la preocupación por “salvar la vida”, pero que le cuesta encontrar símbolos y palabras para “darle sentido”. Es evidente que en eso de salvar tenemos experiencia, somos expertos y aportamos a la sociedad un valor fundamental, preocupándonos por la integración, ayudando a los más débiles, tanto dentro como fuera de la escuela, y apostando por la atención a la diversidad. Todo ello lo enmarcamos en la voluntad de ser escuela evangelizadora, que desde nuestros carismas institucionales embellece el mundo y salva a las personas. Pero la referencia futura de todo lo bueno que hacemos necesita que, tras la salvación del presente también le aportemos sentido trascendente ¿En qué medida la pastoral y la evangelización están dificultando la trascendencia? Esta cuestión es muy delicada, y debemos estar preparados para afrontarla con seriedad y sentido.

En definitiva, #laescuelaquequeremos no puede construirse con sueños, necesitamos incorporar a nuestro discurso y a nuestras propuestas realidades factibles, historias que vivir, espacios de liberación interior y exterior, porque solo así nuestras escuelas serán realmente evangelizadoras, creativas, implicadas en el cambio, solo así, desde la permeabilidad y la humildad, podremos construir sentido que ayude a otros a habitar la intemperie de la vida. Cuando nuestro compromiso es con las personas y con su futuro, no queda espacio para soñar sino para sembrar realidades.

Un silencio elocuente

Hay silencios que matan, y silencios que hablan. Los silencios nos incomodan, porque crean nuevos silencios, porque no sabemos descifrar sus elocuencias, porque preceden tempestades, porque son incontrolables. En cuestiones de fe el silencio que más nos incomoda, y descoloca, es el silencio de Dios, un silencio de tumba, que alarga el silencio del calvario; un silencio de respuestas, que alarga el silencio de la guerra, de Auschwitz, de la enfermedad, de la muerte sin sentido…

No es fácil creer en esos silencios. En ellos muchas veces solo podemos sumar nuestro silencio cómplice, ese en el que no sabemos qué decir, o preferimos callar para salvar algo que llamamos dignidad. Cuando los discípulos se le iban a Jesús, en silencio, porque no podían pronunciar palabras como misericordia o perdón o amor, él preguntó a los pocos que quedaban, ¿también vosotros queréis iros?, y Pedro respondió, ¿a dónde vamos a ir? solo tú tienes palabras de vida.

Palabras de vida, palabras que salvan, y enseñan oportunidades, palabras que rompen silencios de tumba y se clavan en la carne muerta para llenarla de esperanza, palabras que alimentan miserias y engordan futuro, palabras que superan barreras de soledad para abrazar presente, palabras de vida.

Dios no ha callado, lo que nosotros decimos silencio él lo llama resurrección, nuestra ansiedad la nombra esperanza, nuestro desconcierto redención. El silencio es un acto de cobardía que nos aleja de lo humano, y divino, que nos constituye, es por eso que necesitamos pronunciar resurrección, esperanza, redención… palabras de vida, que no nos hagan cómplices de quienes odian la vida y preparan sepulcros. Dios no ha callado, somos nosotros, los que nos decimos creyentes, la Iglesia, los religiosos y religiosas, quienes callamos y blanqueamos tumbas, haciéndonos cuando hablamos esclavos de nuestras palabras.

La Pascua nos devuelve el misterio primaveral de Dios que se hace palabra, nos empuja a pronunciar palabras nuevas, llenas de vida, palabras de amor y de encuentro, palabras atrevidas, sin moldes, cargadas de futuro. Palabras de Vida.

Feliz Pascua, feliz Vida.