Una invitación al asombro

El pasado 13 de mayo presenté el libro Vivir a la intemperie. El acto tuvo lugar en la iglesia de las Monjas Trinitarias Descalzas de Madrid, y conté con la presencia de mi familia, mis hermanos trinitarios y muchos buenos amigos. Pero muy especialmente, conté con las cariñosas palabras de Rafael Espino —director de la editorial San Pablo—, Victoria Moya —directora de comunicación de Escuelas Católicas, que presentó y moderó el evento—, Lluis Homar —actor y director teatral— y Carmen Guaita —escritora, amiga y compañera de búsquedas—. Os dejo el texto de mi presentación personal del libro, ya que muchos de los que no pudisteis asistir me lo habéis pedido insistentemente.

Aunque llevo años escribiendo sobre la intemperie, debo confesar que, al afrontar el proceso de creación y publicación de este libro, me he sentido completamente expuesto a ella. Ha sido un ejercicio de “desarropamiento”; un viaje hacia los entresijos del alma y hacia todo aquello que la apasiona, con el fin de desnudarla por completo.

Reconozco que, a pesar de llevar publicando desde hace tiempo un blog, convertir aquellas reflexiones en libro ha sido un camino nuevo, desafiante y cargado de asombros. El pudor a la intemperie a menudo nos empuja a retroceder, a buscar los refugios del control y la seguridad. En la tarea de escribir y ordenar mis pensamientos, esa tentación ha estado más presente que nunca. Sin embargo, en todo este proceso, el apoyo de muchos de vosotros ha sido el abrigo necesario para afrontar el frío de las afueras. Hoy, vuestra presencia aquí verifica esa intuición: que la intemperie solo es habitable si se comparte.

El título, «Vivir a la intemperie», nace de ese espacio digital que alimento cada semana. Con mis pensamientos compartidos no pretendo dar lecciones. Yo también me descubro buscando certezas, techos ideológicos o abrigos que me protejan del viento de la duda y la incertidumbre. Pero he aprendido a encontrar en la intemperie mi lugar de sentido. O mejor dicho: mi no-lugar. Es ese espacio donde comienza el atrevimiento de reflexionar, mirándome a mí mismo y mirando al mundo sin filtros. Como decía Montaigne, estas páginas aspiran a ser apenas un fuego encendido en mitad de la noche para que podamos calentarnos un rato antes de seguir la marcha. Porque, al final del día, lo que queda no son nuestras certezas, sino las huellas que hemos dejado al caminar junto a otros.

Ortega y Gasset afirmaba que «vivir es siempre, quiérase o no, estar en alguna convicción, creer en algo acerca del mundo y de sí mismo». Escribo, precisamente, para mantener abiertas las ventanas de esas convicciones. No busco ordenar el mundo —el mundo tiene su propio caos sagrado—, sino para evitar instalarme en un orden que me anestesie.

Esa necesidad de buscar la verdad más allá de los muros seguros me acompaña desde la adolescencia. Como revelo en la introducción, fue en las noches vividas en el Pirineo aragonés, en la experiencia del asombro puro bajo las altas cumbres y el cielo estrellado, donde adquirí este “atrevimiento” que he hecho seña de identidad: el de desaprender lo aprendido. Dice Aristóteles que el asombro es el comienzo de la filosofía. Más tarde, Hegel afirmó que el verdadero comienzo de la filosofía es la necesidad. Asombro y necesidad: ambos son el motor de mis dos vocaciones: la filosófica y la religiosa. Ambos me recuerdan que la verdadera sabiduría no consiste en acumular respuestas, sino en saber pronunciar las preguntas adecuadas.

La intemperie es el hilo conductor de esta espiritualidad del tiempo presente. No es solo una idea, es un desafío y un tesoro. En este libro, hay tres constantes antropológicas y espirituales que guían mis reflexiones: el pensamiento, la memoria y la belleza.

Primero, el pensamiento. No escribo para convencer a nadie, sino para abrir un claro en el bosque donde el lector se atreva a salir del laberinto del no-pensar. Necesitamos volver a contar estrellas, como Abraham. Dice el Salmo 90: «Enséñanos a contar nuestros días para que podamos adquirir un corazón sensato». Aquel cielo estrellado que me estremeció en el Col de Bernatuara se llenó de significado cuando leí a Kant: «Dos cosas llenan el ánimo de mi admiración: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí».

Kant nos animaba a salir de nuestra «minoría de edad”. Bajo el lema «Sapere aude» (Atrévete a saber), nos recordaba que es muy cómodo dejar que otros piensen por nosotros. Esa comodidad se vuelve peligrosa, también hoy, dos siglos después, cuando delegamos nuestra capacidad de reflexión en el ruido o en los dogmas del momento.

La segunda intuición es la memoria. Cada breve ensayo que propongo es un ejercicio de perspectiva. El horizonte que nos da sentido nos habla de un “tú” que hace amable la soledad de la intemperie. Es en ese vínculo donde la memoria se hace hogar. Todos somos víctimas de la prisa que nos agota, del ruido de la vida, de la crisis de los valores, pero la memoria nos permite detenernos ante lo cotidiano —la educación, la fe, las emociones, el amor, el dolor— para mirarlo sin el filtro del prejuicio o la respuesta fácil. Como aprendí de Silvio Rodríguez, hay que aprender a amar el tiempo de los intentos:

«Debes amar el tiempo de los intentos. Debes amar la hora que nunca brilla. Y si no, no pretendas tocar lo cierto. Solo el amor engendra la maravilla. Solo el amor alumbra lo que perdura».

No es nostalgia, es la memoria que nos salva y nos hace verdaderamente libres. Es lo que Hannah Arendt llamaba “el milagro de la libertad”.

La tercera intuición es la belleza. He ido descubriendo que la ética y la belleza son hermanas. La admiración por lo bello nos enseña que la grieta, la herida y la fragilidad no son finales, sino horizontes. «Va mucho de estar a estar», dice santa Teresa de Jesús. En todos nuestros modos de estar en el mundo, necesitamos que la belleza levante nuestra mirada. Es la imagen que Oscar Wilde pone en boca de Lord Darlington: «Estamos todos atrapados en la misma alcantarilla, pero algunos miramos hacia las estrellas». Vivir a la intemperie es el desafío constante de mirar hacia las estrellas, incluso desde el barro o la alcantarilla, habitando nuestra verdad sin máscaras.

Este libro es, en definitiva, el resultado de muchos encuentros: con la filosofía, que me reta a hacer preguntas; con la fe, que me empuja al compromiso, y con muchas personas que me habéis regalado vuestras propias noches estrelladas. He querido que estos ocho capítulos sean una espiral de sentido, una invitación a dejar de temer los espacios abiertos y empezar a amar la intemperie habitada.

Y ya que estamos en este lugar sagrado donde quiso descansar eternamente Miguel de Cervantes, el mayor maestro de las derrotas luminosas, no puedo menos que cerrar estas palabras trayendo una cita del Quijote.

Cuando al final de la novela el Caballero de la Triste Figura regresa a su aldea, vencido en lo físico pero con el alma más íntegra que nunca, su fiel Sancho Panza resume con la precisión de la sabiduría manchega lo que significa haber vivido fuera de los invernaderos de la comodidad, expuesto a los caminos y a la verdad:

«… recibe también a tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede».

Ese es el mensaje que siempre he querido expresar. Que solo allí donde el yo consigue sustraerse del ruido, donde nos vencemos a nosotros mismos y aceptamos una vida a la intemperie, podemos comenzar a pensar de verdad, resistiendo los refugios tranquilizadores y la fragmentación del mundo.

Muchas gracias por estar aquí, y… bienvenidos a la intemperie.

Vivir a la intemperie

Inicié este espacio compartido en 2011, casi de puntillas, con apenas unas entradas sueltas al año. Eran el reflejo de mis búsquedas personales y de aquello que pugnaba por brotar de mi interior, sin mayor pretensión. Lo que empezó sin pretensiones se transformó en compromiso a finales de 2019 cuando, impulsado por el cariño de mis lectores, decidí publicar cada semana. Todavía me resuena la voz de Jesús Barrientos animándome a ese ‘salto sin red’ tras el Congreso de Escuelas Católicas. No necesité muchos argumentos: la intemperie ya me había atrapado y la escritura se había vuelto una necesidad más que un deseo.

Ahora, esas voces encuentran su hogar en un libro. En él he recogido las intuiciones de este blog para repensarlas, ordenarlas, sumar nuevas páginas y trazar un hilo conductor que les da sentido unitario. A quienes me leéis cada martes, a quienes me escribís compartiendo vuestro sentir y a quienes me susurrasteis la necesidad de esta obra: gracias. Vuestra confianza ha sido mi mayor fortaleza.

Dos agradecimientos más: en primer lugar a Carmen Guaita por las palabras que, con tanto cariño, ha dedicado al prólogo. Siempre tuve la certeza de que debía ser su voz la que sirviera de pórtico a la mía; contar con ella es un regalo maravilloso. En segundo lugar al equipo de la editorial San Pablo, comenzando por su director, que han creído sin reservas en este proyecto.

Ojalá disfrutéis de la lectura y os animéis a recomendarla. Me haría feliz poder contribuir a que muchos otros aprendan a abrazar la intemperie, la vean como un don en lugar de como una amenaza. Os dejo, a modo de adelanto, unos párrafos entresacados de la introducción.

Gracias por estar ahí. Nos seguimos viendo cada martes.

Hay quien escribe para ordenar el mundo. Yo escribo para no instalarme en él. Para escapar de los refugios, que se disfrazan de certezas y, en realidad, nos encierran. Para caminar a cielo abierto, aunque duela, aunque asuste.

Vivir a la intemperie es un modo de estar en el mundo: resistir la tentación de las identidades cerradas, confrontar nuestra vulnerabilidad sin máscaras, aceptar que no hay refugio más honesto que el de nuestra verdad interior.

Comencé a escribir para darle significado a las palabras que han configurado mi verdad, como quien busca veredas para subir montañas y alcanzar las estrellas. Este libro es fruto de muchos encuentros —espirituales, humanos, éticos, intensos, efímeros—, siempre a la intemperie. Reúno en estas páginas las huellas que mis pies inquietos y mi mente inconformista han dejado en el mundo. Lo hago en forma de breves ensayos, agrupados en ocho capítulos, que buscan caminar hacia una espiritualidad del tiempo presente: una intemperie habitada, con memoria, iluminada por el asombro, ensanchada por la fe, donde se educa, se cree y nos encontramos.

He explorado la dimensión ética y emocional de la intemperie, aplicando su sabiduría a lo que nos inquieta: la fe, la educación, la vida compartida, las grietas que nos dejan sin apoyo, la memoria del hogar al que siempre regresamos. Son invitaciones para caminar a cielo abierto, bajo las noches estrelladas de nuestra vida. Infinitos ante los que asombrarse y en los que aprender a contar estrellas. Y aunque todos los capítulos tienen un poso personal, he querido cerrar con algunos encuentros que me devolvieron la confianza y la esperanza. Encuentros a la intemperie que vinieron al rescate de mi vida y me liberaron de los invernaderos de autorreferencialidad.

Con Montaigne, hago mías sus palabras: «No pretendo llenar una vasija, sino encender un fuego». En el hogar donde enciendo esta candela siguen sucediéndose encuentros, palabras y silencios. Allí el pensamiento se hace propio y se despoja de certezas. Esa es la intemperie donde soy redimido.

El asombro en el muro

Vivimos rodeados de palabras, pero huérfanos de sentido. Abrimos la pantalla y entramos en una corriente donde todo parece urgente y nada resiste una mínima intemperie de pensamiento. Las noticias falsas, la “infoxicación”, los bulos y el insulto gratuito no solo han colonizado los muros de nuestras redes sociales, han colonizado nuestra atención. Hoy, la verdad se diluye entre titulares inflamados y opiniones disfrazadas de hechos. La mentira ya no necesita imponerse, le basta con circular.

A veces hay una intención deliberada de manipular, de deformar la realidad hasta hacerla irreconocible. Otras, lo que empieza como un juego inofensivo, acaba liberado en el torrente del compartir compulsivo y se convierte en una masa informe, en un lodo que termina manchándolo todo. Y si aún estamos despiertos, podemos preguntarnos: ¿cómo distinguir la verdad cuando nos toca lo personal, lo emocional, lo vital, lo que somos?

Y a pesar de que no todo lo que nos rodea sea falso, tampoco todo lo verdadero es realmente valioso. Buena parte de lo que dejamos en esos muros virtuales —y de lo que consumimos sin resistencia— no nace de la convicción, sino del vacío. Son palabras sin densidad, gestos sin dirección, expresiones de una desidia o de un aburrimiento que busca desesperadamente dejar rastro. Queremos estar, decir, aparecer. Queremos dejar huella y, en ese impulso, olvidamos preguntarnos si hay algo en nosotros que merezca ser compartido.

No es un fenómeno nuevo, aunque nos guste creer que toda esta saturación es el precio de la modernidad tecnológica. Hace dos mil años, en los muros de Pompeya, alguien escribió: “Admiror, o paries, te non cecidisse ruinis, qui tot scriptorum taedia sustineas”“Me asombro, oh pared, de que no te hayas desplomado en ruinas, tú que soportas las burradas de tantos escritores”—.

Hay algo profundamente incómodo en esa frase. No solo por su vigencia, sino por su ironía. Es un grafiti que se queja de los grafitis; una crítica escrita desde el mismo gesto que denuncia. Una contradicción que no invalida el mensaje, sino que lo hace más humano: no hablamos solo de información, sino de necesidad.

Las paredes de piedra de la antigüedad eran las pantallas de ayer, acumulando anuncios, insultos, declaraciones de amor y ocurrencias de todo tipo. El autor de aquel grafiti pompeyano expresa su hartazgo ante la saturación, pero al hacerlo participaba del mismo ruido. Quería ser escuchado, que su voz permaneciera.

Y eso no ha cambiado. Seguimos escribiendo sobre los muros —ahora digitales— impulsados por la misma inquietud: dejar constancia de que estuvimos ahí. Aunque lo que dejemos sea irrelevante. Aunque contribuya al mismo ruido que criticamos. Aunque, en el fondo, sepamos que no estamos diciendo nada.

Esa paradoja es el eco de un desorden interior. Publicamos, comentamos y reaccionamos, no porque tengamos algo que decir, sino porque no terminamos de comprender lo que nos pasa. La realidad nos desborda, nos incomoda, nos descoloca. Y en lugar de detenernos a pensarla, la expulsamos en forma de mensaje, salga lo que salga.

Se ha vuelto más fácil opinar que comprender, más rápido compartir que sostener una pregunta o una mirada. Por eso, el verdadero peligro no es la mentira ni la saturación, sino la ausencia de silencio. Sin silencio no hay pensamiento, y sin pensamiento la verdad deja de ser una búsqueda para convertirse en una consigna. Acumulamos palabras como quien levanta un muro para no tener que mirar lo que hay detrás.

Vivir a la intemperie hoy exige recuperar una honestidad con la palabra. Significa resistir la tentación de llenar cada vacío con ruido y aceptar que no todo merece ser compartido, que no toda reacción merece ser expresada. Tal vez la verdad no sea algo que podamos poseer, pero sí podemos decidir cómo nos acercamos a ella: con la prisa de quien quiere imponerse o con cuidado del que busca entender; con ruido o con silencio.

Al final, los muros —sean de piedra o de píxeles— seguirán ahí, soportando lo que escribamos sobre ellos. La pregunta no es cuánto pueden aguantar. La pregunta es qué tipo de huella queremos dejar en ellos. Y, más aún, qué dice esa huella de nosotros cuando nadie está mirando.