Héroes para sí mismos

Estamos para acabar un año complejo, intenso. Hay quien desea ya pasar una página que se nos ha atragantado a todos, poder ver atisbos de esa esperanzadora luz que nos devuelva tranquilidad. Hay también quien al hacer balance prefiere no pasar la página sin más, sino marcarla, con ese pico superior doblado que parece señalar inquietamente hacia el interior, al que debemos regresar. Me declaro de los segundos, no con intención de buscar sádicos recuerdos que den sentido a las heridas, más bien porque siempre he creído que en cada página que pasamos en la vida es necesario dejar una marca a la que volver, una señal junto a la que depositamos momentos amargos y dulces, que se hace enseñanza de tristezas, ancla para el alma, sabiduría conservada en el propio tiempo vivido.

De entre las páginas marcadas este año, al hojear de nuevo todo lo incorporado, me voy quedando con la necesidad del cuidado. Muchas veces hemos despreciado el cuidado, considerada acción inferior y propia de seres débiles, de quienes no pueden valerse por sí mismos, actividad pasajera que solo nos prepara para regresar a la autosuficiencia. Es nuestra soberbia la que nos impide descubrir esa fortaleza del cuidado, que ahora vamos reconociendo como soporte para las múltiples caídas, físicas y emocionales, acumuladas durante el año. No quiero dejar pasar cada cuidado vivido, los que me han salvado de creerme por encima del bien y del mal, los que me han abierto a la necesidad de los otros, los que me han incorporado a la ciudadanía de los incompletos y los pequeños. No puedo pasar estas páginas, me redimen de los espacios en los que me sé protegido y sin amarras, a veces buscados incansablemente por mí, otras encasillado en ellos por quien me necesita así, egolátricamente seguro de mí mismo, sin heridas que sanar, sin dependencias, libre de apegos.

Cuidar de los otros es un servicio que nos sitúa en un equilibrio definitorio, entre el reconocimiento de una idéntica dignidad y la reverencia a su necesidad existencial. Durante la mayor parte de este año hemos situado el cuidado entre nuestras primeras urgencias, cuidar de los mayores, de los que se sentían más solos y alejados, de los que en pleno decreto de confinamiento miraban a su alrededor buscando un techo bajo el que cumplirlo, de los que habíamos conocido como fuertes de espíritu y ahora descubríamos con mirada perdida y sueños rotos. Hacernos cuidadores de la vida nos ha marcado, hasta el punto de sabernos necesitados de ese servicio, seres que se entienden solo cuando lo son para los demás, cuando cuidan lo que se daba por perdido, cuando se vuelcan en los pequeños espacios infinitos que se dan entre las vidas compartidas y los habitan sin miedo. Al sentirnos desterrados de nuestras propias seguridades no nos hemos hecho ciudadanos de la incertidumbre sino guardianes de lo que necesitábamos salvar, convirtiéndolo en fortaleza de las relaciones, en espacios de sentido, en cuidado.

Cuidar de otros nos enriquece, no es solo un gesto altruista y de generosidad, nos permite encontrar universos relacionales en los que construir una equilibrada y compleja estructura social, nacida de la auténtica compasión, sostenida por la justicia, entreverada de misericordia. Cuidar, entre otras cosas, la vida, en todas sus etapas y necesidades, nos enfrenta a los infiernos más humillantes y profundos de la existencia, pero también nos compromete para hacerlos paraíso en que encontrarse. Mark Twain lo representa intensamente en el epitafio que hace poner a Adán sobre la tumba de Eva: “Allí donde ella estaba, estaba el paraíso” (Diarios de Adán y Eva).

Porque el cuidado, sea primario o paliativo, emocional o físico, espiritual o existencial, nos obliga a deconstruir esa maniática obsesión por cambiar los espacios externos y desajustar los relojes para que cumplan con nuestros ritos y tiempos, allí donde somos dueños del control y consejeros de la paciencia. Hacemos de la vida un escenario en el que nos conformamos con un simple cambio de decorado, sembramos paradisiacos jardines y alfombramos todos los caminos, con la esperanza de hacernos buenos cuidadores de los demás. Pero olvidamos descubrir el paraíso en la sencilla presencia de aquel o aquello que cuido, y así olvidamos también la importancia de las palabras, de la delicadeza, de los asombros, de las renuncias. No todo es lo que podemos levantar para aquello que cuidamos, es también lo cuidado y soy también yo, que cuido.

Llego a una página marcada de un modo singular. Este año nos ha enseñado que no es egoísta sino necesario cuidar de uno mismo. Hemos incorporado mascarillas, geles, nuevos saludos, con el convencimiento de que la atención de los demás comienza por una mirada introspectiva. No es un simple cuidarnos para cuidar mejor a los demás, hemos descubierto la necesidad de la responsabilidad personal, de que también la vida de los otros pasa por el cuidado de mi propia vida, por convertirme en paraíso de sentido para los demás. Hay un momento decisivo en el que el verdadero héroe no es el que lo es para los demás, sino el que lo es para sí mismo.

Desconfinar la mirada

Hace ya meses que nos sentimos descolocados, cada vez que pensábamos rehacer la vida se nos evadía, obligándonos a recomponer los resortes de la paciencia, confinando las emociones para escapar del miedo, enmascarando los encuentros y sorteando los abrazos. Tanta inseguridad acaba desviando la mirada que tenemos sobre el mundo y sobre las cosas, acostumbrada a ser mirada que pone orden en aquello en lo que se posa, que necesita encontrar sentido y solo lo percibe cuando tiene respuestas, aunque sea rellenado los huecos por los que se cuela el diablo de la inquietud.

Ese afán de colocarlo todo, de mirar un mundo perfecto, una vida satisfecha, un final feliz, nos lleva por el agotador camino de la obsesión por recuperar todo lo perdido, el tiempo, las sonrisas, los encuentros, los espacios compartidos… La psicología de la Gestalt lo llama ley del cerramiento, nuestro cerebro no tolera huecos y organiza lo que percibimos para poder conocer la realidad como completa, pero al hacerlo provoca saltos de sentido, completa las palabras, los sentimientos, las ausencias, para que la mirada no sufra, y de ese modo tranquiliza la conciencia, nos hace ciudadanos de espacios felices que duran solo unos minutos, antes de que nos demos cuenta de las pérdidas y del vacío de los afectos.

Hay ocasiones en que el modo de cerrar esa realidad incompleta es abusando de tópicos, nos está pasando este año con las celebraciones de Navidad. Las ciudades se han llenado de luces mucho antes de lo normal, con la excusa de que necesitamos sentir el espíritu navideño con más fuerza que nunca; llevamos meses escuchando eso de que debemos cuidarnos para salvar la Navidad; lo de vivir la magia de Navidad y rescatar su espíritu empieza a sonar más empalagoso que nunca. Aceptamos lo que otros años nos daba grima porque ya hemos perdido mucho, porque no esperábamos que esta situación se alargara tanto, porque sentimos la necesidad de cerrar el círculo vital en el que nos perdimos hace ya mucho tiempo. A cambio estamos dispuestos a aceptar luces, magia y espíritu que nos salven de esta incompletitud a la que ni queremos ni podemos acostumbrarnos.

Estamos tan preocupados por desconfinar la vida en general, por recuperar espacios, por palpar de nuevo la libertad de sentir, que nos olvidamos de desconfinar la mirada. Nos falta el ojo de Dios en nuestro ojo, para ser la misma mirada, para reconocer el mundo sin necesidad de completar los vacíos, para amar de nuevo esos huecos y abrazarnos a los fracasos con la misma intensidad con que nos envolvemos de los momentos de superación y alegría. ¡Qué bien lo expresa el Maestro Eckhart!, “El ojo en el que veo a Dios es el mismo ojo en el que Dios me ve. Mi ojo y el ojo de Dios es un ojo y una mirada y un reconocer y un amar”.

La promesa de Navidad no es la magia, no necesitamos salvar los regalos, ni las comidas, ni las fiestas, hay que salvar la mirada, porque solo cuando mi ojo y el ojo de Dios es un mismo ojo podemos mirar con su mirada penetrante, podemos reconocer que la salvación se llama posibilidad, y amar a ese niño envuelto en pañales, toda una esperanza por cumplir. Es esa incompletitud de Dios la que nos salva, a pesar de nuestra manía por reconstruir y poner todo en orden, para que nada nos haga daño a la mirada, para mantener intacta la mínima inteligencia que nos permita movernos por el mundo creyendo que lo podemos todo, lo abarcamos todo, que somos invencibles e invulnerables.

Es posible que este año estemos más capacitados que nunca para entender esta promesa de Navidad. Ahora que vamos comprendiendo que nada volverá a ser como antes, tampoco nosotros mismos, percibimos que hemos quedado heridos de vulnerabilidad, ha caído esa egolatría que nos retenía lejos del verdadero misterio: el futuro y las esperanzas de cambio se construyen en los espacios vacíos acumulados, en las pérdidas, en los abismos, no llenándolos con luces y esperanzas pasajeras, sino mirándolos sin miedo, con el mismo amor con que Dios los ve.

Feliz desconfinamiento de la mirada. Feliz Navidad.

Los orígenes de San Juan de Mata

Esta semana se celebran 807 años de la muerte de san Juan de Mata, fundador de la Orden de la Santísima Trinidad y los Cautivos. Como el pasado año lo dediqué a las peripecias de sus reliquias y sarcófago, este toca indagar sus orígenes, que seguro no dejan a nadie indiferente. En la tradición de la Orden lo más que se dice sobre los primeros años de vida de San Juan de Mata es que nació en Faucon de Barcelonnette, un pequeño pueblo de la Provenza donde aún hay una comunidad trinitaria en memoria de su fundador. Hace más de veinte años, Rosalía, religiosa trinitaria de Barcelona, comenzó a hablarme de historias que remontan los orígenes de San Juan de Mata a Cataluña. Mi interés por el tema no fue más allá de la típica broma de que todo en este mundo tiene un origen catalán, hasta que tuve ocasión de visitar Gombrèn y conocer al Dr. Eudald Maideu.

Gombrèn es un pequeño pueblo de la comarca del Ripollés, en las estribaciones del Pirineo catalán, conocido por ser lugar de nacimiento del dominico san Francisco Coll (1812-1875), fundador de la congregación de Dominicas de la Anunciata, y también por ser lugar de las correrías y desventuras del conde Arnau. Es en este pueblo donde encontré un vínculo menos conocido con la Familia trinitaria, ya que en él muchos sitúan los orígenes de san Juan de Mata.

Para encuadrar esta tradición tenemos que remontarnos al siglo XI, que ya documenta la presencia en Gombrèn de los señores de Mataplana, linaje que comenzó con Hugo I de Mataplana en 1076. A mediados del siglo XII es Señor de Mataplana Hugo III, que hizo del castillo de Mataplana un centro de trovadores de fama europea, allí mantuvieron sus luchas juglarescas los famosos Ramón Vidal de Besalú y Guillermo de Berguedá, y en ellas participó Ponç de Mataplana, hermano de Hugo, que fue consejero del rey Alfonso II, el trovador. En el siglo XIII Hugo V de Mataplana participó como caballero de Pedro II de Aragón en las batallas de las Navas de Tolosa y de Muret, muriendo en esta última junto al rey. Ya finalizando el siglo, otro Hugo, hijo de Hugo VI de Mataplana, fue famoso jurista, consejero real y obispo de Zaragoza, como tal coronó a Jaime II de Aragón. Una hermana del obispo, Blanca de Mataplana, casó con Galceran d’Urtx, y recibió del rey Jaime I, el conquistador, el título de baronesa de Mataplana.

En 1320 la familia dejó el castillo de Gombrèn y se instaló en un palacio de la Pobla de Lillet, incorporando el condado de Pallars. Veinte años después, un nieto de la baronesa Blanca, Arnau Roger II de N’Hug recibió los derechos como conde de Pallars, barón de Mataplana y señor de Gombrèn y se instaló en el castillo, mandando construir en sus proximidades una capilla dedicada a san Juan de Mata, a quien consideraba un ilustre pariente. En 1373, muerto el conde y tras numerosas revueltas populares a causa de los abusos por él cometidos, sus herederos venden la baronía de Mataplana a Pere Galceran, barón de Pinós, de este modo se extingue la sucesión del linaje, quedando solo la denominación feudal de baronía de Mataplana, hasta su abolición con los Decretos de Nueva Planta de 1714.

Es por el conde-barón Arnau Roger II de N’Hug que tenemos una referencia a san Juan de Mata como parte de la noble familia catalana, y es este el Mataplana que inspirará la leyenda del Comte Arnau, condenado por sus amoríos con una abadesa y por no cumplir ciertos pagos prometidos, a cabalgar eternamente la noche de difuntos sobre un caballo negro, al que salen llamas por boca y ojos, en busca de las almas de incautos y confiados.

En la primera mitad del siglo XIX algunos historiadores y estudiosos, como Manuel Milà Fontanals, rescatan tradiciones y leyendas de esta comarca del Ripollés, entre otras las relacionadas con los Mataplana más famosos, el Comte Arnau y Sant Joan de Mata. En una de ellas, la más extendida en Gombrèn, se habla de Juan de Mata concebido en el castillo de los Mataplana, donde el que sería su padre se recuperaba de heridas de guerra y fue visitado por su mujer, esta regresó a su lugar de residencia en la Provenza, donde dio a luz a Juan.

Otra de las tradiciones tiene un mayor valor historiográfico. Volvamos al siglo XII, entre los años 1145 y 1162 se producen las guerras por el control del condado de Provenza entre las casas condales de Baux y de Barcelona, todos los vizcondados y señoríos vasallos del condado de Barcelona son llamados a luchar junto a su soberano, Ramón Berenguer, que finalmente gana la guerra y los derechos sucesorios. Uno de los señoríos que lucharon en Provenza fue el de Mataplana, liderado por Hugo III.

Eufemi de Mataplana, uno de los parientes de Hugo, tras las guerras balcenques recibió del conde de Provenza Ramón Berenguer III algunas plazas en pago a sus servicios, instalándose en la aldea de Falcó, que algunos asocian a Faucon de Barcelonnette y otros a Faucon du Caire. Su mujer, Marta de Fenollet, dio a luz a un niño al que llamaron Joan de Mataplana. El apellido familiar, con el paso del tiempo, se fue transformando en Matha. Esta tradición no es desconocida para algunos documentos de la Orden Trinitaria, como la Crónica de la Provincia de Castilla, León y Navarra escrita por Fr. Francisco de la Vega en 1720, ni para otros ajenos a la Orden, como la Vida de los gloriosos patriarcas san Juan de Mata y san Félix de Valois escrita por el jesuita Alonso de Andrade en 1668 o los Anales de Cataluña escritos por el historiador Narcis Feliu de la Penya en 1709.

El mejor vestigio de san Juan de Mata en Gombrèn es la capilla románica mandada construir por el conde Arnau Roger II, de una sola nave rectangular, con ábside orientado al este y una espadaña-campanario. Ha sido restaurada en tres ocasiones: 1618, 1859 y 1969. En el ábside conserva restos de pintura mural, y algunos elementos de valor se llevaron a los museos de Arte de Cataluña, Episcopal de Vic y del Comte Arnau de Gombrèn. Junto a la pequeña capilla se descubrieron en 1986 los restos del castillo de Mataplana, en unas excavaciones realizadas por el Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Barcelona y dirigidas por el arqueólogo Manuel Riu. Tanto el castillo como la capilla, son propiedad del médico de Gombrèn D. Eudald Maideu, que promueve la conservación de las edificaciones y los estudios de los Mataplana.

El año 1889 el obispo de Vic, Mons. Josep Morgades, mandó trasladar una imagen de san Juan de Mata al santuario de la Mare de Déu de Montgrony, cercano a Gombrèn, y nombró al fundador trinitario patrón de la localidad, para lo que se compusieron en su honor los gozos del santo. Una de sus estrofas nos recuerda la primera de las tradiciones sobre sus orígenes: “Al peu d’aquesta muntanya // de Montgrony, sou concebut, // i a Falcó de la Cerdanya // casualment havent nascut // dels Barons de Mataplana // fóreu fill, glòria i honor”.

El pueblo de Gombrèn celebra cada primero de febrero la fiesta de Sant Joan de Mata, o Sant Joan de Mataplana, y hace memoria de su carisma de redentor de cautivos, tan diferente al de aquel otro Mataplana que sale a cabalgar cada noche de difuntos haciendo cautivos para el infierno.

Capilla de Sant Joan de Mataplana, en las proximidades de Gombrèn,
mandada construir con el Conde Arnau para honrar a su santo pariente.