Lo que debemos al amor


Todo lo que debo a mi amor, lo pago en buena moneda a los hombres de suerte que, sin temor de que me alcancen en algo, les puedo decir: ¿qué debía hacer por ti que no haya hecho? Si te consideras piedra preciosa perdida, estoy aparejado a trastrocar mil mundos por hallarte; si oveja atrasada, pastor cuidadoso que te busque y sobre sus  hombros traiga. Yo me acomodo y tomo el oficio de que tienes más necesidad: si estás enfermo, soy médico; si tienes hambre, soy pan y labrador que tiene las trojes llenas; si flaco, soy padre; si pobre, hermano; si culpado, perdón. Yo soy todas las cosas para todos.”

 (San Juan Bta. de la Concepción, Diálogos entre Dios y un alma afligida, cap.2)

A veces luchar contra gigantes se acaba convirtiendo en obsesión. Hoy es uno de esos días en que asistimos a un debate sin final entre quienes detestan esa imposición comercial y “americana” del amor y quienes se dejan llevar, o simplemente no les importa, y aprovechan la ocasión para mostrar a la persona amada lo que sus silencios tantas veces han dicho, pero no pronunciado. 

Y como soy hijo del manchego Juan Bautista de la Concepción, del que hoy recordamos 404 años de su muerte, me dejo llevar por su intuición y repaso todo lo que debo al amor, como oportunidad, me da igual quién me lo pida. 

El santo, como no podía ser menos, canta al amor místico, pero como sabemos de su obsesión por colocar a la persona en el centro de su mirada, sus palabras nos llevan directamente al corazón y a la razón de amar: ¿qué hacer por ti que no haya hecho?

Amar es adelantarse a la vida, es ser labrador cuando el amado tiene hambre, y sembrar surcos que no solo quiten el hambre de hoy sino que llenen los vacíos de estómago de pasado mañana. Amar es ser padre y ser hermano, es no tener un sitio decidido en la mesa compartida, es ser perdón cuando la culpa nos transforma. Amar es ser todo para todos. 

¡Qué buen “Valentín” es este Juan Bautista! Claro, algunos dirán, El santo habla de Dios y de su amor. Pero, ¿no consiste el amor en ser “como Dios” para  la persona amada? No guardarse nada, no tener miedo a perder y, por encima de todo, trastocar mil mundos por hallarte. 

Ser mejores

“Si no sois mejores que los escribas y fariseos no merecéis el Reino de los Cielos” (Mt 5,20)

No consiste en pisotear a los demás, pero los cristianos vivimos demasiado resignados, podría decirse que prácticamente sin aspiraciones. Ya, ya… no me refiero a aspiraciones de poder, que de eso hay muchos a los que les sobra, y como no suele haber mitra que las colme acaban amargados e imponiendo a todos su frustración.

Ayer mismo recibía una petición, que no se cuántas veces he escuchado: por favor, tú que estás más cerquita de Dios, pide por mi hija que… Hemos acabado construyendo una religión de sabios, de expertos, de excelentes, que dedican su vida a Dios y se creen mediadores para el resto de la pobre gente que tiene que dedicar su vida a sus problemas diarios, como si los primeros no tuvieran problemas en su día a día y como si los otros no pudieran acercarse a lo sagrado sin quemarse.

Jesús nos invita a ser mejores, no para sobrepasar a otros y convertirlos en peores, sino para sentirnos realmente elegidos. Cuando Dios nos llama lo hace en la materia que cada uno somos, pero nos exige ser eso mismo que somos, no rebajarnos, no entregar a otros la capacidad que Dios nos ha regalado para poder cambiar el mundo, para sentirnos cerca de él.

Ser mejores supone no conformarse, pero supone también ser íntegros. El pasaje del evangelio en el que se inscribe este consejo de Jesús pone como ejemplo los mandamientos: no basta con decir yo no he matado a nadie, yo no cometo adulterio, yo no robo, yo respeto a mis padres… seguir a Jesús conlleva un plus de peligrosidad que nunca sentiremos bien pagado, y ahí entra de lleno la conversión, que no se enreda en pecados sino en darnos la capacidad para ver más allá de la letra, del mandamiento, de la ley. Ser íntegros, ser mejores, superar barreras que nosotros mismos nos ponemos, ver lo que otros no ven, porque prefieren quedarse en la contingencia de cumplir. Y no es que no suponga esfuerzo el mero hecho de cumplir, sino que si aspiramos a merecer el Reino de Dios, a construir un mundo mejor, debemos ser mejores.

Feliz despertar

Soy consciente de que llevo varios años dándole vueltas a este tema justamente en estas fechas, tal vez tengo un eco subconsciente de aquel famoso anuncio en el que el hijo, como el turrón, volvía a casa “por Navidad”, pero sigo sin encontrar mejor motivo para compartir una reflexión y una oración. La realidad me lo impone día tras día, año tras año.

Da igual que nos lo diga la Organización Internacional por las Migraciones, el papa Francisco o el Arzobispo de Tánger, las cifras, y las imágenes, nos afectan un rato, incluso nos sacan una plegaria indignada, pero seguimos a lo nuestro mientras la indiferencia se cierne de nuevo sobre el Mare Nostrum que separa mundos y sepulta sueños, esperanzas, oraciones. Vamos olvidando nuestra condición de nómadas, aferrándonos a una seguridad que nos permite superar crisis y salvar tempestades económicas, porque nos agarramos fuerte a los valores sobre los que se asienta nuestra sociedad.

El acervo cultural de Europa tiene raíces cristianas, decimos, y acabamos convirtiendo la frase en axioma contra los que pretenden diluir tradiciones y conquistas que han costado muchas guerras, demasiadas luchas, no pocos concordatos. Lamentamos que la Navidad se haya convertido en fiesta del consumismo, reclamamos a los que suplen el feliz Navidad por el laicista felices fiestas, y a los políticos que no quieren montar el belén por respeto a los no creyentes, y a quienes aprovechan cualquier oportunidad para sacar la asignatura de religión de la escuela, e inventamos nuevas luchas y nuevos horizontes sobre los que proclamar que nuestra fe tiene sentido y está en guerra con este mundo que desprecia a Dios y a quienes lo representan…, acervo cristiano y cultura de vida, lo llamamos.

Pero olvidamos que Dios mismo ha elegido el camino de no ser y del desprecio, el camino que empieza en el primer escalón y no en el despacho, el que encuentra muros coronados de concertinas justo cuando tocaba con sus manos las primeras flores del paraíso. Es Dios quien se sitúa, descolocado siguen diciendo los que calientan cátedras y tronos eclesiales, y se mete de soslayo en las nuevas caravanas que le hacen descender a un infierno sin tierra, a un mar sembrado de muerte y negación.

El verdadero acervo cultural que nos da la fe en Jesús de Nazaret es el que reconoce que no puede encasillar a Dios (¿acaso no es eso lo que se celebra realmente en Navidad?), y que levantarse y volver a empezar no es opcional, y que va siendo hora de despertar a una fe que sea morada de Dios para todos. Feliz despertar.

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