Buscadores de necedad

Releyendo la parábola de las doncellas necias y sensatas me ha asaltado la convicción de lo próxima que está a los momentos que vivimos. El texto evangélico nos habla de prudencia y de previsión, pero también de necedad y de pasividad. Cuando la cultura del esfuerzo, en todos los ámbitos, pero especialmente en el educativo, parece diluirse en un canto a la pereza y a la gratuidad de los beneficios, abrimos la puerta a esa necedad que se nos impone como cura para las frustraciones y los fracasos, a pesar de que bien sabemos que solo los retrasa, sometiéndonos a un espejismo de bondad, que se confunde con equidad e igualdad de oportunidades, pero que únicamente demora lo inevitable.

La cultura del antiesfuerzo, que tantos adeptos gana, incorpora un tipo de necedad que podemos llamar insensatez vital. Es aquella que nos transmite un sentimiento de felicidad a partir de pequeñas conquistas diarias, la necedad de quien cree encontrarse con el sentido de su vida sin apenas rozar sus bordes más visibles y evidentes; de quien nunca llega a tiempo a los acontecimientos que nos definen como persona, siempre demasiado pronto o demasiado tarde; de quien se hace silencio cuando debería ser voz clara y fuerte, o grita inoportunamente cuando la única elocuencia que cabe es el silencio; de quien impone leyes cómplices de ideologías y derechos que nadie cuestiona, en la misma escala que anarquiza la convivencia; la necedad de quien reza mirando al cielo cuando debería hacerlo mirando a los ojos de las personas; del que solo encuentra argumentos apelando a la fe y al dogma pero siempre dejara atrás la misericordia; la insensatez del que se desvive por las causas importantes con grandes palabras y mayores gestos, cuando lo que más necesita es el silencio interior, la oración y la confianza…

El listado de insensateces vitales puede ser largo, más que nada porque hay a quien le cuesta toda una vida incorporarse a sus derrotas particulares e integrarlas en su biografía personal. Descubrirse vulnerable forma parte del recorrido existencial que nos permite madurar, y por eso mismo es mucho más costoso que abandonarse a la vulnerabilidad y perderse en los lamentos eternos por lo que nunca llegamos a ser. Nos anunciamos como buscadores la libertad, y solemos quedarnos en meros buscadores de necedad.

Unirnos a la necedad nos abstrae de otras búsquedas, como a las doncellas de la parábola, nos invita a vivir la seguridad de que otros velarán por cada uno de nosotros, de que cuando nos falte el valor, las ideas o la luz, otros nos lo prestarán y podremos salir airosos de todas las caídas y levantarnos resucitados de todas las tumbas en que la vida nos entierre. Pero estaremos construyendo desde la ausencia de principios, cegados por un buenismo infecundo, en un modo de comunidad individualista que cree que la mera suma de sus componentes implica fortaleza y sensatez, una falsa seguridad revestida de libertad a la que nos aferramos con la excusa de que la vida es compleja y tenemos no pocos problemas que afrontar.

Buscar la prudencia en lugar de la necedad puede resultar agotador. Por lo general nos embarca en largas travesías por terrenos desconocidos, nos abre a campos de sentido que nuestra capacidad de tolerancia no siempre está preparada para aceptar, nos incorpora a otras búsquedas, y a otros buscadores, que nos obligará a dejar nuestros principios irrenunciables para construir tiempos y espacios comunes. Es, por tanto, una búsqueda en la que hay que creer, que se impone a otras con apariencias más amables o con más perspectivas de utilidad. Es una búsqueda de sabiduría, que nos capacita para la vida y nos abre a las preguntas trascendentales sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea. Una búsqueda holística de sentido, que asume el azar de la existencia pero madruga y trabaja para comprenderla e integrarla.

Una de las grandes cargas de necedad la incorporamos por la prioridad de la metainmanencia: de la tecnología, de la comunicación rápida y fácil, de los paradigmas asumidos sin contraste, de los dogmas ausentes de pensamiento crítico. Ya no es una búsqueda de sabiduría sino de certezas envueltas en inmediatismo, que nos aportan un conocimiento de la realidad mediatizado por saberes relativos, que nos abona a la necedad como baremo y medida con los que conformarnos, autoengaño que nos instala en la mediocridad educativa, política, social, ética y religiosa. Y así nos va.

La sabiduría es radiante e inmarcesible,
la ven fácilmente los que la aman
y la encuentran los que la buscan;
ella misma se da a conocer a los que la desean.
Quien madruga por ella no se cansa:
la encuentra sentada a la puerta.
Meditar en ella es prudencia consumada,
el que vela por ella pronto se verá libre de preocupaciones;
ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen;
los aborda benigna por los caminos
y les sale al paso en cada pensamiento.”

Libro de la Sabiduría 6,12-16

Esto de los santos…

Cada año por estas fechas asistimos a un debate por las tradiciones y contra las novedades celebrativas, siento como si nos invadiera un deseo de venganza, una lucha intestina contra gigantes a los que no podemos derrotar, no porque sean invencibles sino porque no son reales, y en medio de tanta insensatez dejamos pasar oportunidades para pronunciar palabras que se entiendan y compartir mensajes que lleguen a las personas de hoy hablando su lenguaje.

No, a mí tampoco me gusta esto de importar fiestas, de celebrar por todo lo alto tradiciones que solo son nuestras porque las llevamos viendo toda la vida en una pantalla, pero tampoco me gusta que nos despreocupemos de salvar muchas otras celebraciones que forman parte de lo que somos, o de lo que fuimos.

Y me gusta menos aún esta guerra a la que esa parte más carca de nuestra Iglesia nos empuja: ya que no podemos con ellos, contraprogramemos. Y el resultado da pena, ver a esos niños disfrazados de santos puede parecer enternecedor, son simpáticos, pero no creo que consiga algo más que nuevas ideas para el disfraz de Hallowen del próximo año, porque la mayoría dan más miedo que muchos de los dráculas y brujas que en estos días suelen aparecer por nuestras calles y colegios, este año el disfraz más triunfador seguro que ha sido el de COVID-19.

Hay que reivindicar a los santos, pero esta fiesta no es para vestirnos como ellos, menos aún para inventar una guerra entre los buñuelos de viento y las hamburguesas, es para darnos cuenta de que eso de la santidad lo llevamos en la sangre, forma parte de lo que somos, de nuestras emociones, de nuestros sueños, incluso de nuestros fracasos. Por eso leemos el evangelio de las bienaventuranzas, necesitamos santos que disfruten de la vida, que se emocionen con una canción y que una puesta de sol les erice los pelillos del brazo, que les guste el cine y estén dispuestos a perder la tarde echando un partido con los amigos, que les guste bailar y reirse con ganas de un chiste malo. Porque los santos no se visten de fantoche, no mean agua bendita, no son un talismán contra la modernidad, esa que tanto miedo ha dado siempre a mucha gente de Iglesia. Esos símbolos no son Evangelio, pretender una Iglesia que solo sea signo cuando se reviste con ropajes viejos es alejarla de la auténtica buena noticia que cada santo ha sido como gente de su tiempo.

Nos toca ser a nosotros santos en nuestro tiempo, con nuestras ropas y nuestras costumbres, con nuestro mundo tal y como es. Reivindicar una santidad que late y existe en jóvenes con piercings y tatuajes, en gente que sale de sus armarios y se enfrenta a la vida tal y como Dios los ama, en familias que rehacen hogares cuando todo se sentía perdido, en los que cada mañana desayunan y se comen el mundo porque creen en Dios que sale al encuentro y les regala oportunidades. Por eso la fiesta de los santos de este año es tan diferente, todo lo que estamos viviendo se ha convertido en una invitación para la vida compartida, nos ha metido de lleno en el aprendizaje de los tiempos nuevos, nos está ayudando a comprender que no son las lágrimas, ni los sufrimientos, ni las caídas lo que nos fortalece y nos da acceso a la felicidad, a la bienaventuranza, sino la posibilidad de transformarlas en espacios de salvación.

¿Quién mejor que los niños para entender todo esto? Su modo de ver el mundo y el tiempo les rescata de la complejidad en que los adultos lo convertimos. Esa es la mirada de la santidad, porque esa es la mirada de Dios, y mientras no accedamos a ella seguiremos olvidando la sencillez que pueda salvar el mundo, impondremos a los mismos niños nuestra mirada correctora, ordenaremos sus lecturas, incluida la de la realidad, y los vestiremos de nuestras seguridades. Es una forma más de tapar nuestro sentimiento de culpa por la pérdida de la creatividad y la inocencia, pero ante los niños y los jóvenes deberemos seguir preguntándonos, ¿qué santos queremos que sean?

¿Qué nos pasa?

Hemos convertido la pandemia en chivo expiatorio de todo lo que pretendemos comprender y asimilar. Atrás quedó el convencimiento inconsciente de que todo esto nos haría más fuertes, de que aprenderíamos del confinamiento a centrar nuestra vida en lo verdaderamente importante, de que inaugurábamos un nuevo tiempo social alejado del hiperindividualismo con el que comenzamos el siglo. Aún nos cuesta desprendernos de estas ideas, nos mantenemos, aferrados como a clavo ardiendo, en la tragicomedia en que se nos ha convertido la propia vida compartida.

A estas alturas ya no son tan importantes los obstáculos a salvar cuanto los principios de integridad personal a conservar. Y, sin embargo, esos obstáculos siguen presentes, son los mismos que nos han dado forma. Focalizamos insistentemente la voluntad de cambio en lo intangible que forma parte de la vida, reunimos fuerzas, sacadas habitualmente de la propia debilidad, para combatir la desidia, para vencer los miedos, para llenarnos de sentido. Incorporamos palabras salvíficas: libertad, conciencia, fortaleza, unidad,… para hacer presentes ideas y espacios de futuro. Pero no hacemos más que confundir los conceptos con el terreno que pisamos. Hemos olvidado que solo hay trascendencia cuando hemos sido capaces de encontrar una existencia que trascender, solo hay principios cuando hemos detectado las montañas y los valles en nuestro andar, solo hay sentido cuando hemos aprendido a amar las caídas tanto como las levantadas. No es necesario vivir una pandemia para que esto ocurra, aunque caigamos en la trampa de pensar que necesitamos la pandemia para hacerlo argumento de justificación personal, política y social.

La ignorancia premeditada viene a rescatarnos del cansancio de afrontar retos. El arte de liarse mantas en la cabeza tiene más seguidores que el de adquirir destrezas para interpretar la realidad. Y a pesar de que lo sabemos, regresamos diariamente a aquel juego infantil en el que cuando algo quedaba oculto dejaba de existir. Nos escondemos de la vida y nos creemos a salvo de sus consecuencias, no sabemos lo que nos pasa y la mayor parte de las veces ni siquiera queremos saberlo. En ese no saber nos abrazamos a las sombras que proyectan la realidad, las acciones, las opciones personales, para alejarnos del miedo por acabar comprendiendo el sentido de lo que vivimos. Preferimos las tinieblas a la luz, dice san Juan, tememos a la luz, concluye Platón.

Vivir a la intemperie desabastece de excusas y de mantas, por eso preferimos la burbuja de sentido autorreferencial y renegamos de nuestra condición filial en todas las zonas de conciencia personal. En consecuencia, bajamos nuestras defensas porque nos sentimos protegidos por los grandes principios y los dogmas, y aceptamos con candidez su presencia a cambio de no indagar los por qué, no ladrar, no saber. En la medida en que nos ampara la ignorancia acabamos siendo sus esclavos sumisos, y a partir de ese punto sin retorno nos entregamos a considerar cualquier excusa, cualquier chivo expiatorio, como interpretación aceptable de cuanto no entendemos, confiados en que otros entenderán por nosotros.

La realidad, sin embargo, nos devuelve al reino de las certezas, no de las verdades últimas y definitivas, sino de la esperanza indomable que encuentra horizontes de sentido en los gestos sencillos y en las piedras de tropiezo, la que no escamotea preguntas, la que contempla con espíritu crítico cada rincón de la existencia y se entrega a la luz del conocimiento, aun sabiendo que no abarcará todo, que no lo sabrá todo, pero podrá dar una explicación coherente de lo que ocurre sin la prosaica obligación de recurrir a paradojas o medias verdades.

En lugar de mejorar nuestra especie este virus va desvelando nuestras miserias: gente inconsciente que se salta normas y recomendaciones porque, ¡total… qué pasa?, políticos que nos mienten aborregando el mínimo sentido crítico que nos quedaba, luchadores cansados de que sus puños se estrellen contra los muros de la indiferencia colectiva, negacionistas que vociferan conspiraciones y callan tragedias, gente de fe preocupada por los aforos y los cepillos vacíos de los templos que han olvidado acompañar la vida y trascenderla. Ignorantes todos, que escogen el camino del no saber. Tenía razón Ortega y Gasset, siempre Ortega: “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”.