Mujer

Poco a poco, demasiado lentos, la sociedad ha ido pasando de celebrar el día de la mujer «trabajadora» al día de la mujer, sencillamente, pero con toda la carga que, a pesar de lo que socialmente hemos avanzado, conlleva el papel de la mujer. Vivimos envueltos en una misoginia que pretendemos superar a base de cuotas de paridad, cuotas que suenan a desafinado para la mayor parte de las mujeres, especialmente aquellas que sienten cada día en sí mismas el poder de la violencia, de la inferioridad, de la sospecha.

En la Iglesia no estamos precisamente en las mejores condiciones para dar lecciones en este tema. Incluso vocacionalmente parece que vuelve cierta idea de que «no es lo mismo». Y no quiero reducirlo todo al detalle de si las mujeres pueden o no recibir el ministerio sacerdotal, porque si nos fijamos bien eso es sólo un detalle comparado con la nueva ola de testosterona eclesial.

Que nadie se me mosquee, pero hoy no voy a ser yo quien defienda el acceso de la mujer al sacerdocio, y no porque no crea en ello, sino porque antes debemos resolver el acceso de la Iglesia a lo femenino, recuperar el valor de lo simbólico, romper definitivamente con ritos de trasfondo machista, poner por delante lo emocional y lo espiritual, vivir nuestra vocación como una gracia de la dimensión femenina de Dios, porque quien nos mueve, y eso sí que lo creo profundamente, es el Espíritu, la Ruah, llenándome de ella me reconcilio con lo femenino que hay en mí. Hoy, día de la mujer, pido que la Iglesia también se deje invadir por Ella.

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