El mapa de nuestras contradicciones

Cada Semana Santa se nos presenta como un mapa de nuestras contradicciones. No viene a darnos respuestas masticadas ni a resolver, mágicamente, las tensiones que nos desgarran por dentro. Al contrario: es una invitación a mirar de frente nuestras ruinas, a encontrar su sitio en el resto de la existencia y a descubrir que, precisamente en el epicentro de esa contradicción, es donde empieza a latir lo nuevo.

Nuestras contradicciones no son un error del sistema ni una mancha en el expediente; son el síntoma de nuestra libertad. Lo que elegimos y lo que evitamos, lo que proclamamos a gritos y lo que silenciamos por miedo… todo eso convive en el campo abierto donde se construye una vida auténtica. Intentar vivir ignorando nuestras sombras es como limpiar una casa tirando los muebles por la ventana: eliminamos lo que molesta, pero nos quedamos sin nada que dé sentido al hogar. Estos días son para bajar al sótano, ahí donde la contradicción no solo duele, sino que revela quiénes somos realmente bajo la piel de la costumbre.

El relato de la Pasión es, en esencia, un tratado sobre la tensión humana. No es una historia de héroes inmaculados, sino de cobardes que huyen y amigos que traicionan. Lo asombroso es que el acto más libre y luminoso de Jesús no ocurre a pesar de esas traiciones, sino a través de ellas. La entrega se cocina en el barro de la debilidad. Es ahí donde las máscaras se agrietan y el amor, rodeado de cálculos mezquinos, muestra su verdadera fuerza transformadora. Como bien decía Paul Claudel: «Dios no vino a explicar el sufrimiento, sino a llenarlo con su presencia». La cruz, por tanto, no es el final del camino, sino el lugar donde la presencia se hace carne en lo que parece perdido.

Aquí aparece la gran paradoja: para saborear la vida en plenitud, hay que aprender a abrazar la propia finitud. No hablo de un mero aceptar la propia muerte, sino de acoger lo que se acaba desde su realidad y crudeza: un proyecto, una relación o esa imagen idealizada que tenemos de nosotros mismos. Cada vez que algo muere en nuestras manos, se abre la posibilidad de una versión más real de nuestra existencia. El equilibrio no consiste en esquivar la herida, sino en reconocer que la herida es, a menudo, por donde entra la luz. Lo recordaba con dureza Léon Bloy: «Hay lugares en el corazón humano que todavía no existen, y para que existan es necesario que entre en ellos el dolor». Sin esa apertura, la vida se vuelve plana, protegida, pero estéril.

Esa misma tensión habita en los símbolos que contemplamos en estos días: pan roto, madera pesada, clavos que hieren, un sepulcro que se cierra. El riesgo es que se vuelvan piezas para nuestro particular museo espiritual, rutinas que protegen el sentimiento pero no salvan el alma. La fe no se nutre de repeticiones, sino de traducciones urgentes: ¿qué es hoy ese pan que debe partir mi egoísmo?, ¿qué maderos cargan hoy los que caminan a mi lado en el anonimato de la calle?, ¿qué silencios me están gritando que el tiempo del «siempre igual» se ha terminado? Sin esta relectura, los ritos son solo ruido; con ella, son el mapa de nuestra propia transformación.

La Semana Santa no es una liturgia cerrada. Es el espacio donde lo roto encuentra, por fin, su lugar. La salvación no llega cuando todo encaja perfectamente en nuestros esquemas, sino cuando aceptamos un amor que desborda cualquier cálculo. Lo nuevo está brotando ya en la misma entraña del desorden, aunque todavía nos cueste reconocerlo entre las sombras del viernes.

Nos quedamos aquí, ante la piedra sellada y el silencio que pesa, no con la resignación del que espera un final, sino con la inquietud del que sabe que algo está a punto de romperse para siempre. Porque solo quien ha sostenido la mirada a la muerte está preparado para reconocer, al tercer día, el pulso de una vida nueva.

Ser agradecidos

Es curioso cómo de entre todas las fiestas de cultura anglosajona hemos ido a escoger las que más desinhiben, y en cierto modo despersonalizan, ocultándonos bajo máscaras de muerte o enlazando nuestra experiencia vital con el miedo. Evidentemente estoy pensando en esa fiesta de Halloween que se ha ido instalando en nuestro inconsciente colectivo. No me preocupa que culturalmente incorporemos fiestas de otras tierras y sensibilidades, en realidad lo llevamos haciendo desde los orígenes de la misma cultura, incluso entre las fiestas religiosas que más nuestras consideramos hay viejos intrusos cuyos orígenes escandalizarían a más de uno. Me preocupa más la elección, esa opción recurrente por nuestros miedos más arraigados, tanto personales como sociales, la constante búsqueda de las explicaciones más simples, especialmente cuando suponen una negación de lo que nos hace más humanos, no más zombis.
Y todo esto viene a que hoy es el Thanksgiving day, el Día de acción de gracias, todo un acontecimiento familiar en la cultura norteamericana, ampliamente explotado y mostrado en películas y series costumbristas durante muchos años, más incluso que Halloween, sin embargo, en esta ocasión, nadie se ha preocupado en copiar o dejarse contagiar, ni siquiera los colegios, que en su particular lucha por el bilingüismo han incorporado sin más las celebraciones foráneas, coincidiendo con el tiempo en que las autoridades educativas proponen hablar de «vacaciones de invierno» o de «vacaciones de primavera», para no herir susceptibilidades.
Ser agradecidos no es sólo un sentimiento de los bien nacidos, cuando lo tomamos como forma de vida se convierte en elemento transformador de nuestro ser interior y de nuestras relaciones interpersonales. Porque ante una cultura masificada de gente que se considera hecha a sí misma, sin deber a nadie ni a nada, regalados de su propio destino, ser agradecidos se desvela como un camino de audaces y solitarios.
Ser agradecidos nos devuelve a la comunidad, aguijonea ese orgullo que creía merecerlo todo y propone un camino compartido con todos los que, sabiéndolo o no, forman parte de lo que soy. Ser agradecidos es ahogar un «yo me he hecho solo» para dejar brotar un sincero «te necesito».
Así qué, especialmente hoy, me vais a dejar decir gracias a todos los que siento necesitar para ser quien soy, para seguir la vocación a la que Dios me invita, y a quienes se han ido convirtiendo a lo largo de estos años en columna para apoyar mi fe, mi confianza.

Mujer

Poco a poco, demasiado lentos, la sociedad ha ido pasando de celebrar el día de la mujer «trabajadora» al día de la mujer, sencillamente, pero con toda la carga que, a pesar de lo que socialmente hemos avanzado, conlleva el papel de la mujer. Vivimos envueltos en una misoginia que pretendemos superar a base de cuotas de paridad, cuotas que suenan a desafinado para la mayor parte de las mujeres, especialmente aquellas que sienten cada día en sí mismas el poder de la violencia, de la inferioridad, de la sospecha.

En la Iglesia no estamos precisamente en las mejores condiciones para dar lecciones en este tema. Incluso vocacionalmente parece que vuelve cierta idea de que «no es lo mismo». Y no quiero reducirlo todo al detalle de si las mujeres pueden o no recibir el ministerio sacerdotal, porque si nos fijamos bien eso es sólo un detalle comparado con la nueva ola de testosterona eclesial.

Que nadie se me mosquee, pero hoy no voy a ser yo quien defienda el acceso de la mujer al sacerdocio, y no porque no crea en ello, sino porque antes debemos resolver el acceso de la Iglesia a lo femenino, recuperar el valor de lo simbólico, romper definitivamente con ritos de trasfondo machista, poner por delante lo emocional y lo espiritual, vivir nuestra vocación como una gracia de la dimensión femenina de Dios, porque quien nos mueve, y eso sí que lo creo profundamente, es el Espíritu, la Ruah, llenándome de ella me reconcilio con lo femenino que hay en mí. Hoy, día de la mujer, pido que la Iglesia también se deje invadir por Ella.