Ser otro

Hace unos días… me sorprendieron unas declaraciones del arzobispo de Tarragona sobre algunos temas «calientes» que en la Iglesia aún no tenemos asumidos. Entre ellos el del papel de la mujer en la Iglesia, de lo que a veces se suelen escuchar y leer argumentos que, de no ser porque sabemos que quienes los dicen se los están creyendo fanáticamente, nos harían reír hasta la extenuación. El buen Monseñor dice que cada uno tiene su función, no podemos «ser otro», él aunque quisiera no puede asumir lo que por naturaleza corresponde a una mujer.

El Arzobispo dice ahora que es necesario leer sus palabras en el contexto y con la intención dichas. Estoy haciendo un esfuerzo para ello, leyendo y releyendo. Pero no me encaja. En primer lugar por mezclar las funciones fisiológicas y naturales con las propias de un ministerio. En segundo lugar, porque hace unas semanas hemos recordado y celebrado que Dios cuando quiere decirnos que «hay salida» no lo dice, lo hace, «es otro», teológicamente lo llamamos encarnación. Y para ello no tiene otra salida que asumir por naturaleza lo que corresponde a lo femenino, sólo así puede dar vida y preñarse de ella, darnos vida y esperanzarnos en ella.

Cuando volvemos a las patriarcales ideas que colocan a cada uno en su lugar y obligan a «reconciliarse» con lo que a cada uno ha tocado ser, renunciamos a la fuerza creadora y transformadora de la encarnación, ser otro, ser en el otro, dar vida, llenarnos de vida. Sólo puede sentir la vocación, y específicamente la vocación trinitaria, quien está dispuesto a asumir esto. De otro modo seguiremos una intuición, viviremos en comunidad, nos mataremos haciendo miles de cosas, reclamaremos la libertad de los cautivos, pero habremos olvidado la gloria de la Trinidad, que se define esencialmente por «ser otro».

Héroes

Hay sueños que la edad no es capaz de borrar, tal vez matizar o disimular, pero siempre están ahí, a veces escondidos en ese trastero que usamos como cabeza, otras veces sacándonos los colores, porque ponen en evidencia al niño que aún vive en nuestra adulta apariencia. Algunos de esos sueños los mandamos a dormir hace tiempo, porque se fueron alejando de la imagen que el mundo, y nosotros también, iba esculpiendo con cada uno. La mayoría ni siquiera eran nuestros sueños, los tomábamos prestados de los amigos, de la televisión, de la vida.

Sueños de ser héroes, de cambiar el mundo, de cabalgar sobre todo eso que cada noche al apagar la luz nos amanazaba, y librar una decisiva batalla contra aquello en lo que los adultos se chocaban una y otra vez, como contra un muro empeñado en no dejarnos avanzar. Los sueños no entienden de muros y, a pesar de las risas de quienes dejaron de soñar, adultos en su mayoría, nadie nos podía impedir ser bombero o princesa, y policía, y enfermera, y cocinar para cientos de amigos invisibles, y volar para acabar con los malos de siempre, y ser soldado al que hoy toca ganar y mañana morir y, cómo no, ser mamá y papá.

Así es como nos sueña Dios, héroes que guardan en su interior el traje con el que un día comenzaron a salvar al mundo, a hacerlo más humano, más divino. Sólo en la medida en que sepamos reencontrarnos con ese olvidado “disfraz” para convertirlo en “ropa de diario” sabremos reconocer aquello para lo que Dios nos necesita hoy, que no será muy diferente de lo que soñamos ayer. Nos lo recuerda Jesús, sólo si nos hacemos niños podremos reconocer su voz y disfrutar de la vida sin límites, Reino de Dios le llamaba a eso, él lo sabía bien, acabamos de celebrar que se hizo niño.

Si este año, aunque sea sólo este mes, nos atreviéramos a sacar de nuevo ese héroe que escondimos, tal vez no acabáramos con el hambre en Somalia, ni con los campos de refugiados de Camboya, ni con la explotación de niños en cualquier parte del mundo, pero inundaríamos nuestro alrededor con una alegre invasión de soñadores…, es un buen comienzo para cambiar el mundo.

Coca-Cola, que ya sabemos que vende algo más que gaseosas, ha pillado esta idea, y a eso nos invita también en el nuevo año, ¿podremos hacerlo por algo más importante que un refresco? De cualquier modo, el anuncio es un buen ejemplo de inteligencia emocional, aquí os lo dejo.

Nuevo lenguaje

Según me explican, en Corea se respira confucianismo por todos lados. Tras varios siglos de influencia, esta filosofía religiosa de la vida ha dejado una huella claramente visible en la forma de relacionarse, en la visión de la vida y especialmente en el lenguaje. He leído en estos días una sentencia de Confucio, del Libro XIII de los Anales de Confucio (551 a.C.-479 a.C.). Tzu le preguntó al gran maestro: “Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida?» Confucio le respondió: «La reforma del lenguaje”.

Si algo me queda claro de estos días de Navidad, especialmente cuando leo despacio los evangelios correspondientes, es que Dios ha cambiado su lenguaje. Ya no es el lenguaje de las amenazas y el recuerdo de los pecados pasados, sino el lenguaje de las oportunidades y los gestos sencillos de salvación. Cuando nos tomamos en serio lo que significa este tiempo también nuestro lenguaje cambia, se reforma. Ni se conforma con repetir expresiones vacías y ausentes, ni se encarama a espacios inalcanzables que sólo saben de misterios y distancias. Dios habla nuestro lenguaje, y no sólo porque se hace hombre, sino porque se encarna por completo en nuestras balbucientes palabras para descubrir de nuevo el mundo y a los que, como nosotros, le van poniendo nombre nuevo y de sentido a las cosas. Dios habla nuestro lenguaje, y si queremos comprenderlo no tenemos más remedio que reformar, o reformular, lo que sabíamos, desaprender tanta palabra muerta, hueca, que resuena en nuestro interior, y en nuestra Iglesia, y balbucir, como Dios, lo nuevo.

Y la primera reforma del lenguaje, para entender a Dios y para dar la mano a nuestros hermanos, la necesitamos en nuestros espacios celebrativos. Hace tiempo me dijo un anciano jesuita, un amigo, que mientras la gente se salude en la calle con un abrazo y un «hola, buenos días», y en la iglesia sigamos comenzando la Misa con un ritual «El Señor esté con vosotros», algo no debe ir bien en nuestra liturgia. Por eso me indigna tanto «talibán» tan fuertemente atado a tradiciones y palabras rituales pero carentes de sentido, sin fuerza transformadora. Yo creo que en el fondo tienen miedo, miedo a balbucir, pero balbucir es el lenguaje de Dios. Sólo cuando abro mis oídos a ese nuevo lenguaje estoy capacitado para escuchar su voz. Vocación es escuchar la palabra nueva de Dios, eso cambia mi vida para siempre.

Por cierto, en este nuevo año conmemoramos el 50 aniversario del Concilio Vaticano II, que tuvo como empeño más importante la reforma del lenguaje, lástima que volvemos a las viejas palabras.