Fronteras

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No es fácil atravesar fronteras y, sin embargo, sabemos que son meras convenciones, simples líneas en un mapa o alambrados muros, pero líneas que rompen el terreno y acotan el horizonte, que crecen despertando sueños y sobreviven amordazando libertades. Las fronteras se nos imponen y las imponemos, en gran parte porque nos ayudan a sentir seguros, o porque las hemos integrado de tal forma en el paisaje que cuesta deshacernos de ellas y romper su estructura, siempre dispuesta para sanar nuestras ganas de saltar fronteras.

Socialmente, pero sobre todo en nuestras relaciones personales, hacemos un gran esfuerzo por garantizar que lo que tanto costó establecer, asegure ese futuro que nos preocupa, desarrolle el presente en que vivimos y nos proteja del pasado que nos persigue. Levantamos fronteras allí donde se nos hace difícil ser autónomos, y también donde ponemos la etiqueta de amenaza a la autonomía de los otros. Altos muros, también gruesos, que, como irónicamente me dijo una vez un preso, nos protegen de los de fuera.

Pero las fronteras también nos limitan, junto a su capacidad de seguridad y protección se convierten en espacio limitador de posibilidades, nos impiden crecer, condicionan nuestros cambios, prohiben las ideas externas y colorean todo de necesidad y de conformismo.

Es evidente, seguir a Cristo nos obliga a saltar fronteras, constantemente, como compromiso, pero sobre todo como testimonio. Él sobrepasó las fronteras que con celo y cuidado guardaban los hombres de ley y religión, expertos en perfeccionar el alambre espino para garantizar su status y proteger sus verdades. Eso es lo que realmente mató a Jesús, y lo que sigue matando a sus seguidores, no a los que utilizan su nombre y sus milagros para levantar muros de la vergüenza, sino para quienes se arriesgan a vivir su fe a la intemperie, huyendo de los límites, como única ley el amor.

Cuando vamos adelante con nuestra vocación cristiana nos vemos obligados, también, a sobrepasar fronteras, saltar sin ambigüedades aquellas que nos ponemos personalmente y romper evangélicamente en mil pedazos las que nos impone la intolerancia, muchas veces disfrazada de sentimiento religioso, la prudencia y el ritualismo bloqueante. Es todo un reto vocacional, porque es un autentico programa de vida, como el de Cristo.

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