Dignidad

Estos dos últimos días he celebrado la Misa de Navidad en la cárcel de Changwon, un día con presos preventivos y hoy con presos de cumplimiento. La Misa la ha presidido el hermano Chanmo, trinitario y capellán católico del centro, que me pidió que hiciera la homilía, a lo que me resistí en la primera pero me dejé tentar en la segunda, evidentemente hablé en castellano, y Chanmo pacientemente fue traduciendo mis palabras. El trasfondo de esta homilía de la Misa de Navidad, que he vuelto a celebrar en la prisión ocho años después y a miles de kilómetros de la última, ha sido la dignidad.

En España he sido capellán en las prisiones de Granada y Sevilla, pero además he conocido otras muchas, incluso en Madagascar, una experiencia que me dejó marcado al encontrarme frente a frente con la indignidad e inhumanidad más atroces. Mi historia vocacional como trinitario comienza precisamente en la cárcel, la primera en Colombia, con apenas dieciocho años, muy lejos aún de lo que ahora soy, y con motivaciones que pocos se atreverían a llamar vocacionales, pero ya comenzaba Dios a tocar ciertas cuerdas; después en Herrera de la Mancha, esta vez ya en plena búsqueda. En todos esos momentos, que han marcado mi vocación trinitaria, he encontrado situaciones de dolor, de soledad, de alejamiento, de soberbia…

Tal vez por eso, cuando me disponía a hablar a los presos de Changwon, han venido a mi mente experiencias y situaciones ya vividas, porque los muros de la cárcel son todos iguales, y sus puertas, y sus rejas. Sin embargo, hoy tenía delante de mí un grupo de cien presos vestidos con uniforme azul, la cabeza rapada y zapatillas blancas, todos exactamente igual, sin distinción, con tan solo un largo número en el pecho como elemento identificador y diferenciador. Había preparado unas cuantas cosas para decir, palabras esperanzadoras sobre la Navidad, sobre lo difícil que es parar la fuerza salvadora de Dios, a la que no resisten ni las rejas de la prisión, sobre lo parecidas que son las cárceles en cualquier parte del mundo, sobre la sorpresa de la encarnación para nuestra fe. Pero, no he podido, esta vez la sorpresa me la he llevado yo. Esos cien presos, esas cien personas, perfectamente sentados frente a mi, uniformados hasta en la forma de saludar y de sentarse, me estaban diciendo con su presencia que lo han perdido todo, especialmente la libertad y la identidad, pero nadie puede arrebatarles su dignidad, y es precisamente esa dignidad la que les ayuda día a día a dejar de contar los largos años de condena y reencontrarse con la persona que hay bajo el uniforme.

Ya no podía hablarles de esa Navidad engolada y pagana que nos hace creer por un día, o por una noche, que todos somos iguales y que tenemos que recordar sonreír de vez en cuando, como si se tratase del programa de desarrollo empresarial de alguna de esas marcas que estos días se nos meten hasta en la sopa. Toda esa dignidad, que nunca he visto y sentido tan fuerte en el interior de una prisión, ni incluso fuera de ella, me sitúa en el camino del Niño Dios, que nace y muere arropado por la indignidad de unos pañales y una cruz, que desde lo más bajo se pone frente a mí para recordarme que me coloca en primer lugar, que me necesita a mí, y no a mis agobios, ni a mis programas, ni a todos los mis con los que creo estar más justamente en este mundo, me necesita a mi por entero, necesita mi dignidad, que aprende a ser cuando toco fondo desde fuera se me etiqueta con un largo número sobre mis esperanzas.

Contemplando a esos hombres que me saludan inclinándose y con su sola presencia me transmiten paz, descubro el sentido de la dignidad como vocación a la que Dios me llama, como programa de liberación, y todo mi cuerpo, no solo mi cabeza, mis sentidos también, mis ideas y mis cálculos, se inclinan profundamente ante esos presos de Changwon y sólo acierta a decir, gamsa-hamnida, gracias por vuestra dignidad.

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