Primavera

Nos pasa como al tiempo, hemos vivido un invierno primaveral y nos sorprende ahora un comienzo de la primavera «invernal». Y así andamos también nosotros, de vez en cuando, descolocados, despistados y despistando, cuando sacamos la flor y el paraguas a destiempo. No es fácil acertar cuando los signos externos son tan cambiantes, hace incluso complicado leer esos signos e integrarlos en nuestra cultura común para interpretar la vida. Hace cincuenta años un anciano Papa, etiquetado como «de transición», «bonachón», «poco inteligente», entornó los ojos de su fe y de su corazón y descubrió signos de primavera en una Iglesia dibujada de gris invierno. Hace cincuenta años comenzaba el último concilio de la Iglesia, conocido como Vaticano Segundo, que puso a todos al mismo nivel de escucha de la Palabra, de vocación, de misión, de vida.

Leer los signos de los tiempos, el reto más importante de aquel concilio, obliga a sentir los tiempos, a vivir intensamente el presente que nos pertenece y disfrutar de cada uno de sus signos de futuro. Nada de resignación, es vivir el tiempo como un signo, como una señal ante nuestros ojos. Es así como nos obliga también a abrir los ojos, a dejarnos empapar y llenar por toda la vida que nos rodea, a descubrir retazos primaverales en esos inviernos que nos rodean, y saber también aceptar el invierno como espacio de encuentro e interiorización. Los signos de los tiempos nos recuerdan que es posible, imprescindible, tener fe y al mismo tiempo sentir y emocionarse con la vida que crece alrededor. Al fin y al cabo, eso es la vocación, una llamada permanente a vivir el tiempo, a abrir ventanas a la primavera.

¿Será por eso que en estos otros tiempos resulta tan extraña la obsesión de algunos por ocultar sus signos? La creciente tendencia a la hibernación y lo gris en nuestra Iglesia, y la condena permanente a quienes cogen su paleta de colores y abren ventanas a la primavera, me hablan de que hemos complicado sus palabras y llamadas con nuestros miedos invernales, y cuando llega esta primavera alocada y vital nuestras alergias nos impiden vivirla con la intensidad con que ha sido creada… para nosotros.

Mujer

Poco a poco, demasiado lentos, la sociedad ha ido pasando de celebrar el día de la mujer «trabajadora» al día de la mujer, sencillamente, pero con toda la carga que, a pesar de lo que socialmente hemos avanzado, conlleva el papel de la mujer. Vivimos envueltos en una misoginia que pretendemos superar a base de cuotas de paridad, cuotas que suenan a desafinado para la mayor parte de las mujeres, especialmente aquellas que sienten cada día en sí mismas el poder de la violencia, de la inferioridad, de la sospecha.

En la Iglesia no estamos precisamente en las mejores condiciones para dar lecciones en este tema. Incluso vocacionalmente parece que vuelve cierta idea de que «no es lo mismo». Y no quiero reducirlo todo al detalle de si las mujeres pueden o no recibir el ministerio sacerdotal, porque si nos fijamos bien eso es sólo un detalle comparado con la nueva ola de testosterona eclesial.

Que nadie se me mosquee, pero hoy no voy a ser yo quien defienda el acceso de la mujer al sacerdocio, y no porque no crea en ello, sino porque antes debemos resolver el acceso de la Iglesia a lo femenino, recuperar el valor de lo simbólico, romper definitivamente con ritos de trasfondo machista, poner por delante lo emocional y lo espiritual, vivir nuestra vocación como una gracia de la dimensión femenina de Dios, porque quien nos mueve, y eso sí que lo creo profundamente, es el Espíritu, la Ruah, llenándome de ella me reconcilio con lo femenino que hay en mí. Hoy, día de la mujer, pido que la Iglesia también se deje invadir por Ella.

Ceniza

Un año más miércoles de ceniza. Y como todos los años, viene casi de sorpresa, aún no nos hemos recuperado de los atracones de azúcar de la pasada Navidad y ya toca ponerse serio e ir pensando en ser la sal de la tierra más que la guinda del pastel. Y, a pesar de eso, todos los miércoles de ceniza, todas las cuaresmas, me siguen pareciendo iguales, con los mismos ritos y tópicos, con las mismas palabras, de esas en las que creemos un día y olvidamos al siguiente: “conviértete”, “cree en el Evangelio”.

Todo cambia en el momento en que empiezo a pensar la cuaresma como oportunidad y no como ajuste de cuentas, como mirada al frente y no como fardo pesado. Esa es la conversión que Dios me pide, y no tiene nada que ver con la típica y tópica imagen cuaresmal de la penitencia replegada sobre mí mismo, envuelta en unos símbolos, oración, ayuno, limosna, que hemos reducido a gestos externos y de castigo.

Conversión significa vivir en positivo, y la cuaresma es el entrenamiento perfecto para esta vida nueva que aún espera salir con fuerza de mi interior. No es mirar hacia abajo, ni hacia un pasado que me aplasta y encadena. No es recordar el polvo, la nada, que soy, y menos aún el que llegaré a ser. Lo siento, pero me niego a conformarme con una cuaresma que se quede en todo eso, que se gusta en masoquismos de gestos sin fuerza ni sentido. Así es como nos han enseñado a vivirla desde nuestra niñez, puede que sea hasta más cómodo dejarse llevar por todo eso, porque nos hemos acostumbrado a sentir que el dolor y la miseria ejerce un valioso poder sobre los otros.

Conversión significa vivir en esperanza, levantar la mirada, creer y confiar que ese futuro que Dios me pone cada día por delante es para mí, a pesar de que, mirándome en el espejo intuya que no lo merezco. Así es como Dios me ama, y por eso me invita a dejarme de giros sobre mí mismo, a olvidarme de mis fracasos y poner por delante en cada caída, en cada fracaso personal, lo que estoy llamado a ser. Es practicar cada día lo que será la vida nueva en Jesús, el Resucitado.

Conversión significa vivir en evangelio, confiar en la buena noticia que planea sobre todas las miserias que tejen mi mundo, mi vida y mi relación con Dios. No me desprendo de ellas, es cierto, y algunos días reaparecen sin invitación. Esos días, hoy puede ser uno de ellos, Jesús me recuerda que no es cuando aireo y me regodeo en las miserias, sino cuando las vivo en la intimidad del Padre y las hago futuro cuando me permiten reencontrar la confianza en las personas, en Dios y, especialmente, en mí mismo.

Es tiempo de cuaresma, es tiempo de prepararme para resucitar.