Corazón trabado

Vocación verdadera no es otra cosa sino haber Dios asido y trabado el corazón del hombre para sacarlo de sí y ponerlo en Dios. (San Juan Bautista de la Concepción, De los oficios más comunes de la religión de descalzos de la SS. Trinidad, cap. 44)

Corazón trabadoEn estos días estamos recordando la figura especial y siempre nueva de San Juan Bautista de la Concepción, reformador de la Orden Trinitaria. Así que la perla de esta semana lleva su letra y su mística. Cuando Juan Bautista quiere ayudarnos a diferenciar la vocación auténtica de la que se pasa en unas horas utiliza la imagen del corazón trabado. Hay una vocación tipo montaña rusa, nos viene y nos va, nos tambalea, se come el mundo en cada subidón espiritual y reniega de todo en cada bajón vertiginoso. La sentimos, y la vivimos, continuamente, es la vocación que busca soluciones inmediatas a gestos y situaciones personales que no sabemos explicar, pero que nos conmueven por dentro. Damos respuestas llamativas y atrevidas, porque las consideramos proporcionadas al intenso momento vivido. Por desgracia, esta vocación no dura, está construida sobre emociones sin profundidad. En ella no experimentamos ninguna salida, ninguna llamada a dejar la tierra y las seguridades que protegemos con tanto celo, al contrario, los protagonistas de esta vocación somos nosotros, soy yo mismo, yo decido cómo y cuándo, incluso hasta cuándo.

Hay también una vocación de corazón trabado, aparentemente esclava y áspera, envuelta en mil dudas y casi ninguna respuesta, encogida, silenciosa, que ni siquiera se pertenece a sí misma. Es la vocación de lo atrevido, la que se queda sin palabras, y renuncia a las ya sabidas por algo, una perla, dicen, que aún no se ve ni se adivina, sin nombre. Se reconoce porque camina libre de apegos y condicionantes, porque pocos la esperan, porque va haciendo salir de la tierra de los pretéritos a una tierra en la que sólo se habla presente. Esta es la vocación del amor, la que traba el corazón y lo descoloca. No busquemos más palabras para definirla, sólo es una perla preciosa.

Juan Bautista de la Concepción (1561-1613)

Este amor que vos tenéis a la criatura es superior a todos los tesoros y riquezas que ella pudo tener y vos le pudisteis dar, porque sin este amor no hay cielo ni gloria, y con él no hay infierno. Según esto, ignorancia es querer gustos sin vuestra voluntad, y dejarlos por vuestro amor es toda la felicidad que se puede imaginar. Obra es ésta y empresa hazañosa de la fe, que da lo que tiene por lo que no tiene. Por tanto, Señor, os suplico humildemente que no miréis nuestra ignorancia, nuestra flaqueza y miseria, sino que, sólo mirando vuestra mayor gloria y nuestro mayor aprovechamiento, enderecéis nuestras obras y encaminéis nuestra voluntad y querer, para que siempre y sólo, quiera lo que a vos más os agrada.

San Juan Bautista de la Concepción
Diálogos entre Dios y un alma afligida

Hoy celebramos 399 años de la muerte de San Juan Bautista de la Concepción, que dio lo que tenía por lo que no tenía. Continuamente ponemos por delante sus esfuerzos por ser más auténtico, más fiel a los orígenes, más asceta, más reformador que nadie. Yo creo que hoy nos equivocamos, Juan Bautista de la Concepción, Juan García, fue un alma afligida, siempre buscando silenciar sus pasos, huyendo del camino por la autenticidad, porque aprendió que Dios no nos quiere auténticos sino sencillos, y sólo cuando lo asumimos empezamos a ser felices. Por cierto, felicidades.

Conciencia

A veces, eso que llamamos conciencia se convierte en un quiero y no puedo. Eso no es lo peor, lo peor es que se nos hace inevitable. Cargamos las palabras con explicaciones planificadas y envueltas en moralina de tienda multiprecios. Es entonces cuando la conciencia ocupa el lugar del miedo a lo nuevo, al cambio que esperábamos, y que sabemos que necesitamos, pero que se esconde en misteriosos ardides que no podemos controlar, ni vencer, ni hacer pasar, y que controla la vida y las esperanzas.

Llaman a mi conciencia quienes recelan de mi libertad. Llama a mi conciencia el que prefiere que calle y me pide que acepte lo que no molesta. Llama a mi conciencia quien no busca realmente mi cambio sino su comodidad frente a mi palabra. Llaman a mi conciencia los que necesitan controlar y asegurar las mentes de los otros, para seguir estando arriba.

Hemos inventado la conciencia porque no podemos soportar que Jesús nos liberara de un Dios celoso, guardián y pejiguero. Dios no llama a mi conciencia, me llama a mí. Y en su llamada respeta mi andar, aunque sea errado y errante. En su llamada se hace uno conmigo, me acompaña en mi opciones, no se queda agazapado tras mis dudas para saltar sobre mí cuando decido vivir.

Me libero de mi conciencia porque necesito ser lo que Dios ha creado: un micromundo imperfecto y grandioso que acierta y se equivoca, que hace opciones, que se empapa de la Vida, y una Vida en abundancia, sin conciencias que la limiten.