Cuaresma nueva, deseos viejos

Comenzamos una cuaresma más. Nos preparamos para vivir un tiempo de sueños, de gracia, de esperanza. Ponemos a tono nuestros deseos y estamos dispuestos a casi todo, como siempre que se nos da una nueva oportunidad. Toca ponerse serios e ir pensando más en ser la sal de la tierra que la guinda del pastel. Y, a pesar de eso, todas las cuaresmas, me acaban pareciendo iguales, con los mismos ritos repetidos y envueltos en tópicos, escuchando viejos deseos de conversión, de que esta vez no nos pilla desprevenidos, huyendo de tentaciones que me limitan, de pensamientos que me obligan a pensar que soy polvo y polvo es mi futuro.

Todo cambia en el momento en que comienzo a pensar la cuaresma como oportunidad y no como venganza, como mirada al frente y no como fardo pesado. Esa es la conversión que Dios me pide, y no tiene nada que ver con la típica y tópica imagen cuaresmal, que sólo encuentra en los signos de la limosna, la oración y el ayuno el empuje que sobre mi propia vida ejerce lo que he sido, lo que he dejado de ser o lo que otros me han hecho ser.

Conversión significa vivir en positivo, y la cuaresma es el entrenamiento perfecto para esta vida nueva que espera salir con fuerza de mí, y ser vida nueva en Jesús, el Resucitado. No es mirar hacia abajo, ni hacia un pasado que me aplasta y encadena No es recordar el polvo, la nada, que soy, y menos aún el que llegaré a ser. Lo siento, pero me niego a conformarme con una cuaresma que se quede en todo eso, que parece regustarse en masoquismos de gestos sin fuerza ni sentido, aunque en el fondo así es como nos han enseñado a vivirla, puede que sea hasta más cómodo dejarse llevar por todo eso.

Convertimos nuestra vida a una cruz que se ha adornado de claveles de mayo antes de tiempo. Nos preparamos para seguir en la calle a un crucificado al que cantamos y miramos con asombro, pero sin imitar lo más mínimo su gesto de subir hasta esa cruz y desde allí mirar el mundo con ojos nuevos. Nuestras propias vidas se niegan a subir a las cruces que encontramos en el camino, en el trabajo, en los estudios, en casa…, incluso en la misma Iglesia, y decidimos pasar de puntillas, adornar al crucificado para que no lo parezca, porque así nos duele menos, y nos cuestiona menos.

Pero convertirse significa vivir en esperanza, levantar la mirada y creer que el futuro nuevo que Dios me pone cada día por delante es para mí, a pesar de que, mirando lo que he sido, parezca no merecerlo. Así es como Dios me ama, y por eso, simplemente, me invita a dejarme de giros sobre mí mismo, a olvidarme de mis fracasos y poner por delante, no lo que he sido, ni siquiera lo que ahora soy, sino lo que estoy llamado a ser.

Por eso la conversión me lleva a creer en el Evangelio, como buena noticia que planea sobre todas las miserias que tejen mi mundo, mi vida y mi relación con Dios. No me desprendo de ellas, es cierto, y en días como estos aparecen sin haber sido invitadas, y ahí Jesús me recuerda que no es cuando las aireo y me regodeo en ellas, sino cuando las vivo en la intimidad del Padre, las hago cruz elevada desde las que contemplar el mundo, cuando las hago futuro, me reconcilian a la confianza en las personas, en Dios y, especialmente, en mí mismo.

Es tiempo de cuaresma, es tiempo de prepararme para resucitar de todos mis viejos deseos.

Ser mejores

“Si no sois mejores que los escribas y fariseos no merecéis el Reino de los Cielos” (Mt 5,20)

No consiste en pisotear a los demás, pero los cristianos vivimos demasiado resignados, podría decirse que prácticamente sin aspiraciones. Ya, ya… no me refiero a aspiraciones de poder, que de eso hay muchos a los que les sobra, y como no suele haber mitra que las colme acaban amargados e imponiendo a todos su frustración.

Ayer mismo recibía una petición, que no se cuántas veces he escuchado: por favor, tú que estás más cerquita de Dios, pide por mi hija que… Hemos acabado construyendo una religión de sabios, de expertos, de excelentes, que dedican su vida a Dios y se creen mediadores para el resto de la pobre gente que tiene que dedicar su vida a sus problemas diarios, como si los primeros no tuvieran problemas en su día a día y como si los otros no pudieran acercarse a lo sagrado sin quemarse.

Jesús nos invita a ser mejores, no para sobrepasar a otros y convertirlos en peores, sino para sentirnos realmente elegidos. Cuando Dios nos llama lo hace en la materia que cada uno somos, pero nos exige ser eso mismo que somos, no rebajarnos, no entregar a otros la capacidad que Dios nos ha regalado para poder cambiar el mundo, para sentirnos cerca de él.

Ser mejores supone no conformarse, pero supone también ser íntegros. El pasaje del evangelio en el que se inscribe este consejo de Jesús pone como ejemplo los mandamientos: no basta con decir yo no he matado a nadie, yo no cometo adulterio, yo no robo, yo respeto a mis padres… seguir a Jesús conlleva un plus de peligrosidad que nunca sentiremos bien pagado, y ahí entra de lleno la conversión, que no se enreda en pecados sino en darnos la capacidad para ver más allá de la letra, del mandamiento, de la ley. Ser íntegros, ser mejores, superar barreras que nosotros mismos nos ponemos, ver lo que otros no ven, porque prefieren quedarse en la contingencia de cumplir. Y no es que no suponga esfuerzo el mero hecho de cumplir, sino que si aspiramos a merecer el Reino de Dios, a construir un mundo mejor, debemos ser mejores.

Feliz despertar

Soy consciente de que llevo varios años dándole vueltas a este tema justamente en estas fechas, tal vez tengo un eco subconsciente de aquel famoso anuncio en el que el hijo, como el turrón, volvía a casa “por Navidad”, pero sigo sin encontrar mejor motivo para compartir una reflexión y una oración. La realidad me lo impone día tras día, año tras año.

Da igual que nos lo diga la Organización Internacional por las Migraciones, el papa Francisco o el Arzobispo de Tánger, las cifras, y las imágenes, nos afectan un rato, incluso nos sacan una plegaria indignada, pero seguimos a lo nuestro mientras la indiferencia se cierne de nuevo sobre el Mare Nostrum que separa mundos y sepulta sueños, esperanzas, oraciones. Vamos olvidando nuestra condición de nómadas, aferrándonos a una seguridad que nos permite superar crisis y salvar tempestades económicas, porque nos agarramos fuerte a los valores sobre los que se asienta nuestra sociedad.

El acervo cultural de Europa tiene raíces cristianas, decimos, y acabamos convirtiendo la frase en axioma contra los que pretenden diluir tradiciones y conquistas que han costado muchas guerras, demasiadas luchas, no pocos concordatos. Lamentamos que la Navidad se haya convertido en fiesta del consumismo, reclamamos a los que suplen el feliz Navidad por el laicista felices fiestas, y a los políticos que no quieren montar el belén por respeto a los no creyentes, y a quienes aprovechan cualquier oportunidad para sacar la asignatura de religión de la escuela, e inventamos nuevas luchas y nuevos horizontes sobre los que proclamar que nuestra fe tiene sentido y está en guerra con este mundo que desprecia a Dios y a quienes lo representan…, acervo cristiano y cultura de vida, lo llamamos.

Pero olvidamos que Dios mismo ha elegido el camino de no ser y del desprecio, el camino que empieza en el primer escalón y no en el despacho, el que encuentra muros coronados de concertinas justo cuando tocaba con sus manos las primeras flores del paraíso. Es Dios quien se sitúa, descolocado siguen diciendo los que calientan cátedras y tronos eclesiales, y se mete de soslayo en las nuevas caravanas que le hacen descender a un infierno sin tierra, a un mar sembrado de muerte y negación.

El verdadero acervo cultural que nos da la fe en Jesús de Nazaret es el que reconoce que no puede encasillar a Dios (¿acaso no es eso lo que se celebra realmente en Navidad?), y que levantarse y volver a empezar no es opcional, y que va siendo hora de despertar a una fe que sea morada de Dios para todos. Feliz despertar.

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