Francisco, una de cal y otra de arena

Parto de la idea de que no estoy en lo políticamente correcto mostrando mis dudas sobre el papa Francisco, pero no puedo callar mis inquietudes interiores ante las noticias que sobre sus palabras, decisiones y actuaciones públicas aparecen cada día en los medios.

Desde el comienzo de su pontificado (no olvidemos que sigue siendo un pontificado, es decir, una forma de gobierno que mezcla el poder religioso y el civil, y así ha quedado demostrado en su última visita a Brasil, a pesar de algunos gestos para la galería) tanto las palabras como las actuaciones del papa Francisco nos han ilusionado a todos, diría que a algunos sectores de la Iglesia más que a otros, abriendo una ventana que deja ver una Iglesia cercana, comprensiva, de lenguaje sencillo y claro. Tras un papa teólogo ha llegado un papa pastoralista. Sus declaraciones y sus gestos son los de un auténtico pastor, y llaman aún más la atención, y entusiasman a los que llevamos mucho tiempo esperando un cambio, y se convierten en portada de diarios y noticieros, porque son diametralmente opuestos a los gestos y discursos de los pastores que tenemos más cercanos, convertidos ahora en clérigos loro que repiten sus mensajes pero son impermeables a su contenido.

Pero todo se queda ahí. ¿Realmente alguien sensato esperaba más? Estamos tan hechos a un lenguaje eclesial oscuro y amenazador, a unos pastores blindados y convertidos en príncipes, a una Iglesia de lamentos y derechos adquiridos, que tanta novedad nos deslumbra. No estoy en contra, claro que me entusiasma, y twiteo muchas de esas frases emblemáticas, porque creo que son necesarias para levantar nuestros corazones, y porque creo también que esa, la de levantar corazones, es una de las funciones más importantes del buen pastor.

Pero, al mismo tiempo, me preocupan otras palabras y actuaciones que están quedando tapadas por el deslumbramiento que producen las anteriores. La lista comienza con el decreto para nombrar a San José en la plegaria de la Misa, sigue con el mantenimiento del status quo y la petición expresa de reevangelización realizada a Kiko Argüello y sus neocatecumenales, y con esa ya manida preocupación de que los curas vistan de clerigman y las religiosas de hábito, y deja claro ante cientos de periodistas que en temas como la ordenación de las mujeres o la comunión de los divorciados y vueltos a casar la postura de la Iglesia sigue siendo la misma, y lo será siempre.

Una de cal y otra de arena, una visita a la playa de Lampeduda o a una favela carioca conviviendo con escasa crítica con toda la parafernalia de grandes escenarios, separación pontifical, ceremonias infumables, peloteo desenfrenado y jóvenes exaltados en los actos de la JMJ de Río de Janeiro, que poco han cambiado el panorama de hace dos años en Madrid. Ahora todos tienen motivo para querer al Papa, los neoconservadores de la Iglesia y los progres, porque todos encuentran en sus palabras y gestos algo a lo que agarrarse.

Lo que personalmente me cuestiona es cómo de entre todas esas propuestas se imponen unas y se proponen otras. Hace unos días, en la catedral de Santiago de Compostela, concelebré en la Misa del Peregrino al final de la peregrinación realizada por los jóvenes trinitarios, presidía un canónigo, el templo estaba repleto de jóvenes peregrinos y su homilía estuvo llena de alusiones a las palabras del papa en Río, a la alegría y a la nueva dimensión que se pide a los cristianos en el mundo y, sin embargo, este buen canónigo, ejemplo claro de clérigo loro, no fue capaz de saludar en la sacristía a ninguno de los sacerdotes concelebrantes, sus únicas palabras fueron para mandar guardar silencio y su tono más de guerrero que de pastor, para seguir su homilía despiertos habrían hecho falta unos cuantos litros de RedBull en vena, y finalmente tuvo la feliz ocurrencia de facilitar el rezo del padrenuestro en la lengua universal que todos sabemos, el latín.

Nuestra Iglesia necesita reformarse y por eso mismo nos necesita despiertos, que ningún canto de sirena, venga de donde venga, consiga desviar el rumbo por el que el Espíritu Santo quiere llevarnos.

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Reforma vaticana para quienes no tienen fe

papa_nor-672xXx80-2Se hacen eco las noticias del motu proprio del papa Francisco reformando el reglamento jurídico del Estado Vaticano y adecuándolo al derecho internacional: queda abolida la cadena perpetua, se introducen nuevas figuras criminales relativas a delitos contra la humanidad y, sobre todo, se agravan las penas para los casos relacionados con abusos de menores y blanqueo de capitales. Estarán sujetos a las nuevas normas todos los funcionarios vaticanos y empleados de la curia, además del nuncio apostólico, el personal diplomático de la Santa Sede y todos los empleados de organismos e instituciones relacionados con el gobierno de la Iglesia.

Se estipulan como delito contra los menores la venta, prostitución, alistamiento y violencia sexual contra ellos, la pornografía infantil, posesión de material de pornografía infantil y actos sexuales con menores.

Aparte de que la principal reforma legislativa del Estado Vaticano deba consistir en la desaparición de dicho «Estado», y aparte también de que hayamos tenido que esperar al siglo XXI para que las leyes del Vaticano se ajusten al derecho internacional y a la carta de los Derechos Humanos de la ONU, lo que esta reforma pone sobre la mesa es el reconocimiento de que las excomuniones canónicas no sirven para nada cuando se amenaza con ellas, o se aplican, a quienes no tienen fe.

Y no me refiero precisamente al caso de amenazar con excomunión, o con el infierno, o con lo que sea que dé miedo, a los ateos, sino a los propios jerifaltes vaticanos, a los obispos que esconden y tapan a tanto cura pederasta, a los monseñores que se dedican a blanquear cantidades vergonzosas de dinero, a los que condenan a homosexuales al exilio social pero gustan vestir de faldones negros para ocultar sus tendencias personales. De nada sirve, digo, amenazar a estos con excomuniones cuando demuestran con sus actos y creencias que no tienen fe. El único miedo que conocen no es el del infierno sino el de perder su poder, su prestigio, la inmunidad de sus sotanas.