Los intereses por encima de las personas

sinodofamilia2014
Sínodo de la familia 2014-2015

“Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo llevaba a abrevar, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?” (Lc 13,16)

Los intereses, siempre los intereses. Y los que se dicen y postulan como “intérpretes de la Buena Noticia”, los príncipes del pueblo de Dios, siguen dictando normas que protegen más sus intereses, la sed de sus bueyes y burros, que a las personas reales, con problemas reales. Normas y leyes que mantienen la opresión sobre los encorvados de este mundo, más que palabras que liberan. Tradiciones que ya pocos entienden, porque cuesta poco descubrir que se mantienen por proteger intereses de poder y autosuficiencia.

Dios que se mueve

Pregunta, pregunta si alguien más ha oído como tú la voz del Dios vivo, si alguien más ha visto a su dios bajar y mezclarse con su gente, si algún dios de esos en los que confía la gente, se mueve tanto como el Dios vivo, incluidos los tipos de interés y el índice Dow Jones (cf. Deuteronomio 4,32-34).

Trinidad en movimientoEsta es la esencia de nuestro Dios, el movimiento, la creación en constante renovación, la vida emergiendo incluso de donde lo habíamos dado todo por perdido. Nos lo han querido explicar en clave de misterio, y con teologías nacidas de sacristías y claustros intemporales y absortos en su quietud. Pero la vida, en la que Dios se recrea a cada momento, con la que no juega sino que le da sentido y la hace sencilla y fácil de sentir, esa vida nos devuelve la auténtica esencia de nuestro Dios, el movimiento.

Un movimiento que integra, fuerza centrípeta que nos devuelve al centro, nos incorpora a su proyecto y misión para esta creación que ha puesto en nuestras manos. Sentirse uno sin necesidad de disolver los talentos que nos ayudarán a crecer juntos. Encontrar en ese centro el punto de apoyo que tantos han buscado para mover el mundo, y moverse ellos.

Un movimiento que desplaza, fuerza centrífuga que nos saca de nuestras casillas, pone en valor las diferencias que nos enriquecen, y comienza a construir y a crear de nuevo. Cambia y transforma, cuida y enriquece, incluso todo aquello que en nombre de Dios nos hemos empeñado en hacer inamovible. Salir y descentrarnos, para liberar a la creación de creer que las cosas son como son, que están dichas todas las palabras y callados todos los silencios.

Un movimiento que revoluciona, fuerza electromagnética que cambia el orden de las cosas conocidas, todo lo hace nuevo, promueve la vida, quita el miedo. Si el final de nuestros cambios y movimientos se parece tanto al origen que los hace indiferenciables, nos volvemos indiferentes y contrarrevolucionarios. Si nuestro amén es solo sumisión y no hace temblar los cimientos de nuestras convicciones más profundas y arraigadas, se lo estaremos diciendo a dioses más interesados en el movimiento de la bolsa que en el de los corazones y las ideas.

No hay liberación sin un centro que nos nutra, sin un ideal que nos ponga en movimiento, sin una revolución que nos mantenga en tensión.

Esta es la esencia de nuestro Dios, Dios que se mueve, Dios Trinidad. Cuanto más entremos en su movimiento más colaboraremos para cambiar este mundo y esta Iglesia que prefieren lo de siempre, sin sustos ni problemas.

Fiesta de la Trinidad 2015.

Jóvenes e Iglesia

Estoy estos días en Buenos Aires con un buen grupo de responsables y acompañantes de pastoral juvenil y vocacional de la Familia Trinitaria en el cono sur. Uno de los interrogantes que nos trae hasta aquí es esa relación siempre incómoda, deseada, pocas veces encontrada y hasta ausente, entre jóvenes e Iglesia. Todos asumimos, especialmente cuando nos ponemos a programar, que debemos adaptar nuestro lenguaje, nuestras formas, nuestras propuestas, para hacerlas en “su” lenguaje, “sus” formas, y de modo especial “sus” propuestas. Pero nos encontramos después con una realidad nos supera, porque a la hora de la verdad no sabemos realmente dar el paso de lo nuestro a lo suyo, cambiar el lenguaje está muy bien como propuesta de nueva evangelización, pero ¡ay, amigo!, en cuanto cambias la primera coma te sobrevuelan cientos de cuervos acusándote de sincretismo y no sé cuántos ismos más.

Sólo tenemos que echar una ojeada a las propuestas de pastoral con jóvenes que últimamente se lanzan desde algunos organismos eclesiales. Aún siguen muchos creyendo que la pasada JMJ de Madrid es el summum de lo que hay que hacer y de cómo hay que hacerlo. Promovemos más una pastoral de cristiandad, de masa, de manadas que se desgañitan afirmando ser la juventud del Papa. Formamos pequeños talibanes que, curiosamente, con unos años más acabarán pasando al lado contrario, desengañados también por verse manipulados en sus sentimientos e ilusiones.

No sabemos hablar con los jóvenes, porque no sabemos hablar con Dios. Pretendemos convertir a esos jóvenes en prolongaciones inofensivas de nuestras formas de ver y sentir a Dios, de nuestros modos de orar y celebrar, y nos escandalizamos, de nuevo sobrevolados por las hordas de cuervos, cuando el contacto con los jóvenes nos cambia los esquemas.

La pasada semana, aún en España, preguntaba al grupo de jóvenes que acompaño en Córdoba sobre sus dudas personales en temas de fe, uno de ellos dijo con toda sinceridad: de lo que dudo no es de la Iglesia, sino de los que dicen ser “la Iglesia”. Si no nos dejamos cambiar, si no estamos dispuestos a cambiar, cualquier esfuerzo que hagamos por acercarnos a los jóvenes acabará convirtiéndose en una feria o en un circo, con carpas volantes incluídas, como en Cuatrovientos, pero no habremos llegado al corazón, porque no presentamos a Dios, nos presentamos a nosotros mismos, o a esos que se llaman “representantes de Dios en la tierra”, pieles de cordero que tapan el inmovilismo y la letra muerta.

He leído estos días lo que el documento de Puebla dice sobre los jóvenes, está escrito para esta tierra latinoamericana, pero nos sirve igualmente: “El servicio a la juventud realizado con humildad debe hacer cambiar a la Iglesia, especialmente en su desconfianza e incoherencia hacia los jóvenes” (Puebla, 1178). Poco más se puede decir.