Jóvenes e Iglesia

Estoy estos días en Buenos Aires con un buen grupo de responsables y acompañantes de pastoral juvenil y vocacional de la Familia Trinitaria en el cono sur. Uno de los interrogantes que nos trae hasta aquí es esa relación siempre incómoda, deseada, pocas veces encontrada y hasta ausente, entre jóvenes e Iglesia. Todos asumimos, especialmente cuando nos ponemos a programar, que debemos adaptar nuestro lenguaje, nuestras formas, nuestras propuestas, para hacerlas en «su» lenguaje, «sus» formas, y de modo especial «sus» propuestas. Pero nos encontramos después con una realidad nos supera, porque a la hora de la verdad no sabemos realmente dar el paso de lo nuestro a lo suyo, cambiar el lenguaje está muy bien como propuesta de nueva evangelización, pero ¡ay, amigo!, en cuanto cambias la primera coma te sobrevuelan cientos de cuervos acusándote de sincretismo y no sé cuántos ismos más.

Sólo tenemos que echar una ojeada a las propuestas de pastoral con jóvenes que últimamente se lanzan desde algunos organismos eclesiales. Aún siguen muchos creyendo que la pasada JMJ de Madrid es el summum de lo que hay que hacer y de cómo hay que hacerlo. Promovemos más una pastoral de cristiandad, de masa, de manadas que se desgañitan afirmando ser la juventud del Papa. Formamos pequeños talibanes que, curiosamente, con unos años más acabarán pasando al lado contrario, desengañados también por verse manipulados en sus sentimientos e ilusiones.

No sabemos hablar con los jóvenes, porque no sabemos hablar con Dios. Pretendemos convertir a esos jóvenes en prolongaciones inofensivas de nuestras formas de ver y sentir a Dios, de nuestros modos de orar y celebrar, y nos escandalizamos, de nuevo sobrevolados por las hordas de cuervos, cuando el contacto con los jóvenes nos cambia los esquemas.

La pasada semana, aún en España, preguntaba al grupo de jóvenes que acompaño en Córdoba sobre sus dudas personales en temas de fe, uno de ellos dijo con toda sinceridad: de lo que dudo no es de la Iglesia, sino de los que dicen ser «la Iglesia». Si no nos dejamos cambiar, si no estamos dispuestos a cambiar, cualquier esfuerzo que hagamos por acercarnos a los jóvenes acabará convirtiéndose en una feria o en un circo, con carpas volantes incluídas, como en Cuatrovientos, pero no habremos llegado al corazón, porque no presentamos a Dios, nos presentamos a nosotros mismos, o a esos que se llaman «representantes de Dios en la tierra», pieles de cordero que tapan el inmovilismo y la letra muerta.

He leído estos días lo que el documento de Puebla dice sobre los jóvenes, está escrito para esta tierra latinoamericana, pero nos sirve igualmente: «El servicio a la juventud realizado con humildad debe hacer cambiar a la Iglesia, especialmente en su desconfianza e incoherencia hacia los jóvenes» (Puebla, 1178). Poco más se puede decir.

Espíritu Santo

Desde pequeño me han dicho que la fiesta de Pentecostés es como el «cumpleaños» de la Iglesia. Confieso que también yo he usado esta comparación en algunas ocasiones, en mis primeros años de sacerdote. Da juego, especialmente porque todos comprenden rápidamente su significado y su alcance. Celebrar el cumpleaños es darse un día de tregua, y alegrarse por tanta gente que te recuerda, aunque solo sea porque Facebook se lo ha chivado.

Cuando son ya muchos los cumpleaños que se acumulan, es típico medir las propias fuerzas, y contar los frutos de la fecundidad de la vida que en ellos se celebra. Pentecostés, por tanto, debería ser para todos los cristianos ese momento de contar frutos y celebrar, la suma de sentimientos compartidos y la visión de un futuro fecundo, y nuestro. Por eso Pentecostés, si sigue siendo el «cumpleaños» de la Iglesia, es, sobre todo, por ser una fiesta de la vocación, en la que nos reencontramos con aquel amor primero,  nuestro nacimiento, y renovamos su fuerza y su urgencia, que a veces nos desestabiliza. Son esas pequeñas crisis anuales, cuando nos damos cuenta de que crecemos imparablemente, al tiempo que nos invade una artritis emocional y espiritual que impide moverse como antes.

He estado los últimos días en Roma. Me entristece sentir por todos lados, especialmente en los que más se ven, la artritis espiritual que afecta a las formas y a los tiempos de la Iglesia. Más que movida por el Espíritu, he visto una Iglesia encorsetada, que vive de las estructuras y para ellas, incapaz de atender a todo lo emocional que la mantiene viva y con esperanza, que nos viste de verde, no de negro. Ya sé que no es toda la Iglesia, y que juzgamos al conjunto por las rarezas de unos pocos, por desgracia son esos pocos los que callan indiferentes ante la lucha de miles de indignados (cuyas palabras se parecen más a las del Maestro que seguimos que las que nosotros mismos pronunciamos); son esos pocos los que hacen callar a quienes encienden velas de cumpleaños porque siguen creyendo que la vocación, y aquel primer amor, son para celebrarlos (hay quien no quiere que Torres Queiruga y Gastón Garatea soplen este año las velas de la tarta); y son también esos pocos los que hablan por contentar y mantener el puesto, perpetuando un institucionalismo tan peligroso como antievangélico (en estos días los sacerdotes y algunas asociaciones de laicos de la diócesis de Alcalá de Henares, lanzaban proclamas en «defensa» de su obispo, al que califican ya de perseguido, por defender en nombre de la Iglesia -de mi y de ti también- la necesidad de una terapia para curar la homosexualidad).

Sólo el Espíritu Santo anima nuestra vocación y la convierte en guinda y nata de la tarta eclesial, por eso sólo cuando dejamos que sea este Espíritu quien sople nuestras velas y nos cante «cumpleaños feliz», estaremos siendo fieles a lo que seguimos, valientes también para saber mirar y estar allí donde Él se mueve, y participar entonces de su fiesta de la vida. Porque sólo así la vocación, en una Iglesia que se sabe suma de todas las vocaciones que la forman, será un signo de cambio y de esperanza.

Amor sin límites

Jueves Santo. Hoy celebramos el día del amor sin límites, por favor no me vengan algunos con eso del «amor fraterno» porque visto cómo lo practican algunos para poner a los demás en su sitio ha llegado un punto en el que no me lo creo demasiado. Jesús no nos pidió que nos amáramos como «hermanos» sino «como él nos amó», es decir, sin límites. Y lo propone con dos símbolos rompedores, el pan partido y el lavado de los pies, dos gestos profundamente vocacionales.

El pan partido y la copa son un gesto antiguo con nuevo sentido. Jesús celebra la Pascua con sus amigos, la memoria de la liberación del pueblo de Israel, la presencia de Dios en el caminar a veces errante y a veces, las menos, a su vera. Ya no se derramará la sangre de los corderos, ni se amasarán los ázimos, ni se recordarán los pecados pasados y paralizantes. Jesús inaugura una liberación que nos toca interiormente, que cuenta con cada uno de nosotros para dar pasos hacia esa nueva tierra prometida, su Reino, el espacio donde lo vivimos y hacemos presente. El gesto de Jesús es un gesto de redención, y si valientemente hemos decidido repetirlo, compartirlo, vivirlo…, no puede ser un gesto vacío o relegado a celebrar comienzos de curso, fiestas populares y rutinarias «misas», sino apuesta por el cambio y convencimiento de que somos responsables de hacer de esta tierra la «tierra prometida», especialmente para todos aquellos que no reciben «promesas prometedoras» últimamente.

El lavado de los pies es un gesto nuevo con viejo sentido. Jesús escoge un oficio propio de los esclavos y las mujeres, lavar los pies a los invitados y comensales, que no fue comprendido por sus amigos, y si nos ponemos por muy poca gente «religiosa» a lo largo de la historia. El gesto de Jesús es totalmente nuevo, no se espera que el anfitrión o el líder se arrodille y haga trabajos de esclavo, por eso recupera el sentido de los gestos proféticos, y de Dios mismo que a lo largo de la historia ha «bajado» a los pies de sus hijos e hijas, ha caminado a su lado con pies descalzos, ha aleteado en toda su creación. Ponerse en actitud de seguidor es aceptar que Dios sea Dios, que se coloque en la línea de salida «desde abajo», lo contrario, como expresa Pedro con su queja, es seguir viendo a un Dios patriarcal y jerarca, un Dios que mantiene el control, porque así podemos justificamos mejor nuestras propias posturas y estructuras de control. ¿Por qué, entonces, hemos convertido este gesto en un símbolo de poder y patriarcalismo? En la Misa de hoy se indica bien clarito que si se hace lavado de los pies, curiosamente no es obligatorio, no sé por qué me extraña, debe hacerse con doce varones, en recuerdo de los doce apóstoles. Un momento. Esto suena desafinado, ¿no habíamos quedado en que era un gesto de servicio que representa la liberación de los condicionantes sociales y religiosos «desde abajo»? Por cierto, en esta desviada interpretación del lavado de los pies se basa la idea de que hoy sea el «día de los sacerdotes», porque llaman a este gesto la «instauración del sacramento del orden sacerdotal». Pues lo siento, pero no lo veo por ningún lado, entre otras cosas porque no me imagino a Jesús limitando un símbolo tan rompedor  a lavar los pies de sus «elegidos», y negándolo a las mujeres, leprosos, pecadores y otros de parecido ropaje que le acompañaban, seguro que también en aquella cena, porque donde el símbolo se hace rotundo es cuando invierte los papeles, ese sí es el lenguaje nuevo de Jesús.

Amor sin límites, esa es la estrategia de Jesús para quienes llama a seguirle. Es su modo de decirnos decirnos que debemos poner cuidado en no relajar la búsqueda de la tierra prometida y del cambio de estructuras. Sin quedarnos en los gestos, por muy simbólicos que sean. Sin traicionar la ruptura profunda que buscan, poniendo puertas al campo. Sin programaciones ni proyectos, adentrándonos en los «getsemaní» que nos ayuden a comprender el sentido de no poner límites, por ningún lado, a nuestro amor. Si es así… feliz jueves santo.