La tristeza… y una sonrisa

Hace ya quince años que cada tercer lunes de enero nos llega con la amenaza velada de ser el día más triste del año, Blue Monday le llaman. Como muchas otras cosas esta también tiene una curiosa historia: en 2005, el profesor Cliff Arnal, de la Universidad de Cardiff, creó un cálculo matemático para lanzar una campaña de marketing de la agencia de viajes Sky Travel. Quería saber cuándo había una mayor predisposición de los consumidores para reservar sus vacaciones, y el resultado fue el tercer lunes de enero.

La fórmula matemática era así: 1/8C+(D-d) 3/8xTI MxNA, en la que C= clima; D= deudas adquiridas en Navidad; d= dinero que se cobra en enero; T= tiempo desde final de Navidad; I= período desde el último intento fallido de dejar un mal hábito; M= motivaciones; NA= necesidad de actuar para cambiar la vida.

El mismo profesor Arnal ha advertido en numerosas ocasiones del despropósito que supone sacar conclusiones de aquella broma, pero como nos encanta eso de poner nombre a las cosas y declarar días para casi todo… aquí lo tenemos, año tras año, consumiendo minutos en las noticias, en las conversaciones de bar y en las búsquedas de internet. Hasta el papa Francisco ha tenido que hacer alusión al tema.

La tristeza sigue siendo un tema recurrente, y por desgracia no es solo cuestión de un día al año. Hay quien la habita, y la hace estandarte de su vida, en muchos casos sin saber cómo abandonarla. Desde aquellos tres tristes tigres… que comían trigo, y que aprendimos sin atisbo de pensamiento crítico alguno, la vida nos ha ido metiendo en trigales de tristeza que se convierten en laberintos sin escapatoria. Es entonces cuando la tristeza se alía con la soledad, y ronda cada espacio, nuestros propósitos de cambio, cada fracaso personal.

Parece que ha encontrado en los jóvenes una tierra en la que echar raíces, jóvenes cada vez más solos, a pesar de esos miles de amigos que linkean sus entradas en Instagram. Desengañados de las grandes historias, de las promesas de cambio, algunos apenas son capaces de ver algo más que asco y tedio en lo que esta sociedad tan abierta e informada les ofrece. No creo en eso de la generación perdida, es más bien una generación triste y solitaria, enmascarada en su propia inmediatez.

El mejor antídoto contra la tristeza es una sonrisa, y solo la fe puede devolvernos la alegría, dice el papa Francisco. Sí, es cierto, la sonrisa siempre ha sido sanadora, nos obliga a mirar la realidad con otros ojos, con una perspectiva más abierta, sin cargas de profundidad. Pero, incluso para esbozar una sonrisa, necesitamos encontrar motivos. La intemperie en que vivimos, especialmente la que habitan los jóvenes, debe permitirnos descubrir horizontes de sentido, abrirnos a la trascendencia para que las preguntas existenciales, que son también preguntas de fe, no abracen nuestra soledad sino que provoquen sonrisas de futuro.

Vivir en la tristeza adormece los sentidos, acomoda la existencia a sueños de los que no podemos escapar. No es la opción fácil, como piensan muchos, es la no opción, el reflejo imperfecto de una vida que ha perdido su sentido trascendente, maravillada por un constante de inmanencia que tan solo aporta explicaciones rápidas, inmediatas, seguras. Una sonrisa, la que adopta un gesto espiritual y de sentido, no elimina las grises pinceladas de la vida, pero sí nos regala la visión que necesitamos para contemplarla desde otro ángulo, con el humor y la actitud de quien descubre su trascendencia, con la mirada de quien no sueña, respira, siente.

Moramanga, Madagascar (2007)

El espejo roto

“La verdad era un espejo en las manos de Dios.
Luego se cayó y se hizo mil pedazos.
Todo el mundo tiene un pedacito,
y cada cual cree que posee la verdad completa”

Yalal ad-Din Muhammad Rumi. Místico sufí persa del siglo XIII.

Detenerme ante un espejo, entrever en el rostro que me ofrece lo que fui, reconocer, con tristeza, que no es más que un reflejo, mirar de nuevo y perder el horizonte en la verdad que solo yo veo, cerrar los ojos, hurgar en los entresijos que no quieren hacer silencio, convencerme de que esa verdad reflejada, mi verdad, es la verdad completa.

Estoy rompiendo mis espejos, no le temo ni al silencio ni a la mala suerte, que me dicen que vendrán. Araño con rabia el canto esmerilado, queriendo arrancar la capa que revela una imagen en la que ya no quiero reconocerme, porque voy sabiendo que será siempre incompleta, intolerable para mis búsquedas de la verdad.

Y en el sueño que provoca todo este impulso devorador, camino sobre el fino alambre de la verdad en la que no puedo, no quiero, quedarme para siempre. Soy un buscador de pedazos huérfanos, aquellos que nacieron de los espejos que otros rompieron. Lo sé, será imposible hacer que encajen, que formen un todo completo y perfecto, pero en su complejidad me reconoceré, y me reconocerás, ¿es acaso la verdad siempre perfecta?, al menos en ese nuevo espejo, roto, hecho de sumas incompletas, podré verme a mí mismo, a ti incluso, y al mundo, como Dios nos ve. Y esa será, al menos por ese instante, la mayor verdad.

Abrazado a mi némesis

Hoy he despertado abrazado a mi némesis. Y no me ha resultado extraño. En este año que termina, tan apresuradamente, me he descubierto muchas veces rebuscando, en los contenedores de basura de mi vida, tantos presentes que había desechado sin vivirlos. Es lo que suele ocurrir cuando dejamos que los propósitos se pongan al mando; por muy buenos que sean, nos embarcan en proyectos que no son nuestros, nos separan de las únicas imágenes reales que nos corresponden, nos obligan a deshacernos de los presentes que nos constituyen, los únicos en los que realmente podemos encontrarnos a nosotros mismos.

Dicen que como mejor se conoce a una sociedad es por su basura, porque todo lo que tira y convierte en desecho no es más que una parte de su esencia, revelación de sus miserias y sus miedos. Así lo vivo yo también, muchas veces hablan más de mí mis descartes que mis proyectos, y en cada bolsa de basura existencial que tiro van también partes esenciales de mi yo más auténtico, que después rebusco en todos los vertederos que he ido creando a mi paso por la vida, porque sin lo que yo creía no ser yo, ya no sé quién soy realmente.

Al hacer balance del año, soy consciente de mi esfuerzo por catalizar mis miserias personales, por hacerme fuerte y armarme de valor para mirar de frente a mi némesis, reconocerme en ella y frenar la tentación de convertirla en descarte, mantenerla lejos de mis proyectos, suplirla por mis sueños y por imágenes que me contenten. Es por eso que, cada vez que esos sueños me devuelven la imagen de fortaleza y seguridad con la que necesito presentarme ante el mundo, un mantra de conciencia comienza a rebuscar, primero en mi cabeza, después allí donde pongo mi corazón, de entre lo que he desechado, porque decidí que no era digno de llamarlo mío, esa parte de mí que me define infinitamente más que lo celosamente conservado.

Me reconozco buscador incansable de mi némesis, a ella quiero seguir abrazado cada mañana, en un encuentro que me libere de las falsedades con que me disfrazo para sobrevivir. Necesito abrazar, aplaudir, integrar, hacer mío todo lo que alguna vez decidí que no era yo; bucear en lo inconsciente que otros sí conocen, y yo ni siquiera miro de frente. Y es que sé, y no ha sido fácil llegar a saberlo, que mientras no abrace a mi némesis fuera de los sueños el resto de las busquedas que conforman mi vida serán, en sí mismas, solo un sueño, una ilusión pasajera.