Caminar juntos, amar juntos

WhatsApp Image 2016-09-04 at 12.53.54El sábado tres de septiembre tuve la inmensa suerte de recibir la consagración definitiva en nuestra Orden de un hermano y amigo, Francisco Jesús Ferrer Serrano, que emitió su Profesión Solemne como trinitario en Granada. Ya que algunos me han pedido que publicara las palabras que dije en la homilía, como pequeño regalo a «Curro», las comparto con todos vosotros.

Hay muchos que siguen pensando que hacer unos votos religiosos es un acto de renuncia, no es culpa suya, así nos lo han vendido muchas veces, así se nos ha presentado y así se ha defendido, tal vez para no afrontar el desafío de lo que realmente significa este gesto de amor y de voluntad. Hacer los votos no es renunciar, como tampoco es un acto de entrega, que sería una renuncia camuflada de bonitas palabras, pero al fin y al cabo una renuncia.

Acabas de pedir hace un momento “La misericordia de Dios, la pobreza de la Orden y la compañía de los hermanos” para toda tu vida. Hay mucho detrás de esas sencillas palabras. Sencillas pero cargadas a su vez de ideas que poco encajan con lo que debería ser hoy la vida religiosa.

Hoy diríamos que buscamos más el amor que la compañía de los hermanos. Todos estamos necesitados de amor, más aun los religiosos, necesitamos sentir que Dios nos ama a través de las personas con las que compartimos el camino, especialmente si recorren el mismo camino que nosotros, si saben de sus requiebros, de sus miserias, de sus alegrías, de sus baches y zonas de refresco. Necesitamos ese amor de los hermanos. Durante mucho tiempo incluso se ha dicho que en la vida religiosa no tenía hueco la amistad, se buscaba el trato distante y la vivencia individual del amor de Dios. Nos estamos dando cuenta de que eso, hoy en día no nos lleva a nada, necesitamos amar y sentirnos amados, porque de otro modo no alcanzaremos a comprender qué es eso del amor de Dios. Pero sobre todo porque toda la admiración, toda la piedad, todo ese amor que buscamos en los hermanos, ha pasado antes por la misericordia de Dios. Pedir la misericordia de Dios es pedir que aprendamos a llegar, como él, a todos los rincones de la vida que nos ha regalado, a los de la pobreza y a los de la caridad. Es saber vivir en el perdón, sí, pero es mucho más que perdonar. «La misericordia revela el misterio de la Santísima Trinidad, es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Vultus misericordiae, Francisco).

Los votos que va a hacer son, por tanto, como rutas que te permitirán sentir aire fresco en tu día a día, el que harás solo, pero sobre todo el que harás con tus hermanos, los que dentro de un rato te vamos a dar el abrazo de acogida en nuestra Orden. Aprender a discernir esas rutas en el tiempo oportuno, gestionar tus emociones para sean río y no presa, será un trabajo diario y constante, pero será tu trabajo, nadie lo puede hacer por ti. Pero muy por encima de las rutas está el camino. La misericordia de Dios te enseña a revelar ese misterio de la Santa Trinidad que tantos hermanos, que a lo largo de la historia de nuestra Orden han profesado estos mismos votos, han ido haciendo menos misterio y más vida. Y es por eso que, desde nuestra tradición reformada, añadimos un voto muy especial, un voto de no pretender, de humildad, porque nuestro padre San Juan Bautista de la Concepción, no podía entender otro modo de vivir y ser misericordia si no es desde la sencillez de la vida. ¿Qué otra cosa es si no el amor? Esa es la pobreza que pides a nuestra Orden, una sencillez que transforma cada encuentro, cada paso que das, cada gracia compartida. Aprende todos los días a amar, a aquellos con los que vives y a aquellos para los que vives. Aprende a amar con el convencimiento de que solo desde la misericordia podemos ser amados.

Y sobre todo sé libre. Parece una frase hecha demasiado trillada entre nosotros, pero sin una verdadera libertad interior vas a conseguir muy poca libertad fuera de ti. Ser libre es sentir la misericordia de Dios. He dicho antes que los votos son rutas, pero serás tú quien las escriba, te equivocarás un montón de veces, tendrás que caminar y desandar el camino. Antes todo estaba escrito, las rutas parecían inamovibles, estaban profundamente trilladas y regadas por el esfuerzo, la constancia y la oración de cientos de hermanos que habían sudado fe y renuncia para trazarlas. Pero nos estamos dando cuenta de que la vida religiosa ha cambiado, está cambiando. Las rutas trazadas de ayer nos hacen piadosos pero no misericordiosos. Ser libre es buscar a Dios, que no se esconde ni acomoda en una ruta, por muy santa que sea, sino que te reta a que desde tu libertad encuentres caminos que hagan vida esos ideales de pobreza, castidad y obediencia. Desde tu libertad pero siempre con la misericordia de Dios, la pobreza de la Orden y el amor de los hermanos.
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Gente de misericordia

misericordia-y-papaNo es casualidad que los dos documentos que el papa Francisco ha publicado alrededor del Año de la Misericordia vayan sobre ecología y familia. Tampoco es casualidad que los gestos y viajes que ha elegido para hacer en este año sean en lugares tan poco convencionales como Lesbos o Ciudad Juárez, lugares de frontera que separan mundos y piden visado a la misericordia. Y todo esto es así porque  en la agenda de este papa hay poco espacio para la improvisación, porque necesitamos vivir la misericordia con toda la carga de sentido que debe tener para nuestra fe, pero también con la fuerza transformadora que debe tener para nuestra vida y para nuestro mundo. De no ser así, ¿sería misericordia?

Cada vez me convenzo más de que cuando Francisco propone un año jubilar de la misericordia no busca que nos conformemos con pequeños gestos o colectas que tranquilicen esa conciencia adormilada que tenemos; lo que busca es que comencemos por comprometer nuestra vida con gestos y presencias que metan la mano en las llagas abiertas de Jesús a nuestro alrededor. Pero siento que está pasando mucho más de lo primero que de esto segundo, y que alabamos mucho las palabras proféticas del papa y sus gestos llenos de sentido, pero que la vida del común de los cristianos sigue sintiendo la misericordia como un acto religioso más que como un acto de fe.

La misericordia será un acto de fe cuando en nosotros pase de ser algo que admiramos a algo que nos comprometa, sin ambigüedades. Los profetas del Antiguo Testamento recordaron incansablemente que Dios no se siente a gusto con esa imagen de justiciero y “Señor de los ejércitos” que le imponemos, y con la cual, todo hay que decirlo, nos sentimos muy a gusto, porque necesitamos que Dios recompense nuestros esfuerzos por ser fieles y por cumplir sus mandatos. En la encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común, Francisco nos recuerda que esto de la misericordia forma parte de la condición que Dios ha dado a toda la creación, que no podemos hacer teología sin sentirnos cercanos con todo lo que Dios ha llamado “bueno” en su creación, y que ha puesto en nuestras manos para su cuidado. Practicar la misericordia va entonces de la fe a la justicia, y no se queda anclada en actos de devoción e indulgencias sino que nos compromete en la construcción de un mundo mejor, no solo para nosotros, también para todas sus criaturas.

Hace poco un sacerdote me decía con tristeza que en Roma están muy preocupados los hosteleros y cardenales (complicada mezcla), porque no llegan las masas de peregrinos que se esperaban para ganar el jubileo de la misericordia, al mismo tiempo me hablaba consolado de cómo los feligreses de su parroquia habían podido ganar dicho jubileo en un templo jubilar de su cuidad, “lucrando las indulgencias”. Hay algunos que aún no se han enterado de que Francisco, al convocar este jubileo de la misericordia, propone romper con esos estilos trasnochados y caducos que han alejado a la Iglesia del mundo real; él mismo ha salido de sus fronteras vaticanas para lanzar al mundo mensajes de cercanía y misericordia desde otras fronteras que se levantan como muros de miedo y pasotismo.

Poco habrá quedado de este año jubilar si nos preocupamos más de peregrinar a templos, de cruces de jóvenes y de indulgencias que de crear espacios de misericordia, por desgracia suele resultar más fácil lo primero, porque es un tipo de compromiso que no nos complica demasiado la existencia, se cumple y a otra cosa. En cambio, qué poca indulgencia hay por nuestra parte para las familias rotas y heridas (y andamos a vueltas sobre si algunos pueden recibir los sacramentos o no son dignos), ni para la naturaleza maltratada (y nos sentimos orgullosos de que la imagen del Señor, que representa al más justo de los hombres, se vista con un traje de luces que representa los instintos más bajos e injustos de los hombres), ni para los encarcelados y marginados sociales (y justificamos nuestro abandono con argumentos infantiles que solo convencen a los que viven en el miedo y el rencor)…

Cuando nos dejemos de postureos seremos realmente gente de misericordia.

La muerte en rescate de la vida (a mi hermano José Gallego)

José Gallego Marcos

“Nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios” (Rom 8,39)

A las 11.45h del sábado 28 de febrero, las trabajadas manos de mi hermano de comunidad José Gallego Marcos se dejaron relajar por primera vez en su vida. Ni siquiera la sedación, bajo cuyos efectos llevaba una larga semana, fue capaz de vencer la fuerza de voluntad de José. Incluso su mano izquierda, la más afectada por la metástasis en los huesos, seguía haciéndose fuerte para sembrar y recolectar, porque no han sabido hacer nada más, y nada menos, desde que hiciera su primera profesión como trinitario hace ahora 63 años.

Hay ocasiones en que la muerte viene en rescate de la vida, y la hace aflorar llena de sentido, con rostro sereno, con manos fuertes. Son ocasiones en las que la muerte devuelve la dignidad con la que se ha vivido y recupera lo que tanta enfermedad había ocultado. Son ocasiones en las que vislumbramos, como en aquella tarde del Tabor, la plena vida que tanto sufrimiento se reservaba, y comprendemos que cuando todo falla nos queda el amor de Dios en todo lo que hemos amado.

Hace apenas un año que José llegó a mi Casa trinitaria de Córdoba. Venía descolocado, unos meses antes tuvo que dejar de ser párroco en Iznatoraf porque la vista le fallaba y comenzaba a tener pequeñas molestias en el hombro izquierdo. Venía descolocado porque dejaba su comunidad, en Villanueva del Arzobispo, junto a Nuestra Señora de la Fuensanta, y aquí poco podía aportar, y porque parecía repetirse la historia de 49 años atrás que le obligó a renunciar a su empeño misionero. Pero no se descolocó cuando, un mes después de llegar a Córdoba, los médicos descubren que las pequeñas molestias del hombro estaban ocasionadas por una metástasis agresiva de cáncer de pulmón. En ese momento reapareció el fray José de siempre, no para aferrarse a la vida, porque era consciente de que esa batalla la tenía perdida, sino para seguir sembrando con esas manos fuertes de rudo trabajador de una viña que siempre supo que era de Dios.

La muerte ha venido a rescatar esa vida trabajada y silenciosa. José no ha ocupado oficios importantes, recibió la ordenación presbiteral con 49 años, y hasta entonces, fray José, como todos le conocían, fue curtiendo sus manos en los seminarios menores de Alcázar de San Juan y el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza. Con cariño recordaba el largo mes de travesía del Atlántico, con apenas 18 años, para ir a Santiago de Chile. Después, en Villa María, Argentina, dejó algo más que sus primeros años de religioso, sus ojos se iluminaban y sus manos recobraban vigor cuando recordaba junto a nosotros en la comida o en cualquier cena, aquellos descubrimientos que despertaron en José para siempre un alma misionera.

Tres años después de volver a España sus ojos se fijaron en Madagascar, y lo que se presentaba como la realización de su anhelo más íntimo, se reveló a los pocos meses de llegar a Tsiroanomandidy como fracaso, a causa de una inesperada enfermedad que cortó sus alas y le obligó a regresar. Orencio, su hermano, me contaba estos días cómo apareció José en el aeropuerto de Madrid, demacrado, débil, sin vida. Pero algo más que los delicados cuidados de su madre, Basilisa, levantó su ánimo para fortalecer sus manos y aclarar su vista. Como la santa de Lisieux, José fue descubriendo su alma misionera en lo sencillo de cada gesto, en la constancia del trabajo diario, en la oración confiada, en la disposición del corazón para vivir la humildad y la sencillez de nuestra Orden entre los brazos de Dios.

En esos brazos retoma su camino, los seminarios menores de la Provincia, el comedor y la secretaría del colegio de Madrid, las parroquias de Madrid y Algeciras y el hospital de Algeciras se convirtieron en valedores de su espíritu misionero, de su incansable corazón, de su sencillez desgarradora. Nos lo ha recordado cada día, porque a pesar de que sus células iban de retirada, su corazón y sus manos se aferraban a todo lo vivido, a todo lo liberado, a todo lo amado.

Su hermana Clara convertía en oración las que fueron, prácticamente, las últimas palabras conscientes de José; una semana antes de morir, en urgencias, repetía, “A pesar de todo, ¡feliz!”. No hay mejor resumen de una vida en la que nada, ni nadie, ha podido separar a José del amor de Dios.

Los hermanos que formamos la Casa de la Santísima Trinidad de Córdoba nos sentimos agradecidos, indignamente, por haber compartido este último año de vida de José. Verle sufrir, acompañarle al hospital, ayudarle en el comedor o en su habitación, lejos de vivirlo como una carga nos ha unido más y nos ha devuelto aquella ilusión sencilla y tan trinitaria de hacer lo que hacemos como lo hacemos. Quizá estas líneas os ayuden a recordarlo o a conocerlo, pero más allá de las normas que nos piden aplicar sufragios y oraciones por su eterno descanso, las trabajadas manos de José necesitan de religiosos trinitarios y de laicos trinitarios que en cualquier parte del mundo pierdan el miedo a manchar o curtir las suyas, ese será nuestro mejor recuerdo.

José Gallego Marcos nació en Zamora el 11 de mayo de 1936, hijo de José y Basilisa. Realizó su noviciado en Algorta, donde emitió su primera profesión el 25 de marzo de 1953. Emitió la Profesión Solemne en Villa María, Argentina, el 8 de septiembre de 1958. Se ordenó de presbítero en el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, en Andújar, el 23 de marzo de 1985. Falleció en Córdoba el 28 de febrero de 2015.