El adviento como virtud

Hace poco proponía la necesidad de recuperar las virtudes en la educación, hay quien me han apuntado que eso sería como volver a otras épocas, recuperar un lenguaje trasnochado, del que se ha abusado mucho, y que ha sido superado en el debate por los valores, especialmente en una sociedad que tanto los reclama y desplaza a un mismo tiempo.

Sigo pensando que las virtudes son el presente de los valores, les aporta un sentido de realidad y de finalidad. Así las definió Aristóteles, las virtudes suponen la perfección y la bondad de nuestras acciones, no solo como una práctica moral, sino en cuanto disposición personal permanente. En su “Ética a Nicómaco”, Aristóteles afirma que la virtud humana no puede ser ni una facultad ni una pasión sino un hábito. Ser virtuoso no pertenece a nuestra naturaleza, debemos aprenderlo con la práctica y la repetición, y cuando esos hábitos nos ayudan a cumplir nuestra misión los llamamos virtudes.

El problema es que tendemos a confundir virtudes con sentimientos, lo decía Galdós refiriéndose a la política, «Creo yo que la política no se hace con sentimientos sino con virtudes, y como no tenemos estas, poco adelantamos» (Luchana, cap. IV, Episodios nacionales), y nos vale para la educación, para nuestra práctica religiosa, para las relaciones interpersonales… Es esta confusión la que ha reducucido las virtudes a meras prácticas morales, despojándolas de su fuerza transformadora, de su sentido de realidad. Nuestro gusto por las grandes palabras consigue empobrecer la visión cercana y sencilla que las virtudes aportan a nuestro quehacer diario, «poco adelantamos».

Y esto viene a que la propuesta cristiana del adviento nos plantea más vivir en la virtud que en los sentimientos. Esperanza, aceptación, gratitud, alegría, generosidad, confianza, empatía, dignidad… son algunas de las virtudes que asociamos a este tiempo, pero que estamos viviendo como sentimientos pasajeros y obligados, bonitamente resumidos en tarjetas de felicitación, traicioneramente escondidos en luces, fanfarrias y regalos, peligrosamente presentados como señuelo de un futuro ideal, de una vida que no es la nuestra, y que por ello nos provoca depresiones incomprensibles y añoranzas vacías.

Vivir el adviento como virtud significa replantearnos las limitaciones que imponemos a nuestra vida, despojándola de sueños y de proyectos de un día, supone un aprendizaje continuo, más allá de este mes previo a la Navidad, no de problemas a resolver apasionadamente sino de dinámicas a vivir en todos los presentes en los que debemos hacernos presente virtuosamente.

El adviento no es, por más que algunos sigan instalados en ello, es la pena de no tener otro discurso, preparar nuestro corazón para que nazca el Niño Jesús, ni es una lucha sin cuartel contra el consumismo y las costumbres que se nos imponen de fuera, ni es tampoco una pelea político-religiosa por poner un belén en la plaza pública. Todo esto no es más que una suplantación de las virtudes por sentimientos, y así «poco adelantamos».

El adviento es la vida diaria del que cree y confía, su presente, su apertura al cambio, es la disposición para ser significativos desde la fe, testigos de la resurrección, de la vida en abundancia. Es difuminar fronteras, eliminar las concertinas que rasgan esperanzas, es levantarse tras tanta caída tonta que nos hace inválidos de futuro, es ver horizontes a pesar de los presentes sinuosos, deconstruir ambiciones para levantar realidades sencillas pero intensas, es una actitud vital y permanente. Solo así podremos celebrar, cada día, el adviento como virtud.

Vida en abundancia

Navidad 2014

Todos los años convertimos estos días de Navidad en momentos de espera. Esperamos descansar, esperamos que las cosas cambien, esperamos regalos, esperamos, incluso, ser nosotros mismos los que cambiemos, como si el nuevo año fuera capaz de resetear lo que el viejo no ha hecho más que confirmar. Esperamos, en definitiva, espantar todos esos signos de victoria que la fatídica muerte ha levantado a nuestro alrededor. Los hay que esperan sentados en el sofá de su casa, y también los hay sentados sobre una valla que alguien colocó para no dejar pasar la muerte, de la que huían los que ahora la desafían.

Aunque, lo auténticamente digno de celebrar en estos días es la vida. Vida en la que descansamos, vida que representa el cambio, vida que se nos regala, vida que se abre paso y amenaza, con más fuerza aún que la muerte, nuestra autoconvencida sensación de necesidad. Vida que nos sitúa a un lado de las vallas, siempre el correcto si es que realmente la estamos viviendo, vida en abundancia que se descubre, casi escondida, en los que desde hace más de dos mil años comparten pesebre con el que es, en sí, la Vida.

Deja pasar la vida, no le pongas vallas, no la devuelvas «en caliente», arriesga todo, porque, tal vez, la vida que pretendemos proteger con tanto esmero y concertina, no sea más que una muerte disfrazada de futuro.

Deja pasar la vida, la vida en abundancia que, una vez más, se nos regala.

P.S. Pues sí, no puedo menos que recordar en estos días a D. Jorge Fernández, Ministro de Interior, que en no pocas ocasiones ha sido llamado por nuestros obispos «buen católico», y nos ha dejado exhortaciones tan pontificales como aquella de que «España será cristiana o no será». Parece que a nuestro «buen católico» ministro le salen sarpullidos con esta Iglesia que critica sus «devoluciones en caliente» y su cristianismo de salón y misa de domingo. Bueno, pues para él también hay vida en abundancia, siempre que la deja pasar… qué menos.

Jóvenes e Iglesia

Estoy estos días en Buenos Aires con un buen grupo de responsables y acompañantes de pastoral juvenil y vocacional de la Familia Trinitaria en el cono sur. Uno de los interrogantes que nos trae hasta aquí es esa relación siempre incómoda, deseada, pocas veces encontrada y hasta ausente, entre jóvenes e Iglesia. Todos asumimos, especialmente cuando nos ponemos a programar, que debemos adaptar nuestro lenguaje, nuestras formas, nuestras propuestas, para hacerlas en «su» lenguaje, «sus» formas, y de modo especial «sus» propuestas. Pero nos encontramos después con una realidad nos supera, porque a la hora de la verdad no sabemos realmente dar el paso de lo nuestro a lo suyo, cambiar el lenguaje está muy bien como propuesta de nueva evangelización, pero ¡ay, amigo!, en cuanto cambias la primera coma te sobrevuelan cientos de cuervos acusándote de sincretismo y no sé cuántos ismos más.

Sólo tenemos que echar una ojeada a las propuestas de pastoral con jóvenes que últimamente se lanzan desde algunos organismos eclesiales. Aún siguen muchos creyendo que la pasada JMJ de Madrid es el summum de lo que hay que hacer y de cómo hay que hacerlo. Promovemos más una pastoral de cristiandad, de masa, de manadas que se desgañitan afirmando ser la juventud del Papa. Formamos pequeños talibanes que, curiosamente, con unos años más acabarán pasando al lado contrario, desengañados también por verse manipulados en sus sentimientos e ilusiones.

No sabemos hablar con los jóvenes, porque no sabemos hablar con Dios. Pretendemos convertir a esos jóvenes en prolongaciones inofensivas de nuestras formas de ver y sentir a Dios, de nuestros modos de orar y celebrar, y nos escandalizamos, de nuevo sobrevolados por las hordas de cuervos, cuando el contacto con los jóvenes nos cambia los esquemas.

La pasada semana, aún en España, preguntaba al grupo de jóvenes que acompaño en Córdoba sobre sus dudas personales en temas de fe, uno de ellos dijo con toda sinceridad: de lo que dudo no es de la Iglesia, sino de los que dicen ser «la Iglesia». Si no nos dejamos cambiar, si no estamos dispuestos a cambiar, cualquier esfuerzo que hagamos por acercarnos a los jóvenes acabará convirtiéndose en una feria o en un circo, con carpas volantes incluídas, como en Cuatrovientos, pero no habremos llegado al corazón, porque no presentamos a Dios, nos presentamos a nosotros mismos, o a esos que se llaman «representantes de Dios en la tierra», pieles de cordero que tapan el inmovilismo y la letra muerta.

He leído estos días lo que el documento de Puebla dice sobre los jóvenes, está escrito para esta tierra latinoamericana, pero nos sirve igualmente: «El servicio a la juventud realizado con humildad debe hacer cambiar a la Iglesia, especialmente en su desconfianza e incoherencia hacia los jóvenes» (Puebla, 1178). Poco más se puede decir.