Dioses, tumbas y sabios, de C.W.Ceram (1949)

Lentamente, como saboreando cada página, ha transcurrido la lectura de este interesante ensayo, que me retraído a mis adolescentes sueños de arqueología. Estructurada en cuatro partes, supone un acercamiento con visos de profundidad a cuatro grandes civilizaciones de la antigüedad: grecorromanos, egipcios, mesopotámicos y precolombinos. Lo que hace más interesante el ensayo es que no se queda en una mera descripción histórica de estos pueblos y civilizaciones de la antigüedad, sino que es en sí mismo un esfuerzo arqueológico, descubriéndonos la vida, los azares y milagros de quienes dieron todo, a veces literalmente, por devolvernos las glorias del pasado: Winckelmann y Pompeya, Schilemann y Troya, Champollion y la piedra Rosetta, Carter y la tumba de Tutankamón, Botta y Nínive, Koldewey y la torre de Babel, Stephens y Copán.
C.W.Ceram, seudónimo de Kurt Wilhelm Marek, escribió esta obra como fruto de sus lecturas e investigaciones durante los años como prisionero de guerra en Italia en la Segunda Guerra Mundial. Ciertamente no es una obra de profundidad historicista, más bien lo contrario, se aprecia el trasfondo de «aficionado» y «divulgador», pero si restarle interés ni calor. Las páginas de Dioses, tumbas y sabios destilan el calor del apasionado por el pasado, especialmente porque, también aquí, ese pasado se convierte en gran maestro del presente.
En cuanto a mis preferencias personales, todo el libro me ha emocionado, pero de manera especial el llamado Libro de las torres, dedicado a las civilizaciones mesopotámicas. La asiriología, por menos conocida, me ha resultado apasionante, tal vez porque he leído mucho de egiptología, quién no, el caso es que Ceram lo borda.
Evidentemente, recomendable, siempre y cuando se busque algo más que «novela histórica» y dejarse fascinar por la labor de los cirujanos de la historia, los arqueólogos.

¿Y tú qué esperas?

Como cada año, pillándome siempre de refilón, como quien llega a la hora que uno no espera, he comenzado el adviento. ¿Habrá otro tiempo del que espere tanto como del adviento? En sentido no cristiano lo comparo a cada comienzo de año, o de curso, el tiempo de los buenos propósitos y los proyectos siempre por empezar, que suele tener más de creatividad que de realidad. Algo así suele ser el adviento para los cristianos. De niño me decían que tenía que tener preparado el corazón para que el Niño Jesús naciera en mí, lo mismo que nació en Belén hace dos mil años. Después, cuando la inocencia de la infancia había dejado paso al pasotismo de la adolescencia, mantenían el mismo discurso pero esta vez haciéndome ver que Jesús quería nacer en mí, que no era nada, lo mismo que quiso nacer en aquel pesebre pobre de las afueras de Belén. El ciclo lo cerré yo mismo, recién ordenado de cura, repitiendo los mismos tópicos con los niños y adolescentes de la parroquia.

Convertir el adviento en ese caramelo empalagante del Niño Jesús y del corazón es quitarle toda su fuerza como motor para el cambio, y reducirla a una simple idea. El adviento es el tiempo de la vocación, es la perla preciosa que buscamos desde que comenzamos estas reflexiones, y que nos inquieta y descoloca. Sí, ciertamente, adviento significa «espera». Pero, su condición de perla me invita a mirar más allá de las palabras, y de los hechos históricos. Esperar que nazca Jesús de nuevo es un absurdo, que raya la cursilería cuando le añado el corazón y los pastores. Dios no me llama a repetir la historia, ni a imitar a Jesús, me llama a seguirle y dejarme descolocar por su llegada, donde quiere y como quiera, está claro que no va a ser con animales ni pastores, y menos aún embarazado de nueve meses. Es esa falta de realidad, de la que tienen mucha culpa los belenes que montamos recreando lo que suponemos que pasó al final de aquel primer adviento, la que me ata a mi poca capacidad de cambio y de contacto con mis emociones, para refugiarme en el sentimentalismo tipo turista que repito cada año, cada adviento, en cada expectativa de mi vida.

Entonces, ¿qué espero? En primer lugar, espero. Que no es poco. Porque saber esperar es un arte que aún no domino. Necesito convertir la espera en principio activo y no paralizante, como oportunidad para engrasar mis capacidades y sensores ante el Dios de la vida que se me presenta cada día. Espero sin perder la esperanza, esa virtud que me recuerda mi lugar en el mundo y me mueve al cambio, porque de otro modo es fácil desesperar, es decir, caer en un bucle de conformismo y desengaño, que me devuelve a las imágenes idílicas del adviento y el belén, alejándome de Dios y de mí mismo.

En segundo lugar, espero la novedad de Dios. Y aquí tocamos fondo. El adviento me invita a mirar de frente y a esperar lo nuevo. Pero esa novedad descuadra radicalmente mis esquemas, así que me refugio en cositas pías, hago pesebres calientes en mi corazón para que nazca en él un Niño Jesús que no me cuestiona, más bien al contrario, me hace babear dejando a un lado mi conciencia. Unirse al adviento supone salir del lugar en que me he colocado para mirar el mundo, y para mirar a Dios, ese en el que me siento tan a gusto, porque me ha costado mucho levantar, y también porque me asegura un status quo que desde el nuevo lugar me faltará. Supone creer en el Reino de Dios presente, es decir, para ahora y para esta realidad, la misma que me hace tirar la toalla tantas veces y desconfiar ante las posibilidades de cambio de los que me rodean, o de mí mismo. Adviento, ya lo he dicho antes, es mirar más allá de las palabras y los hechos. Y tú… ¿qué esperas?

Liberación interior

Estos últimos días antes de comenzar el Adviento nos traen unos evangelios con el «tétrico» subido. Personalmente me hace gracia ver las caritas de la gente que vine a Misa, escuchando con asombro en boca del pacífico Jesús amenazas y desastres que nos vendrán encima. Habrá muchos, por desgracia, que no tengan que hacer demasiados esfuerzos para imaginarse esos escenarios y catástrofes, porque ya se ha encargado la vida de traerles el encargo a domicilio. Pero es acabar el evangelio, decir aquello de Palabra del Señor y sentir un poco de vergüenza por los usos abusivos que tantos otros han hecho de estos evangelios, de estas buenas noticias, para mantener a la gente a raya y sus privilegios a buen recaudo. Lo de los profetas de desgracias no ha pasado a la historia, los seguimos escuchando, amenazando, gritando continuamente sus inseguridades y sus miedos, que sólo saben alimentarse del miedo de los más pequeños, como aquellos monstruos de la película de Disney que necesitaban el miedo de los niños para garantizar su nivel de vida.

Pero, ¿cómo podemos hablar de buena noticia cuando el mensaje es tan negativo? La clave vocacional nos la da el final del evangelio de hoy:

Cuando sintáis todo esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación (Lc 21,28)

En primer lugar conviene recordar que el Evangelio no es un libro de profecías al estilo de Nostradamus, ni Jesús es la versión aramea deRappel, con túnica pero sin gafas. El evangelio no adivina el futuro sino que lo anticipa en nuestras vidas, y es precisamente por eso por lo que se convierte en un texto vocacional extraordinario, en una perla de gran valor.

Las catástrofes, no sólo las del planeta sino también mis catástrofes interiores, que son reflejo de las que ocurren fuera, suceden sin dejarme mucho margen de maniobra. Quien primero sufre todo ese desequilibrio es mi libertad, me siento encadenado, abatido, prisionero de un destino, del que también me esfuerzo cada día por escapar. Y es aquí donde Jesús toca nuestra línea de flotación: no te esfuerces tanto por escapar de un destino que no puedes cambiar, porque no depende de ti. Formas parte, lo quieras o no, te guste más o menos, de todo este entramado de injusticia. Pero tal vez has encontrado una perla de gran valor que un día enterraste hondo. Olfatea los signos, confía en ti mismo, libérate de la angustia y el miedo. Sólo desde esa libertad interior podrás levantar tu cabeza ante la adversidad y caminar entre ella. Esta es la buena noticia, en medio de los signos de desgracia tú puedes elegir creer, y confiar. No desaparecerá el mal, eso es cierto, pero ahora ya tampoco te va a preocupar eso, realmente eres libre.