Conciencia

A veces, eso que llamamos conciencia se convierte en un quiero y no puedo. Eso no es lo peor, lo peor es que se nos hace inevitable. Cargamos las palabras con explicaciones planificadas y envueltas en moralina de tienda multiprecios. Es entonces cuando la conciencia ocupa el lugar del miedo a lo nuevo, al cambio que esperábamos, y que sabemos que necesitamos, pero que se esconde en misteriosos ardides que no podemos controlar, ni vencer, ni hacer pasar, y que controla la vida y las esperanzas.

Llaman a mi conciencia quienes recelan de mi libertad. Llama a mi conciencia el que prefiere que calle y me pide que acepte lo que no molesta. Llama a mi conciencia quien no busca realmente mi cambio sino su comodidad frente a mi palabra. Llaman a mi conciencia los que necesitan controlar y asegurar las mentes de los otros, para seguir estando arriba.

Hemos inventado la conciencia porque no podemos soportar que Jesús nos liberara de un Dios celoso, guardián y pejiguero. Dios no llama a mi conciencia, me llama a mí. Y en su llamada respeta mi andar, aunque sea errado y errante. En su llamada se hace uno conmigo, me acompaña en mi opciones, no se queda agazapado tras mis dudas para saltar sobre mí cuando decido vivir.

Me libero de mi conciencia porque necesito ser lo que Dios ha creado: un micromundo imperfecto y grandioso que acierta y se equivoca, que hace opciones, que se empapa de la Vida, y una Vida en abundancia, sin conciencias que la limiten.

Ser otro

Hace unos días… me sorprendieron unas declaraciones del arzobispo de Tarragona sobre algunos temas «calientes» que en la Iglesia aún no tenemos asumidos. Entre ellos el del papel de la mujer en la Iglesia, de lo que a veces se suelen escuchar y leer argumentos que, de no ser porque sabemos que quienes los dicen se los están creyendo fanáticamente, nos harían reír hasta la extenuación. El buen Monseñor dice que cada uno tiene su función, no podemos «ser otro», él aunque quisiera no puede asumir lo que por naturaleza corresponde a una mujer.

El Arzobispo dice ahora que es necesario leer sus palabras en el contexto y con la intención dichas. Estoy haciendo un esfuerzo para ello, leyendo y releyendo. Pero no me encaja. En primer lugar por mezclar las funciones fisiológicas y naturales con las propias de un ministerio. En segundo lugar, porque hace unas semanas hemos recordado y celebrado que Dios cuando quiere decirnos que «hay salida» no lo dice, lo hace, «es otro», teológicamente lo llamamos encarnación. Y para ello no tiene otra salida que asumir por naturaleza lo que corresponde a lo femenino, sólo así puede dar vida y preñarse de ella, darnos vida y esperanzarnos en ella.

Cuando volvemos a las patriarcales ideas que colocan a cada uno en su lugar y obligan a «reconciliarse» con lo que a cada uno ha tocado ser, renunciamos a la fuerza creadora y transformadora de la encarnación, ser otro, ser en el otro, dar vida, llenarnos de vida. Sólo puede sentir la vocación, y específicamente la vocación trinitaria, quien está dispuesto a asumir esto. De otro modo seguiremos una intuición, viviremos en comunidad, nos mataremos haciendo miles de cosas, reclamaremos la libertad de los cautivos, pero habremos olvidado la gloria de la Trinidad, que se define esencialmente por «ser otro».

Héroes

Hay sueños que la edad no es capaz de borrar, tal vez matizar o disimular, pero siempre están ahí, a veces escondidos en ese trastero que usamos como cabeza, otras veces sacándonos los colores, porque ponen en evidencia al niño que aún vive en nuestra adulta apariencia. Algunos de esos sueños los mandamos a dormir hace tiempo, porque se fueron alejando de la imagen que el mundo, y nosotros también, iba esculpiendo con cada uno. La mayoría ni siquiera eran nuestros sueños, los tomábamos prestados de los amigos, de la televisión, de la vida.

Sueños de ser héroes, de cambiar el mundo, de cabalgar sobre todo eso que cada noche al apagar la luz nos amanazaba, y librar una decisiva batalla contra aquello en lo que los adultos se chocaban una y otra vez, como contra un muro empeñado en no dejarnos avanzar. Los sueños no entienden de muros y, a pesar de las risas de quienes dejaron de soñar, adultos en su mayoría, nadie nos podía impedir ser bombero o princesa, y policía, y enfermera, y cocinar para cientos de amigos invisibles, y volar para acabar con los malos de siempre, y ser soldado al que hoy toca ganar y mañana morir y, cómo no, ser mamá y papá.

Así es como nos sueña Dios, héroes que guardan en su interior el traje con el que un día comenzaron a salvar al mundo, a hacerlo más humano, más divino. Sólo en la medida en que sepamos reencontrarnos con ese olvidado “disfraz” para convertirlo en “ropa de diario” sabremos reconocer aquello para lo que Dios nos necesita hoy, que no será muy diferente de lo que soñamos ayer. Nos lo recuerda Jesús, sólo si nos hacemos niños podremos reconocer su voz y disfrutar de la vida sin límites, Reino de Dios le llamaba a eso, él lo sabía bien, acabamos de celebrar que se hizo niño.

Si este año, aunque sea sólo este mes, nos atreviéramos a sacar de nuevo ese héroe que escondimos, tal vez no acabáramos con el hambre en Somalia, ni con los campos de refugiados de Camboya, ni con la explotación de niños en cualquier parte del mundo, pero inundaríamos nuestro alrededor con una alegre invasión de soñadores…, es un buen comienzo para cambiar el mundo.

Coca-Cola, que ya sabemos que vende algo más que gaseosas, ha pillado esta idea, y a eso nos invita también en el nuevo año, ¿podremos hacerlo por algo más importante que un refresco? De cualquier modo, el anuncio es un buen ejemplo de inteligencia emocional, aquí os lo dejo.