Porque pudo. Porque quiso.

En el pueblo de Viso del Marqués, donde La Mancha empieza a ondularse y se prepara para abrazar a Sierra Morena, se alza desde el siglo XVI un palacio que parece un error geográfico: renacentista, de estilo genovés, solemne, desmesurado. Uno de los edificios más imponentes —y más desconocidos— de España.

Lo mandó levantar Álvaro de Bazán y Guzmán, primer marqués de Santa Cruz, gran almirante de Felipe II, estratega militar brillante, nunca perdió una contienda, héroe de la Batalla de Lepanto. Y, sin embargo, eligió el secano manchego para erigir un homenaje al mar. Hoy aquel edificio alberga el Archivo General de la Marina Española: la memoria marítima de un país custodiada a casi trescientos kilómetros de la costa más cercana.

Don Álvaro se llevó hasta allí a los mejores artistas italianos. Cubrió techos y muros con frescos que narraban sus victorias navales. Decoró las salas palaciegas con fanales, banderas capturadas, piezas de artillería, grilletes de los cautivos liberados. El mar, encerrado en piedra y pintura. La sal convertida en mármol.

La pregunta sigue siendo: ¿por qué allí? ¿Por qué no en Lisboa, en Sevilla o en Cádiz? ¿Por qué plantar el océano en mitad de la llanura manchega?

El asombro fue tan grande que el ingenio popular respondió con un refrán que todavía resuena en la comarca: «El Marqués de Santa Cruz se hizo un palacio en el Viso, porque pudo y porque quiso».

Quizá buscaba un lugar de descanso en sus viajes hacia los puertos andaluces. Quizá cumplir una promesa religiosa. Pero para la gente sencilla, que jamás había visto un navío ni olido la marea, aquel despliegue de ostentación y lujo solo podía responder a un «porque me da la gana».

Todo esto viene al hilo de que, como cada año, comenzamos la Cuaresma leyendo el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. El desierto no es un decorado teatral piadoso, es el lugar sin aplausos, sin ornamentos, sin excusas, sin palacios. Es la intemperie.

Las tentaciones no son siempre propuestas obscenas. Son atajos. Maneras de evitar la complejidad del mundo y la incomodidad de mirarnos de frente. Convertir las piedras en pan —resolverlo todo desde la necesidad inmediata—; tirarse del alero del templo —exhibirse para que otros comprendan nuestra valía—; arrodillarse ante el poder —asegurar control y dominio a cualquier precio—.

En el fondo, las tres caben en la misma frase: hacerlo porque puedo, porque quiero o porque lo necesito. Y no buscar más razones que la posibilidad personal. Cuando no hay esa posibilidad, no hay tentación. Pero cuando podemos, cuando tenemos los medios… entonces aparece el verdadero combate. Como don Álvaro de Bazán levantando su palacio en mitad de La Mancha, también nosotros aspiramos a que nuestras decisiones se lean como gestos de libertad soberana. Queremos que nos recuerden por nuestra autonomía. Sin embargo, muchas veces no se trata de libertad, sino de comodidad. No es convicción, sino vanagloria. No es visión de futuro, sino miedo a pasar desapercibidos.

Las tentaciones del desierto no examinan la moral privada de Jesús, ponen en cuestión su manera de estar en el mundo. Y siguen poniendo en cuestión la nuestra. Hoy convertimos en pan cualquier frustración a golpe de consumo. Nos arrojamos desde los aleros digitales esperando que los algoritmos nos sostengan con un puñado de “me gusta”. Negociamos pequeñas fidelidades al poder —económico, ideológico, afectivo— para asegurarnos protección. Todo envuelto en una coartada impecable: porque puedo, porque quiero, porque lo necesito. O su versión más breve: «porque me da la gana».

Pero vivir a la intemperie no es hacer lo que me da la gana. Es hacer lo que responde a una verdad más honda que mi propia gana. Es elegir cuando nadie aplaude. Es renunciar cuando todos miran. Es sostener la libertad incluso cuando podría usarla para levantarme el más bello palacio.

La pregunta no es si seremos tentados. Lo seremos. La pregunta no es siquiera si caeremos. Caeremos. La pregunta es otra: cuando podamos y queramos, cuando tengamos los medios para levantar nuestro palacio personal en mitad del desierto, ¿qué voz escucharemos? ¿La del atajo que dice “porque puedo”? ¿O la de la intemperie que susurra: “No todo lo que puedes hacer te construye. No todo lo que deseas te hace libre”?

Y quizá el verdadero fracaso no sea perder una batalla, sino ganar todas… y no saber para qué.

Respirar en altura: del vértigo a la decisión

Vivir a la intemperie no es una pose: es salir sin paraguas al clima vertiginoso de lo real. El coraje no es blindaje, sino exposición con lucidez. Hoy toca mirar la grieta por la que se cuela el temblor que más evitamos nombrar: la angustia. No el miedo con objeto —ese que se apaga con un gesto—, sino ese rumor que irrumpe cuando la libertad nos pide actuar. Søren Kierkegaard lo dijo sin rodeos: “La angustia es el vértigo de la libertad”. La libertad nos descoloca porque nos entrega la posibilidad, y la posibilidad nos entrega a nosotros mismos. No hay barandilla en ese borde. Solo el abismo de poder elegir.

Ese vértigo no es un error: es la respiración de la libertad. La angustia aparece no cuando falta, sino cuando ya la tenemos y nos exige responsabilidad. Kierkegaard propone un aprendizaje incómodo para los amantes de las recetas rápidas: hay que aprender a angustiarse. Lo llama “una aventura que todos deben correr” y se atreve a afirmar que “quien ha aprendido rectamente a angustiarse ha aprendido lo más elevado”. No pide heroísmos, pide artesanía: conocer la propia turbación para que no nos engulla ni nos anestesie.

Pero la angustia no basta para vivir. Hace falta un gesto que, sin negar el precipicio, dé un paso decisivo. Aquí entra Paul Tillich, que despoja al coraje de épicas baratas y lo sitúa en el centro del ser: “El coraje es la autoafirmación del ser a pesar del hecho del no-ser”. No es una frase para decorar, sino para recordar que afirmarse —ser alguien, sostener un nombre— se realiza con la nada al lado, no cuando ya se ha retirado. No existe un “cuando pase la tormenta”, porque la tormenta forma parte del paisaje. El coraje no es una virtud aprendida en manuales, sino un acto que se juega en la estructura misma de lo que somos. Afirmarse —aunque la muerte, el vacío o la culpa nos rocen— es ya una respuesta.

Tillich habla de tres sombras que nos acorralan: la de la fatalidad y la muerte, la del vacío y la falta de sentido, la de la culpa y la condena. Nombrar el no-ser es empezar a disputarle territorio. Si el no-ser amenaza por tres frentes, el coraje se despliega también en varias formas: perseverar cuando lo real nos arrastra, buscar sentido cuando el mundo se vuelve atonal, aceptar el perdón —aceptar ser aceptados— cuando la culpa nos encierra. Coraje no es apretar los dientes hasta romperlos; es un “sí” lúcido que sabe de qué está hecho el “no” que lo desafía.

Aquí el diálogo entre Kierkegaard y Tillich se hace fecundo para una vida sin refugios. El danés nos enseña a “no demonizar” la angustia: es la prueba de que la libertad está viva, el latido de una posibilidad que todavía no se decide. El teólogo alemán nos enseña a “no sacralizar” la angustia: la libertad no se reduce a sentirla, sino a afirmarse desde ella. Entre ambos hay un puente: el coraje no elimina la angustia, la atraviesa; la angustia no contradice el coraje, lo provoca. En ese cruce, la intemperie deja de ser un capricho estético y se convierte en disciplina vital.

Tillich añade una idea que es también incómoda: “Todo coraje de ser tiene abierta o encubiertamente una raíz religiosa”. No nos empuja a los púlpitos; nos recuerda que el coraje necesita arraigo en algo más hondo que la pura voluntad. Llámalo fe, promesa, causa, comunidad, ese tú que sostiene cuando se apagan las certezas. Sin un motivo mayor, el vértigo devora.

Vivir a la intemperie exige distinguir entre refugio y trinchera. Los refugios perpetuos —ideologías blindadas, cinismos elegantes, entretenimientos sin descanso— venden anestesia contra la angustia; alivian, pero a cambio nos piden la libertad en cómodos plazos. Las trincheras, en cambio, no son hoteles: son lugares de paso desde los que responder. Kierkegaard nos invita a “respirar” esa incomodidad del borde —porque ahí nace el espíritu—; Tillich nos urge a “decidir” ahí mismo, a decir “sí” aunque el mundo no nos aplauda o sigamos teniendo miedo.

Me gusta la idea del coraje como el arte de “respirar en altura”. No hay menos aire en la montaña, hay aire más puro. La angustia es ese primer ahogo que nos dice que hemos dejado atrás los valles y el camino se ha hecho cuesta arriba. El aprendizaje de Kierkegaard —aprender a angustiarse— es entrenamiento de altura: reconocer el vértigo para no confundirlo con caída. La afirmación de Tillich —autoafirmarse a pesar del no-ser— es acto de altura: dar un paso con la vista puesta en el valor que hay al otro lado. Cuando ambos confluyen, la intemperie deja de ser suceso y se vuelve oficio.

No faltarán vendedores de calma ofreciéndonos barandillas: manuales que prometen una vida sin sobresaltos, o credos que confunden fe con comodidad. La calma es la mentira más rentable. El vértigo no se cura, se habita. Propongo lo contrario: hacer de la angustia una maestra exigente y del coraje una práctica cotidiana. Nombrar con honestidad la sombra que hoy nos muerde —muerte, vacío, culpa—; recordar el motivo mayor que nos sostiene; y realizar un acto concreto de autoafirmación antes de que caiga la noche. No buscando coleccionar hitos, sino para cultivar una fidelidad.

Bajo el cielo abierto de la intemperie, no siempre tendremos respuestas, pero podemos tener presencia. Y en esa presencia cabe la audacia que defendemos: la de vivir sin refugios, sabiendo que el no-ser está invitado, pero que no tiene la última palabra. Llamémosle respirar en altura. Llamémosle fe.

Una pasión liberadora

En años anteriores he escrito, esta misma semana de diciembre, sobre los orígenes y el sepulcro de san Juan de Mata, fundador de la Orden Trinitaria; en esta ocasión lo hago sobre su obra e intuición, de las que se cumplen 823 años.

A mediados de febrero de 1193, el joven maestro de teología Juan de Mata, un provenzal que no pasaba desapercibido en las escuelas teológicas de París, deja sus clases y se aleja 80 km al noreste, retirándose en los bosques cercanos a Meaux, un lugar llamado Cerfroid, donde se une a un pequeño grupo de ermitaños. Como de tantas otras cosas de su vida, tampoco nos ha llegado nada fidedigno de este gesto, que en aquella época no era una rareza. De los ermitaños con los que convivió solo conocemos un nombre, Félix, al que más tarde se añadirá el patronímico de Valois.

Intuimos en Juan de Mata una búsqueda personal, religiosa y existencial, que venía exigiéndole opciones desde que el 28 de enero de ese mismo año había celebrado su primera Misa en París, ante el arzobispo y el abad de San Víctor. Cuentan que en el momento de la consagración se quedó extasiado, cada cual tenía su opinión sobre lo ocurrido, él mismo contaría después que en ese instante lo había visto claro, su futuro no serán las aulas sino la obra de la redención. De estas y otras cosas debió hablar con los ermitaños. Dicen que en uno de los paseos con Félix les pareció ver un reflejo rojo y azul, en forma de cruz, entre las astas de un ciervo; dicen que en Juan se hicieron asiduos los recuerdos del puerto de Marsella, del ir y venir de los cruzados y las tristes noticias de los cautivos, y que la memoria se fue mezclando con sus sueños; dicen que temía que todo se jerarquizara, que aquellos grandes pilares que desde hacía unos años veía levantarse en la Île de la Cité, le hablaban de la necesidad de ser pobre piedra sin labrar, como los arcos y arquivoltas de la incipiente catedral, donde las piedras se apoyan unas sobre otras para apuntar al cielo, rompiendo con la idea de una Iglesia de lujos y poder, demasiado separada de los sufrimientos del pueblo.

Cinco años, cinco largos e intensos años duró ese desierto de Cerfroid. Debieron ser los mejores, de los más de ochocientos que vinieron después, con esa alegría nerviosa y tonta que se mezcla con los ideales, compartiendo sueños, dibujando los rasgos de un futuro que les pedía salir de aquellos bosques húmedos para bajar a los infiernos de la cautividad y del odio, especialmente en los que se invocaba a Dios para justificar la imposición de ideas propias, bajo el signo de la cruz o la media-luna. Era un grupo curioso, la mayoría habían huido de París, como Juan, de aquella ciudad que engullía sus sueños, de aquella Iglesia que pretendía adiestrar sus intuiciones de sencillez y pobreza. Entre ellos había franceses, españoles, ingleses, escoceses,… todos contribuyeron a ir dando forma a la casa de la Trinidad, y sus intuiciones se fueron haciendo vida y texto a través de una comunidad de hermanos.

Juan de Mata lo tenía claro, si buscaban un cambio para el mundo herido por las distancias y por la fe enfrentada, debían ir a Roma y conseguir la aprobación del Papa. No sería fácil, Inocencio III parecía continuar el camino de sus predecesores y anunciaba nuevas cruzadas, llevaba solo un año en la silla de Pedro, pero ya había tomado decisiones importantes para garantizar que la Iglesia mantuviera su poder, preocupado por la aparición de muchas pequeñas comunidades que reclamaban pobreza y Evangelio. Pero el 17 de diciembre de 1198 aprobaba una Regla propia para la Orden de los Hermanos de la Santísima Trinidad y los cautivos, incluso cedió a Juan y a sus hermanos un pequeño edificio próximo a su palacio Lateranense y les dio una carta personal para el Sultán de Marruecos que ayudara al proyecto. No sabemos los porqués pero, contra todo pronóstico, el papa Inocencio III optó por los caminos de encuentro y sencillez de vida que aquel grupo de París le presentaba, no dejó de promover cruzadas pero algo de lo que Juan de Mata le dijo tocó su corazón.

Dicen que el Papa también tuvo una visión. Es posible que se le quedara grabada la imagen que Juan de Mata representó en un mosaico, colocado en la fachada de la casa que Inocencio le había regalado en Roma; es posible que ese Cristo, que libera a todos, velara sus sueños y redimiera sus proyectos. El mismo Papa había escrito en su carta de aprobación de la Regla, debemos favorecer los sentimientos y llevarlos a efecto cuando proceden de la raíz de la caridad, sobre todo cuando lo que se busca es de Jesucristo, y la utilidad común se antepone a la privada.

Poco más se puede añadir, a caritatis radice. Aquella raíz de la caridad comenzó a crecer en unos bosques a las afueras de París, se extendió hasta las mazmorras y las cadenas del sur de Europa y el norte de África, las pusieran quienes las pusiesen, que pretendían encadenar la Palabra y la Creación proyectadas libres por Dios, y se sigue expandiendo, porque hay cadenas que persisten en el tiempo y sobreviven a las redenciones. 823 años de una pasión liberadora, unida a la raíz de la caridad.