Una pequeña cruz

Hace más de un año que publiqué un post sobre la historia que cuentan mis pulseras. Desde entonces he recibido no pocas peticiones para que contara la historia de mi cruz. Esta pequeña cruz trinitaria que me acompaña, con sus altibajos, desde hace treinta años. En un principio pensé que una historia así tiene poco interés, de ahí mi resistencia a contarla, pero llevo unos días recordando lo que esta cruz significa para mí, y no he podido evitar que se sienta envidiosa de mis pulseras de hilo. Esto es lo que cuenta mi cruz.

Cuando comencé mi noviciado trinitario todo era deseo de apropiarme símbolos, impregnarme de su historia y dotarlos de mi narrativa personal. Son momentos en los que necesitamos sentirnos parte de aquello que empezamos a querer, con la vista puesta más en el presente que pisaba con fuerza, que en este futuro que ya va haciendo vida en mí. La vocación, cualquier vocación pero más aún la religiosa, tiene mucho de enamoramiento. Se van incorporando nuevas palabras, nuevas imágenes, nuevos espacios, y a todo lo nuevo se le busca una pátina de sentido que se suma a lo que uno trae consigo, lo enriquece, lo borda en el corazón para no perderlo, lo transforma en calidez.

Unos meses antes de llegar al noviciado me hice con una cruz trinitaria, encontré una cadenita y me la colgué. Lucía con orgullo ese símbolo que me hacía ya sentirme parte de algo, ayudándome a dar un paso ante tantas cosas y personas que me costaba dejar ir, salvándome de los callejones sin salida y lanzándome de frente a todos los sueños que se amontonan a los veintidós años. Según iban pasando las semanas, una vez ya novicio, al orgullo se le fue sumando le pérdida de vergüenza para mostrar mi cruz abiertamente, de algún modo era un reflejo de lo que también pasaba con mi vida, en la que todas esas palabras, imágenes y espacios nuevos, despacio pero con firmeza, se hacían un hueco para cimentar mi deseo y convertirlo en opción.

Unos ocho meses después, tiempo suficiente para interiorizar muchas cosas, pasó por el noviciado un trinitario español que estaba en Santiago de Chile. Nos habló, nos presentó su misión y la de otras comunidades trinitarias en Chile, Perú y Bolivia. Es fácil prender el corazón de un novicio enamoradizo, particularmente el mío siempre se ha retado con los desafíos. Si tenía algún resquicio de duda, se fue diluyendo con cada visión convertida en aspiración, me sentía más fuerte para aceptar esa cruz y ser parte de ella, de su historia y su memoria, en todos mis presentes, en todos mis futuros. Antes de irse, el misionero trinitario me regaló una pequeña cruz trinitaria, hecha de cobre chileno.

No tengo problema en reconocerlo, fue un bajón emocional. Todo lo que ardía en mi interior, el sueño de ser parte de algo grande y desafiante, se apagó de golpe con esa cruz, mucho más pequeña y fea que la que ya colgaba de mi cuello. Así que, la guardé como recuerdo y con el paso del tiempo la olvidé. Seguí usando la más grande y plateada, que me acompañó en los miedos y proyectos que después vinieron, dándome la seguridad de saberme donde tenía que estar.

Hasta que muchos años después, en plena crisis de seguimiento, crisis purificadora de tanto como había ido guardando sin sentido, haciendo limpieza de mis fardos, materiales e inmateriales, la encontré. Aquella cruz, pequeña y fea, me devolvió a la narración de mi propia historia, me recordó los porqués y los paraqués de todos los pasos, todas las caídas y todos los anhelos. En medio de esa incertidumbre, aún siento que no he salido de ella y doy gracias a Dios por ello, busqué un cordón humilde, que no desentonara con la sencillez de la cruz, y me la puse al cuello, hasta hoy.

La cruz trinitaria tiene algo de misterio. Sus colores remiten a un sentido redentor, humano y divino, sin apenas distinción. Rojo de verticalidad apasionada y entrega, azul de horizontalidad humana y encarnada, blanco de totalidad integradora. En mi pequeña cruz, el rojo y el azul tienen ligeras imperfecciones del esmalte, tal vez porque, como yo, se han confundido no pocas veces entre el estar y el ir; y el blanco se ha teñido del marrón del cobre, del mismo modo que mi vida se ha ido manchando y componiendo con el barro amasado y modelado, en las manos del Alfarero en que me pongo cada mañana. Mi cruz trinitaria tiene mucho de misterio. Me recuerda que no hay cruz pequeña ni fea, que no soy quien para elegirla, en mi caso fue ella quien me eligió, esperando largo tiempo a que llegara el momento de hacerla mía.

Días tristes, días felices

Esta semana nos atormentan nuevamente con esa atrocidad del Blue Monday, el llamado día más triste del año, que celebra desde 2005 cada tercer lunes de enero. Es una efeméride con un origen comercial, algo que ya no extraña a nadie: la compañía de viajes inglesa Sky Travel dice haber calculado, mediante una ecuación, el día más triste y deprimente del año. Dejando a un lado el gusto por lo mágico y extraordinario, y mirando de reojo el intento de aportar seriedad al asunto con supuestas fórmulas matemáticas, lo cierto es que tenemos una atracción, podríamos decir que innata, a buscar la tristeza, y justificarla.

Como, además, nos gusta el juego de los contrarios, no podía faltar el día más feliz del año, llamado Yellow Day, cada 20 de junio esta vez, último día de la primavera y pórtico del solsticio de verano, sostenido también en supuestos análisis científicos en los que han participado psicólogos, sociólogos y meteorólogos. La paradoja de este invento es que ignora una parte importante del planeta, y como todas las cosas mágicas parece solo destinado al punto de vista de unos pocos. Eso si que es triste.

Da lo mismo buscar una cosa o la contraria, días tristes o días felices, si no hemos sido capaces de ser, ser plenamente, ser conscientemente, el resto de los días de nuestra vida. Personalmente me resisto a que los algoritmos, por muy científicamente que se nos presenten, marquen le felicidad o la tristeza de mi existencia. Pero, sobre todo, me resisto a que deba definir cada momento a partir de ideas que decidan mis sentimientos y olviden mi realidad.

Walter Benjamin, un curioso y, por desgracia, poco conocido filósofo alemán de la primera mitad del siglo XX, dedicó una parte importante de su pensamiento a la idea de felicidad. En su pequeña obra Dirección única leí una afirmación que llevo rumiando largo tiempo, Ser feliz significa poder percibirse a sí mismo sin temor. Los días tristes son aquellos en que nos tememos a nosotros mismos, encerrados en una soledad que nos asusta, que nos devuelve a los abismos personales, que parece recordarnos todos los imposibles que nos habitan. Son tristes los días en que hacemos memoria de nuestras debilidades y nos hundimos con ellas, con miedo a que hayan convertido en absolutos de sentido, con pánico a que nos definan. No hay ecuaciones para ello, solo desconfianza. Da lo mismo que sea el tercer lunes de enero o el cuarto viernes de agosto, hemos dejado de creer en nosotros mismos.

¿Y no habrá mayor tristeza que tener que buscar un día como el más feliz del año, o de la vida? Pero lo hacemos, lo buscamos y lo aceptamos, como si en ello nos fuera la misma vida. Los días felices no son los que superan índices de tristeza, digan los meteorólogos lo que quieran, sino en los que hemos aprendido a admirar la belleza incluso de nosotros mismos; los días del reencuentro con la confianza, en los que comprendemos que podemos agradecer por aquello que no acabamos de aceptar; los días en los que nos percibimos, como nos invita Benjamin, sin temor; los días en los que dejamos de ver las cosas como una dicotomía simple entre el ser y el hacer, entre la tristeza y la felicidad; los días en los que tomamos la decisión de ser nosotros mismos.

Hoy es ese día, sin apellidos. Hoy es el momento de percibirte como Dios te ve, y te ama.

Gracias, sigo adelante

Hoy toca compartir algo muy personal. Necesito agradecer, tomar conciencia del tiempo pasado, desde este presente que se me hace grande y me trasciende, resistiéndome a mirar el mañana para evitar que se convierta en sustituto de la tierra que me toca pisar y recorrer. Un 11 de octubre de hace 25 años recibía la ordenación presbiteral, y aunque evito vivir de los recuerdos, doy gracias por todos los que me han traído hasta aquí, por cada crisis, por cada levantada, por las heridas visibles y por las invisibles, por los encuentros y las despedidas.

Vivo este día con la claridad de una mirada que se ha ido haciendo poco a poco a aceptar los retos y escalar alturas. No me asusto fácilmente, quien me conoce lo sabe, pero tampoco vivo en la fantasía del todo saldrá bien. Junto a mis logros cuento también mis derrotas, y no me quedo a vivir en ellas, por eso solo forman parte de mi biografía pero no de mi presente. Todo lo celebrado, todo lo encontrado, todo lo perdonado es parte de lo que soy; cada mañana afronto un camino sin retorno, sin que los nubarrones o el sol decidan por mí, convencido de ser yo quien construye este día, no como experiencia sino como existencia.

Desde aquella mañana, de hace veinticinco años, me persigue el olor del crisma perfumado que el obispo ungió sobre mis manos. Mi vivir se ha ido impregnando de ese olor, tantas veces sin apenas darme cuenta, otras muy consciente de que mis manos son lo más importante del ministerio recibido, curan, acarician, acogen, perdonan, agradecen. Miré y olí mis manos compulsivamente, no me canso de hacerlo.

Cada vez que mis periferias se han llenado de impotencia y de silencio, en los oscuros vacíos, he llevado las palmas de mis manos a la nariz, he aspirado fuerte, para formar un puente entre la gracia y la realidad, para recordar que el dulce crisma que las consagró también consagra la vida que tocan. A cada ocasión en que mis emociones se han perdido en el dédalo de los imposibles, pidiendo tiempo muerto para volver a los abrazos extraviados, he posado las manos ungidas sobre mi cabeza y mi corazón, para bendecir de nuevo los espacios, para abrazar los retos, con mirada creativa que siempre encuentra una salida en el laberinto. Cada vez que la brújula dislocada de la razón me ha invitado a seguir caminos vividos por otros, para no cansarme ni perderme, he extendido mis manos, con las palmas vueltas hacia abajo, para bendecir el camino que piso, para seguir creyendo que son las sendas no trilladas y las palabras nuevas las preferidas por Dios, que no deben asustarme.

Me siento mejor siendo simplemente alguien que pasa. No soy de los que pisan otras huellas o me quedo a vivir en cómodos sillones, prefiero equivocarme y aprender de errores y aciertos, sentir crecer la esperanza a mi alrededor, leer la vida, olfatear la adrenalina del ser. Creo, he creído y seguiré creyendo, que mi vocación ni fue ni es una opción, más bien un descubrimiento. Por eso busco, me adentro en los recovecos que me revelan la necesidad de darme, no reservo nada al pesimismo.

Ser, es lo que me ocupa ahora. No dejarme arrastrar por principios o apegos que me contradicen, incluidas las vivencias maravillosas que he vivido. Quiero ser, en los encuentros, las gracias, las palabras, los reveses, los misterios, los laberintos, en todo cuanto me habita. Y también con quienes en estos veinticinco años habéis indagado conmigo toda esa belleza del ser. Caminando a vuestro lado sigo descubriendo esta preciosa vocación con la que Dios unge mis manos. Caminando a vuestro lado, soy.