Virtuosismo

Sigo asombrándome ante la música, pero de un modo especial siento algo muy especial por el sonido y el virtuosismo del violoncello. Así lo es desde que quedé prendido del Preludio de la Suite número 4 para cello de Bach, cuando tuve la ocasión de escucharlo en directo, en un pequeño salón, donde siempre se saborean mejor esos momentos trascendentales. No voy a hacer un post sobre composiciones para cello, aunque me cuesta callar mi pasión por las obras de Couperin, Haydn, Brahms, Dvořák o Stravinsky… El grave tono del cello se me asemeja a un lamento humano, no necesariamente triste, no me cuesta sintonizar con ese canto, que se desgarra con el suave roce del arco acompañado de la danza del violoncellista, sus brazos abiertos para abrazar la historia que cuentan sus notas. Cada ataque del arco golpea mis sentidos y me sitúa en la vida, parecen decirme no estás solo, elévate un poco más para ver más allá de ti.

El virtuosismo del cello, y de quien lo toca, me hablan de los modos en que yo mismo estoy invitado a hacer virtud de mis palabras y acciones. Mi cello es este mismo teclado sobre el que hago bailar mis dedos, lo son también mis sentidos, abiertos a la vida y a las personas, y lo son mis gestos, incluso los que omito. Podré confiar en que los instrumentos que me ayudan a expresarme tengan vida propia, que hablen de mí, y me ahorren el esfuerzo de la coherencia. Mi papel será entonces el de conocer los símbolos e interpretarlos, evitar la confusión de los paneles que mantienen el automatismo de mi vida, aseguran las relaciones y me protegen del error. Me habré convertido en un virtuoso de lo funcional, hasta engañarme a mí mismo sobre mis posibilidades, esquivando siempre el error y las debilidades, porque no caben en una mente que todo lo mide y lo pesa.

Para encontrar espacios de sentido tengo que abrazar mis cruces con la misma confianza con que abrazo mis éxitos. Solo ese abrazo cargado de esperanza me permitirá unirme al canto expresado por la vida que toco, sin pararme ante la desafinada forma de mis intentos de arreglar el mundo, sin quedarme en los avances de mis logros. Es un abrazo que me compromete, en él se detiene el tiempo de las excusas y me expongo por completo a la vida y a sus espectros. Debo abrir los brazos, sin miedo. Uno para atacar la melodía, en una fricción con las cuerdas atemporales de la existencia que irradia armonía, que convierte en voz las vibraciones, lamento y gozo, inseparables del roce y la herida que mutuamente se hacen las cuerdas del arco y de la caja. La música, la voz que surge del brazo con el que tiento estas cuerdas de mi vida, no está libre de errores y desencuentros, nace de mi pasar por las personas y las cosas, necesita el rozamiento, la relación, el riesgo de hacer frente a la tranquilidad emocional que me invita a dejar las cosas como están. ¡Cuánta voz silenciada por el miedo a herir la superficie del mundo que toco!

Mientras, el otro brazo, se vuelca sobre el diapasón, la yema de los dedos recorre suavemente su largueza, en caminos de ida y vuelta, en mágica sucesión de gestos, al mismo tiempo cómicos y reflexivos, a veces generando un vibrato que parece dejar en suspenso el tiempo, otras en progresión cadenciosa que se hace infinita más allá de mis deseados principios. Mueven mi mano la sabiduría adquirida y la ética de mis opciones. Mis acciones no proceden de una improvisada digitación sobre los trastes, porque en ellos me juego el sentido de mi acción, por eso debo dar a cada gesto la precisión que permita el sonido adecuado. Pero debo hacerlo sin ser esclavo de una partitura pensada por otros, más allá de lo ético me debo también a lo estético, a lo espiritual, ser creador y creativo de la melodía silenciosa que sale de este abrazo infinito.

Cada gesto de mi abrazo es una parte y es un todo, se necesitan mutuamente superando juntos los errores. No puedo ser voz sin los aprendizajes y opciones éticas que presionan las cuerdas de mi vida, no seré una voz creíble sin el sentido de belleza que aporta armonía y equilibrio a lo que digo y hago. Sin el aparentemente incomprensible danzar de mis dedos, sin su estudiada precisión, sin la callosidad ganada en las repeticiones, sin los infinitos intentos que me han traído a la compresión, sin todo ello, el roce de mi vida con la vida solo generará una chirriante expresión de queja, lamento, incluso odio, empeñado en decir más que en ser. Del mismo modo, sin la acción rítmica, a veces cadenciosa y aburrida, sin mi relación con el mundo y con las personas, sin asumir el riesgo del roce que desgasta y quema, seré solo un pozo de saberes, conoceré todas las normas y gran parte de las respuestas, iré de arriba a abajo y de abajo a arriba, pasando por todo como quien ya todo lo conoce, pero me habré perdido a mí mismo, mi canto será el silencio, mi voz solo podrán escucharla los eruditos que sepan entenderme, mi vida será solo de espacios solitarios, de historias aprendidas pero nunca compartidas.

Ser virtuoso supone este abrazo que marca y rasga, que roza con los dedos las verdades intangibles para hacerme voz, no mera expresión, sino presencia y posibilidad. Ser virtuoso armoniza la belleza de lo que sé y de lo que hago, de todo ello construye un espacio de encuentro en el que mis debilidades y mis triunfos no condicionan el sonido de quién soy, el que tanto deseo que te llegue.

El valor de lo ordinario

Es fácil maravillarse por los hechos extraordinarios, más aún por las personas que los realizan, incluso por las consecuencias que tienen en el mundo y en la vida de otras personas. Nos asombran hasta el punto de concederles medallas y convertirlas en héroes, o canonizarlas y convertirlas en santas. En cualquier caso lo extraordinario tiene un curioso poder sobre nuestras vidas, nos saca del derrotismo, nos empuja hacia el terreno de las posibilidades, nos ilusiona y nos devuelve la fe en la humanidad.

Tenemos la suerte de vivir rodeados de personas que convierten lo extraordinario en ordinario. No todos acaban siendo carnaza de los medios de comunicación y las redes sociales, la mayoría son héroes sin capa y santos sin san, caminan por las mismas aguas turbulentas que el resto pero son capaces de no hundirse en ellas. Llevamos unos meses en los que muchas de estas buenas personas han demostrado el valor de sus fantásticos poderes y milagros, llevando la compra a los que no podían salir de casa durante el confinamiento, haciendo videollamadas a quienes estaban en residencias de mayores olvidadas, poniendo sus 4×4 a disposición de quienes la gran nevada dejó incomunicados,…

Sería injusto quedarnos solo con estos pocos ejemplos. Quienes hacen ordinario lo extraordinario no se alimentan solo de las catástrofes ajenas, su vida está llena momentos brillantes, altruistas, bondadosos, y sin embargo a la mayor parte ni siquiera podemos reconocerlos a simple vista. Hay muchos que se sorprenden por su juventud, suelen ser aquellos que ya hace tiempo juzgaron a los nacidos en este milenio como más dados a las excentricidades que a las heroicidades, y cuando conocen algún caso no tardan en etiquetarlo de excepcionalidad.

Necesitamos a estos héroes y a estos santos extraordinarios, y necesitamos aún más reconocer esa capacidad en cada uno de nosotros mismos, porque todos nacemos con ella, incluso nos educan a ella a lo largo de nuestra vida. No nos han faltado ejemplos, algunos mil veces repetidos, que después, casi inconscientemente, nos llevaron a un acto genial, extraordinario, casi milagroso: Álvaro Iglesias, Madre Teresa, Greta Thunberg, Gianna Beretta, Martin Luther King,… El mundo es mejor gracias a sus actos extraordinarios, y a los nuestros.

Y, sin embargo, lo que realmente necesitamos, lo que favorece que el mundo gire de un modo simbólico y trascendente, lo que abre las puertas a los nuevos paradigmas de solidaridad, es la capacidad de hacer extraordinario lo ordinario. Nos empeñamos mucho más por los grandes gestos y las gestas fuera de lo común, pero estamos llamados a vivir con intensidad los pequeños gestos y las gestas de cada día. Esos son los que verdaderamente nos salvan, porque nos remiten a la fortaleza vital que nos constituye, no solo a emotivas actuaciones extraordinarias.

Esos momentos ordinarios son difíciles de ver, a pesar de encontrarlos continuamente, nos ciega el valor social que habilita héroes y santos. Lo ordinario no siempre tiene la repercusión que merece, por lo general se constituye de actos efímeros, incluso nosotros mismos les restamos relevancia, pero eso también los hace especiales y transformadores. Cada gesto vivido en la sencillez de lo rutinario, en la esencia de lo que llega sin esperarlo, en la grandeza de la espontaneidad, es un gesto de salvación. Es el valor de lo ordinario, de hacer de la belleza y de los encuentros virtud y no excusa, de fundirse con la vida tal cual nos rodea, el valor de ser. Simplemente.