Instrucciones para el tercer día

Si después de la Cuaresma y el drama de la Pasión esperas la resurrección como un cómodo botón de reinicio, te has equivocado de itinerario. Si crees que la Pascua consiste en que los problemas y el dolor desaparezcan, o que las cicatrices se esfumen por arte de magia, entonces sigues buscando entre los muertos.

Resucitar es un acto de rebeldía. Es el golpe definitivo a la lógica de la tumba. Significa que la muerte —en todas sus formas: el miedo, el fracaso, la parálisis— ha dejado de tener la última palabra. Es vivir con la insolencia de quien sabe que aquello que le amenaza ya no gobierna su vida. No es una vuelta al punto de partida, sino la irrupción de una vida nueva que no pide permiso para existir.

Por eso el Resucitado conserva sus llagas y, lo que es más provocador, las muestra. Para quienes abrazamos vivir a la intemperie, ahí está la primera instrucción: la vida nueva no es una existencia sin cicatrices, sino una existencia con memoria. Madurar —pero también aprender o amar— no consiste en volverse impecable ni en borrar el historial de caídas a golpe de Photoshop espiritual. Consiste en lograr que las heridas dejen de supurar amargura para empezar a emitir luz.

Una herida integrada es un maravilloso mapa de sabiduría; una herida negada es solo un lastre que nos condena a repetir el error. Como escribió Dietrich Bonhoeffer, desde el umbral de su propio sacrificio: «Dios no es un Dios de lo que fue, sino un Dios de lo que viene… La resurrección es la respuesta de Dios a la injusticia del hombre». La Pascua no es una mirada nostálgica de lo perdido, es confianza en lo que viene. No mira a un pasado idealizado, sino a un futuro que nos presenta la certeza —aún frágil, aún incómoda— de que la vida siempre merece ser rescatada.

La segunda instrucción es decisiva: dejar el sudario en la tumba. En el sepulcro vacío solo quedan las vendas, esos envoltorios de muerte que —como a Lázaro— nos impiden caminar y estrenar la libertad de la vida nueva. Sobran las vendas. Y, sin embargo, seguimos arrastrándolas. Nos aferramos a los ropajes del “hombre viejo”: la obsesión por el control, el miedo al juicio ajeno, la dependencia de seguridades mediocres, la cómoda parálisis de una culpa que preferimos acariciar antes que soltar.

Resucitar exige una desnudez valiente. Es una renuncia a las protecciones que nos calmaban mientras nos asfixiaban. Es sentir la intemperie sin más escudo que la propia verdad. Es dejar de buscar sentido a la vida entre las cosas muertas. Es dejar de anestesiar el dolor, dejar atrás el sudario. Es, sencillamente, salir. El frío de la mañana nos sentará mejor que el calor adormecedor de la tumba.

La Pascua es este cambio de mirada, para el que nos hemos entrenado durante los cuarenta días de «desierto» cuaresmal. Mirada que nos invita a reconocer la vida allí donde nadie la espera: en la grieta de lo cotidiano, en la presencia a veces incómoda del otro, en el coraje de levantarse cuando lo lógico sería quedarse en el suelo. Es aceptar el imperativo categórico que Rainer Maria Rilke nos dejó en uno de sus versos más célebres: «Tienes que cambiar tu vida». Así de simple. Así de exigente.

La tercera instrucción nos advierte que la vida nueva no es un trofeo que se guarda en una vitrina, y se exhibe de vez en cuando, sino la urgencia de mover la piedra de nuestro propio egoísmo y salir fuera. Salir en la desnudez que no esconde nada, ni tapa vergüenzas pasadas, con la incertidumbre del presente como única brújula y con las llagas como única memoria fiable.

Porque al final todo se reduce a esto: podemos quedarnos junto al sepulcro, lamentando lo que enterramos el viernes, o podemos abandonar los refugios de tranquilidad con la dignidad de quien sabe que lo ha recuperado todo. La pregunta de la Pascua no es “¿por qué pasó?”, sino “¿hacia dónde vamos ahora?”.

Solo la podemos responder si volvemos a Galilea. Pero eso exige valentía para mover la piedra que bloquea la salida; amar las heridas que nos abrieron; renunciar al miedo de sentirnos vulnerables. Es hora de salir. Salir sin garantías, sin excusas. Abrazar la intemperie y dejar que la luz de la mañana, el sol nuevo de la Pascua, restaure la palidez de una vida que se negaba a despertar.

El arte de confiar

El hiperrealismo con el que nos movemos por la vida nos ha encerrado en una especie de dictadura de los sentidos. Solo creemos aquello que vemos, tocamos, oímos, escuchamos o saboreamos. Bajo una apariencia de confianza en la realidad, cultivamos en realidad una desconfianza radical hacia todo lo que no se puede verificar inmediatamente. Como si la existencia necesitara ser medida y pesada para poder ser vivida.

Si no lo veo, no lo creo. Este lema resume nuestro modo de encofrar la vida. Lo que podría parecer una garantía de seguridad se convierte en el mayor de los riesgos: el de perder el alma de las cosas, el espíritu de la vida, la profundidad de lo que realmente importa. Nos recuerda Byung-Chul Han que “la sociedad de la transparencia ha abolido el misterio, y con ello, ha desterrado la fe». Sin misterio, la existencia queda reducida a datos, pruebas y evidencias.

Y, sin embargo, las cosas que verdaderamente sostienen nuestra vida no pueden verse ni tocarse. La confianza en las personas, especialmente en aquellas con quienes compartimos lo cotidiano, no es un ítem verificable. Tampoco los sueños que nos impulsan a construir proyectos nuevos o a transformar lo que ya existe. Incluso nuestro propio crecimiento personal exige un margen de fe, esa confianza en lo que otros han visto en nosotros cuando nosotros apenas lo intuíamos.

El abuso de la cultura de la evaluación, desde edades tempranas, nos ha empujado hacia una pobreza creciente en la mirada. Solo cuenta lo que se puede calificar, medir o exhibir. Como si una vida plena pudiera traducirse en una tabla de desempeños o en un balance de resultados. Y, al mismo tiempo, todo lo que no puede medirse se invisibiliza, se descarta, se olvida.

Frente a esta tendencia, urge recuperar el valor de la fe como acto existencial. No solo en el ámbito religioso, sino en el terreno profundo de nuestras relaciones humanas y nuestras decisiones vitales. En palabras del papa Francisco, a quien ya empezamos a echar de menos, “la fe no es luz que disipa todas nuestras tinieblas, sino lámpara que guía nuestros pasos en la noche y basta para el camino” (Evangelii Gaudium 161).

No se trata de tenerlo todo claro, sino de tener luz suficiente para seguir caminando. Por eso, más que ver para creer, necesitamos creer para poder ver. Solo desde esa confianza previa se nos desvelan sentidos nuevos en la realidad, posibilidades que de otro modo quedarían sepultadas bajo la frialdad de las evidencias. Quien solo cree en lo que puede demostrar, nunca descubrirá el milagro de lo que crece desde el humus de lo transcendente.

La Pascua que estamos celebramos nos recuerda que la vida resucitada no se anuncia mediante espectáculos pirotécnicos ni alegrías impostadas, sino a través de signos discretos, gestos apenas perceptibles, en la confianza humilde que se atreve a caminar en la oscuridad de la noche con la única luz de la fe. El arte de confiar implica, siempre, creer para ver.

Palabras que vencen al silencio

Hay silencios que no se rompen con ruido. Se instalan, incomodan, interrogan. Nos descolocan porque no los manejamos, porque no traen respuestas, porque no son cómodos ni previsibles. Entre todos, el más espinoso es el silencio de Dios: ese que parece prolongar el abandono del huerto, alargar la cruz, y resonar en cada herida de la historia. En cada guerra, cada injusticia, cada muerte absurda. Un silencio que no se deja domesticar.

Y, sin embargo, en ese silencio no hay ausencia. Hay espera. Hay revelación. Hay preguntas. Hay desnudez. Pero preferimos llenar la espera con palabras, el vacío con ruido, la revelación con doctrina, la desnudez con evasión. “Dios es silencio”, decía san Ignacio de Antioquía, “y en su silencio nos habla”.

No es fácil sostener la fe cuando se nos cierran las respuestas. Cuando las palabras se vuelven huecas e inservibles. A veces por impotencia, a veces por miedo, a veces por una fe cansada que ya no sabe cómo hablar de Dios sin convertirlo en eslogan. A veces callamos porque no sabemos qué decir. Otras, porque no queremos comprometernos.

Jesús también vivió cómo se marchaban los suyos. En silencio. Cuando sus palabras resultaban incómodas o incomprensibles. Y no los retuvo. Solo preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Y Pedro, con la lucidez de quien ha comprendido algo esencial, respondió: “¿A quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida” (Jn 6,68).

“Las palabras de vida son aquellas que surgen en medio de la muerte, no las que la niegan”, afirma el teólogo Christoph Theobald. Son palabras que rompen la lógica del sepulcro. Que no maquillan el dolor, ni lo anestesian, sino que lo iluminan. Palabras que no explican el sufrimiento, pero lo atraviesan con sentido. Que no controlan, pero acompañan. No son palabras correctas, ni precisas, ni cómodas. Son palabras que remueven, que incomodan, que sanan.

Dios no ha callado. Lo que nosotros llamamos silencio, él lo llama resurrección. Nuestra ansiedad, él la nombra esperanza. Nuestro desconcierto, redención. Lo que vivimos como oscuridad, es el umbral del alba. En palabras de san Ireneo de Lyon, “el Verbo se hizo carne para hablarnos desde dentro”.

El problema no es el silencio de Dios, sino el nuestro. Nuestro silencio cómplice, nuestro miedo a hablar de lo esencial. Nuestra comodidad para refugiarnos en estructuras, en lenguajes gastados, en lugares seguros.

La Pascua no es un final feliz: es un comienzo inesperado. Una palabra nueva y definitiva tras el silencio impuesto por la muerte. Nos empuja a dejar atrás discursos que no salvan, y nos lanza a pronunciar palabras que encarnen esperanza, que revelen sentido, que se atrevan a nacer donde solo parece haber tumba.

Como escribió Byung-Chul Han: “El dolor que se comparte, se transforma en lenguaje. Lo que no se puede decir, se convierte en sombra.” Esa es nuestra tarea pascual: convertir las sombras y los silencios en palabra de vida.