La poética de la educación

Cuando el poeta Saint-John Perse leyó su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura resaltó el valor de la poesía, espacio para resistir ante la intolerancia y educar en el asombro, porque poeta es aquel que rompe para nosotros la costumbre. Perse llama así la atención sobre la dimensión poética de la educación, nos invita a alejarnos de los espacios comunes de la existencia para hacernos ciudadanos de la armonía.

El tiempo del desafecto por los procesos concibe la ciega confianza en los programas, poblados de reiteración de ideas y éxitos del pasado, más como respuesta a la necesidad de cumplir expectativas e indicadores que como interpretación del momento presente. Se ha establecido una dictadura pedagogicista que se acomoda y diseña desde la prudente distancia, desde la búsqueda de seguridades, pero evitando las crisis debidas a la frustración, afianzándose en valores eternos e inmutables.

Educar, sin embargo, tiene más de proceso de encarnación, identificación con la realidad que educa, tanto de los alumnos como de la sociedad. El entorno educativo debe impregnar de tal modo los espacios pedagógicos y pastorales, que nada les sea ajeno. Pero suele ocurrir que tanto el sistema como los modelos de aprendizaje quedan atrapados constantemente en la red de la costumbre y la repetición. En no pocas ocasiones sentimos que la educación tiene más que ver con una lección histórica, un recordar y transmitir sabencias pasadas, que con un proyecto de futuro que cambie la inercia de las programaciones y humanice los tránsitos vitales. No siempre la historia es maestra de la vida, a veces la polariza, enquista su dinámica evolutiva y anestesia nuestra capacidad de transformación.

Educar tiene, por tanto, mucho que ver con acompañar en el presente, a aquel que no hace costumbre la mera vecindad, que no se confía en los conocimientos adquiridos por contacto, o por inercia histórica, sino que pone bases de aceptación para acoger y cuidar al otro, convertido así en espacio de referencia fundamental. Es entonces cuando la educación necesita la poesía del otro como hogar originario, en definición del filósofo checo Jan Patočka, porque su existencia complementa los saberes transmitidos y los actualiza a un horizonte de sentido.

En esos intersticios, en los que la educación danza con la vida real, es donde se impone la necesidad de la creatividad, la ruptura de la costumbre, sin enigmas ni trampantojos que perpetúen tradiciones bienintencionadas. Educadores creativos, portadores de novedad, intérpretes de la realidad y del mundo, no meros imitadores, ni vendedores de seguridad. La creatividad se nos muestra como la capacidad fundante para completar los fragmentos rotos de la realidad, es la poética de la vida. Y la labor educativa, una vez liberada de la tentación del eternalismo, es capaz de descubrir esos espacios entre los fragmentos rotos necesitados de acompañamiento, para habitarlos de asombro, que no es sino el comienzo de la sabiduría y el conocimiento. La verdadera innovación educativa está llamada a romper la inercia de la costumbre, a evitar los paradigmas fractales, a ahuyentar los arraigos. Solo así alcanzaremos a comprender que educar es una tarea poética.

Dejarse aconsejar

Hace unos días, me encontré casualmente con una cita del libro de los Proverbios: Con los que se dejan aconsejar está la sabiduría (Prov 13,10). Esta frase me atrapó en su sencillez, una mezcla de advertencia y recomendación que me ha hecho reflexionar.

La idea de dejarse aconsejar parece tarea fácil, simplemente aceptar la orientación que proviene de otros, evitando el esfuerzo de pensar en todo por nosotros mismos, librarnos del problema de la autorreferencialidad y eliminar la carga de la responsabilidad. Sin embargo, sabemos que en la práctica esto no suele ser tan fácil. Construimos nuestra propia perspectiva ante la vida, las dificultades y las interacciones con los demás. A menudo pensamos que sabemos lo que nos conviene mejor que nadie, y aunque buscamos consejo, en muchos casos ya hemos decidido de antemano, confiando más en nuestra propia opinión que en la ajena, por muy valiosa que pueda ser.

Es cierto que también hay quienes ofrecen consejo sin ser solicitado. Personas que caminan por la vida repartiendo opiniones a diestra y siniestra, sin pensar demasiado si se ajustan a la situación. A veces, parecen asumir una superioridad moral o sabiduría que los coloca por encima de los demás, sin considerar la posibilidad de que, en ocasiones, deberían aplicarse a sí mismos el consejo que ofrecen a otros. Con estos compañeros de camino pasa aquello que nos recuerda el refranero: Consejos vendo, que para mí no tengo.

Se dice que este refrán se originó a partir de la observación de una costumbre del alcaraván, un ave que permanece quieta mientras emite gritos agudos para alertar a los demás sobre la presencia de un cazador o un ave de rapiña, pero sus propios gritos la convierten en presa fácil y vulnerable. El psicólogo Igor Grossman denomina a este comportamiento la Paradoja del rey Salomón, haciendo referencia a las contradicciones del hijo de David, conocido por su sabiduría pero que cayó en grandes incongruencias en su vida personal. Grossman sugiere que Salomón hubiera tomado decisiones más acertadas si se hubiera imaginado a sí mismo buscando consejo de otro rey sabio.

Sin embargo, algo sí debió aprender el rey sabio, a quien se atribuye el libro de los Proverbios y, por tanto, el texto con el que hemos comenzado. La verdadera sabiduría no radica en saber qué hacer en cada momento o cómo manejarnos en la vida, sino en la capacidad de aceptar opiniones y consejos externos. La verdadera sabiduría se revela al permitirnos recibir, e incluso amar, lo que otros ven desde sus perspectivas en nuestra vida y nuestras experiencias.

Este es el consejo de Salomón, puede que ni siquiera él mismo supiera manejarlo, prueba de que es un ejercicio complejo de sabiduría. No es solo una cuestión de modestia o humildad, sino la convicción de que caminamos junto a otros. Un caminar que nos permite reconocer nuestra vulnerabilidad, nuestra necesidad del otro y de su consejo, no como debilidad o adorno, sino como posibilidad y enriquecimiento personal.

Propósitos frente a la mediocridad

Los comienzos de año son una invitación a hacer propósitos, a echar la vista atrás y reflexionar sobre lo vivido, a renovar las esperanzas para mirar con confianza lo que tenemos por delante. La fugacidad de los propósitos de año nuevo nos desafían a convertirlos en compromisos arraigados en la constancia, una sincera aceptación de las debilidades y una inequívoca disposición para abrazar la misión a la que nos sentimos llamados, sin que nada nos desvíe hacia la mediocridad.

Ser constantes es el fundamento para la transformación. Hacer propósitos suele convertirse en un acto aislado, carente de compromiso, como si los propósitos fueran un elemento mágico, casi con vida propia. Es la dedicación diaria, el esfuerzo persistente lo que convierte los propósitos en hábitos arraigados. Cada pequeño paso es un avance, y la constancia de la propia voluntad es el cimiento sobre el que se construyen realmente los cambios más importantes de nuestra vida.

Pero este compromiso que nos piden los propósitos implican aprender a aceptar las propias debilidades como elemento indispensable de nuestra identidad. Reconocer lo que debemos mejorar no es señal de fragilidad, sino el primer paso hacia la fortaleza. Al aceptar nuestras limitaciones, especialmente cuando hacemos nuevos propósitos, estaremos creando oportunidades para el crecimiento personal. Cada debilidad puede ser un catalizador para el desarrollo personal, pero nos hacemos flaco favor disfrazándolas de fortalezas que no son.

Cada propósito es, además, un desafío para no conformarnos con la mediocridad. Nuestras metas nos comprometen a huir de las medias tintas, a esquivar la tentación de la comodidad. Es fácil perderse en la rutina y conformarse con lo conocido, hacer propósitos que no nos compliquen demasiado la existencia, que nos ayuden a salir del paso, aunque tengamos que engañarnos a nosotros mismos. Pero abrazar nuestra misión significa abrazar también el reto de superarnos, de explorar nuevos límites, de negarse a aceptar la mediocridad.

Quiero y necesito que mis propósitos de año nuevo sean mucho más que una lista de deseos efímeros. Quiero y necesito propósitos como compromisos arraigados desde la constancia, sin ocultar mis debilidades. Tropezaré, caeré, y me levantaré, pero no dejaré espacio para las excusas ni para la mediocridad.