Palabras no dichas

Dicen que las palabras no dichas son las auténticamente verdaderas. En lo que hablamos y en lo que callamos suele haber poco equilibrio, por lo general es mucho más lo que no decimos, palabras que siguen latiendo por debajo de nuestros sentimientos y prolijidades, convertidas muchas veces en guardianes de los espacios secretos, de los pensamientos más intensos y privados. Por cada palabra pronunciada hay al menos tres que no decimos.

En ocasiones, las palabras no dichas originan traumas y trastornos difíciles de detectar, nos sumen en silencios que se pasean por las relaciones interpersonales, secuestrando la vida compartida. Otras veces, callamos palabras para evitar trastornos, mantener la fiesta en paz, decimos, confiando en que, al ocultarlas, desaparezca también lo que nos inquieta.

Hay palabras que, al pronunciarlas, iluminan los oscuros pasajes de las ansiedades sociales, ayudan a entender las complejidades de la vida, aclaran ideas, actitudes, deseos. Son palabras de verdad, nadie duda de su fuerza transformadora, no necesitan traducción a la vida, su intensidad es un salvavidas para nuestros caminos perdidos. A veces, las pronunciamos como bálsamo, otras como purga de los silencios, casi siempre como expresión del espacio amado y de la necesidad del encuentro.

Me gusta cuando callas, porque estás como ausente, escribió bellamente Neruda. La ausencia de las palabras no dichas las dota también de un halo de misterio. No siempre lo que no se pronuncia genera traumas incontrolados, también son palabras que emergen en la interioridad, y de ahí transforman los tiempos y espacios de la vida, son hallazgos en la sombra de nuestras presencias. Por eso son también palabras verdaderas, que nos ayudan a conocer esa realidad que se nos escapa. No son simples palabras calladas, o silenciadas, son vida interior, amor intenso que despeja dudas y afianza los descubrimientos sencillos.

Las palabras no dichas me han salvado de todo lo indigno que conlleva el rencor, porque no las hago refugio de mis tristezas ni justificación de mis espacios personales, no esquivan mi compromiso con las personas que quiero, ni mi respuesta a quienes preferiría ignorar. Las pronuncio desde la libertad de mi conciencia, son mucho más que mi pensamiento. Hay una belleza intrínseca en cada una de ellas, porque dejo que nazcan de la admiración por cuanto vivo. Crecen y se unen entre ellas, como contemplación de lo que voy amando, incluso sin comprenderlo aún del todo.

Pero cada una de mis palabras no dichas me exige aceptar las que tú tampoco dices. Descubrirnos en ese espacio de verdad, nos salva de las vanas esperanzas, nos libera del resentimiento. Es ahí, en esa intemperie habitada por las palabras no dichas, donde realmente nos encontramos, y podemos amarnos, cuando no necesito que pronuncies mi nombre, ni mi historia. Con Neruda, yo también espero que me dejes que te hable también con tu silencio.

La tela vacía

Hace unos días escuchaba en un programa de radio una de esas llamada sorpresa para felicitar a un oyente en el día de su cumpleaños, un amigo, intuyo que el promotor de la iniciativa, dirigió al final unas palabras de ánimo al cumpleañero: “A por otros cuarenta, José Ignacio, la vida está hecha de buenas experiencias”. No he podido dejar de pensar en esa expresión, que parece relegar a un sentimiento hedonista de la vida, de la existencia, según el cual necesitamos llenar todos los huecos, colorear cada ángulo muerto, saturar todos los silencios, enhebrar cada ojo de aguja, convenidos de que, si no lo hacemos así y dejamos espacios vacíos, la vida habrá perdido sentido.

Según Aristóteles, la naturaleza aborrece el vacío, y a pesar de los esfuerzos de Galileo por demostrar lo contrario, la historia del pensamiento, del arte, de la religión y de la humanidad, sigue mostrándonos esa obsesión tan humana de llenar los huecos vacíos de la existencia, como parte de nuestra naturaleza. Personalmente, soy un enamorado del arte románico y gótico, la sencillez de las formas, el vacío y el silencio que provocan, la trascendencia que alimentan, son un espacio de sentido. Cada uno, con sus diferencias estéticas, juega con la luz y la hace partícipe de un encuentro con el Absoluto, una invitación a otro tipo de experiencia, la de la ausencia de experiencia. Así es como nos adentra en el misterio y, a pesar de la piedra desnuda, nos deja a la intemperie.

Especialmente el gótico, crea un vacío en el ambiente que nos ayuda a reconectar con la esencia de la fe, incluso sus representaciones artísticas son, en su pose hierática, una propuesta de sencillez, que no se centra en el adorno sino más bien en lo que aporta nuestra presencia para enriquecer su concavidad. No a todos les resulta fácil encontrar sentido en su forma, o en su falta de ella, liberarse del pánico a ese abismo que se nos abre y nos envuelve. De ese miedo nace la exuberancia del barroco, el hórror vacui, miedo al vacío, que llena con su aprensión todos los huecos, reconocible en el arte mediante por su exacerbada ornamentación, pero también reconocible en las relaciones humanas y en la relación con el Absoluto por la obsesiva costumbre de llenar todo de palabras y de gestos externos.

La perpetuación del barroco se sostiene en su invitación a la contemplación, pero ahorrándonos el asombro y el pensamiento propio. No hay lugar para el vacío, incluso sus composiciones musicales son una profusión de notas y acordes que aturden los sentidos y dificultan el pensar, construcciones casi perfectas, armónicas, con precisas escalas que imitan sonidos e imágenes de la naturaleza. El barroco es un producto del voluntarismo, y nos gusta porque representa un todo en sí mismo, rellena nuestros huecos existenciales y ahuyenta el pavor al vacío y al silencio. Su hórror vacui ha marcado la evolución cultural, no solo del arte en todas sus formas, también de lo que esperamos encontrar y experimentar como expresión de la realidad. Es el mismo impulso que nos lleva a celebrar una vida llena de buenas experiencias, tapando sus espacios vacíos, porque no encontramos en ellos el mismo sentido que fácilmente nos llega en todas esas otras cosas que consideramos plenas y completas.

Hay muchas personas para las que el vacío y el silencio son una fuente de angustia, no toleran huecos en sus vidas y sienten la necesidad de llenarlos aunque sea con compañía indiferente y con palabras descoloridas, en palabras del escritor chileno José Donoso. Escuchamos música, mejor con auriculares, silbamos, devoramos horas de TV o de internet, nos hacemos espectadores de la vida de otros, aspiramos a una perfección irreal y artificialmente construida,… todo para esquivar la aterradora sinergia del vacío o los atronadores espacios del silencio. Es un rechazo nacido de la pereza existencial, porque es más sencillo dejar que las cosas nos asombren por sí mismas, que implicar nuestra capacidad personal para el asombro.

El asombro, en cuanto deseo de conocer, deja de ser una capacidad personal y se reduce a la experiencia externa que las cosas tienen para mí, aquello por lo que despiertan mis ganas de saber, el impacto que me provocan, su habilidad para no aburrirme. El vacío y el silencio quedan, por tanto, fuera de la ecuación, no hay nada en ellos que pueda motivar mi conocimiento, porque no hay nada en ellos que sobreexcite mis sentidos, son un fracaso desde el punto de vista de un aprendizaje que busca y necesita experiencias cada vez más intensas, que propone bocetos hiperrealistas de la existencia en los que todo debe tener un sentido evidente y directo, tiene que ser bello y fácil de interpretar, porque no podemos perder el tiempo perdidos en esos espacios vacíos tan complejos, que parecen interrumpir la comprensión de la vida.

El vacío, el silencio, son una tela vacía, incertidumbre esencial, tensión existencial, estética atrevida. Así la venera Kandinsky: “La tela vacía. En apariencia, realmente vacía, indiferente, silenciosa. Casi pasmada. En efecto: llena de tensiones, con miles de voces quedas, grávida de esperanza. Un poco asustada porque puede ser violada. Pero dócil. Hace de buen grado lo que se le pide, implora solamente gracia. Puede conducir a todo, pero no soportarlo todo. Maravillosa es la tela vacía, más bella que muchos cuadros.

En un cuento de Ray Bradbury he leído que vivimos cada momento de nuestra existencia al máximo, y eso es una medicina magnífica. Quien ha experimentado el silencio ya sabe de su valor terapéutico, será difícil que no vuelva a buscarlo, y lo ame con la misma intensidad que se aman las palabras bellas. Pero también hay que acoger el vacío, y amarlo, vivirlo al máximo como un momento más de nuestra existencia, acoger que hay ausencias y no todo es experiencia de plenitud, con la misma serenidad con que acogemos la falta de respuestas para todas nuestras preguntas. Aceptar también los vacíos de otras personas que caminan con nosotros, esa concavidad extrema que nos descoloca y estamos tentados de llenar con nuestras justificaciones bienintencionadas. ¡Qué bonita idea!, el vacío y el silencio como medicina para la existencia. Espero saberlos acoger en mí, y aceptar en los otros, como una tela vacía.

El silencio como recreación

La película La vida es bella ha sido un referente para muchos de los que nos adentramos en ese mapa vital que, con tanta suavidad y crudeza, trazó Roberto Benigni. Una escena insignificante se me quedó grabada, a veces no se puede controlar qué guarda o deshecha la mente, aquella en la que el médico alemán Dr. Lessing se despide de Guido en el vestíbulo del Grand Hotel, dejándole como último regalo una adivinanza: “Si pronuncias mi nombre desaparezco”. “¡El silencio!”, exclamó Guido una vez que el médico se había ido. La continuación de esta escena se desplaza al final de la película, con Guido como prisionero del mismo campo de concentración en el que presta servicio el Dr. Lessing, ahora capitán de las SS; Guido se alegra de encontrarlo y ve un atisbo de esperanza para salir del infierno en que vive cuando el médico favorece la oportunidad de trabajar como camarero en la sala de oficiales, pero pronto descubre que todo es una estrategia para que Guido ayude a Lessing a descifrar un acertijo que le angustia, ¡¡Ayúdame, no consigo dormir!!

Guido queda en un amargo silencio, la escena es al mismo tiempo enternecedora y trágica, su silencio no nace de la cobardía, ni es un callar esperanzado, como el de quien prefiere no deshacer la trama mágica que cambia y transforma la realidad, es un silencio de derrota ante todas las utopías posibles, es un grito desgarrador frente al vacío que la miseria humana estaba abriendo en Europa y en el mundo, a través de ideologías desencarnadas, teologías descreídas y antropologías deshumanizadas. Al comienzo de la película, cuando Guido llega con Ferruccio a casa de su tío Eliseo Orefice, al que acaban de asaltar por su condición de judío, le pregunta por qué no ha pedido ayuda, a lo que responde el tío, impasible, “El silencio es el grito más fuerte”. Desde ese momento la película se convierte en un grito estentóreo que se abre paso en medio de la indiferencia, que planta cara a la intolerancia, que se esfuerza por no llorar ante la impotencia, que busca sentido al horror y la tragedia, y que rompe finalmente el silencio con el grito del niño Giosuè frente al tanque de los libertadores, ¡¡Es verdad!!

Desde que la vi por primera vez, esta película me habló del silencio, y en estos días no he podido menos que recordar el diálogo que he mantenido siempre con ella. Me habló, y me habla, del silencio de los hombres y del silencio de Dios, del silencio elocuente y del que se pierde definitivamente, y también de los silencios que provoco, convertidos en fuertes gritos que denuncian y señalan mi falta de dirección, de humanidad, de cercanía,… de fe al fin y al cabo. También me habla de mis silencios improductivos, aquellos en los que callé, simplemente eso,… callé.

Pero el silencio no es mantenerse callado, porque en quien calla no hay silencio sino cobardía, y aprender a callar no soluciona nada, aunque nos lo lleven repitiendo desde niños, y hayamos ampliado lecciones como adultos. Callar es la opción de quien ha bajado los brazos, crea una ilusión de sensatez que nos mantiene en una prudente segunda fila, cuando en realidad hemos dado un paso atrás en nuestras convicciones, haciendo improductiva nuestra mejor herramienta para afrontar miedos y desenmascarar autoengaños. Callamos pero alimentamos una verborrea interna que solo consigue atronar nuestra vida y nuestras decisiones.

Nos explica la física que es por la atmósfera terrestre que podemos oír sonidos, si estuviéramos en la luna, no figurativamente, la falta de atmósfera nos haría vivir en un permanente y atormentador silencio. A veces conseguimos distraer de tal modo la atmósfera de nuestros encuentros, de nuestras vidas y esperanzas, que el silencio no es más que un estado de inconsciencia colectiva, sin sonidos transmitidos, un silencio sin gritos, que anestesia el alma. No es complicado acostumbrarse a vivir así, de hecho muchas veces eliminamos nuestra atmósfera relacional para poder sobrevivir a la sucesión de gritos desgarradores que nos piden actuar para cambiar las cosas, que nos invitan a arriesgar y dar pasos al frente, que rescatan nuestro niño interior para volver a creer en un tanque como premio. Ese es el silencio en el que muchos viven condenados, el silencio provocado por la falta de atmósfera vital, carente de referencias, sin ética, sin utopías de sentido. Poco importa si el planeta que nuestro silencio ha conquistado es habitable, o si podemos o no respirar en él, solo nos interesa que anule la debilidad de los sentidos, no escuchar, no ver,… no sentir.

Ni el silencio desolador sin atmósfera, ni el callar cobarde descorazonado. El único silencio que puede convertirse en el grito más fuerte es aquel que aprendemos a amar como elocuencia interior. El silencio como recreación de la vida y las posibilidades, que integra y enternece los sentidos, permite mirar la belleza y la monstruosidad, escuchar activamente la armonía y la estridencia, saborear lo dulce y lo amargo, palpar las cicatrices y los terciopelos, oler los lirios y las ciénagas. Sin silencio consciente e integrador no hay equilibrio sensorial, tan solo ausencia, y en ella el caos de los sentimientos.

Hay un silencio infinito, en el que Dios habla y nosotros gritamos. Es un silencio que desbloquea la parálisis de la conciencia, al que nadie impone calladas obligadas; un silencio ensordecedor, insoportable para los que quieren imponer sus uniformidades mentales, sociales y religiosas; un silencio que vive en las aspiraciones de quienes siempre esperan, siempre ven más allá de su enfermiza ausencia de palabras; un silencio que crea y se recrea en mis propios silencios exteriores.